Dame tu mano

¿De qué trata?: En medio de una fuerte tormenta nocturna, dos hermanas se toman de la mano para no sentir miedo, sin saber que esa noche no están precisamente solas...

Personajes: Marta., Elisa

No era muy común que aquellas dos hermanitas se quedaran en la casa de campo, de hecho, el lugar no les gustaba demasiado pues era algo tenebroso. Por las noches, podían escuchar como las cosas crujían y también como si alguien diera diminutos pasos afuera de su habitación.

—Es tan solo el viento —solía decirles su padre, quien sonreía al escucharlas y pensaba que sus hijas tenían una gran imaginación.

Más en el fondo, Marta y Elisa sabían que aquellas cosas no se las estaban imaginando. Hasta ellas a su corta edad, sabían diferenciar bien la realidad de una fantasía.

Y aquella no lo era.

Habían comenzado las vacaciones de verano y sus padres habían creído que sería buena idea pasar unos días en la cabaña, para respirar aire fresco y relajarse. Los alrededores eran muy bonitos ciertamente; lo único que ellas odiaban eran las noches.

A falta de luz eléctrica, allí eran más oscuras de lo normal y no podían verse la una a la otra aunque compartieran el mismo cuarto.

Tenían una habitación con dos camas gemelas, separadas por una cómoda de madera. Siempre se quedaban hablando hasta que dormían, para no sentir tanto miedo.

Una noche, empezó a llover muy fuerte, tanto, que las hermanitas se asustaron.

—Marta —dijo Elisa temblando—, tengo miedo.

—Dame la mano —le pidió su hermana, a lo que ambas extendieron sus manos y se las tomaron.

Elisa se relajó al sentir la calidez de la mano de Marta y así, las dos se quedaron dormidas, finalmente sin temer a la tormenta.

A la mañana siguiente mientras desayunaban, hablaron del incidente.

—Menos mal me diste la mano, hermanita. Estaba muy asustada —decía Elisa.

Su madre les preguntó si habían dormido en la misma cama, a lo que las niñas negaron. Y ella las miró confundida. No entendía entonces como habían sido capaces de tomarse de la mano, si las camas gemelas estaban demasiado separadas entre sí; y obviamente ellas siendo tan pequeñas no las podían mover.

Las chiquillas también se extrañaron al escuchar a su mamá decir aquellas cosas.

Rápidamente volvieron a su habitación y con la luz del día, hicieron el intento de volver a tomarse la mano. Se acostó cada una en su cama y estiraron los brazos. No consiguieron ni tocarse los dedos. Se acercaron a las orillas y ni así lo lograron.

Pero anoche, claramente, habían sentido como algo les daba la mano…

Las niñas sintieron como las recorría un escalofrío y decidieron no hablar más del tema. Parecía que esa noche, ellas no eran las únicas que tenían miedo de la tormenta.

Esa misma tarde, por suerte, regresaron con sus padres a la ciudad y no volvieron a estar en la cabaña en años.

Hasta que un día, siendo ya adulta, Marta volvió. El lugar era tan tétrico como lo recordaba, incluso más, pues ahora tenía varios años de abandono. De pronto le había entrado curiosidad por saber más de él.

Se quedó helada al saber que allí, una pequeña niña había muerto hace tiempo.

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Pandora y la caja misteriosa

¿De qué trata?: Como parte de un castigo divino, Pandora llega a la tierra acompañada de una caja que los dioses le han prohibido abrir. Sin embargo su curiosidad es más grande y algo increíble sucede...

Personajes: Pandora, Epimeteo, Dioses del Olimpo

Cuentan que hace mucho tiempo, la humanidad no conocía de enfermedades, crímenes o pobreza, aunque tampoco sabía lo que eran los sentimientos sinceros. Las personas pues, llevaban una vida sencilla y sin sobresaltos.

Cuando el titán Prometeo osó robar el fuego para regalarlo a los hombres, Zeus montó en cólera y quiso en venganza, hacer una mujer capaz de manipular y enredar a cualquier hombre en sus redes de seducción.

Los dioses se dieron a la tarea de complacerlo. Hefesto, el señor de los fuegos, la moldeó con arcilla dándole una bella figura y un rostro muy atractivo. Atenea, diosa de las artes y la sabiduría, le concedió gracia y la vistió con las ropas más elegantes. Y Hermes, el ágil mensajero del Olimpo, le enseñó como engatusar y seducir, para que ningún ser humano pudiera negarse a sus requerimientos.

A últimas instancias le sopló Zeus en el rostro, insuflándole vida y ordénandole bajar para vivir entre los hombres. También le obsequió una misteriosa caja con una sola advertencia:

—Jamás has de abrirla bajo ninguna circunstancia, pues tu curiosidad podría ser tu perdición.

La llamaron Pandora y la llevaron a casa de Prometeo, donde vivía el titán acompañado por su hermano, Epimeteo, quien nada más ver a la joven se enamoró pérdidamente de ella. A pesar de que Prometeo le advirtió que aquello podía ser una trampa de Zeus, Epimeteo hizo caso omiso y tomó por esposa a la joven.

La caja de Pandora quedó olvidada por algún tiempo en una de las habitaciones de la casa, hasta que un buen día, la muchacha se acordó de ella y acudió a verla.

Se preguntó que sería lo que habría dentro, pero recordando las palabras de Zeus, se abstenía de dejarse vencer por su curiosidad.

Finalmente, las dudas la volvieron loca. Tenía que saber que era lo que se escondía en el interior. Solo será un vistazo, se dijo, tan solo la abriré un poquito para asomarme y mirar.

Pero apenas hubo Pandora desprendido la tapa unos milímetros, escaparon de ella sombras monstruosas, que sin darle tiempo a reaccionar, fueron y se desperdigaron por el mundo. Eran todos los males de la humanidad. La locura, los vicios, el hambre, la enfermedad, la envidia… todas estas plagas se asentaron entre los hombres trayéndoles grandes desdichas y haciéndoles morir por decenas.

Cuando Pandora vio lo que había hecho, se sintió muy afligida y quiso cerrar la caja pero era demasiado tarde. Estaba completamente vacía. O bueno, casi completamente. Pues la joven notó, en un rincón, a un pequeño y hermoso pájaro azul.

Era la esperanza, la única virtud que había sido encerrada al lado de todas aquellas desgracias.

Pandora la tomó en sus manos y corrió a decírselo al resto de las personas. Eran infelices a causa de tantos males, pero en medio de la miseria y la oscuridad, siempre podrían recurrir a la esperanza e imaginar un mundo mejor, ya que ahora la tenía a buen recaudo.

Y nunca la dejaría escapar.

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Las cabritas y el toro

¿De qué trata?: Un toro se divierte todos los días jugando con sus amigas, las pequeñas cabras. Hasta que un perro entrometido lo hace dudar de esa gran amistad.

Personajes: Cabritas, Toro, Perro vagabundo

Moraleja/Conclusión: Hay cosas que son más importantes que el que dirán, como la amistad. No vale la pena perder a las personas que de verdad te quieren, por complacer a los que no te conocen.

Este era un toro enorme y de cuernos muy afilados, que todo el día se la pasaba jugando en el campo con sus amigas, tres pequeñas cabritas que no le tenían miedo. Esto ocurría por que los cuatro habían sido criados juntos desde que eran pequeños y desde luego, su amistad se remontaba a entonces.

Todos los días pastaban juntos, corrían de un lado a otro y por las noches se acurrucaban los unos contra los otros. La cabritas estimaban al toro y se sentían protegidas con su imponente presencia.

Se podía decir que no había nada que él no fuera capaz de hacer por ellas.

Un día, los animales se estaban divirtiendo como siempre cuando un perro vagabundo pasó cerca de ahí. El can se quedó muy sorprendido al mirar la escena que ante él tenía. No podía comprender como ese fuerte toro, con su ruda apariencia y su enorme tamaño, se contentaba con andar al lado de tres cabritillas tan insignificantes.

Pero los días pasaron y todo el tiempo era lo mismo. Para el perro, aquella situación no tenía sentido, de modo que llamó al toro cuando sus amiguitas no estaban mirando.

—Oye amigo toro, he notado una cosa y disculpa que me meta —dijo él—, pero es que no puedo entender, ¿qué haces perdiendo el tiempo con esas tres cabritas pequeñas? ¿Por qué eres amigo de ellas?

—¿Y por qué no? Nos conocemos desde pequeños —respondió el toro—, son buenas cabritas.

—Eso no lo dudo —dijo el perro—, pero es ilógico que te juntes con ellas siendo tú un animal tan grande y fuerte, que podría fácilmente darse a respetar con cualquiera. Pero eso no sucederá si manchas tu imagen jugando con esas tontas. Los otros animales pensarán que eres débil y estúpido, y se aprovecharán de ti.

—¿Tú crees? —preguntó el toro, preocupado.

—Claro. A mí no me ves jutándome con gatos torpes e indefensos, ¿verdad? Arruinaría mi reputación —añadió el perro con pomposidad.

Lamentablemente, las mezquinas palabras del perro surtieron efecto y el toro decidió alejarse de sus buenas amigas, por miedo a lo que los otros animales pudieran decir.

Ahora se paseaba solo por el campo, confiando en infundir respeto a los demás. Y ciertamente lo infundía, por qué nadie se le acercaba.

El toro comenzó a sentirse muy solo. Extrañaba a sus amigas y los ratos felices que pasaban. Ahora era muy temido por el resto de los animales, pero de nada le servía tener su respeto (infundido por el temor), si no era feliz. Comprendió que antes tenía suerte de contar con la amistad de aquellas humildes cabritas y quiso recuperarla.

Por suerte para él, ellas no le guardaban rencor y aceptaron muy gustosamente su compañía como antes. Y así, continuaron jugando todos juntos por el resto de sus días.

Y nunca más se dejó llevar el toro por opiniones ajenas, pues mientras estuviera contento y al lado de animales que lo querían de verdad, ¿qué importaba lo que los otros dijeran?

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El fruto de la perseverancia

¿De qué trata?: Mario, un niño discapacitado, aprende que no todo en la vida son las apariencias. A pesar de su discapacidad, su madre lo alienta para que cumpla su meta más importante.

Personajes: Mario, Mamá de Mario

Moraleja/Conclusión: No importan tus limitaciones o tu talento, sino cuanto te sigas esforzando por alcanzar una meta. El trabajo duro y la fe en ti mismo son más importantes que cualquier otra cosa.

Aparentemente, Mario era un niño igual que los demás. Tenía el pelo y los ojos castaños, era alto para su edad y desde pequeño le gustaba jugar en las afueras. La única cosa que lo distinguía del resto de otros chiquillos era su sordera: Mario no podía oír. Y tampoco había hablado.

Era sordomudo.

Fue por eso que tanto él como su madre, tuvieron que aprender lenguaje de señas para poder comunicarse. Él además, aprendió a leer los labios, de modo que siempre pudiera entender lo que otras personas decían.

Pero a veces le parecía que nada de eso era suficiente.

Al entrar a la primaria, Mario desarrolló un gusto enorme por jugar a la pelota. Le encantaba patear balones en el recreo y era el mejor a la hora de jugar fútbol, corría más rápido que los demás. Eso lo llevó a inscribirse en la liga infantil futbolística de su barrio.

Su mamá estaba orgullosa de él. Con mucho gusto le compró su uniforme y un balón propio para practicar en casa.

Sin embargo, poco después el niño comenzó a tener problemas.

A causa de su sordera y su falta de atención, no podía escuchar las indicaciones del entrenador y por eso tampoco se le daba bien jugar en equipo. El resto de sus compañeros empezaban a quejarse.

—Si Mario no mejora su actitud, tendré que sacarlo del equipo —le había advertido el coach a su madre, que se quedó muy preocupada.

Sabía cuan importante era ese deporte para su pequeño.

Pero Mario pensaba que no podía mejorar por culpa de su sordera y se quejaba por no ser como los demás. Así que su mamá tuvo una serie conversación con él.

—Escucha hijo, tú eres único, no necesitas ser como nadie más —le dijo— y no puedes culpar a tu condición de que las cosas no salgan como quieres. Hay músicos y bailarines que son sordos, ¿sabías que Beethoven era sordo?

Mario la miró con asombro.

—Y eso no lo detuvo para convertirse en uno de los compositores más grandes del mundo. Como él, tú también puedes ser lo que quieras, siempre que estés dispuesto a esforzarte.

El niño asintió con la cabeza y decidió que su madre tenía razón.

—De hoy en adelante te concentrarás más. Siempre hablarás con el entrenador antes y después de los partidos para ver en que fallaste, y en que puedes mejorar —le indicó ella—. Y también colaborarás con tus compañeros. Para jugar en la cancha, debes estar respaldado por los otros niños y hacer lo mismo con ellos.

Desde ese día, Mario se esforzó más que nunca por poner atención, mejorar sus jugadas y llevarse mejor con sus compañeros. El entrenador estaba orgulloso de él y los demás chicos se hicieron sus amigos.

Se dio cuenta de que ser sordomudo no tenía nada que ver con ser un buen futbolista.

Así, llegó el día en que su equipo resultó vencedor en un gran campeonato.

Y con el tiempo, Mario conquistó las canchas del mundo.

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¿Solo niños?

¿De qué trata?: En un pueblo remoto, los niños comienzan a atacar y matar a los adultos de formas escalofriantes hasta que solo queda uno de ellos en pie. ¿Se atreverá a contraatacar?

Personajes: Narrador, Elisa, Ben, Niños

Nadie supo como fue que comenzó exactamente. Un día, los niños empezaron a comportarse de maneras extrañas. Sus juegos habituales comenzaron a ir un poco más lejos de lo habitual. Ya no se conformaban con jugar a las escondidas o al pilla pilla; sino que se ponían a arrojarle piedras a los ancianos, aflojaban los frenos del auto de sus padres o empujaban a las señoras que no sabían nadar al río.

Hubo muchos correctivos que no sirvieron de nada. Era como si una semilla de maldad hubiera germinado en ellos, nuestros niños inocentes, que tan buenos habían sido desde siempre.

Entonces sucedió, algo hizo mella en ellos. Algo maligno.

Una noche, las casas se llenaron de fuego y de gritos. No eran ellos quienes intentaban escapar, eran sus padres.

Los chiquillos corrían en las calles de un lado a otro, armados con palos, con cuchillos, con cualquier cosa de la que se pudieran valer para hacer daño, como si fueran a enfrentarse contra un enemigo mortal. Solo que tal enemigo en realidad no existía.

Los adultos fueron tomados por sorpresa. A algunos los apalearon hasta la muerte. Otros, fueron cruelmente estrangulados o apuñalados. A otros les dispararon con los revólveres que inconscientemente, los mayores guardaban en sus cajones.

Y así, una a una, las personas mayores de dieciocho años fueron muriendo, padres, abuelos, hermanos, tíos. ¡Mis propios hijos se volvieron contra mí! Vi morir a mi esposa con estos ojos cansados; Elisa, mi pequeña de diez años de edad, le atravesó el pecho con un cuchillo de cocina.

Y yo corrí a refugiarme en el sótano, como el cobarde que soy, escuchando como todos los demás perecían afuera a manos de los niños. Entre ellos mis propios hijos.

Nadie puede ayudarnos o al menos no pudieron hacerlo a tiempo. Somos un pueblo pequeño, ubicado a cientos de kilómetros de las ciudades más próximas. Cuando algo pasa aquí nadie se entera, a menos que salga alguien a hacer eco de la noticia.

¿Quién podría informar de algo así a las autoridades, al ejército? Son solamente niños, ¿quién podría hacer algo en su contra?

Aún me parece estremecerme cuando recuerdo como Ben, mi pequeño campeón, se volvió hacia mí con una sonrisa infantil en su rostro y la pistola que guardaba en mi escritorio por precaución en su manita, queriendo dispararme. Tal y como si estuviéramos jugando.

Cuando la bala me rozó el hombro, apenas y tuve tiempo de correr para esconderme.

No sé cuantos queden con vida. Tal vez sea el único.

Tal vez no por mucho tiempo.

Dubitativo, observo la escopeta que tengo en mi mano. Tuve suerte de hallarla aquí. La acabo de cargar pero la muñeca me tiembla al sujetarla.

No quiero hacer esto. Por favor Dios mío, no quiero hacer esto.

Ayúdame a salir con vida de esta. Haz que todo se trate de una pesadilla. No quiero matar a mis hijos.

Escucho con desazón como las puertas que conducen al sótano se abren. Luego, un coro de risas infantiles.

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La niña de la escalera

¿De qué trata?: En una casa de campo, el fantasma de una niña aparece en las escaleras todas las noches para inquietar a sus habitantes.

Personajes: Niña, Padrastro

Hace mucho tiempo, en una vieja casa de campo vivía una familia conformada por una matrimonio y sus tres hijos. La mayor, era una alegre niña de diez años. Sin embargo, la desgracia tocó a su puerta cuando el padre murió en un accidente, dejando a su esposa sola con los niños.

Al poco tiempo, la mujer volvió a casarse pero su nuevo marido no era un buen hombre. Este sujeto odiaba a los pequeños y los maltrataba de todas las maneras posibles.

No solo disfrutaba castigándolos y pegándolos por cualquier razón, sino que había veces en que los dejaba sin comer, les negaba el agua y los encerraba por días en sus habitaciones, sin que pudieran beber o probar bocado.

Con quien más parecía ensañarse por alguna siniestra razón, era con la niña, quien se llevaba la peor parte en aquellos castigos. Y su madre, impotente, no podía hacer nada pues tenía mucho miedo de su marido.

Un día las cosas llegaron demasiado lejos.

El padrastro empujó a la niña por las escaleras de manera tan violenta, que la pequeña murió a causa del impacto. No hubo nada que se pudiera hacer para salvarle la vida y la familia entró en pánico.

Sabiendo que de descubrirse el asesinato lo enviarían a la cárcel, el hombre resolvió enterrar el cadáver de la chiquilla en el jardín de la casa y mudarse con la mujer y los niños a una nueva ciudad. Y así, la vivienda quedó abandonada por un largo tiempo, hasta que nuevas personas llegaban a vivir en ella.

Pero ninguna se quedaba demasiado tiempo.

Y es que cosas horribles y extrañas ocurrían apenas caía la noche. La gente que llegaba a vivir ahí aseguraba escuchar llantos y lamentos, todos pronunciados por una voz infantil que pedía ayuda de una manera desgarradora.

Lo más aterrador era cuando su fantasma tocaba a la puerta de la habitación principal, para pedir agua.

Y lo más peligroso, era cuando la veían pararse al pie de las escaleras con una expresión indescifrable. Nadie llegó a averiguar si se colocaba allí para proteger a los inquilinos de una horrenda caída… o si por el contrario, se aparecía para empujarlos y que tuvieran el mismo final que ella.

Lo cierto es que, aunque nadie más llegó a morir mientras habitaban la casa, si hubo muchos accidentes que con el tiempo provocaron que nadie más quisiera alquilarla.

De modo que quedó abandonada en medio del campo y había veces que, de noche, los excursionistas o jornaleros que pasaban cerca se sentían desfallecer al ver a una niña de aspecto siniestro asomada a la ventana; algunas veces pidiendo auxilio, otra simplemente mirando en silencio.

Se hice que todavía hoy, en esa casa misteriosa, se la puede ver con frecuencia.

Si alguna vez llegas a toparte con ella y tienes la valentía de entrar, es probable que llegues a verla. Solo recuerda que debes respetar una regla: nunca te acerques a las escaleras, o podrías sufrir su mismo destino.

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Aracne, la bordadora prodigiosa

¿De qué trata?: Una joven tejedora comete el error de dejarse llevar por su vanidad y desafía a Minerva, la diosa de las artes. Su presunción la llevará a obtener el peor de los castigos.

Personajes: Aracne, Minerva

Existió hace mucho tiempo en la ciudad griega de Hipepa, una hábil muchacha llamada Aracne, hija de Idmón de Colofón, un hombre que había adquirido fama por las hermosas telas que teñía de púrpura para la realeza. Así como él coloreaba los vestidos y las túnicas de reyes y princesas, Aracne era única con los telares. Su talento como tejedora era indiscutible.

Sus tapices y bordados eran los más hermosos de Grecia, representando con gran realismo una gran diversidad de figuras y paisajes. Tan orgullosa estaba ella de sus habilidades, que no dudó en colocarse a sí misma por encima de los dioses.

—Ningún inmortal podría superarme al tejer —solía jactarse enfrente de todos sus admiradores.

Quiso la suerte que sus palabras fueran escuchadas por Minerva, la diosa de las artes y la sabiduría, que ofendida por la presunción de la muchacha, bajó a la Tierra escondida bajo la forma de una humilde anciana.

—Tus tapices son muy hermosos jovencita, dignos de un dios —le dijo a Aracne, tras llegar a la tienda en la que vendía sus telares.

Ella se limitó a sonreír con arrogancia.

—¿Pero qué dice, vieja? Ningún dios podría hacer lo que yo hago —le espetó—, mis manos son únicas y mi talento irremplazable. Si quisiera, podría vencer a cualquiera de ellos tejiendo el tapiz más bello del mundo.

—¡Entonces acepto! Veamos de lo que eres capaz —dijo Minerva, desprendiéndose del disfraz de anciana y revelándose en toda su gloria, ante los ojos de los habitantes de Hipepa.

Aracne no se dejó amedrentar. Si la diosa quería una competencia, una competencia es lo que tendrían.

Se puso cada una en su lugar respectivo y comenzaron a tejer, mezclando decenas de hilos de colores en enormes telas, que parecían ir cobrando vida conforme sus manos pasaban por encima de ellas.

Al final los resultados fueron asombrosos.

Minerva había conseguido un tapiz soberbio, que representaba su triunfo en la batalla contra Poseidón, el señor de los mares. Había tejido con tanto empeño, que las olas parecían moverse de verdad dentro del bordado y su propia figura en el telar resplandecía revelando su divinidad.

Cierto era que aquella era una obra de arte. Pero cuando Aracne desplegó su propio tapiz, la propia Minerva palideció.

La muchacha había tejido una historia magnífica, que mostraba en veintidós escenas todas las infidelidades cometidas por los grandes dioses, incluido Zeus, la deidad suprema. Transformados en animales, habían sido retratados mientras se rebajaban al nivel de los mortales, de una manera que hizo ruborizar a Artemisa.

La insolencia de Aracné no tenía límites. No solo la había desafiado, sino que el tema escogido para su tapiz era una afrenta contra todo lo divino.

—He de admitir que es un trabajo magnífico —le dijo Minerva con seriedad—. Sin embargo, tu falta de respeto y tu engreimiento han llegado demasiado lejos, y no habrán de quedarse sin el debido castigo.

Y así, la diosa destruyó el telar de la joven y la transformó a ella en araña.

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El ratoncito que no escuchó a su padre

¿De qué trata?: Un ratón sale de su ratonera sin escuchar las advertencias de su padre. Pronto se dará cuenta de por qué son tan valiosos los consejos de los mayores.

Personajes: Ratón, Papá

Moraleja/Conclusión: Nunca desprecies los consejos que te brinda alguien con experiencia, pues podrían salvarte de caer en la desgracia antes de que sea demasiado tarde.

Todos los días antes de salir a la escuela, el ratoncito tenía a su padre encima de él, haciéndole las mismas advertencias de siempre. Algo que él encontraba tedioso.

—Antes de salir, fíjate si el gato anda cerca, pues no quiero que te de caza por andar de distraído.

—No te demores tonteando por los rincones, alguna de las personas que vive en la casa te puede ver.

—Come aquí en la casa para que no te de hambre afuera, por qué quien sabe hasta cuando vayas a encontrar comida.

—Si te topas con un objeto extraño en el camino, no lo toques y pasa de largo. No sabes lo que son esas cosas.

Aquellas advertencias tenían muy cansado al ratón que por cierto, era indisciplinado como él solo y lo único que le importaba, era jugar y perder el tiempo. Así que rara vez escuchaba realmente a su papá y hasta el momento, había tenido suerte de no ser atrapado por andar tan distraído.

Aquella mañana, como de costumbre, su padre comenzó a darle montones de consejos antes de que se marchara a la escuela. Pero esta vez, el ingrato hijo no pudo soportarlo más y se lo echó en cara.

—¡Estoy cansado de tus consejos! Ya no soy un niño y no, no voy a escuchar nada de lo que digas. Siempre es el mismo cuento —le espetó groseramente—, me voy y déjame tranquilo.

Así que el ratoncito salió de la casa tan campante.

En el camino al colegio, se encontró con un extraño mecanismo, lleno de metal y resortes, pero con un trozo de jugoso queso en la punta que le hizo agua la boca. Eso que estaba mirando, era una trampa para ratones, pero claro que él no lo sabía por qué jamás en la vida había visto una.

—No creo que sea peligroso —se dijo a sí mismo—, además tengo mucha hambre. ¡Qué demonios! —y sin ningún cuidado, tomó en sus manitas el queso para zampárselo de un bocado.

Pero he aquí que cuando lo hizo, el mecanismo se activó y lo atrapó bajo una gruesa vara de metal, de la que el pobre animalito ya no pudo salir. Irónicamente, recordó que en alguna ocasión su papá también le había advertido sobre aquello.

—Aléjate de lo que no conoces, aunque prometa algo bueno para ti. A veces los humanos ponen señuelos en sus trampas para acabar con nosotros —le había dicho.

En ese instante, el ratoncillo se lamentó.

—¡Qué tonto he sido al no escuchar sus consejos! Si tan solo no hubiera sido tan arrogante, ahora mismo no estaría en peligro.

Por suerte, su papá lo había seguido desde casa y en menos de un minuto, logró retener el mecanismo lo suficiente como para sacarlo de ahí. Los dos volvieron a la ratonera, aliviados y desde ese entonces, el pequeño ratón prometió que nunca volvería a echar en saco roto las advertencias del mayor.

Ahora era un animal juicioso, que respetaba y quería a su padre.

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Amigas antes que nada

¿De qué trata?: Una oveja blanca conoce a una oveja negra y entonces deciden ser amigas. Pronto aprenderá que lo importante no es querer a los amigos por como luzcan, sino por lo que llevan dentro.

Personajes: Oveja Blanca, Oveja Negra, Rebaño

Moraleja/Conclusión: La amistad verdadero se mantiene a pesar de las diferencias que puedan existir entre dos personas.

En un rebaño de ovejas nació una que tenía su lana tan negra como el ébano, para el descontento del resto de las demás, que eran tan blancas como la nieve. Todas pensaban que a causa de tan oscuro color, el animalito crecería para convertirse en una mala criatura.

De modo que desde un principio decidieron marginarla para convivir solamente entre ellas.

—¡Quién sabe lo que se nos pegará si nos juntamos con semejante chusma! —decían varias de ellas, prejuiciosas como eran.

Un día, una de las ovejas blancas se fue a jugar demasiado lejos del rebaño y cayó en una pequeña fosa. Ahí, se puso a gritar para que viniera alguien a rescatarla, asustada.

—No te preocupes —le dijo una oveja desde afuera—, traeré algo para que puedas salir.

Un rato después arrojó a la fosa el largo tallo de un helecho.

—Sujétate de esto, muérdelo con fuerza y yo te jalaré.

Así lo hizo la ovejita blanca que en unos cuantos minutos, estuvo fuera del pozo sana y salva.

Iba a agradecerle a su salvadora cuando la vio y enmudeció. Era nada menos que la oveja negra.

—¿Te lastimaste? —le preguntó ella.

—No, gracias.

En ese momento, la oveja blanca se dio cuenta de que ella no podía ser tan mala como las otras decían, pues después de todo, la había ayudado cuando más la necesitaba. De modo que decidió ser su amiga a escondidas de las demás.

Todos los días jugaban apartadas del rebaño, para que las otras no hablaran. Y aunque era algo triste, a la oveja negra parecía no importarle.

—¡Siempre quise tener una amiga de verdad! —exclamaba contenta.

Pero un buen día, una de las ovejas más chismosas las vio juntas y fue corriendo a avisarle a las demás. Todas se molestaron mucho y se pusieron en contra de su compañera.

—¿No ves que estar con esa oveja es algo muy malo? ¡Su lana es oscura como la noche! ¡No es igual a nosotras!

Al principio, la ovejita sintió miedo por el rechazo de esos animales a los que conocía de toda la vida. Pero luego reflexionó y recordó lo que su amiga había hecho por ella, sacó valor y se enfrentó a las otras.

—Más malas son ustedes, que juzgan a alguien por su exterior sin molestarse en conocerla de verdad —les dijo severamente—, por qué esa oveja, así de negra como la ven, ha sabido ser más amable conmigo de lo que ninguna de ustedes ha sido en todos estos años. Es una amiga de verdad y yo la quiero no por como es en el exterior, sino por su bondad. Así que si quieren echarme del rebaño háganlo, que prefiero estar con una sola oveja buena, que verme rodeada de ovejas malas y prejuiciosas.

Las torpes ovejas se quedaron muy avergonzadas al escucharla y no supieron como responderle. Se dieron cuenta de que tenía razón.

Desde ese entonces, la oveja blanca y la negra fueron las mejores amigas por muchos años.

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Invasión

¿De qué trata?: Oculto en casa, un sujeto recuerda como ocurrió la invasión del planeta Tierra, mientras escucha como uno de los seres del espacio yace bajo el mismo techo que él.

Personajes: Narrador, Intruso

Llegaron hará cosa de dos, tres días. Al principio no nos dimos cuenta de lo que estaba pasando. Nadie, ni siquiera los científicos con sus sofisticada tecnología, pudo anticipar el estallido de la invasión que hoy azota nuestro planeta, mientras el terror se extiende como un velo negro sobre nuestros rostros.

Primero el cielo se lleno de luces. Luego, todas las comunicaciones cayeron, sumiendo a las masas en pánico. Televisión, Internet, teléfonos… nada funcionaba. La luz también se cortó.

Pero no fue sino hasta que las máquinas comenzaron a cazar, que el miedo colectivo se desencadenó como una hilera de fichas de dominó sucumbiendo a la gravedad. Andaban por las calles y entraban en las casas cn total impunidad, atravesando a la gente con esos extraños artefactos o encerrándola en celdas transparentes, donde se asemejaban a animales en cautiverio.

Algunos logramos escondernos. Yo llevo todo este tiempo en el sótano, aunque no sé por cuanto tiempo más.

No sabría decir tampoco cuantos quedan allá afuera. Bien podría ser el último de mi especie y no haberme percatado de ello. Pero no lo creo. Ellos no dejarán a nadie con vida.

Mi problema no es si lograré subsistir aquí abajo, pues a pesar del agua estancada y la penumbra, puedo distinguir los paquetes de comida enlatada que previsoriamente mi esposa solía guardar para no quedarnos nunca con la despensa vacía.

Tengo mi navaja y una linterna que creo que funcionará por un buen rato.

Sin embargo no puedo salir de aquí. He oído entrar a uno de ellos. Primero buscó por todo el primer piso y después subió al nivel superior, andando con esa horrible persimonia que caracteriza a su especie.

Desde luego, no he logrado ver a ninguno por qué bajé a ocultarme casi de inmediato.

No obstante, sé muy bien que esos pasos no son los de un ser humano.

Tengo miedo. El saqueo que estamos sufriendo como especie, no es comparable siquiera al que sufrieron nuestros antepasados en el Nuevo Continente, cuando tuvieron que enfrentarse con el yugo de las potencias europeas.

Ellos, los seres del espacio, carecen totalmente de cualquier sentido de la moralidad o decencia. No nos ven como a otra cosa que meros animales, quizá incluso mucho menos.

Y ahora, esta cosa que se ha metido en mi casa, eso, se dirige con mucha cautela hasta la puerta que da al sótano. Puedo sentirlo.

La puerta emite un rechinido al abrirse y yo me quedo muy quieto en mi rincón. Puedo ver su silueta bajando por las escaleras, pesada y repugnante.

Sacó mi navaja y la abro.

Es un cuerpo de dos metros de largo y piernas ligeramente arqueadas, que le facilitan introducirse en una habitación que no está hecha a su altura. Tiene una piel verdosa y cubierta por protuberancias, una mandíbula grotesca y el cráneo alargado.

Es, en cierta manera, muy parecido al estereotipo que tenemos sobre los marcianos verdes.

Y ha venido a matarme.

Cuando voltea hacia el sitio en donde estoy, empuño mi cuchillo…

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