La flor de Nochebuena

¿De qué trata?: Un niño pobre, triste por no tener nada que dejar en la ofrenda al niño Jesús, recibe un misterioso regalo en Navidad.

Personajes: Pablito

Esta leyenda corta nos habla del origen de una de las flores más famosas del mundo, originaria de México: la Nochebuena. Debido al hermoso color carmesí de sus pétalos, cada año al llegar la Navidad, millones de familias la ponen afuera de sus casas para conmemorar tan hermosa época.

Cuentan que hace mucho tiempo, en un pueblito de México, las personas acudían a la Iglesia para adorar al niño Jesús, conmemorando su nacimiento. Cada veinticuatro de diciembre acudían a misa y a continuación, dejaban una ofrenda en el pesebre de la parroquia para él. Los regalos iban desde dulces a mantas tejidas.

Todos en el pueblo querían demostrar el inmenso amor que sentía por el bebé Jesús.

Pablito, un niño muy humilde, veía esto cada año y conforme pasaba el tiempo se entristecía, porque siempre que era la víspera de Navidad él no tenía nada que dejar en la Iglesia. Su familia era muy pobre y lo poco que tenían, debía ser para sus hermanitos.

Aquel veinticuatro, Pablito llegó a la capilla y se puso a llorar, deseando tener algo que ofrecerle al niño Dios. Todas las personas podían demostrarle su cariño con diversos obsequios, menos él.

Sus lágrimas cayeron como un torrente en el suelo de la Iglesia y se transformaron en una hermosa flor de pétalos rojos como rubíes.

Era la Nochebuena.

Pablito se quedó admirado al contemplar aquel milagro y comprendiendo que era un regalo de Dios, fue de inmediato a ponerlo en el pesebre. Desde allí, le pareció que la figurita del niño Jesús le sonreía y sintió una inmensa paz.

Aunque hacía un inmenso frío, la flor permaneció en su lugar sin marchitarse, más hermosa conforme la temporada pasaba. Pronto, la gente del pueblo la vio y se quedó admirada por su belleza.

—¡Qué sorpresa tan maravillosa! —decían— Es una flor divina.

—Jamás se había visto algo tan magnífico en nuestro poblado tan modesto.

—¿Pero de dónde la habrán sacado? ¿Qué clase de flor es exactamente?

—Es tan extraña como bella, es la más linda de todas.

No tenían flores así en ningún sitio y aquella lucía preciosa en el nacimiento.

Con el tiempo, cientos de Nochebuenas comenzaron a crecer por el poblado, blancas como la nieve y rojas como aquella que Pablito había creado, con su amor incondicional. A las personas del pueblo les gustaron tanto, que tomaron por costumbre adornar la Iglesia, sus casas y el mismo pesebre del niño Jesús con ellas, todas las navidades.

Y cada vez que llegaba el veinticuatro de Diciembre, Pablito era el primero en dejar un enorme conjunto de flores blancas y rojizas a los pies de Dios hecho hombre.

Es por eso que hasta hoy, las Nochebuenas son muy apreciadas en todo el mundo y orgullosamente mexicanas. Su belleza se marchita al llegar la primavera, pero cada vez que el año llega a su final y el frío se hace más intenso, haciendo que las otras flores mueran, esta abre sus pétalos recordando el milagro de la Navidad.

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El obsequio de las palomas

¿De qué trata?: Cada año después de Navidad, un príncipe chino libera palomas para entretener a sus súbditos. Hasta que uno de sus consejeros le hace descubrir algo importante...

Personajes: Príncipe, Consejero

Moraleja/Conclusión: Muchas veces las buenas intenciones no son suficientes para arreglar un problema. Antes de hacer un favor, hay que actuar con precaución y preguntarnos si realmente será útil.

Hace mucho tiempo, existía en China un antiguo reino llamado Handan, en el que todos sus habitantes estaban bajo el mando de un príncipe. El joven tenía un buen corazón, pero no siempre actuaba con cautela al gobernar. Por eso solía consultar cada decisión con sus consejeros, que eran más sabios y mayores que él.

Cada año al llegar el invierno, los súbditos de Handan preparaban las fiestas con gran algarabía. En Navidad se ponían brillantes túnicas de color rojo y verde para salir a las calles a celebrar, jugaban en medio de la nieve y elaboraban deliciosos dulces para los más pequeños.

Luego hacían un gran desfile en el que todos se repartían regalos y al príncipe le encantaba ver como eran felices. Pasadas las fiestas de Navidad, llegaba la hora de celebrar el Año Nuevo.

La gente de Handan tenía por costumbre reunirse a cenar con sus familias y disparar fuegos artificiales hacia el cielo.

Además de esto, todos tenían la costumbre de cazar palomas blancas para obsequiárselas al príncipe, en agradecimiento por su benevolente reinado. Y él, por su parte, les recompensaba con maravillosos obsequios.

Un día, poco antes de la víspera de Nochevieja, uno de sus consejeros le preguntó porque mantenía dicha tradición.

El príncipe le respondió lo siguiente:

—En Año Nuevo, libero las palomas que mis súbditos me obsequian para mostrarles mi benevolencia.

—Pero, ¿no le gustan a usted las palomas?

—Por supuesto que sí —dijo el joven—, son animales nobles y muy hermosos. Me recuerdan la inocencia y todas las cosas buenas que hay en el mundo. Por eso no tendría el corazón para mantenerlas cautivas.

—Cada vez que se acerca el fin de año ocurre la misma situación —prosiguió su consejero—, la gente sabe que usted necesita palomas para liberarlas y se ponen a cazarlas sin control. Como resultado, muchas de ellas mueren y se acumulan en las calles. Si de verdad ama a estos animales, debe prohibir su caza. Su buena intención de liberarlas no es suficiente para reparar los daños que las personas cometen.

El príncipe reflexionó en lo que decía y llegó a la conclusión de que tenía razón. Una tradición no valía la pena si se ponía en peligro la vida de unas criaturas tan buenas.

Ese año, se publicó en Handan un edicto con el que la caza de palomas quedaba prohibida. Al principio no fue del agrado de todos, pues había quienes no querían dejar de recibir las recompensas que les otorgaba el príncipe.

Así que a cambio, a él se le ocurrió instaurar una nueva tradición: los ciudadanos podrían regalarle palomas hechas de papel y él, a cambio, les obsequiaría dulces, túnicas de colores y otros curiosos regalos para que pudieran usar en las fiestas de fin de año. Esta nueva medida fue adoptada con gran alegría por su gente.

Desde entonces, antes de seguir otra tradición y hacer efectiva una decisión importante, el príncipe pensó con mucho cuidado. Pues además de buenas intenciones, la razón era necesaria.

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Una Navidad en el bosque

¿De qué trata?: Los animales del bosque aprenden a colaborar juntos para traer de vuelta al espíritu de la Navidad.

Personajes: Búho, Oso, Conejo, Cierva, Ardilla

Moraleja/Conclusión: La amistad y el amor son más fuertes que el egoísmo, aprende a compartir lo poco que tienes con los demás y serás la persona más rica del mundo.

Era un día muy frío en el bosque, cuando los animales se reunieron para preparar el gran festejo de Navidad. Todos los años se sentaban a comer juntos para dar las gracias por su amistad, además de darse regalos entre ellos.

Eran el sabio búho, el simpático oso, el responsable conejo, la noble cierva y la divertida ardilla. Entre todos arreglaban un claro del bosque para hacer su fiesta y solían pasarla muy bien.

Aquel año sin embargo, estaba por pasar algo muy distinto que pondría a prueba su amistad.

—He traído suficientes nueces para nuestra comida —dijo la ardilla.

—Yo traje algunas hierbas del bosque para preparar una rica ensalada —dijo la cierva— y también suficientes bayas.

—Pondré mis mejores zanahorias para que comamos —dijo el conejo.

—Y yo —dijo el búho—, he puesto la mesa con lugares para todos. La vamos a pasar muy bien. ¿Qué has traído tú, oso?

—Iba a traer un tarro de miel —dijo el oso con lástima—, pero de camino a acá se me cayó. ¡Qué apenado estoy!

—No te preocupes —le dijo la cierva—, aun así habrá suficiente comida para todos.

En ese momento, los animales se sentaron a comer pero no experimentaron la misma emoción que en años anteriores. Algo raro había sucedido: el espíritu de la Navidad no estaba presente entre ellos.

—¡Qué raro! —exclamó el búho— Pero si estoy seguro de que hicimos todo bien.

—¿Nos habrá faltado algo? —preguntó el conejo.

—Tal vez alguno de nosotros se portó mal antes de venir —dijo la ardilla.

—No, no puede ser eso —dijo la cierva—, estoy segura de que todos somos buenos. Seguramente el espíritu de la Navidad solo se ha demorado un poco, hay que tener paciencia. Comencemos a cenar.

Dieron pues las gracias y se dispusieron a degustar sus alimentos, pero la sensación de que algo no estaba bien no se iba. Finalmente, el oso ocultó la cabeza entre sus manos con mucha vergüenza y suspiró entristecido.

—Perdónenme, amigos —dijo—, todo es mi culpa, he sido muy egoísta.

—¿Por qué lo dices, amigo oso? —le preguntó la ardilla.

—No es verdad que se me haya caído la miel, la verdad es que no la traje porque quería comérmela yo solo —dijo el oso—, a veces no puedo evitar ser muy goloso. Pero ahora que me doy cuenta de que ustedes han compartido lo suyo sin reparos, me siento muy mal. No merezco estar entre ustedes.

—No digas eso, oso —le dijo el búho—, se necesita mucho valor para aceptar algo así.

—No nos importa que no hayas traído nada, estamos contentos de que estés aquí —dijo el conejo.

—¿De verdad?

—Sí y ahora que has sido honesto, puedo sentir como el espíritu de la Navidad está volviendo —dijo la cierva.

Todos comieron muy alegres y al día siguiente, el oso hizo dulces de miel para todos. Fue la mejor Navidad que los animales pasaron en el bosque en mucho tiempo y nunca se olvidaron de la importancia de compartir.

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Navidad sin regalos

¿De qué trata?: Un chico se despierta la mañana de Navidad y nota algo extraño: el árbol y todas sus cosas han desaparecido.

Personajes: Protagonista, Mamá, Papá, Hermanita, Tía, Familiares, Vecinos

Relato corto de

Esta mañana cuando me desperté, noté que algo extraño pasaba en mi casa. Se sentía en el ambiente. Bajé a la sala y me di cuenta de que el árbol navideño que con tanto esmero habíamos puesto anoche, no estaba. Dudaba que mis padres lo hubieran quitado, al ver la emoción de mi hermanita.

No había regalos y lo que era aun más inquietante, las fotografías familiares en las que yo aparecía habían desaparecido, además de mis propias fotos. Vi a mi perra acercarse a mí y gruñirme como si fuera un desconocido.

Aquello definitivamente comenzaba a ponerse extraño.

—¿Mamá? ¿Papá? —llamé, sin obtener respuesta— ¿Stacey? —mencioné a mi hermanita.

Ninguno de ellos se encontraba en sus habitaciones. Probablemente se habían ido a casa de mi tía, como todos los años en Navidad, pues era ahí donde nos reuníamos con nuestros familiares. ¿Pero cómo podían haberme dejado aquí solo?

Furioso, me puse mi abrigo y salí a toda prisa de mi hogar, dirigiéndome a la calle en la que vivía mi tía. Me extrañó no ver el Ford negro de mi padre estacionado en el garaje, pues nunca lo sacaban para ir con la tía. No cuando podíamos ir perfectamente caminando. Supuse que esta vez les había dado pereza.

Camino hacia allá me encontré con una escena espantosa: en una casa de dos pisos, un loco se había a estrellar con un coche negro justo en la sala de estar. El vehículo había atravesado por completo la ventana, arrasando con la estructura y derrumbando a medias el piso superior. La policía había acordonado el lugar y los vecinos se habían concurrido, curiosos y aterrorizados, al ver tal locura.

Sentí un escalofrío correrme por la espina dorsal y continué hasta casa de mi tía, ansioso por estar con mi familia. No dejaba de tener la sensación de que había algo que andaba muy mal.

Divisé la vivienda de mi tía a lo lejos y corrí hasta la puerta. Por la ventana vi que toda mi familia ya estaba reunida en la sala de estar, pero no se encontraban felices. Iban todos vestidos de negro y parecían muy tristes. Mi madre lloraba desesperada.

Atravesé la puerta, dispuesto a preguntar que pasaba, cuando un torrente de recuerdos me asaltó con tal fuerza que temí desmayarme ahí.

Me vi a mi mismo con mis amigos, bebiendo cervezas y pasándola bien. Subía al auto de mi padre bastante pasado de copas y pisaba el acelerador a fondo, conduciendo por una calle nevada para llegar a casa lo antes posible. Creo que me pasé un alto, o dos; de repente un estallido y oscuridad total. Cuando volví a la conciencia, me estaba ahogando con mi propia sangre.

Luego todo se volvía negro a mi alrededor…

Esta mañana cuando me desperté, noté que algo extraño pasaba en mi casa. Se sentía en el ambiente. Bajé a la sala y me di cuenta de que el árbol navideño que con tanto esmero habíamos puesto anoche, no estaba…

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La niña del avión

¿De qué trata?: Un piloto se retira a dormir a la cabina de descanso, cuando ve que está ocupada por alguien más. Una niña pequeña.

Personajes: Piloto, Azafata, Niña, Pareja

Es una noche de invierno muy fría y para la tripulación de aquel vuelo, la jornada que les espera todavía promete ser larga. En cabina, el piloto se despereza luego de haber estado volando por un par de horas. Deja los controles a cargo de su segundo al mando y sale a preguntar a una de las azafatas si la cabina de descanso está libre.

—No hay nadie en este momento —le responde ella.

El piloto le da las gracias y se dirige hacia allí para echar una cabezada. La cabina es un espacio pequeño y oscuro, en el que había un par de literas para que los miembros de la tripulación pudieran tomar la siesta de tanto en tanto.

Sin embargo, el hombre sintió un bulto pequeño en una de ellas y muy sigilosamente, sacó su linterna de bolsillo para iluminar la cama. Vio a una pequeña durmiendo profundamente.

Extrañado, él la arropó con cuidado y salió de la cabina a buscar a la misma azafata.

—Hay una niña durmiendo en la cabina —le dijo, consternado.

—¿Qué?

—Que hay una niña pequeña dormida en una de las literas —dijo él—, ¿qué hace allí? ¿Quién es?

—Imposible, esa cabina estaba totalmente desocupada —dijo la azafata.

Sin embargo, el piloto insiste y le describe brevemente a la chiquilla, haciendo que la mujer palidezca. La ve mirar hacia un rincón del avión, preocupada y le habla en voz baja.

—¿Puede ver a esa pareja que va viajando en la fila de allá? —le pregunta, señalando a un matrimonio no muy maduro.

Ambos se ven cansados y demacrados, como si el viaje les sentara terrible. El piloto afirma con la cabeza, cada vez más confundido.

—Claro que los veo, ¿pero qué tienen ellos que ver en todo esto?

—Están viajando al funeral de su hija —respondió la azafata, trémula—, la pequeña murió mientras se encontraban de vacaciones. Ella está abajo, con el equipaje, en un ataúd.

El piloto palideció al instante. Enseguida se dirige al baño para refrescarse un poco. Se echa agua en la cara y duda de si debería volver a la cabina de descanso o pilotear hasta que se le olvide el asunto. En ese momento levanta la mirada y sus ojos se clavan en un mensaje que ha aparecido en el espejo del lavabo, escrito con un diminuto dedo infantil:

Gracias por arroparme.

Cuando el piloto volvió a la cabina de descanso para echar un vistazo, se dio cuenta de que no había ni rastro de la niña. Pero ya no fue capaz de conciliar el sueño el resto de la noche.

Esta es una de las leyendas urbanas más famosas alrededor del mundo. Dicen que cuando una persona muere repentinamente, su alma tarda más en dejar este mundo mortal, acompañando a sus seres queridos hasta encontrar el descanso eterno. Acaso aquella pequeña aun no se había dado cuenta de que estaba muerta, o quería seguir viajando con sus padres hasta el momento de despedirse definitivamente en el entierro.

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Orfeo y Eurídice

¿De qué trata?: Orfeo, un valiente poeta, decide descender al inframundo para rescatar el alma de su amada Eurídice.

Personajes: Orfeo, Eurídice, Hades, Caronte

Orfeo era un poeta muy habilidoso, que tenía un don especial para componer todo tipo de versos. A menudo los cantaba para Eurídice , su bella esposa, a quien encantaba con ayuda de su arpa y su talento para la música y la poesía. Pero esto se terminó el día que ella, picada por un animal ponzoñoso, murió dejándolo solo.

Loco de dolor, Orfeo decidió viajar hasta el Inframundo para recuperar su alma y escapar de la soledad.

Llegó así hasta el río que separaba la tierra de los vivos del los territorios de Hades, señor de los muertos. Solo era posible cruzar el río a bordo de la barca de Caronte, el viejo que transportaba las almas que acababan de abandonar la Tierra.

—Yo puedo llevarte si quieres —le dijo él—, pero será un viaje en vano, porque tan pronto como lleguemos al Inframundo, seremos recibidos por Cancerbero, el monstruo de las tres cabezas. Él sabrá que no estás muerto y te devorará.

—No te preocupes por eso —le dijo Orfeo—, tú llévame, que yo sé la manera de tratar con esa bestia.

Y así, Orfeo se montó a borde del bote de Caronte, que lo condujo hasta las mismas puertas del Inframundo. Se encontraba custodiándolas Cancerbero, un enorme perro con tres cabezas que clavaron sus ojos en él con furia devastadora.

Al instante, Orfeo comenzó a tocar la lira que traía consigo, emitiendo una dulce melodía. Cancerbero se apaciguó y se quedó dormido mientras terminaban de entrar a los dominios de Hades.

Y la música llegó a cada rincón del Inframundo, consolando a las almas solitarias y confortando los oídos de Hades, quien sentado en su trono, se sintió conmovido por aquel intruso. Así que cuando tocó tierra lo recibió en su trono, dispuesto a negociar con él.

—He venido a buscar a mi esposa, Eurídice —dijo Orfeo—, por favor, devuélveme su alma.

—Está bien, dejaré que te la lleves —le dijo Hades—, con una sola condición. En todo el camino de vuelta no debes mirar atrás, sino hasta que hayas salido del Inframundo. Si no lo haces, volveré a arrastrar a tu esposa hasta mis dominios y no tendrás otra oportunidad de recuperarla.

—¿Cómo sé que cumplirás tu palabra? —preguntó Orfeo, desconfiado.

—Confía en mí. Ahora date la vuelta y márchate.

Orfeo volvió a la barca de Caronte, pero no escuchó nada detrás de él. Ni pasos, ni la voz de su amada. Esto lo hizo volver a desconfiar.

Soportó todo el camino de vuelta hasta las puertas del Inframundo sin mirar atrás, pero justo cuando estaban por cruzarlas, no lo resistió y echó un vistazo por encima de su hombro, pensando que Hades se había burlado de él.

Cuando Orfeo hizo esto, el alma silenciosa de Eurídice se vio arrastrada una vez más a su lugar entre los muertos y él se lamentó por haber sido tan tonto.

Tendría que pasar el resto de su vida solo, hasta que finalmente, pudiese morir y estar de nuevo con ella.

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La viuda y su oveja

¿De qué trata?: Una pobre viuda se ve en problemas tras perder a su marido y quien lo sale pagando, es su pequeña y leal oveja.

Personajes: Viuda, Oveja, Esposo, Trabajadores

¿Dónde ocurre la historia?: Si vas a hacer un trabajo, antes debes prepararte para hacerlo bien.

Una mujer vivía en una próspera hacienda gracias al trabajo de su esposo, quien era el terrateniente más rico de la región. Tenía muchas cabezas de ganado, negocios en el pueblo cercano y una casona muy confortable en medio del campo, con montones de sirvientes que le servían a su señora.

Sin embargo, la desgracia tocó a la puerta del matrimonio y un día, mientras el hombre montaba a caballo para supervisar a sus animales, este se encabritó con una serpiente que vio a medio camino, tirándolo al suelo.

El hacendado se golpeó en la cabeza muriendo al instante y sus trabajadores trasladaron el cuerpo hasta su casa, para horror de la ahora viuda.

—¡¿Qué será de mí ahora?! —exclamó, pues ella solo sabía como llevar la casa.

Con el tiempo, la hacienda fue cayendo en decadencia, ya que la mujer no entendía los negocios de su difunto esposo. Gran parte de la fortuna se había ido en pagar el funeral y las deudas que este había contraído.

Los trabajadores le recomendaron ir vendiendo todas las cabezas de ganado para hacer frente con todas estas responsabilidades, y después las aves de corral. Poco después, fueron ellos los que abandonaron a su ama, quien tuvo que recurrir a vender gran parte de los objetos de valor de su casa.

Al final, únicamente le quedaba una pequeña oveja, muy bien provista de lana. La viuda solía cuidarla lo mejor que podía, pues pensaba aprovechar esta lana para venderla en el pueblo y comprar provisiones.

Era su última esperanza.

Como ya no tenía quien se encargara de trasquilar al animal, decidió probar suerte y hacerlo ella misma. Se arremangó su vestido ya bastante viejo y se sentó enfrente del animal para comenzar con la tarea.

Pero he aquí que una vez que lo hizo, la oveja comenzó a quejarse y a llorar. La viuda no sabía lo que estaba haciendo y cada vez que pretendía cortar un poco de su lana, pellizcaba también la tierna carne de la criatura.

—Ama, ¿por qué me maltratas de esta forma, si yo me he quedado contigo hasta el final? —le preguntó— ¿En que te beneficiaría añadir mi sangre a esa lana que quieres vender? Si deseas también mi carne, mejor haz venir al carnicero, que al menos se encargará de matarme sin hacerme sufrir. Pero si lo único que quieres es mi lana, te suplico que vayas por el esquilador al pueblo, quien me esquilará sin lastimarme.

Muy arrepentida, la viuda curó las heridas del animal y, pese a que antes no quería gastar en contratar al esquilador, aceptó que fuera él quien sacara la lana pues tampoco quería perder a su ovejita.

El esquilador vino y removió toda la lana del animal con delicadeza, ante el asombro de la mujer.

A partir de entonces decidió que no volvería a hacer nada para lo que no estuviera preparada, por más necesidad que tuviera. Pues era preferible hacer un trabajo bien hecho, que ganar rápidamente unos cuantos centavos.

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La parábola del estudio

¿De qué trata?: Un anciano duque se lamenta por no poder seguir estudiando debido a su edad, hasta que un músico ciego le da una importante lección.

Personajes: Shi Kuang, Ping de Dsin

¿Dónde ocurre la historia?: No importa que tan viejo seas, nunca es tarde para aprender. El conocimiento no conoce de edades.

Hace varios siglos, en una de las provincias más ricas de la antigua China, habitaba el duque Ping de Dsin, un hombre muy acaudalado que vivía en un gran palacio y a menudo daba fiestas impresionantes. El vino de arroz corría en abundancia y los mejores manjares eran degustados por sus invitados.

La música tampoco era la excepción. A ellos les encantaba bailar al ritmo de los excelentes valses de Shi Kuang, el músico más prodigioso de la región. Shi Kuang era todo un prodigio, pues había nacido ciego y aun así, había aprendido a tocar varios instrumentos y convertido en el mejor de su profesión. Todos lo admiraban y lo respetaban.

Al terminar una de aquellas fiestas, Ping de Dsin invitó a Shi Kuang a tomar el té con él y conversaron. De pronto, el duque comenzó a lamentarse por su avanzada edad.

—Tengo ya setenta años —le dijo a su invitado—, aunque quisiera leer algunos libros y estudiar, es muy tarde para mí. Estoy muy viejo.

—¿Por qué no enciende una vela? —le preguntó Shi Kuang.

Ping de Dsin creyó que estaba tomándole el pelo y se molestó mucho.

—¿Cómo se atreve un súbdito a bromear de esa forma con su señor? —inquirió, indignado.

—No era esa mi intención y me disculpo si le he ofendido —respondió Shi Kuang—. Pero una vez escuché que el hombre que se dedica al estudio en su juventud tiene un brillante porvenir, pues es igual que el sol de la mañana. Aquel que se hace al estudio en su edad media, es como el sol de mediodía. Mientras que el que empieza a estudiar en su vejez, es igual que la llama de una vela. No demasiado brillante, pero sí lo suficiente como para no caminar a tientas en medio de la oscuridad.

Ping de Dsin comprendió lo que quería decir y tuvo que darle la razón. En su casa tenía una gran biblioteca en desuso, con libros que ya no se aprovechaban porque todos sus hijos habían crecido y se habían casado, y se habían marchado lejos a formar sus familias.

Pero ciertamente él aún no era tan viejo como para desaprovechar todo ese conocimiento.

—Yo nací ciego y aun así, nunca me rendí al aprender —continuó Shi Kuang—, la gente pensaba que un muchacho como yo no llegaría nunca muy lejos, no a falta de la vista. Pero lo cierto es que solo me hizo falta creer en mi mismo y enfocarme en lo que deseaba: ser un gran músico. Si un hombre humilde y ciego como yo lo ha logrado, no hay razón para que usted siga estudiando a pesar de su edad.

—Shi Kuang, tienes toda la razón —dijo Ping de Dsin comprendiendo la verdad de sus palabras.

Y lo que nos ha enseñado este cuento corto es que el tiempo o la discapacidad no impiden que una persona pueda seguir aprendiendo. No importa la edad que tengas, alimenta tu mente con conocimientos útiles y envejecerás con dignidad.

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Los niños del ferrocarril

¿De qué trata?: Espeluznante historia sobre un autobús fantasma donde yacen las almas de varios niños que murieron en un accidente.

Personajes: Niños, conductor

Existe un lugar donde yacen las vías de un ferrocarril que sigue pasando de vez en cuando. Claro que hoy en día esto no es tan común, habiendo transportes más rápidos y económicos. Pero en algunas partes del mundo, estos enormes trenes no han quedado en desuso.

Por desgracia a nadie se le aconseja pasar en auto cerca de estas vías, sobre todo cuando es de noche. Y todo se remonta a una leyenda que habla sobre los espíritus sin descanso de los niños que iban a bordo de un autobús.

Sucedió hace mucho tiempo, cuando los ferrocarriles estaban lejos de ser retirados de la mayoría de las ciudades.

Una clase entera de niños había abordado el transporte escolar para hacer una excursión. Se dirigieron al campo, corrieron, recogieron flores y tuvieron un gran picnic. La desgracia no ocurrió sino hasta más tarde, cuando había oscurecido y todos hubieron subido de nuevo para regresar a sus casas.

Nadie se dio cuenta de lo borracho que iba el conductor. Era un hombre alcohólico y descontento con la vida, que siempre llevaba consigo una petaca de licor para beber cuando nadie se diera cuenta.

Y también se ponía muy irascible cuando estaba al volante.

Esa noche, se puso tan ebrio que sin darse cuenta, detuvo el autobús en medio de las vías del ferrocarril. Los niños tampoco se dieron cuenta, por suerte se habían quedado profundamente dormidos.

Nadie vio las luces que se acercaban sin prisa desde el otro extremo de la vía, ni sintió como el tren colisionaba con violencia el vehículo, arrancándole la vida a todos sus ocupantes. No quedó ni uno solo en pie. Aquel fue el peor accidente del año y un motivo más para que las autoridades se apresuraran a modernizar sus transportes, removiendo los ferrocarriles.

Ese sin embargo, siguió funcionando un tiempo. Aun pasa a día de hoy de vez en cuando, y si hay suerte, no hay nadie cerca cuando lo hace.

Porque de lo contrario, lo que les espera no es nada bueno.

Y es que, dicen que cuando pasas con tu automóvil al lado de las vías, este se apaga misteriosamente y a continuación, sientes como si fuera empujado hasta la vía por varias diminutas manos. Son los espíritus de los niños, que le hacen aquella cruel jugarreta a los incautos.

En las noches más frías, se asegura que incluso sus manos se pueden en las ventanas, como huellas empañando los cristales nublados.

Y una vez que el auto del desafortunado se encuentra justo donde estuvo el autobús escolar, tiene escasos segundos para escapar de la colisión del ferrocarril. No todos lo logran, pero hay quienes han corrido con la suficiente fortuna como para mantenerse a salvo de la ira de esos pequeños.

Haz caso de esta historia y si alguna vez tienes que conducir por un paraje como el que acabo de describir, quizá sea mejor que aguardes un poco o que vayas a pie. Nunca sabes que clase de presencias pueden estar acechando.

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Mascotas resucitadas

¿De qué trata?: Al descubrir que su perro ha matado al loro de su vecina, a Tomás se le ocurre una descabellada idea.

Personajes: Tomás, Perro, Loro, Vecina

Aquella mañana, Tomás fue a sacar a pasear a su perro como de costumbre. Era un precioso ejemplar de Beagle, raza conocida por ser muy ágil y excelente en la caza. Le extraño no escuchar al molesto loro de su vecina, que todos los días temprano y sin falta, se ponía a dar gritos a voz en cuello.

Su perro odiaba a ese animal y cada vez que lo escuchaba, ladraba con disgusto. ¿Cómo culparlo? Tomás también estaba harto de escucharlo y no dudaba que los otros vecinos también.

Supuso que aquella mujer por fin había entrado en razón y hecho callar a su horrible mascota.

Contento, buscó a su perro en el jardín y fue entonces cuando se quedó paralizado. El can estaba cavando un hoyo en la tierra para enterrar algo que sostenía en la boca. Era el loro de la vecina. Estaba inmóvil.

—¡No! —gritó Tomás, arrebatándoselo del hocico— ¡No! ¡Perro malo!

El animal lo miró confundido y bajó las orejas. Tomás examinó al ave y se dio cuenta de que no había nada que hacer, estaba muerta.

Ahora estaba en problemas. La vecina lo iba a demandar si se enteraba de que el perro había matado a su mascota. ¿Qué hacer? Tras pensarlo detenidamente, decidió que lo mejor sería colocar al loro de vuelta en su jaula sin que se diera cuenta; así, su muerte podría aparentar haber sido por causas naturales.

Cuando nadie estaba mirando, Tomás se acercó al pórtico de su vecina y puso al loro en el interior, antes de regresar a toda prisa a su casa y sacar al perro como de costumbre.

Caminaron un rato por el vecindario y después volvieron a su hogar como si nada.

A mediodía, Tomás escuchó un grito aterrado y agudo en la casa de al lado. Lleno de culpa, salió a hacer como que regaba el jardín para investigar. La vecina estaba pálida y observaba llorosa la jaula de su lorito. El pobre animal estaba muerto.

—La ley de la vida —dijo Tomás para consolarla—, no se preocupe, mujer. Piense que el animalito tuvo una vida muy feliz, a veces es mejor que se vayan pronto a que sufran por viejos. Estoy seguro de que pronto podrá comprarse otra mascota de compañía.

Ella miró con el rostro desencajado.

—No entiende —le dijo—, mi loro murió ayer por la tarde. Yo misma fui a enterrarlo en mi jardín. Y esta mañana ha aparecido de nuevo en su jaula, mirándome con sus ojos vidriosos. ¡Casi me da un ataque! Creí que había regresado de entre los muertos.

Nerviosa, la vecina volvió a recoger el cadáver de su lorito, preguntándose quien podría haber hecho una broma tan cruel.

Tomás por su parte, regresó a casa muy avergonzado y sin atreverse a revelarle la verdad. Y él pensando que su perro era un asesino. La vecina nunca supo lo que había sucedido, pero Tomás se hizo la firme promesa de que nunca más se iba a inmiscuir en sus asuntos.

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