El amor en su última esperanza.

Personajes

Alberto

Marta: Amiga de Alberto

Una historia impactante que demuestra la relación entre la imaginación y el amor real, dejándose apreciar en la vida de un niño que pudo cumplir sus sueños después de haber estado a la espera de su última esperanza.

Alberto: esta es la historia de mi vida, una vida común donde solo tenía un plan en mente, terminar las clases para sentir bien de cerca mi mundo, nada más que estar en mis cuatro paredes y jugar en el ordenador, pues es lo que me hacía ante todo olvidar las dificultades del día a día.

-Era el centro de burla de la escuela, el saco de boxeo y el hazme reír. Por un momento, pensé que el suicidio era la salida inmediata a mis problemas, hasta que un día conocí a quien de verdad me hizo pensar que valía, todo por medio de mis juegos online y me atreví a preguntarle:

-¿Marta, Podríamos llegar a conocernos en persona en alguna oportunidad? Y si así es ¿te casarías conmigo?

Marta: Pues, supongo que sí, eres tierno y pareces un poco interesante, veo la posibilidad.

Alberto: Gracias Marta, me has dado un objetivo por el cual seguir adelante. Te Amo.

Marta: Igual yo, Te Amo.

Después de 5 años, Marta se preguntaba así misma, si Alberto había olvidado aquella conversación que tuvieron alguna vez, sobre sus vidas futuras y su casamiento, pues tenían alrededor de 3 años sin hablar y ahora era el momento donde quería conocerlo en persona y saber si sería él, la persona que le correspondería a su vida, pero con el pasar de los días, seguía sin conectarse en su perfil.

Un día, recibió un mensaje de texto, sin saber de quién se trataba. Al mirar al final el nombre, pudo darse cuenta que era ese chico tímido y curioso que había conocido por medio del juego online.

El texto del mensaje rezaba: Marta, perdón por estar a la espera por una buena cantidad de años, pero tuve que hacerlo para poder llevar a cabo mi sorpresa de casarme contigo.

-Ahora si, ya estoy preparado completamente para hacerlo. Todo el tiempo que falté estuve preparando las cosas que siento que te has ganado por ser como eras conmigo, devolviéndome la felicidad y las ganas de vivir.

Marta: De verdad, ¡que idiota eres!

Alberto: ¿Por qué dices  eso?

Marta: Por haberme hecho esperar todo este tiempo y pensar que te había sucedido algo.

Alberto: Entiéndeme, quería darte una sorpresa, tanta es la sorpresa que averigüé tus datos y ahora mismo estoy fuera de tu casa.

Pasan los meses y se casan, Alberto muere tras unos días después de su casamiento debido a una enfermedad contraída en el trabajo, mientras conseguía lo que su esposa “merecía”.

Marta encuentra una carta, donde explica la causa de su enfermedad y decide no salir nunca más de su casa. El último día que la vieron salir, fue el día que no regresó por lo que todos pensaron que se reunió con su amado en ese lugar incógnito lleno de felicidad.

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La espera

La vida en ocasiones cuando cierra una puerta, te abre una ventana, o así era la filosofía de vida de Tatiana, una joven que nunca tuvo suerte en el amor, su última relación término debido a una infidelidad, ella pensó que ese hombre seria el indicado pero resulto ser otro fracaso.

 

Ya el verano tocaba su puerta, una oportunidad de alejar la rutina y los pesares de su vida, una cabaña a las orillas de la playa fue su mejor opción, un lugar tranquilo y sereno para pasar los días meditando y divirtiéndose.

 

Ya estaba a una edad donde no podía perder el tiempo con juegos, ella necesitaba un hombre que la representara, que diera la talla, pero esto na sido lo que le ha tocado.

 

Una mañana mientras paseaba con su mascota, un labrador, a las orillas de la playa encontró una botella con un mensaje dentro.

 

“En alta mar la vida es solitaria, te da el tiempo para pensar y descubrir cosas de ti que las constantes presiones de la sociedad no te permiten encontrar, solo cree en ti”

 

“Si esto llega a alguien, espero que creas más en ti de lo que otros terminaran por hacer”

 

Algo muy intrigada quedo Tatiana, pensó que este tipo de cosas solo las enviaban los náufragos en las películas, este hallazgo termino por darle un bueno comienzo a su día.

 

Al transcurrir los días la confianza de Tatiana aumentaba, el mensaje en la botella la hizo creer en sí misma, poco a poco sus paseos a la orilla de la playa se volvieron frecuentes en busca de más mensajes. No tardó mucho en aparecer otra botella.

 

“Mis pensamientos han llegado a un punto donde las palabras no dañan mi ser, no penetran en lo que he construido con mucho trabajo, mi paciencia es solo para aquellos que se la merecen, las personas toxicas no entran en mi mundo ni en el tuyo, ten esto en cuenta”

 

Los mensajes se volvieron frecuentes y parte de la vida de Tatiana, le ayudaban a crecer como ser humano, le daban la fortaleza que necesitaba para continuar, pero había algo que la intrigaba, ella quería saber quién era el autor de los mensajes.

 

 

Una mañana encontró lo que sería el último mensaje del desconocido

 

“Hoy regreso tierra firme, tan solo esperando que mis palabras hayan sido de ayuda para aquellos que de verdad necesitan un empujón para empezar a dar todo lo que tienen, espero conocer a las personas que les fue útil mis mensajes, me despido con cariño, Sebastián”

 

Sebastián era el nombre del hombre que nunca había conocido pero que ha cautivado su alma, se propuso una nueva misión para este verano, encontrar al hombre.

 

Durante todas las mañanas y las tardes camino por la playa, visito los puertos en búsqueda del misterioso Sebastián, pero nunca dio con él y sus vacaciones habían llegado a su fin.

 

De regreso a su rutina parecía que todo había sido en vano, su ánimo quedo destrozado, esto se reflejaba en su trabajo como gestora en un banco.

 

Aun le tocaba ver un último cliente del banco antes de irse, su cansancio era evidente.

 

—Una mujer tan joven y hermosa no debería dejarse abatir por las presiones del día a día, es mejor dejar que todo fluya—

 

—Gracias señor, me dice su nombre por favor y en que puedo ayudarlo—

 

—Mi nombre es Sebastián—.

 

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Se me olvido decirte que yo también te quiero

Siempre te ha costado expresar tus sentimientos. Lo supe a la perfección desde el día en que te conocí y tú mismo me lo advertiste, antes de comenzar con esta gran aventura. Pero si por algo me distingues, es por ser testaruda, así que en ese momento te aclaré que no me importaba. Yo te quería tal cual eras, con todos tus defectos y las cosas que te hacían especial.

De modo que comenzamos a salir y en un principio, todo marchaba sobre ruedas. No era perfecto claro, pero nos entendíamos. Yo apreciaba tus silencios y cada pequeño y escaso detalle que hacías por mí, desde servirme el café por las mañanas hasta decirme, “te ves bien”, antes de salir tomada de tu brazo a algún lado.

Eso era antes de que las cosas se enfriaran, porque tengo que confesarlo, de un tiempo a acá… bueno, de un tiempo ya no estoy segura de lo que sientes por mí.

No me malinterpretes, yo sigo pensando en ti como antaño, ansiando el beso de la mañana y el de la noche. Espiándote cuando creo que no puedes verme, para grabar en mi memoria cada uno de tus gestos. Hay tanto de ti que todavía es un secreto para mí.

Tengo miedo de estar restringiéndote, de ponerme pesada, justo como me dijiste que evitara al principio.

—Me cuesta mucho decir lo que siento. Soy tímido —me dijiste una vez.

Y estaba bien, eso me encantaba de ti. Tu carácter, tan misterioso y elusivo, esperando a que te descubrieran.

¿Es qué hice algo mal, acaso?

Ayer me acosté a tu lado y te abracé por la espalda. Sentí como te removías, incómodo.

—Hoy no —me dijiste—, tuve un día muy pesado en el posgrado.

Luego me di la vuelta y ahogué mis lágrimas con la almohada. No estoy segura de si me escuchaste. Espero en verdad que no. No quiero parecer una sentimental ante ti, es que a veces no puedo evitarlo.

Me dormí, pensando en las miles de cosas que pudieron pasar para que te distanciaras de mí.

Hoy me he despertado y no te he encontrado a mi lado. Ni siquiera tengo ganas de levantarme de la cama, es que como si no tuviera ganas de nada. ¿Quién iba a pensar que un día me pondría así por un muchacho?

—Te quiero —susurré a la nada, pensando que ya te habías ido.

Cualquier día de estos me ibas a decir que se había terminado y entonces tendría que hacerme a la idea.

La puerta se abrió en ese momento. Te vi entrar, ya vestido y sosteniendo una única rosa en tu mano. Viniste hacia mí sin decir una palabra, me besaste en la frente y me abrazaste, disculpándote en silencio por lo de anoche. Ya me habías advertido que no se te daba expresar lo que sentías.

Sin embargo, tu mirada era la misma que al principio, cuando supe que te habías enamorado de mí. Hablaste.

—Se me olvido decirte que yo también te quiero.

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Mi primer viaje a Madrid

Un sms me sacó de mi sueño, eran las ”5:48 am”. Mi amiga, me hizo despertar doce minutos antes de lo que tenía pensado. Me deseaba un buen viaje y causaba emoción leer; ”en pocas horas estarás con tu pequeño”. Después de haber abierto ya mis párpados, a pesar de mi cansancio no quise volver a cerrarlos, me esperaba realizar uno de esos sueños.
En plena negrura de la habitación, extendí mis brazos para coger la vestimenta del escritorio, esa que yo misma preparé el día anterior, el 22. No quería entretenerme con elegir trapos, después de todo, eso era lo que menos me importaba.
Cuando terminé de vestirme, me arodillé y desde mi cama, en plena oscuridad fijé mis ojos en ella, en mi pequeña hermana que dormía plácidamente. Acaricié su mejilla y como normalmente hago cada vez que no podré darle los buenos días, postré un beso en su pequeña frente.

Hecho ésto, pretendiendo hacer poco ruido, salí de la habitación oscura y con los pies descalzos, bajé las escaleras de parqué. Me dirigí hacia la cocina y como siempre hago para serenarme, saqué mi taza, preparé mi café. Una vez calentito, aun sintiendo el frío suelo me dirigí al salón, enchufé mi portátil y leí algunos de vuestros comentarios. Lo cerré, miré el reloj y pensé, que sería mejor contestaros a todos después de mi vuelta de Madrid.
Mi estómago estaba intranquilo a medida que se acercaban los minutos, consiguiendo que fuesen justo, las 06:45 am. Una vez así, me dirigí al armario empotrado que hay en la entrada de mi casa, donde guardamos los zapatos. Me puse mis botas más cómodas y más rápidamente, subí nuevamente esas escaleras que antes bajé, para entrar al aseo, lavarme la cara, pasarme el cepillo por el pelo y cepillarme los dientes. Estaba lista. Nada de maquillaje.
Descendiendo nuevamente al piso de abajo, comprobé si tenía todo y eso es lo que creí. Escuché un ruído en la planta de arriba. Mi padrastro, se había despertado para ir a trabajar. Aproveché el momento y ascendí nuevamente a la planta de arriba, entré a la habitación de mi madre.
– ¿Ya te vas, Olivia? -. Me preguntaba frotándose los ojos hormigueados.
– Sí -. Posé mis piernas en su cama y estiré mi torso para darle un beso. Mientras, mi padre, permanecía sentado en una esquina de ella, sin decir nada.
– Ten cuidado y que no se te olvide nada -. Dijo ella, intranquila. Algo realmente normal en una madre.
– Lo tendré -. Salí de su habitación y bajé nuevamente, con la maleta ya en mi brazo. Volví a abrir el guarda ropa, cogí mi chaqueta y me la puse, colocando a la vez entre cuello y brazo, el pequeño bolso más importante. El que ni loca, tenía que perder.
Preparada, abrí la puerta. El sol me daba a entender, que ese día se hubiese estado perfectamente en éste pueblo. A medida que caminaba hacia la parada y cruzaba las calles, no dejaba de ver la hora y un nudo se me comenzaba a formar en la garganta.
Llegué a la parada, aun tenía que esperar un cuarto de hora. Un perro me ladró y el hombre que estaba junto a él, le calmó con una pasada de mano por su pelaje.
En frente de mí, donde estaba la otra parada, se encontraban esas personas que esperaban el bus rumbo a Alcoi. Seguramente, la gran mayoría de ellos y ellas, tendrían clases allí.

Una mujer, que era la madre de una compañera que tuve hace dos años, llegó y se sentó a mi lado. Creo que no me reconoció y por lo tanto, bajé la mirada e hice como si nada.
Pasó el cuarto de hora y con 5 minutos de retraso, el bus paró delante de mí. El conductor, riñó al hombre del perro, ”supuestamente” no podía llevarlo con esa bolsa-cama de animales, decía que así se puede escapar.

Supongo que es su trabajo, su obligación tener que decir ese tipo de cosas, pero, ¿tienen también el compromiso de hablar con ese mal tono?. El perro que antes me ladraba, temblaba y dudé muchísimo que brincase y se largase. No pude evitar sentir cierta incomodidad por parte del hombre, casi que no le dejaron hacer su pequeña trayectoria, aunque después del sermón el conductor decidió hacerlo, dándole el típico aviso; ”a la próxima no le dejaré subir”.
Tanto el hombre, como la mujer subieron y yo de las últimas, pagué para ir a dirección de Alicante. Me senté en los asientos que están siempre en la puerta trasera, tengo la manía de que al bajar, es el mejor lugar para no estamparme contra nadie.
Con la maleta posada entre mis piernas, esperé unos 45 minutos hasta que el bus paró, dejándome sola entre el gentío de desconocidos. Lo más rápido que pude, subí a la planta de arriba de la estación y me dirigí, con mi localizador a la ventanita de ”Movelia”. Allí me atendió una mujer rubia, muy mona ella. Me pidió el DNI y, me puse a buscarlo. ¡Oh cinijis!, no lo encontraba y mis manos comenzaron a temblar. Pausé y le dije que esperase, que atendiese, que iba a buscarlo. Me senté en una de las sillas de espera y loca abrí mi maleta, todos los bolsillos. No estaba. Llamé a mi madre.
– Mamá, ¿dónde dejaste mi DNI? -. En cuanto se lo pregunté, creo que a mi madre le dio un mini infarto.
– Madre mía, está en tu bolso grande, ¿y ahora qué?, ¿no le sirve que le diga el número? -. Se me paró el corazón. Dios, ¿y si no podía por culpa de ello, sacar mis billetes reservados?
– Voy a preguntarle a la mujer -. Con un nudo en la garganta, colgué y cerré todos los bolsillos que mantuve al descubierto de mi maleta. Miré a mi alrededor y esperé que nadie se haya fijado en ella, solo me faltaba eso, que hubiese un ”mangui” por ahí acechándome.
Volví a la ventanita y le comenté mi problema con el DNI. Por esa gran suerte que obtuve, me dijo que no ocurría nada, que con mi nombre bastaba. Solté un alivioso suspiro en cuanto dijo aquello y con la mano en mis pálpitos, dije mi vocalicé mi nombre y confirmé mi día de vuelta. El Domingo 25 que no quería que llegase, a las 12:30 am.
Me dio mis billetes de ida y vuelta. Después de ésto, tuve que esperar unas dos horas y media, leyendo, desesperada, sintiéndome observada por muchísimas personas que esperaban igualmente. Para confirmar mi línea y no liarla, le pregunté a una desconocida con el pelo rapado de un lado, por más suerte que obtuve, ésta se dirigía también a la Estación Sur de Madrid, a la misma hora.
Comenzamos a conversar en ese tiempo que nos quedaba de espera. Su vida era muy interesante. Me contó, que vive en Madrid, pero que suele viajar a Torrevieja para visitar a sus padres. Resulta que, cuando tenía 22 años, conoció a una persona por internet y se propusieron conocerse. Ésta, viajó sola, a Madrid para tan solo verlo y estuvieron un fin de semana juntos. Me sentí realmente identificada porque yo iba a hacer exactamente lo mismo.
La única diferencia es, que creo que esa muchacha en ningún momento lo hizo por amor. Me dio a entender que solo sentía ”ilusión” pero, que ello se esfumó a los 3 meses en cuanto se puso a vivir con él. Más tarde, consiguió trabajo y ahora vive sola, en su mundo y Madrid.
No pude evitar sentir un poco de ”tristeza” por ella. En su caso, no se sentía segura de lo que hacía, no estaba segura de lo que sentía, de lo que le transmitía y lo peor de todo, discutía con esa persona constantemente.
Creo que era consciente de los nervios que podía sentir a medida que el bus de trayectoria larga hasta Madrid se acercaba, pero, dudaba en un fondo lo que para mí significaba realmente. Cuestionaba, muchísimo, que su ilusión se pudiese comparar con el amor que yo necesitaba demostrar. Creo, que aunque la situación fuese realmente parecida, los sentimientos eran otro mundo.
El bus, llegó a las 11:30 am, como decía el billete. Muy puntual. Las personas que iban a Albacete, guardaban las maletas por un lado y los que iba a Madrid por el otro. Yo, no la guardé. Me sentía más segura teniéndola encima. El conductor revisó mi billete y tachó en la hoja que en su otra mano contenía ”Asiento 27”.
Subí y lo busqué. Justo en mi asiento había un hombre de piel negra. Le sonreí y señalé que ahí iba yo. Éste se disculpó y me cuestionó si quería que se apartase de el que era, mi asiento. Le dije que no importaba, me senté a su lado, en ”su asiento”.
No hablamos en todo el camino. Sin querer darme cuenta ya habían pasado unas 2 horas y 35 minutos, me dormía con miedo a que se me fuese el cuello del sitio y por los tumbos del viaje, no dejaba de despertarme desorientada. Hicieron una parada en Albacete, siendo así, la chica de pelo rapado me pidió que la acompañase a por un bocadillo. Y eso hice, aunque no me gustaba la idea.
Mi acompañante de asiento, también se encontraba en la cafetería y tanto con la chica, como él, se pidieron un bocadillo de muy buena pinta, con tortilla y queso. Yo preferí no gastarme el dinero, tenía ya en mi maleta bocadillos con tan buena pinta como esos.
Nos dirigimos al bus y descaradamente me senté en mi respectivo asiento 27. Ahora podría apoyarme en las siguientes horas que me quedaban o simplemente mirar por la ventana. Más entretenida sí estaría.
Dos mujeres cristianas se sentaron el los sillones de atrás. Tenían conversaciones interesantes y aunque sé perfectamente que está mal haber puesto mis ”antenas”, no pude evitar sentir curiosidad por ello.
Decían cosas como, ”Lucifer es el gobernante de nuestro mundo”. Tengo que admitir que me acojonaron y según los gestos de mi acompañante, también lo estaba, aunque le daba por reír.
Nos dio por hablar. Éste me contaba que iba a ver a su novia, en ”La Coruña”. Se iba a pegar más horas de viaje que yo. Y me animaba, me dijo que con ella llevaba ya 4 años, que la distancia es mentira que sea un impedimento.
Por un instante me dio por mirar a los pasajeros. Me pregunté cuántas de todas esas personitas, viajaban por ver a quien aman. Cómo se sentirían, ¿tal vez tan nerviosos como yo?
Bueno, cabe decir que había un grupo de amigas que posiblemente solo buscaban juerga. Y se sabía por las frases que soltaban al vuelo; ”que fiestón nos vamos a pegar”, ”lo que se pierde ésta”, ”menudo ciego voy a pillarme”… . Y bueno, destaco, que había un hombre que a mi acompañante le daba señales, con las manos, dando a entender que estaba salido y que esas chicas le parecía que tenían buen cuerpo. Mi acompañante, me daba a entender que creía que estaba loco y lo confirmé en cuanto llegamos a la Estación Sur de Madrid. Éste, el que estaba salido, corría detrás de las palomas e intentaba pegarles un ”batecul”.

Llamé a Ristu. Éste me dijo que estaba llegando y a mí corazón le dio un parón. Después de casi más de 7 horas de espera, me notaba cansadísima, pero me despejé en cuanto pude oír su voz.
No me encontraba y entre risas, yo diciéndole ”¡estoy junto a unos refrescos!”. Resultó que no me veía porque estaba en la planta de arriba. Mi acompañante me decía; tu novio es tonto. Yo le fulminaba con la mirada y el mata-palomas, realmente me preocupaba cada vez más.
Oh Dios mío, ahí estaba. ¿Estaba caminando hacia mí?, ¿era ese del abrigo negro?. Sí, era él y me estaba sonriendo a medida que se acercaba. De los nervios, no recuerdo si nos abrazamos en cuanto estuvo más cerca, solo sé que el corazón se paró y el tiempo, el mundo, todo lo de mi alrededor estaba nublado.
Caminaba torpemente junto a él. Noté, que él estaba tan nervioso como yo y eso, me gustó. Lo miraba de reojo y a la vez intentaba que no se me notasen los nervios, pero el fallo fue; que él hacía lo mismo.
Me hizo gracia que se sintiese desorientado. Se perdió un poco y a mí me perdió un poco más cuando mientras bajábamos unas escaleras mecánicas, extendió sus brazos y me acercó a él. Creo que me quedé sin oxígeno y me puse más nerviosa aun. Tanto, que casi tropiezo innumerablemente de veces.
– ¡Si egggque eréh un dejastréh! -. Qué razón tenía. Pero, ésta vez lo estaba siendo porque su presencia me alteraba todo.

No sé cuántas vueltas dimos, cuántos abrazos nos dimos, cuántas miradas cruzamos sin poder evitar sonreír. Y ese momento, en el que nos sentamos en un tren y nos cogimos de las manos. Me pareció más mágico todavía.
– Te quiero -. En cuanto dijiste aquello, mi corazón y mi oxígeno se volvió a alterar.
– Yo también -. Como pude, soltando un leve suspiro, creo recordar que eso es lo que dije.
Tus comisuras se ensancharon y me enterneciste. Me hiciste pestañear como unas cinco veces seguidas en menos de un segundo. ¿Enserio estaba tocando tu mano?, ¿nos estábamos mirando realmente?.
Bajamos en Parla. Y gracias a ”Google Maps” nos pegamos la gran pateada del día y, ¿noche?. Sí, se nos hizo de noche.
Encontramos finalmente el hotel en el que reservé habitación pero, ¡oh cinijis, no tenía el DNI!. Le dije que podría llamar a mi madre para que se lo enviase por fax, lo que fuese, pero el hombre se negó. Éste me dijo que fuese a la comisaría que estaba a zancadas de allí y que ”denuncie”. Me desanimé muchísimo y por esos momentos creí que dormiría en la calle.
Salimos del hotel y nos sentamos, él y yo en unas escaleritas.
– ¿Qué se supone que tenemos que denunciar? -. Me preguntaste tan desconcertado como yo.
– No tengo ni idea -. Te contesté.

Justamente, en esos momentos, el recepcionista salió del hotel comunicándonos que había llamado a la comisaría y que tenía la oportunidad de ir allí, para conseguir que certifiquen que ”soy yo”.
Estaba nerviosa, nunca me había encontrado en una situación así. Y justo en ese momento, me miraste, me rodeaste, posaste tus labios en los míos. La delicadeza, la suavidad, el cariño y ternura que me transmitiste en esos momentos, me calmó y, realmente lo hiciste en un momento que me desconcertó.

Sonreíste torcidamente y yo me animé. Tenía que haber una solución y así fue.

Llegamos a la comisaría y aunque al principio el hombre de detrás de la mesa me habló realmente mal, más tarde, otro policía fue más comprensivo y gracias a la suerte que ese día tenía buscó el remedio. Nos hicieron esperar bastante tiempo pero, ya estaba más animada.
Cuando me llamaron di hasta un bote con una sonrisa y entré en una sala. En ella, estaba el policía y una mujer. Me volvió a preguntar qué me sucedió con el DNI.
– Pues mire -. Le señalé mi bolso pequeño. – ¿Ve éste bolso pequeño?, normalmente llevo uno grande y ahí fue donde mi madre lo metió. Por lo tanto, está en Ibi, a más de 5 horas de aquí -.
– ¿Dónde está Ibi? -. Enserio, ¿me estaba preguntando dónde estaba?. OMG.
– Más lejos que Alicante -. Le contesté un poco atónita.
– Está bien. De momento eres mala -regular y el hotel creo que ya dejará que puedas dormir en tu habitación reservada -. Cuando escuché ”mala-regular” abrí los ojos como un búho.
– ¿Creíais que era mala? -. Puse tono de ”realmente eso me ha dañado el autoestima”.
– Bueno, ahora solo eres mala-regular-. Contestó entre risas.
Puse los ojos en blanco y miré a la chica, ésta también se reía. Así que me reí yo también.

Como tonta, salí de allí sonriendo y miré a Ristu, haciéndole ver que no creía lo que acababa de escuchar. Por supuesto, ¿cómo no?. Además de desastre ya tenía algo más para meterse conmigo y hacerme rabiar.

Después de aquello, ¿qué decir?. Todo fue maravilloso. La habitación era maravillosa, aunque no encontrase el bicho tecnológico ese para meter la ”tarjetita” y tener luz. Nunca había reservado una habitación de esas para mí sola. Todo era muy nuevo para mí.

Después, salimos del hotel y caminamos, buscando un banco. Antes de encontrarlo, casi nos encierran en un sitio que no sé muy bien que era. El caso, que casi nos encierran y tuvimos que correr como posesos antes de que cerrasen la otra puerta.
Muchos abrazos, besos, risas. Todo fue genial.

Lo mejor de todo. Fue que estuve toda la noche con él. Aun no podíamos creer que sus padres, ellos, eran los que pedían que durmiese conmigo. Estábamos algo desconcertados y, fue raro vernos el la situación de estar solos en una habitación. Tan solo, nos dedicamos a fundirnos en besos, en demostrarnos que existíamos, en acariciarnos y hacer que la noche fuese nuestra. Fueron nuestras noches. Nuestras mañanas, nuestros días.
Es inexplicable poder decir lo que sentí al despertarme y verlo en cuanto volteé mi espalda. Veréis, hay algo curioso. Cuando dormimos, lo hacemos abrazados pero cuando despertamos, durmiendo, estamos los dos de espaldas. Hasta eso me gustó. Porque al girar, tenía su espalda ante mí y, como la luz del día es la causante de mi despertar me dedicaba a despertarlo, jugando a ser yo esa luz, sus buenos días en susurros.

El resto de ese día del sábado. Fue auténtico como él. Caminamos muchísmo, me enseñó mucho Madrid y en verdad, ésta vez no lo he visto tan feo como de niña lo veía. Tal vez fuese porque me encontraba con él. Era muy posible.
Su voz. Fue increíble escucharlo cantar mientras caminábamos entre esa gente, por la noche. Sus ganas de llamar mi atención, de hacer que él fuese más mundo que Madrid, realmente lo consiguió. Es mejor de lo que creía.

Mientras, la despedida del Domingo, creo que es mejor no contarlo. No será una despedida. Solo os diré, que esa noche del sábado, en el hotel yo me dormí, entre susurros con un ”no te duermas”.

Protagonista: Olivia

Co-protagonista: Ristu

Personajes secundarios: Policías, la madre de Olivia… .

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Suerte o conocimiento

El mundo cuando se quita la máscara, da a ver que sus frases son contradictorias cuando llega el momento de ver en directo un error. Dan a creer tener el derecho de poder cometer errores por ser humanos y cuando se acciona, humillan. Te lo quitan todo, como si hubieses suspendido un examen.

No os habéis parado a pensar que una mancha pudo haber sido causada por una emoción que se retuvo, los motivos nunca faltan y alfileres que hagan que explote un globo con tinta, en ocasiones tampoco.

Pudo haber sido su gato junto con la historia que en un pasado te montaste, sus ojos irritados y llorosos, su descontrol por querer besarte a pesar de saber que no es lo correcto, sus tentaciones, las conversaciones que has mantenido, los momentos que te has reído de él y sus tonterías por solo conseguir hacerte reír. Esas muecas que te dan a ver que realmente no puede contenerse y que sus manos tienen vida propia. Que entre cada ”no” que dice tu mente, tu cuerpo se enfada y ausenta; sintiendo escalofríos, más miedo, más anhelo. Pudieron ser incluso sus peticiones por una simple caricia o que te rechiste por alejarte de su torso, mientras que, con sus dedos te anote en la espalda ”vuelve”.

Una voz que se adentró por sus oídos hasta llegar a su núcleo le demandó cerrar sus ojos con suavidad.

Allí estaba ella, sentada en un punto medio de una habitación fría con estanterías viejas rebosantes de libros. La luz tenue le relajaba hasta la médula y esa voz que se había acomodado libremente por su interior, le seguía haciendo peticiones.

– Acaricia sus tapas, huele sus páginas… -. Susurraba aquellas palabras adormeciéndola.
Ella quiso alargar su mano para encontrar la fuente de aquellos vocablos que por cada acentuación creaba una nueva página, una nueva cubierta, una nueva historia. Quiso, pero no lo hizo.

Se desenvolvían en aquél lugar anécdotas encerradas y ocultas que fueron narradas en años, pero esa expresión pausada conseguía relacionar el tiempo con el presente, las páginas sucedían sin más.

Ella se asustó de su magia, se conmovía tímidamente por dentro al presenciar aquella ilusión y estar ahí, tan cómoda. Percibía la cercanía de ese sonido, tan inmediato y afín.
Cómoda y rígida, sin palabras. Le estaban dejando sin palabras.
”El día que me enamoren y llenen, será porque me habrán dejado sin palabras”, recordó pensar y decir una vez.

Ese día parecía presenciarse, estaba ocurriendo hasta que abrió los ojos. Reemplazó aquel lugar por la realidad; su existencia era muy distinta a aquello que decían.

Maltratada realidad, en aquella suposición se sintió cerca de lo que quiere. Y esa persona, estaba con ella. No contó con eso último y cree que es mejor no hacer números.

Aquí están alguna de las consecuencias por pasar de página, pero que justo cuando has visto un buen capítulo que te haga sentir bien, te cojan la mano y te hagan retroceder para tratar de comprender algunas líneas. No olvides que quieres leer un libro que te haga sentir bien. Ignorando si ésto es sólo suerte.

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Personajes: ”Ella” es la protagonista.

Co-protagonista: Desconocido.

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Miradas sinceras

Volví a mirar el reloj por quinta vez, descartando el hecho de que algo sucede cuando hago eso ya que las agujas siguen marcando la misma hora desde el último minuto y medio. Estaba nerviosa. Mis piernas no dejaban de moverse y mi mirada se negaba a despegarse cada dos segundos del maldito reloj que estaba en la pared de la esquina.

El lugar estaba empezando a llenarse y caras desconocidas iban y venían, mirándome con curiosidad. Me estaba empezando a impacientar.

-Han pasado sólo quince minutos, Diana. Cálmate. –susurré entre dientes, mirando fijamente el vaso de agua que mantengo sujeto con ambas manos, como si me estuviese reteniendo en ese lugar.

¿Cómo es que me había metido en eso?, había llegado a un extremo que superaba mi propio límite. Todo es culpa de esas ingratas que tengo como amigas, ellas fueron las que me arrastraron hasta este lugar, obligándome a no salir corriendo. Sin embargo, era exactamente eso lo que iba a hacer. Esto era ridículo e iba a matarlas.

Me dispuse a tomar mi bolso cuando alcé la mirada para buscar al mesero para cancelar el agua, cuando me topé con los ojos más claros y transparentes que había visto en la vida. Y ellos me estaban mirando fijamente a mí también. Dejé de respirar por cinco segundos.

¿Podía ser él?

Sus pasos empezaron a ir en mi dirección, mirándome con un amago de sonrisa.

¡Maldita sea, era él!

Esto tenía que ser una broma, una muy mala. ¿Mi cita a ciegas era con el más popular –e idiota mujeriego- de toda la universidad?, tuve ganas de chillar de la frustración.

-Diana. –Mi nombre sonó muy suave cuando salió de sus labios. Estaba parado frente a mí, tomando entre sus manos el borde de la silla que debería ocupar mi acompañante. Me sentía ridícula y él lo sabía. Desvié mi mirada de la suya y estuve tentada de irme, decirle que esto era un juego estúpido de mis amigas y que lo olvidara, pero volvió a hablar, deteniendo por segunda vez mis intentos de huir. -¿Me puedo sentar? –Lo miré y la sonrisa de niño que me regaló me estaba derritiendo.

Era bellísimo. Alto, fuerte, pelinegro, con una barba apenas pronunciada, un cuerpo atlético, pecas en los hombros y rostro, y unos ojos que mejor ni pienso en ellos. Sin embargo, lo que tenía de bello lo tenía de idiota.

-Supongo que sí. –No salí corriendo. Vi cómo sonreía más ampliamente y quise preguntarle si ya él sabía que era yo la que estaba aquí, porque yo no tenía ni idea. No tardó dos segundos en sentarse y me sentí a la defensiva de repente. –Llegas tarde.

Genial, ¿”llegas tarde”?, vaya estupidez fuiste a decir, Diana.

Escuché su risa suave y me sentí una quinceañera ridícula porque él se estaba burlando de mí, y con toda la razón. Definitivamente las iba a matar.

-¿Has tomado algo más que no sea agua, Diana? –Miré fijamente sus ojos, notando que eran tan claros que podían transportarme al mar, a mi lugar favorito, a la paz que ese sitio me transmite. Me relajé inconscientemente.

-No.

-¿Qué deseas ordenar? –Su espalda se había despegado de la silla y ahora tenía ambas manos cruzadas encima de la mesa, mirándome fijamente. Era guapa, lo sabía, y era la chica que aún no había salido con él –porque era demasiado orgullosa para ser sólo de una noche-.

-¿Qué haces aquí, Sam? –Mi pregunta lo hizo sonreír y volví a sentirme inquieta por la tranquilidad que sus ojos me estaban brindando.

-Tengo hambre, ¿tú no? –Desvió su mirada de la mía y empezó a buscar a algún mesero.

-Sam, quiero saber qué haces aquí. –Sus ojos se cerraron apenas un segundo cuando su mirada volvió a la mía, perforándome, buscando ver más allá de lo que quiero mostrarle. Me removí en mi silla cuando cogió aire de repente y empezó a hablar, de la forma más seria que podía. Jamás lo había visto así.

Sam era así como el mujeriego popular por el que todas las chicas babean. No digo que no me llame la atención o que no sepa apreciar su belleza, pero era un imbécil. Rompía corazones de forma muy fácil y todas las chicas con las que logra salir, salen lastimadas y pese a lo mucho que pueda gustarme, y a toda la atención que siempre ha mostrado hacia mí, yo soy de amor, abrazos y besos, no de sólo una noche.

-Tus amigas estaban buscando candidatos para que salieran contigo. Escuché, me ofrecí y aquí estoy. Eso es todo. –Alcé una ceja en respuesta sin creerme del todo su explicación. Él lo notó, se encogió de hombros y sonrió. –Me gustas, Diana. No quería que nadie más saliera contigo, y jamás has aceptado salir conmigo, así que recurrí a rogarles a tus amigas para que aceptaran.

Ya va, ¿dijo “rogar” y se incluyó en la misma oración?

-¿Rogaste? –Intenté no reírme. Él sí lo hizo.

-Sí. Dijeron que yo no era lo que estaban buscando para ti y que me odiabas. Además, añadieron a eso que las ibas a matar si lo permitían. –Ahora sí que pude reírme.

-¿Y cómo es que lo lograste? –Su mirada se volvió profunda y sonrió de la forma más pícara y malditamente sexy que podía. Lo miré interrogante.

-Cuando al fin encontraron “al chico ideal” –hizo énfasis en las últimas tres palabras e hizo un amigo de comillas cuando las pronunció- lo amenacé y le dije que se negara o se las iba a ver conmigo. –Mi boca formó una perfecta “o” en respuesta y él sólo se encogió más en su asiento.

-¿Y entonces qué pasó? ¿Cómo es que estás aquí? –no lo entendía.

-Cuando tus amigas se enteraron, se enojaron demasiado y tuvieron una pelea conmigo, pero al final permitieron que fuese yo. –Sorna había en sus palabras. Estúpido arrogante.

-¿Cómo demonios lo lograste? –No podía creerme esto.

Sus ojos se volvieron aún más claros, si es que eso era posible y supe que estaba mirándome fijamente para que viese la verdad en ellos. Él quería que creyera en todo lo que estaba diciendo y, para mi mala suerte, estaba creyendo en sus palabras. Podía ser un idiota, pero no parecía estar mintiendo.

-Bueno… -sus ojos dejaron los míos, respiró profundamente y volvió a mirarme fijamente. Y supe que no serían sus palabras las que me sorprenderían, sino su sinceridad –Les dije que estaba enamorado de ti.

Enamorado de ti…

Enamorado…

De…

Ti…

¿Qué?

Fin.

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De amores efímeros

La vista era espléndida, de mis favoritas en toda la ciudad. Si las paredes de este lugar pudiesen hablar, contarían tres historias –desastrosas- en donde el protagonista he sido yo. Digo desastrosas ya que jamás he sido bueno en eso del amor y perder ha sido siempre mi conclusión, al menos en esas tres.

Un viejo amor.

Dicen que cuando te enamoras por primera vez, lo sientes en lo más profundo de tu ser. Y lo comprobé. Sin embargo, lo negué los primeros años, me negaba a creer que estuviese enamorado siendo tan joven. Pero lo estaba. Y fue difícil.

Fue la primera vez que dije que no.

El miedo es una semillita que se instala en tu cerebro y luego viaja por todo tu cuerpo, jugando con tu mente y modificando tus acciones, haciéndote hacer lo contrario a lo que quieres. En esta primera vez desastrosa fui yo el que más perdió, ella me quería, pero yo la quería más y la dejé. Pese a eso, la quise durante algún tiempo más.

Superar un amor supone un gran alivio, sientes que maduras de repente, que te marca, que te permite respirar –aunque nunca lo olvidas, y nunca vuelves a sentir lo mismo-. Sin embargo, te permite marcar tus errores en una lista para no volver a repetirlos, y no lo hice.

Cometí otros nuevos.

El primer golpe del karma.

La segunda vez que este lugar conoció un amor nuevo, fue luego de mucho tiempo. Después de esa desilusión me negué a creer en ello, por lo que me fui por las ramas, siempre jugando, sin involucrar al corazón. Pero todo se acaba, y conocí a alguien más, alguien nuevo, alguien mayor, alguien que me quiso más de lo que yo pude haberla querido.

Hubo besos y hubo abrazos, hubo cariño, pero no hubo amor de mi parte. No volví a enamorarme, no volví a sentir lo mismo y no supe cómo decirlo. Rompí un corazón y el dolor que sus pupilas me mostraban, acabó conmigo.

Así que hice una nueva lista, más larga esta vez, de los nuevos errores que cometí y que no iba a repetir. Pese a esto, la siguiente vez el karma jugó en mi contra y esa vez no hubo errores, sino golpes.

El último desamor.

No pasó tanto tiempo hasta que alguien logró entrar en mi corazón, demasiado letal para mi gusto, demasiado peligroso, demasiado como yo. Una vez dijeron que era “peligrosamente hermoso” y sólo pude reírme. No era hermoso, era común y corriente, pero había sido un cumplido cursi y me encantaban las chicas así.

Pero ella sí era preciosa, cómica, simpática, interesante, menor que yo, y demasiado insistente. Si algo aprendí de mi primer amor, fue a no involucrarme demasiado, pero hasta el más fuerte se vuelve débil cuando le besan con tanta suavidad que cree que se va a desmayar.

Pasaron meses hasta que acepté que ya no podía negar lo que sentía y ya no era ella quien buscaba besarme, era yo, siempre yo. Fue con quien más me entregué, fue a quien más abracé y con quien dejé de sentir miedo. Pero no funcionó. Ella no quiso seguir, la del miedo fue ella, el del corazón roto fui yo.

El karma no es cualquier cosa, es fuerte y destructivo, arrasa con cualquier cosa a su paso, buscando justicia. Entonces, la lista la eché a la basura y sólo hice una regla:

“No más amores efímeros.”

 

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Una taza de café

Todas las mañanas, Andrea entraba en su cafetería favorita, sacaba los apuntes del día y se ponía a repasar antes de tener que entrar a clase. Medicina era una carrera muy demandante y más valía estar preparada para un examen sorpresa del profesor. En su clase era la más avanzada y no quería perderse de tal distinción.

—Señorita, esto es para usted —le dijo el mozo, antes de que pudiera ordenar.

Una taza de capuchino, su café favorito, fue puesto delante de ella. La espuma estaba primorosamente decorada con un pequeño corazón y un apetitoso aroma se desprendía de la bebida.

Andrea parpadeó.

—¿De parte de quién? —preguntó al camarero.

Este señaló una mesa que se encontraba en la esquina. Había allí un muchacho alto y moreno, que estaba de espaldas a ella. La muchacha se ruborizó y debatió por un momento si debía ir a agradecerle. Era terriblemente tímida y pese a sus diecinueve años, no tenía ninguna experiencia con los hombres.

Le dio las gracias al mozo y se dispuso a leer su cuaderno, sintiendo un agradable cosquilleo en el estómago. De tanto en tanto, tomaba sorbos del capuchino.

Era el más delicioso que le habían servido hasta entonces.

Al día siguiente, la escena se repitió y cuando Andrea se volvió hacia su admirador, pudo darse cuenta de que volvía a darle la espalda. Sonrió cálidamente y tomó un sorbo de su café.

Podía acostumbrarse a aquello.

La semana transcurrió de lo más interesante. Todos los días era lo mismo. Una taza de capuchino caliente con corazones llegaba a su mesa y ella no podía ni verle la cara a quien le invitaba. Siempre ocupaba el mismo lugar en la cafetería y nunca podía verle el rostro, pues ninguno tenía el valor de acercarse y entraba a clases antes que él.

La situación le gustaba, pero también la estaba volviendo loca.

Andrea se armó de valor. Tendría que hablarle de una vez por todas al desconocido.

El viernes llegó, para alivio de todos sus compañeros y de ella misma, que solo pedía poder dormir hasta tarde un día, después de haberse desvelado estudiando tanto para los exámenes.

Entró a la cafetería como de costumbre y el camarero le llevó su café, excepto que esta vez venía acompañado de otro detalle. Una larga rosa roja.

—Esto es para usted, señorita —le dijo el mozo, sonriendo y el corazón de la chica se aceleró.

Se ocultó en sus apuntes, ruborizada, pensando más en las palabras que le diría al desconocido que en los conceptos que estaban anotados en su libreta. Se terminó la bebida, lentamente.

—Hola —saludó cuando finalmente, se hubo atrevido a acercarse a la mesa del chico.

Ahora por fin podía verlo. Era un chico guapo, de ojos marrones y dulces. Sonrió.

—Empezaba a preguntarme por qué tardabas tanto en acercarte. Mi nombre es Marcos. Y desde hace días que quiero conocerte. Me pareces una chica muy linda, ¿sabes?

Andrea se puso colorada y sonrió también. Era el comienzo de algo maravilloso.

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Un recuerdo sin esperanza y sin hogar.

Hay tensión sobre sus hombros, una tensión que no sabe aliviar todavía nadie desde hace casi un año. Cuando abrió los ojos esa mañana y miró hacia su izquierda, su pareja estaba junto a ella mirándola directo.
– Buenos días preciosa, ¿estás preparada para emprender el viaje?-.
– No-. Aulló ella protegiéndose del día.
– Vamos cariño, siempre has querido viajar… ¿cómo es posible que ahora no quieras?-.
– Me sentiré sola y hace tiempo que no me enfrento a eso… -. Por muchos deseos de estar en libertad como antaño, sabía que echaría de menos su presencia. Dejó ver sus ojos entornados para mirarle y en un quejido casi incomprensible dijo: ”Vale, ya voooy…”.

Cuándo se dirigían hacia la estación ella sentía tanto flato que casi lo tomó por superstición para dar media vuelta; una buena excusa, sí señor. Pero no paró y el sentimiento de ese cambio que se avecinaba no dejaba de crecer. Más que un sentimiento, una sensación era un presentimiento.
Ya está, ahí estaban junto al tren y las maletas en mano. Hicieron una pausa, se deleitaron y regalaron unos segundos mirándose, leyendo en cada uno lo que su alma quería gritar. ”Pídeme que no me vaya, dime que quieres que me quede”, decían los ojos de ella. Mientras que los de él, quién sabe. Sólo parecían prometer que estaría en éste mismo lugar cuándo ésta volviese y que en el fondo ya la estaba echando de menos.

Bien, se despidieron con un dulce beso nervioso porque para ella era la primera vez que viajaría en tren. Se temía lo peor ya fuese por no encontrar dicho tren o que se le cayese su zapato por el hueco del escalón que suele haber en la puerta de entrada del ferrocarril, que además por si fuese poco le daba vértigo sólo mirarlo. Para los ancianos debe de ser muy difícil subir por ahí y más con un tiempo de objetivo.

Todo se calmó en cuánto ella se sentó, aunque a la vez seguía intranquila porque no tenía ni idea de qué pasaría cuándo tuviese que bajar de ese tren. Quedaban muchas horas de trayecto y se presentaban sensatas, equilibradas, serias… . Las horas no le podían contar que cuánto más avanzaban más se acercaba un momento donde todo se desequilibraría. En una de las paradas que hacía el tren vio que había muchísima gente pendiente de subir y que entre gritos alegres eso hicieron.
Alguien en cuándo ascendió le sonrió desde la distancia y ella retornó su sonrisa por cortesía, tras ello, siguió sumergiéndose en las páginas de un libro que estaba leyendo sin concentración alguna. Se sentía agotadísima y con cierta apetencia por darse una buena ducha pronto.

El moreno de ojos oscuros se sentó a su lado. No tardó nada en emitirle preguntas que ella terminaba contestando por inercia además de bombardearle con otras curiosidades; así entró en una especie de trance agradable.

– ¿Tienes pareja? -.
– Oh, sí, la tengo… -. Lo vio. Los ojos oscuros cambiaron en cuánto dio esa respuesta y en el fondo creyó que esa sería el fin de la presentación.

Exactamente no sé cómo pasó, porque no sólo no fue el fin sino que todo se volvió más cercano. ”Uy sí, claro que me gustan las fiestas pero no me gusta ese estado donde parece que las personas terminan ”rallándose” y no quieren reconocerlo. Las fiestas no siempre son honestas.”
No sólo se lo reconoció, sino que además se identificó. Un hombre desconocido admitiendo que era vulnerable por todo lo que acontecía en su vida. Así daba gusto hablar.

Y así pasaba casi todo con él desde ese instante; todo brotaba con naturalidad. No habían sonrisas forzadas porque era cómplices y al bajar, por azar debían de bajar en la misma parada. Sí, se dieron los números. Sí, no pudieron evitar no verse al día siguiente y… al otro día después de pasar ese. Rieron sin parar, jugaron como niños, se hacían bromas, se querían adorar cuánto pudiesen y en algún que otro juego ella perdió;el premio de él era un beso que no quería darle. Sucedió, sintiendo una fuerte llama de dos.
La confusión abrumadora se abalanzaba sobre ella porque todo parecía ser demasiado bonito para ser verdad; le gustaba y enternecía. Se entendían, existía complicidad y a su misma vez se agobiaba, por alguna razón quería que esas sensaciones nerviosas terminasen. El amor contiene calma, se valora cuándo lo tienes y no es un deseo de obtener lo que no se tiene.

El final fue trágico porque la magia se disipó en cuándo surgió el adiós. Y todo ese recuerdo quedó de manera difusa en ella porque por mucho que se dijesen: ”No olvidaré ésto”. Ella en el fondo, eso es lo que quería, los detalles se convirtieron en un enemigo y el resumen en amigo. Así el morbo pasaría como un reflejo ligero.

En el tren de vuelta de golpe todo se calmó, todo pasó del frenesí a la absoluta paz de saber que volvería con su pareja, a su hogar, los brazos que sí acostumbró a sentirlos rodeándola. Sin tanta presión de por medio.
Aliviada respiró y durmió plácidamente durante el retorno. Cesó su sueño, su viaje, bajó de ese tren entumecida y vio que ahí estaba su chico, como le prometió. Admitió sus pequeños y suaves labios junto a los suyos con tantas ganas de seguir amándole. Le miraba ceñuda y eso que a la vez jamás había tenido algo tan claro en toda su vida, no quería a ningún otro, a nadie más. No puedo, no llegó a poder remediarlo así que, aún cerca de sus labios con la voz suave y cálida llegó a susurrarle; ”Prefiero seguir secuestrada por ti toda la vida. No dejes que me vaya nunca más sin ti.”

Fotografía: Ainoa Rodríguez Bravo

Personajes: 

 

La protagonista es ”ella”. Me gusta la idea de dejar que el lector pueda imaginar los nombres a su gusto. Es una forma mucho más fácil de identificarse con los personajes.

Luego como personajes secundarios está ”Él” y luego el ”chico del tren”.

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De triángulos y cuadrados

Nunca pensé que la vida en la secundaria sería tan dura, a pesar de vivir en tiempos tan modernos hay personas que manejan algunos prejuicios, esto me desanima a veces pero cuento con el apoyo de mi familia, aunque ellos tienden a exagerar un poco las cosas la verdad son buenos.

 

Me llamo Dylan y soy gay, dirán que un cliché pero no me siento cómodo con mi entorno, las personas son tan falsas, indiscretas, básicamente pobres idiotas, pero aun una excepción, ese es mi amigo Fernando, hemos sido amigos desde la primaria, siempre me ha defendido de los bravucones aun cuando no hace falta.

 

Pero ha surgido algo, mi mejor amiga, Estefany me ha confesado que gusta de Fernando, sinceramente ha sido algo que me estremeció, bueno no digo que me sorprenda mucho, Fernando es un chico muy guapo, es moreno, su cabello es negro, abundante con un brillo natural, sus ojos verdes reflejan perfectamente al luz del sol, y sus labios; sus labio me provocan, bueno eso.

 

Ese es mi problema, sin darme cuenta me he enamorado de Fernando, si lo se muchos me juzgaran por enamorarme de mi mejor amigo, pero no sé qué hacer, siento que traiciono su confianza, por otro lado nunca me percate que podría perderlo, siempre estábamos juntos y bueno él sabe que soy gay y nunca le importo, quizás en mi subconsciente llegue a pensar que estábamos unidos de alguna forma.

 

Ambos somos fans de la saga de la guerra de las galaxias, y de algún modo Estefany se enteró y termino invitando a Fernando al cine, el muy idiota sin consultarme me invito a su cita romántica, según él esta nueva entrega debía de verse con los amigos.

 

Una vez en el cine mí paciencia era puesta al límite, Estefany no encontraba la manera de excluirme de toda conversación y pretendía comentar sobre la película como si fuera una experta, se notaba que todo lo había leído de Wikipedia.

 

Decidí desconectarme y ver la película tranquilamente, Fernando hizo lo mismo pero Estefany no aguanto mucho y revisa su celular a cada momento, tanto así que Fernando le llamo la atención, y muy tontamente pidió disculpa pero continúo jodiendo con su celular.

 

Cuando termino la película se notaba que la tonta estaba aburrida así que decidió irse, yo si disfrute la película al igual que Fernando, los dos preferimos ir por un helado y caminar a las orillas de la playa.

 

—Sabes me parece que Estefany gusta de mi pero ella no debería sentirse así, nunca podre corresponder sus sentimientos—

 

—Bueno pienso que no tiene culpa, uno no decide de quien enamorarse—

 

Sus palabras me dejaron un mal sabor, “nunca podre corresponder sus sentimientos”, quizás así sea para mí.

 

—Además me gusta alguien más—

Eso de verdad despertó mi curiosidad, acostumbramos a decirnos todo, quería ser el guardián de todos sus secretos así que enterarme que su corazón latía por otra persona me hacía sentir triste, pero con deseos de saber quién era, mis celos eran inevitables.

 

—Pero siempre me he preguntado qué piensa esa persona de mí, pero pienso que debo arriesgarme, ¿no crees? —

 

Me miró fijamente y su sonrisa de verdad me derretía, pero era un tonto al no declararse a esa chica, sin duda nadie en su sano juicio le diría que no a él.

 

—Dylan, te gustaría salir conmigo, como mi novio—

 

Tan solo esas palabras bastaron para detener el tiempo, el flujo a mi corazón aumento, mi piel se tiño de un rojo carmesí, me dije a mi mismo, soy feliz puedo morir, pero no en estos definitivamente no, y mucho menos que ahora tengo un novio con el cual encajo a la perfección.

 

 

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