La leyenda del maíz

¿De qué trata?: Quetzalcóatl, el gran dios azteca, quiere aliviar el hambre de su pueblo, así que emprende un gran viaje para hacerles el regalo del maíz.

Personajes: Quetzalcóatl, Hombres

Hace mucho tiempo, cuando los hombres apenas empezaban a disfrutar de las bendiciones de la creación, lo único con lo que podían alimentarse era con las raíces y los animales a los que cazaban, pues no sabían sembrar. Tampoco conocían las bondades del maíz, ese alimento tan nutritivo y con el que se pueden hacer cientos de deliciosos platillos, incluyendo las tradicionales tortillas.

Viendo que los hombres estaban muriéndose de hambre, Quetzalcóatl, el gran dios azteca, decidió bajar a la Tierra para ayudarlos. El resto de los dioses se habían cansado de tratar de vencer los obstáculos para enseñarles el don de la agricultura.

—No se preocupen, que ya me ocuparé de eso —les dijo Quetzalcóatl.

Lo siguiente que hizo fue transformarse en una diminuta hormiga negra. Ya en la Tierra, se reunió con una hormiga roja para que le mostrara el camino hasta los misteriosos sembradíos más allá de las montañas, que escapaban a los ojos de los hombres y en donde el maíz crecía sin nadie que pudiera alimentarse de él.

Viajaron las dos hormigas por un camino lleno de peripecias, teniendo que sortear lluvias potentes y vientos que arrastraban el suelo. Tuvieron que cuidarse del calor y de los animales que se atravesaban en su sendero. Pero finalmente, consiguieron llegar hasta las montañas.

Subieron por un monte inmenso y se abrieron paso entre los maizales, que estaban en su estado más tierno.

Quetzalcóatl tomó un solo grano de maíz entre sus diminutas pero fuertes mandíbulas, y así, emprendió el camino de regreso hasta donde vivían los hombres, resguardados en sus modestas chozas y con hogueras donde cocinaban a los animales que a duras penas lograban cazar.

Encontrándose entre ellos, Quetzalcóatl les entregó el pequeño grano y les enseñó como debían colocarlo bajo tierra, para que los rayos del sol lo hicieran fuerte y lo convirtieran en una hermosa planta.

Y así sucedió. Con el paso del tiempo, ese pequeño maíz floreció hasta convertirse en una mazorca, y de los granos de esta surgieron muchas más, hasta que los primeros hombres fueron capaces de cultivar maizales enteros. El hambre se terminó entre ellos.

Con la llegada de este precioso alimento, fueron capaces de alimentar a sus niños y hacer infinidad de comidas.

A veces, se comían los granos enteros, que por sí solos eran muy dulces y sabrosos. Otras, los añadían en medio de caldos o entre la carne de los animales que atrapaban. Pronto aprendieron también a molerlos para preparar harina, con la que cocinaban ricas tortillas y hacían masa para diferentes y ricos manjares.

Desde entonces, Quetzalcóatl se convirtió en el dios más amado por la gente y él también era la deidad que más se preocupaba por sus fieles.

Hasta el día de hoy se cuenta esta hermosa leyenda azteca a muchos niños de América Latina, para que recuerden lo valioso que es el maíz en muchas culturas y sepan agradecer por este precioso alimento, que aun hoy en día forma parte de nuestra dieta.

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La leona feroz

¿De qué trata?: Una leona muy fiera se divierte devorando a los hijitos de sus animales vecinos. Todo cambia cuando unos cazadores amenazan con llevarse a sus pequeños leones.

Personajes: Leona, Leoncitos, Animales del Bosque, Cachorros, Cazadores

Moraleja/Conclusión: Jamás hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti, pues nunca sabes cuando podrías necesitar una mano amiga.

En lo más profundo de la sabana, habitaba una leona muy hermosa y feroz, que todos los días salía a cazar sin compasión. Ella no se contentaba con los antílopes y cebras que salían a pastar por montones en las praderas. Lo que más le gustaba, era devorar cachorros.

Pequeños animalitos de distintas especies que habitaban cerca de ella; no le importaba si se trataba de monos, jabalíes, hienas o hasta pajarillos. Para ella, no había carne más tierna y sabrosa que la de los bebés.

Y cuando sus vecinos le suplicaban que no se comiera a sus hijitos, la leona alzaba la cabeza con desdén y les replicaba:

—¡Agradecidos deberían estar de que no los engulla a ustedes! Siempre pueden tener más crías.

Y llenos de dolor, los animales de la sábana comenzaron a vivir en el terror y a ocultar a sus cachorros. Pero no importaba cuanto corrieran, la leona siempre los encontraba y se las arrebataba.

Todo cambio el día en que la fiera se enteró que iba a tener bebés. ¡Pequeños leones a los que cuidar y con los cuales jugar en las afueras! La leona no podía estar más feliz pensando en la numerosa familia que iba a tener. Hasta dejó de cazar por un tiempo.

Cuando sus cachorros nacieron, resultaron ser los más hermosos leoncitos que se hubieran visto en sabana. Todos eran muy juguetones y les encantaba retozar en los pastizales.

Desafortunadamente, unos cazadores llegaron armados hasta los dientes buscando presas finas y pronto pusieron sus ojos en los hijos de la leona. Asustada, ella se los echó en el lomo y huyó con rumbo adonde habitaban sus viejos vecinos, a los que les pidió ayuda para ocultar a sus crías.

—¡Qué poca vergüenza! Venir a decirnos eso cuando tú no tuviste compasión de nuestros propios hijos —le espetaron con rencor—, eso sí que es no tener cara. ¡Pues no vamos a ayudarte!

La leona suplicó y suplicó pero todos ellos le dieron la espalda, encerrándose en sus madrigueras, sus cuevas y las copas de sus árboles.

Sin más remedio, la leona tuvo que emprender un largo y penoso viaje cargando a sus cachorros, para alejarse lo más posible de los cazadores. Cada vez que escuchaba pasos a la distancia o un disparo resonaba en el aire, ella y sus cachorritos temblaban de miedo.

—Ahora sé lo que sentían esos animales cuando atacaba a sus hijos, ¡qué mala he sido! —se dijo, arrepentida.

Y es que le había tocado aprender una dura lección por las malas.

Finalmente, la leona llegó a una nueva pradera libre de cazadores, donde podría empezar una nueva vida con sus hijos. Lo más importante, podría comenzar de cero con sus nuevos vecinos. Y así fue.

La leona nunca más volvió a cazar cachorrillos por diversión. En vez de eso, comía solo presas ancianas o que invadían el sitio. Y en la sabana reinó un ambiente de armonía entre ella y el resto de los animales, quienes la respetaban y apreciaban.

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Los buenos vecinos

¿De qué trata?: Don Eliseo es un viejo cascarrabias al que nadie quiere. Cuando la familia Goméz debe viajar por un percance, a su vuelta se encontrará con algo sorprendente.

Personajes: Don Eliseo, Familia Goméz, Vecinos

Moraleja/Conclusión: Nunca juzguez a una persona por como se ve, pues lo que cuenta es el interior.

Don Eliseo era tenido por todos en el barrio como un viejo cascarrabias. A nadie le gustaba acercarse a su casa, pues él odiaba que pisaran su césped. Los niños le tenían miedo por su voz ronca y profunda, y las madres lo rehuían por su apariencia tosca y sus prendas anticuadas. Nunca hablaba con nadie y cicía recluido en su casa.

La familia Gómez en cambio, conformada por un matrimonio feliz y sus tres hijos, era encantadora con todos los vecinos. Incluso con don Eliseo, a quien consideraban un hombre muy solitario.

A diferencia de los demás, siempre lo saludaban y eran cordiales con él. Incluso le habían ofrecido recortar las hierbas de su jardín o llevarle algún postre. Pero don Eliseo no hacía más que mirarlos con desconfianza y responder de manera breve.

—No vale la pena que se desgasten con él —les había dicho una vecina—, es un grosero. Desde que se le murió la esposa no se relaciona con nadie.

Saber eso solo hizo que los Gómez sintieran más pena por el pobre señor.

Un día, uno de sus familiares enfermó y tuvieron que salir de la ciudad para visitarlo. Pensaban que solo estarían ausentes por un par de días, pero esos días se convirtieron en semanas cuando su familiar empeoró.

Al final, ya restablecida su salud, toda la familia pudo volver a su casa con mucho apuro. Habían estado ausentes por tanto tiempo, que pensaban que todo sería un desastre. Las hierbas del jardín habrían crecido y la casa estaría sucia y descuidada. Y sus pobres mascotas seguramente habrían escapado.

Cual fue su sorpresa al llegar que nada de esto había sucedido.

Al contrario, el jardín seguía con el césped recortado y estaba estupendamente cuidado, sus flores habían sido regadas con mucho cariño. La casa estaba aseada y con todas las cosas recogidas, y las habitaciones en orden. Y su perro y su gato se encontraban contentos y muy bien alimentados.

Sus vecinos se habían encargado de todas aquellas labores mientras estaban lejos.

—No sé como agradecerles todo lo que han hecho por nosotros —dijo el señor Gómez—, nos han quitado un gran peso de encima.

—Dénle las gracias a don Eliseo —dijo uno de sus vecinos—, fue él quien nos organizó para ocuparnos de todo al ver que se tardaban en volver. La verdad que nos sorprendió mucho su cambio de actitud.

La familia Gómez sin embargo, supo que siempre había tenido la razón al creer que aquel hombre esquivo y hosco era noble por dentro. Le dieron las gracias y por primera vez, don Eliseo estuvo dispuesto a hablar de forma diferente.

—No, gracias a ustedes —les dijo—, desde que mi esposa murió la vida había perdido sentido para mí y pensaba mal de todo el mundo. Pero ustedes siempre fueron amables conmigo. Eso me hizo darme cuenta de qu tal vez, aun valía la pena vivir por las buenas personas como ustedes.

Don Eliseo se volvió más amistoso y todos los vecinos vivieron en armonía.

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El árbol del diablo

¿De qué trata?: Melissa y Verónica son dos gemelas que deciden jugar en su jardín. Un día, sin embargo, Verónica hace algo terrible para lastimar a su hermana, a quien odia.

Personajes: Melissa, Verónica

Melissa y Verónica eran dos hermanas gemelas que se parecían como un par de gotas de agua. Ambas tenían los mismos hermosos ojos azules, la piel blanca como la leche y un pelo negro muy oscuro, que les enmarcaba el rostro de ángel. Las niñas eran muy bonitas e idénticas por fuera; pero así como su exterior parecía inofensivo, nadie podía imaginar lo distintas que eran por dentro.

Melissa, la mayor por dos minutos de diferencia, era amable y buena con todo el mundo. Las personas la querían por su dulce forma de ser y la alegría que reflejaba su mirada.

Verónica, la menor, era todo lo contrario. A menudo se hacía la falsa con su hermana y con el resto de las personas, pero por dentro, la envidia se la comía viva. Tenía un complejo de inferioridad por haber nacido la segunda y también al ver lo fácil que era para su hermana gemela darse a querer.

Mentía, manipulaba y se aprovechaba de los demás tanto como le fuera posible, así que no tenía amigos. La única que no parecía darse cuenta de sus malas intenciones era Melissa, quien la quería muchísimo.

Pero Verónica se moría de rabia al contemplarse en el espejo y ver el rostro de su melliza.

Un día, Verónica le propuso a Melissa que jugaran un juego. Ambas se encontraban en el espacioso jardín de su casa, sin nada que hacer. Melissa accedió, sin imaginar lo que su hermana tenía en mente.

—Tienes que entrar en la casa y contar hasta veinte. Cuando acabes, sal a buscarme —le dijo Verónica.

Melissa corrió a la casa y se puso a contar.

—… 17… 18… 19… 20… ¡Listo! ¡Verónica, voy a buscarte! —exclamó, antes de volver al jardín a toda prisa.

Lo que vio allí la paralizó por completo.

Verónica yacía colgando de una de las ramas del árbol del jardín, con una soga amarrada al cuello y el rostro amoratado por la falta de oxígeno. Tenía una expresión grotesca en su delicado rostro.

Tanto había llegado a odiar el compartir la misma sangre y apariencia que su gemela, que se había suicidado solo para hacerla sentir culpable.

A partir de entonces, su espíritu la perseguiría toda la vida.

Verónica además, hizo un pacto con el diablo para que el árbol de su jardín mantuviera vivo su recuerdo. A menudo, su hermana se asomaba desde su ventana y veía a su gemela muerta meciéndose entre las ramas, con una malvada sonrisa en su rostro y unos ardientes como las brasas del infierno, que permanecían fijos en ella llenos de odio.

Con sus padres tuvo que mudarse y nada volvió a saberse de ellos.

Este relato corto de terror es uno de los más célebres en Estados Unidos. Hay quienes dicen que sucedió de verdad. Hay quienes creen que el árbol en el que se ahorcó Verónica existe, en algún suburbio desafortunado. Si alguna vez llegas a encontrarte con un tronco muerto en el patio trasero de una casa encantadora, quizá sea mejor mantener las distancias.

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Miedo a la oscuridad

¿De qué trata?: El pequeño Francisco le tiene pavor a la oscuridad. Después de su desafortunada muerte, sus padres se percatan de que algo no va bien con el sepulcro del niño.

Personajes: Madre, Padre, Francisco, Investigador

El pequeño Francisco había desarrollado desde muy niño, un miedo terrible a la oscuridad que preocupaba a sus padres. Si bien esto era normal en todos los chiquillos, su hijo no parecía superar esa dura etapa como pasaba con el resto de los críos.

Todo el tiempo pedía que hubiera luz en su mesita de noche, pues quedarse a oscuras le provocaba las peores pesadillas. Así que su madre se asguraba de prender una lamparilla en su habitación sin falta.

Pero Francisco poco a poco se hacía mayor y aquella fobia no quería desaparecer.

Llegó el momento en que se enteraron de que él era el único niño de su edad que seguía durmiendo con la luz encendida. Aunque consultaron con varios especialistas y trataron de ayudarlo a superar ese medio, no hubo manera. Francisco simplemente odiaba la oscuridad.

El tiempo pasó y un día desafortunado, el chico tuvo un accidente que lo mató al instante. Destrozados, sus padres decidieron hacer un funeral y darle sepultura.

Amortajaron su cuerpo infantil y sin vida, y lo pusieron en un ataúd, el cual enterraron justo en el jardín para seguir teniéndole cerca.

Fue ahí que comenzaron los problemas.

Todas las noches, los padres de Francisco escuchaban como la cripta se abría y enseguida unos diminutos pasos. Su terror aumentaba cuando, al asomarse por la ventana, veían que efectivamente, la tumba estaba abierta de par en par.

El ataúd seguía allí pero por más que cerraran la cripta, está volvía a abrirse a la noche siguiente.

Descartaron que se tratara de ladrones, pues además de que no tenían cosas de valor y los restos de Francisco permanecían intactos, sabían que ningún amante de lo ajeno se iba a tomar la molestia de regresar todas las noches al mismo lugar.

Decidieron entonces llamar a un investigador de lo paranormal, que colocó monitores en el jardín y espero hasta ver algo.

El hombre le mostró a la preocupada pareja como la cripta se abría sola por las noches, aunque no se veía que nada saliese de ahí. Empero, los pasos pequeños seguían escuchándose, seguidos de un escalofriante y casi imperceptible llanto.

Ellos lo reconocieron, ¡era la voz de su hijo!

La madre de Francisco comprendió lo que ocurría de repente. Aunque su hijo se había marchado para siempre, aun en el más allá le tenía miedo a la oscuridad y la cripta era un lugar muy oscuro. Ya no tenía su lamparita de noche para sentirse seguro.

A partir de ese momento, noche tras noche comenzó a poner una vela encendida para él y los ruidos y hechos extraños cesaron.

El tiempo pasó y los padres de Franscisco también murieron. Otras personas llegaron a habitar en la vieja casa, con la tenebrosa sepultura en el jardín. Y ellos juraban que algunas veces, en medio de la noche, sus puertas se abrían y lograban escuchar un llanto amargo e infantil, de un niño que buscaba a sus padres.

Y tú, ¿qué tanto le temes a la oscuridad?

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Selene y Endimión

¿De qué trata?: Selene, la diosa lunar, está recorriendo el monte cuando un día se topa con Endimión, un joven del que se enamora profundamente.

Personajes: Selene, Endimión

Hace mucho tiempo, existió una diosa llamada Selene, que era la señora de la luna. Ella acostumbraba pasear por la Tierra acompañada de sus dos fieles perros, dos canes blancos como la leche a los que sujetaba con unas finas cadenas de plata.

Un día, Selene se encontraba caminando a las orillas del río Meandro, impresionada por la belleza del paisaje. Le encantaban las flores, los árboles y los verdes campos que florecían a orillas de las aguas. Pero lo que más la impresionó, fue la enorme colina que se levantaba al pie del valle, preciosa y llena de vida.

Preguntó a los lugaremos como se llamaba aquel lugar y estos le respondieron que se trataba del Monte Latmos. Selene subió a explorarlo con sus perros, emocionada por una nueva aventura.

Llevaba un buen rato caminando cuando repentinamente, se dio cuenta de que no era la única en aquel paraje. A la sombra de un frondoso roble, se encontraba durmiendo un joven pastor de piel blanca como la leche y cabellos dorados. Era tan hermoso, que Selene dudó por un momento que se tratase de un simple mortal.

Jamás había visto ni siquiera a un dios que fuera tan bello como aquel muchacho.

Selene se acercó a él para acariciarle el rostro y el desconocido se despertó, sobresaltado. Luego la miró confundido. Nunca había visto subir a nadie al monte más que él.

—No temas —le dijo la diosa con dulzura—, mi nombre es Selene, estaba paseando con mis perros. ¿Cómo te llamas?

—Endimión —respondió él.

—Yo no soy de aquí, Endimión. Estaba de paso con mis animales, he venido a la Tierra para conocer todos sus rincones —le dijo ella—, y si vienes conmigo, te mostraré lagos, bosques y llanuras mucho más maravillosas que Latmos. Será el viaje de tu vida.

Pero Endimión rechazó su maravillosa oferta.

—No puedo moverme de aquí, tengo que permanecer para estar con los míos. Seguramente habrá lugares más hermosos y grandes que este, pero este sitio y es mi hogar y no lo cambiaría por nada en el mundo.

Desconcertada, Selene volvió a insistir, recibiendo otra negativa por respuesta. Tras varios intentos de convencerlo, la diosa se sintió muy ofendida por su rechazo y quiso vengarse.

—Muy bien —sentenció con frialdad—, pues ya no que no quieres acompañarme, voy a darte el gusto de permanecer aquí. Te quedarás dormido eternamente bajo este árbol y nadie podrá moverte, ni despertarte nunca.

Y pronunciadas estas palabras, Endimión se sumió en un profundo sueño mientras Selene, ofendida, abandonaba la montaña.

Desde ese entonces, cada vez que la luna llena se ponía sobre el Monte Latmos, se decía que era la diosa que volvía para contemplar al pastor del que se había enamorado, durmiendo y atorméntandose por no poder tenerlo cerca.

Endimión jamás pudo despertar de su sueño y terminó por convertirse en parte del monte que tanto amaba. Fue su precio a pagar por tener el atrevimiento de negarse así a la señora de la luna.

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El lirón que era muy tacaño

¿De qué trata?: Un lirón muy tacaño intenta engañar a una generosa familia de topos, sin saber que al final, el engañado será él.

Personajes: Lirón, Mamá Topo, Pequeño Topo

Moraleja/Conclusión: Aprende a ser generoso con los demás y la vida te recompensará de las maneras más hermosas e inesperadas.

Había una vez un viejo lirón que era muy tacaño. Siempre estaba viendo la manera de no gastar, a pesar de que nada le faltaba como para que se comportara de esa manera. No le gustaba ayudar a sus vecinos y mucho menos donar su dinero para obras de caridad. Escatimaba con la comida y todo el tiempo se estaba quejando de que la vida era muy cara.

Al contrario que él, la familia de topos que vivía bajo tierra era muy gentil y generosa. Siempre compartían lo que tenían con el resto de sus vecinos y procuraban ayudar a quienes más lo necesitaban. Incluso al viejo topo, aunque tuviera un carácter tan amargado.

Pero él nunca se dignaría a recordar todas esas veces en las que habían sido tan amables con él, sin esperar nada a cambio.

Un día, alguien tocó a su puerta. Se trataba del miembro más pequeño de la familia de los topos.

—Buenos días, señor lirón —lo saludó él—, mi mamá me ha mandado a pedirle medio kilo de harina, pues tiene que hacer un pastel.

De mala gana, el lirón aceptó dársela solamente porque Mamá Topo ya le había dado también comida en varias ocasiones. Al rato, el pequeño topo regresó.

—Ahora mi mamá necesita que le preste medio kilo de azúcar —le dijo.

El lirón, enojado por tantos favores, decidió darle medio kilo de sal en vez de azúcar, regodéandose al pensar en lo feo que le quedaría el pastel a Mamá Topo. Se pasó toda la tarde riendo mezquinamente por su travesura.

Al día siguiente, el pequeño topo volvió a tocar a su puerta. Llevaba con él un enorme pastel de fresas, de apetitoso aspecto.

—¡Buenos días, señor lirón! —lo saludó con alegría— ¡Y feliz cumpleaños! Mi mamá le ha mandado este pastel que hizo ayer con las cosas que le prestó.

El lirón se llevó una gran sorpresa al ver aquello, pues no sabía que Mamá Topo se hubiese acordado de su cumpleaños. Avergonzado, aceptó el pastel y le dio las gracias a su hijo. Por supuesto, estuvo dudando mucho al comérselo, pues sabía bien que tenía sal en vez de azúcar.

Cuando lo probó se enfermó del estómago, se veía apetitoso por fuera, pero realmente sabía a rayos. Y la culpa era de él por ser tan tacaño y mal pensado.

Desde ese día, el lirón cambio su modo de ser al comprender la suerte que tenía de tener unos vecinos tan considerados.

Comenzó a ayudar a los demás y ya no se quejaba de que todo era muy caro, pues al compartir con los otros, ellos también le prestaban sus cosas de buena gana y lo invitaban a la comida. Y el lirón tenía más de lo que nunca se imaginó llegar a poseer.

Pero lo más importante, fue que ahora contaba con amigos.

Como él, tú no debes olvidarte de la importancia de la generosidad. Pues si eres alguien generoso con tus semejantes, la vida lo será contigo.

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El lobo y las cabritas

¿De qué trata?: En medio del bosque, las cabritas son advertidas por su madre para no abrir la puerta a nadie. Pero un lobo voraz anda acechando su pequeña cabaña.

Personajes: Cabritas, Cabra anciana, Lobo

Moraleja/Conclusión: Siempre obedece a tus mayores, pues ellos saben lo que debes hacer para mantenerte con bien.

Una vieja cabra vivía en el bosque al lado de sus siete cabritas, a las que quería con todo su corazón. Un buen día, la cabra tuvo que salir al mercado, pero antes, le advirtió a sus pequeñas que no le abrieran la puerta a nadie más.

—Hay un lobo que anda suelto por ahí —les advirtió—, si trata de acercarse, lo van a reconocer por su gruesa voz y sus patas negras como el carbón. ¡No se dejen engañar!

Y diciendo esto se marchó a hacer sus recados.

No pasó mucho rato antes de que alguien llamara a la puerta. Las cabritas se asustaron al escuchar una voz ronca al otro lado.

—Pequeñas, déjenme entrar, soy un viejo perro que necesita agua.

Al asomarse por debajo de la puerta, vieron cuatro patas negras y enormes.

—¡Eres el lobo! ¡No nos puedes engañar!

Y al ver que no le abrían, el lobo fue hasta la casa de un panadero que vivía cerca y metió sus patas en un costal de harina para que se volvieran blancas.

—Pequeñas, soy mamá que viene de vuelta —dijo al volver a la cabaña, fingiendo una voz suave y dulce—, abránme la puerta.

Las cabritas, al asomarse de nuevo bajo la puerta, vieron que sus patas eran blancas y se confiaron. Pero al retirar el pestillo y entrar el lobo disfrazado, se llevaron un gran susto. El muy malvado se las zampó a todas enteras, menos a la más pequeña, que corrió a esconderse bajo la cama.

Satisfecha su hambre voraz, la bestia se retiró al bosque.

Cuando la mamá cabra volvió a casa, se sintió morir al ver el desorden que había y la ausencia de sus amadas hijas. Solo la menor pudo contarle lo sucedido y entonces ambas lloraron hasta que no les quedaron lágrimas.

Entonces salieron al bosque y hallaron al lobo que dormía la siesta, mientras algo se movía en su barriga.

—¡Son mis hijitas que siguen vivas! —exclamó la vieja cabra.

Rápidamente sacó sus tijeras de costura y le abrió su enorme panza al lobo, alegrándose al ver como las cabritas salían saltando de una en una, sanas y salvas.

—Ahora corran hijas mías, vayan a traerme tantas piedras como encuentren para llenar la barriga de este rufián —les dijo a las siete.

Las cabritillas obedecieron y con mucho sigilo, fueron colocando tantas piedras como encontraron en el estómago del lobo, el cual su madre cosió con hilo y aguja antes de que huyeran a refugiarse en su cabaña.

Cuando el depredador despertó, sentía un gran dolor en la panza.

—¡No puede ser que esas cabritas me hayan hecho daño! —exclamó, arrastrándose hasta un pozo para beber agua y aliviar su malestar.

Pero el peso de las piedras lo hizo caer de boca y ahogarse en el fondo, poniendo fin a toda su maldad. A partir de entonces, la vieja cabra vivió feliz y tranquila al lado de sus cabritas, y no hubo nada que las pudiera separar de nuevo.

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Los gemelos enterrados

¿De qué trata?: Dos gemelos traviesos se meten en el lugar equivocado por hacer de las suyas y encuentran un destino fatal. Para cuando se entere el resto del pueblo, será demasiado tarde.

Personajes: Juan, Martín, Padre Crescencio

Juan y Martín eran hermanos gemelos, idénticos el uno al otro desde el momento en que habían nacido. Parecían dos gotas de agua y nadie, ni siquiera su madre era capaz de diferenciarlos. Esto era algo que aprovechaban para hacer de las suyas en el pequeño pueblo en que vivían.

La gente ya los conocía por ser un par de demonios pues la verdad es que siempre estaban causando muchos problemas.

A veces, se hacían pasar el uno por el otro para confundir a sus vecinos, robarles golosinas o reírse a sus espaldas. Jugando con la pelota habían quebrado infinidad de vidrios. También solían meterse a escondidas a los graneros y gallineros para asustar a los animales, o hacerle bromas pesadas a los demás.

—Son dos diablillos insoportables —era lo que solía decir todo el mundo.

Quien más los regañaba era el padre Crescencio, hombre religioso que vivía en la parroquia y en cuyas misas siempre estaban jugando o corriendo.

—Si siguen siendo tan malos, un día de estos se van a ir al infierno —les decía.

Pero los niños hacían oídos sordos, pensando que tenían toda una vida por delante para arrepentirse. Mientras tanto, iban a seguir haciendo travesuras.

Un día, uno de los hombres más viejos del pueblo falleció y todos los habitantes acudieron a su casa para el funeral. En tanto el padre Crescencio leía los salmos y pedía por el alma del difunto, Juan y Martín se reían por lo bajo y se burlaban del anciano fallecido, que había sido llevado a la morgue a fin de prepararlo para el entierro.

Cuando todas las familias se desplazaron hasta el cementerio para darle la última despedida, los gemelos se separaron de la muchedumbre y descubrieron un ataúd vacío en las cercanías.

Riendo, se metieron en el interior, pensando en el susto que le darían a todo el mundo cuando no los encontraran por ninguna parte. Pero las horas pasaron y nadie fue a buscarlos, de modo que se quedaron dormidos. Y entonces la tragedia comenzó.

Por la noche, cuando su madre no podía encontrarlos se dispararon las alertas. La búsqueda se extendió por todo el pueblo con resultados infructuosos.

Hasta que todos recordaron que el último lugar donde les habían visto había sido el cementerio.

Un horrible presentimiento se apoderó de la madre.

Revisaron todos los entierros que se habían hecho ese día y descubrieron que había un muerto al que le faltaba su caja.

Desenterraron el ataúd que habían puesto bajo tierra por accidente y al abrirlo, una escena desgarradora los recibió. Juan y Martín estaban adentro, con los rostros rígidos y contraídos en una mueca de terror. Tenían las uñas de las manos ensangrentadas, pues habían tratado de rasgar la protección del ataúd para escapar. También se habían arañado entre sí, al desesperarse por encontrarse compartiendo un espacio tan minúsculo.

Por ser tan irrespetuosos y malos habían recibido el peor de los castigos. Desde ese fatídico día, el pueblo no volvió a ser el mismo.

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La mujer sin corazón

¿De qué trata?: Marisela es una niña que siente un amor enfermizo hacia su padre. Después de morir su madre, una macabra leyenda comenzará de la manera más inesperada.

Personajes: Padre, Madre, Marisela

Cuentan que hace mucho tiempo, en un pueblo olvidado de España, existió un matrimonio muy feliz que ansiaba tener un hijo. Al poco tiempo de casarse les nació una niña que los llenó de gran alegría. Pero conforme el tiempo fue pasando y la criatura creció, se dieron cuenta de que había un mal inherente en ella.

Y es que la niña quería mucho a su papá. Al principio era normal, no obstante, cuando empezó a hablar y a tener entendimiento, este cariño se convirtió en un amor obsesivo y muy extraño, que los incomodaba de sobremanera.

Constantemente, la pequeña decía que quería casarse con su padre y que odiaba a su madre. Día y noche atormentaba a la pobre mujer y le gritaba, hasta que acabo con su paciencia.

—Ojalá mamá se muriera algún día para que pudiéramos estar solos —solía decir ella a su padre.

—¡No vuelvas a repetir eso jamás! —la reñía él, asustado.

Llegó el día, sin embargo, en el que las horrorosas palabras de la niña se hicieron realidad. La mujer falleció y asistieron todos los del pueblo al entierro; el marido destrozado y la pequeña exhibiendo una malvada sonrisa, que nadie pareció notar mientras entonaban los cánticos funerarios y daban las condolencias.

Los días pasaron y el buen humor de la muchacha comenzó a incrementar. Aunque su padre se paseaba desolado de una habitación a otra de la casa, ella siempre procuraba tratar de animarlo con palabras alegres.

Así transcurrió un año y él se repuso suficiente de la muerte de su mujer. Aunque en el fondo seguía inquietándole ese extraño amor que le profesaba su hija. Se preguntaba en que se había equivocado para que ella albergara esos sentimientos.

Una noche, la chica se ofreció a preparar la cena y le preguntó que le gustaría de comer.

Él le respondió que un guisado con corazón de cerdo, igual que los que solía prepararle su madre. Era su platillo favorito y llevaba mucho tiempo sin probarlo.

La mención de la mujer enfadó bastante a la muchacha pero entonces, sonriendo de mala manera, le dijo a su padre que esa misma noche volverían a saborear aquel rico platillo. Espero a que él saliera de la casa para ir al mercado.

Compró todos los ingredientes que necesitaba, menos el corazón de cerdo.

En vez de eso, se internó en el cementerio, profanó la tumba de su madre y le arrancó el corazón, que esa misma noche preparó para su papá.

Los dos comieron con gusto y el hombre pareció especialmente contento.

Por la noche sin embargo, un aullido aterrador despertó a los vecinos, helándoles todos los huesos.

—Hija, ¡devuelve el corazón que me has quitado!

Nadie se atrevió a salir de su casa.

A la mañana siguiente, se percataron de que la niña había desaparecido. Por más que se la buscó, no pudieron hallarla.

Desde ese entonces, se dice que el espíritu de su madre sigue vagando por el pueblo, clamando venganza y lamentándose por el corazón que le fue arrebatado.

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