Mi primer viaje a Madrid

Un sms me sacó de mi sueño, eran las ”5:48 am”. Mi amiga, me hizo despertar doce minutos antes de lo que tenía pensado. Me deseaba un buen viaje y causaba emoción leer; ”en pocas horas estarás con tu pequeño”. Después de haber abierto ya mis párpados, a pesar de mi cansancio no quise volver a cerrarlos, me esperaba realizar uno de esos sueños.
En plena negrura de la habitación, extendí mis brazos para coger la vestimenta del escritorio, esa que yo misma preparé el día anterior, el 22. No quería entretenerme con elegir trapos, después de todo, eso era lo que menos me importaba.
Cuando terminé de vestirme, me arodillé y desde mi cama, en plena oscuridad fijé mis ojos en ella, en mi pequeña hermana que dormía plácidamente. Acaricié su mejilla y como normalmente hago cada vez que no podré darle los buenos días, postré un beso en su pequeña frente.

Hecho ésto, pretendiendo hacer poco ruido, salí de la habitación oscura y con los pies descalzos, bajé las escaleras de parqué. Me dirigí hacia la cocina y como siempre hago para serenarme, saqué mi taza, preparé mi café. Una vez calentito, aun sintiendo el frío suelo me dirigí al salón, enchufé mi portátil y leí algunos de vuestros comentarios. Lo cerré, miré el reloj y pensé, que sería mejor contestaros a todos después de mi vuelta de Madrid.
Mi estómago estaba intranquilo a medida que se acercaban los minutos, consiguiendo que fuesen justo, las 06:45 am. Una vez así, me dirigí al armario empotrado que hay en la entrada de mi casa, donde guardamos los zapatos. Me puse mis botas más cómodas y más rápidamente, subí nuevamente esas escaleras que antes bajé, para entrar al aseo, lavarme la cara, pasarme el cepillo por el pelo y cepillarme los dientes. Estaba lista. Nada de maquillaje.
Descendiendo nuevamente al piso de abajo, comprobé si tenía todo y eso es lo que creí. Escuché un ruído en la planta de arriba. Mi padrastro, se había despertado para ir a trabajar. Aproveché el momento y ascendí nuevamente a la planta de arriba, entré a la habitación de mi madre.
– ¿Ya te vas, Olivia? -. Me preguntaba frotándose los ojos hormigueados.
– Sí -. Posé mis piernas en su cama y estiré mi torso para darle un beso. Mientras, mi padre, permanecía sentado en una esquina de ella, sin decir nada.
– Ten cuidado y que no se te olvide nada -. Dijo ella, intranquila. Algo realmente normal en una madre.
– Lo tendré -. Salí de su habitación y bajé nuevamente, con la maleta ya en mi brazo. Volví a abrir el guarda ropa, cogí mi chaqueta y me la puse, colocando a la vez entre cuello y brazo, el pequeño bolso más importante. El que ni loca, tenía que perder.
Preparada, abrí la puerta. El sol me daba a entender, que ese día se hubiese estado perfectamente en éste pueblo. A medida que caminaba hacia la parada y cruzaba las calles, no dejaba de ver la hora y un nudo se me comenzaba a formar en la garganta.
Llegué a la parada, aun tenía que esperar un cuarto de hora. Un perro me ladró y el hombre que estaba junto a él, le calmó con una pasada de mano por su pelaje.
En frente de mí, donde estaba la otra parada, se encontraban esas personas que esperaban el bus rumbo a Alcoi. Seguramente, la gran mayoría de ellos y ellas, tendrían clases allí.

Una mujer, que era la madre de una compañera que tuve hace dos años, llegó y se sentó a mi lado. Creo que no me reconoció y por lo tanto, bajé la mirada e hice como si nada.
Pasó el cuarto de hora y con 5 minutos de retraso, el bus paró delante de mí. El conductor, riñó al hombre del perro, ”supuestamente” no podía llevarlo con esa bolsa-cama de animales, decía que así se puede escapar.

Supongo que es su trabajo, su obligación tener que decir ese tipo de cosas, pero, ¿tienen también el compromiso de hablar con ese mal tono?. El perro que antes me ladraba, temblaba y dudé muchísimo que brincase y se largase. No pude evitar sentir cierta incomodidad por parte del hombre, casi que no le dejaron hacer su pequeña trayectoria, aunque después del sermón el conductor decidió hacerlo, dándole el típico aviso; ”a la próxima no le dejaré subir”.
Tanto el hombre, como la mujer subieron y yo de las últimas, pagué para ir a dirección de Alicante. Me senté en los asientos que están siempre en la puerta trasera, tengo la manía de que al bajar, es el mejor lugar para no estamparme contra nadie.
Con la maleta posada entre mis piernas, esperé unos 45 minutos hasta que el bus paró, dejándome sola entre el gentío de desconocidos. Lo más rápido que pude, subí a la planta de arriba de la estación y me dirigí, con mi localizador a la ventanita de ”Movelia”. Allí me atendió una mujer rubia, muy mona ella. Me pidió el DNI y, me puse a buscarlo. ¡Oh cinijis!, no lo encontraba y mis manos comenzaron a temblar. Pausé y le dije que esperase, que atendiese, que iba a buscarlo. Me senté en una de las sillas de espera y loca abrí mi maleta, todos los bolsillos. No estaba. Llamé a mi madre.
– Mamá, ¿dónde dejaste mi DNI? -. En cuanto se lo pregunté, creo que a mi madre le dio un mini infarto.
– Madre mía, está en tu bolso grande, ¿y ahora qué?, ¿no le sirve que le diga el número? -. Se me paró el corazón. Dios, ¿y si no podía por culpa de ello, sacar mis billetes reservados?
– Voy a preguntarle a la mujer -. Con un nudo en la garganta, colgué y cerré todos los bolsillos que mantuve al descubierto de mi maleta. Miré a mi alrededor y esperé que nadie se haya fijado en ella, solo me faltaba eso, que hubiese un ”mangui” por ahí acechándome.
Volví a la ventanita y le comenté mi problema con el DNI. Por esa gran suerte que obtuve, me dijo que no ocurría nada, que con mi nombre bastaba. Solté un alivioso suspiro en cuanto dijo aquello y con la mano en mis pálpitos, dije mi vocalicé mi nombre y confirmé mi día de vuelta. El Domingo 25 que no quería que llegase, a las 12:30 am.
Me dio mis billetes de ida y vuelta. Después de ésto, tuve que esperar unas dos horas y media, leyendo, desesperada, sintiéndome observada por muchísimas personas que esperaban igualmente. Para confirmar mi línea y no liarla, le pregunté a una desconocida con el pelo rapado de un lado, por más suerte que obtuve, ésta se dirigía también a la Estación Sur de Madrid, a la misma hora.
Comenzamos a conversar en ese tiempo que nos quedaba de espera. Su vida era muy interesante. Me contó, que vive en Madrid, pero que suele viajar a Torrevieja para visitar a sus padres. Resulta que, cuando tenía 22 años, conoció a una persona por internet y se propusieron conocerse. Ésta, viajó sola, a Madrid para tan solo verlo y estuvieron un fin de semana juntos. Me sentí realmente identificada porque yo iba a hacer exactamente lo mismo.
La única diferencia es, que creo que esa muchacha en ningún momento lo hizo por amor. Me dio a entender que solo sentía ”ilusión” pero, que ello se esfumó a los 3 meses en cuanto se puso a vivir con él. Más tarde, consiguió trabajo y ahora vive sola, en su mundo y Madrid.
No pude evitar sentir un poco de ”tristeza” por ella. En su caso, no se sentía segura de lo que hacía, no estaba segura de lo que sentía, de lo que le transmitía y lo peor de todo, discutía con esa persona constantemente.
Creo que era consciente de los nervios que podía sentir a medida que el bus de trayectoria larga hasta Madrid se acercaba, pero, dudaba en un fondo lo que para mí significaba realmente. Cuestionaba, muchísimo, que su ilusión se pudiese comparar con el amor que yo necesitaba demostrar. Creo, que aunque la situación fuese realmente parecida, los sentimientos eran otro mundo.
El bus, llegó a las 11:30 am, como decía el billete. Muy puntual. Las personas que iban a Albacete, guardaban las maletas por un lado y los que iba a Madrid por el otro. Yo, no la guardé. Me sentía más segura teniéndola encima. El conductor revisó mi billete y tachó en la hoja que en su otra mano contenía ”Asiento 27”.
Subí y lo busqué. Justo en mi asiento había un hombre de piel negra. Le sonreí y señalé que ahí iba yo. Éste se disculpó y me cuestionó si quería que se apartase de el que era, mi asiento. Le dije que no importaba, me senté a su lado, en ”su asiento”.
No hablamos en todo el camino. Sin querer darme cuenta ya habían pasado unas 2 horas y 35 minutos, me dormía con miedo a que se me fuese el cuello del sitio y por los tumbos del viaje, no dejaba de despertarme desorientada. Hicieron una parada en Albacete, siendo así, la chica de pelo rapado me pidió que la acompañase a por un bocadillo. Y eso hice, aunque no me gustaba la idea.
Mi acompañante de asiento, también se encontraba en la cafetería y tanto con la chica, como él, se pidieron un bocadillo de muy buena pinta, con tortilla y queso. Yo preferí no gastarme el dinero, tenía ya en mi maleta bocadillos con tan buena pinta como esos.
Nos dirigimos al bus y descaradamente me senté en mi respectivo asiento 27. Ahora podría apoyarme en las siguientes horas que me quedaban o simplemente mirar por la ventana. Más entretenida sí estaría.
Dos mujeres cristianas se sentaron el los sillones de atrás. Tenían conversaciones interesantes y aunque sé perfectamente que está mal haber puesto mis ”antenas”, no pude evitar sentir curiosidad por ello.
Decían cosas como, ”Lucifer es el gobernante de nuestro mundo”. Tengo que admitir que me acojonaron y según los gestos de mi acompañante, también lo estaba, aunque le daba por reír.
Nos dio por hablar. Éste me contaba que iba a ver a su novia, en ”La Coruña”. Se iba a pegar más horas de viaje que yo. Y me animaba, me dijo que con ella llevaba ya 4 años, que la distancia es mentira que sea un impedimento.
Por un instante me dio por mirar a los pasajeros. Me pregunté cuántas de todas esas personitas, viajaban por ver a quien aman. Cómo se sentirían, ¿tal vez tan nerviosos como yo?
Bueno, cabe decir que había un grupo de amigas que posiblemente solo buscaban juerga. Y se sabía por las frases que soltaban al vuelo; ”que fiestón nos vamos a pegar”, ”lo que se pierde ésta”, ”menudo ciego voy a pillarme”… . Y bueno, destaco, que había un hombre que a mi acompañante le daba señales, con las manos, dando a entender que estaba salido y que esas chicas le parecía que tenían buen cuerpo. Mi acompañante, me daba a entender que creía que estaba loco y lo confirmé en cuanto llegamos a la Estación Sur de Madrid. Éste, el que estaba salido, corría detrás de las palomas e intentaba pegarles un ”batecul”.

Llamé a Ristu. Éste me dijo que estaba llegando y a mí corazón le dio un parón. Después de casi más de 7 horas de espera, me notaba cansadísima, pero me despejé en cuanto pude oír su voz.
No me encontraba y entre risas, yo diciéndole ”¡estoy junto a unos refrescos!”. Resultó que no me veía porque estaba en la planta de arriba. Mi acompañante me decía; tu novio es tonto. Yo le fulminaba con la mirada y el mata-palomas, realmente me preocupaba cada vez más.
Oh Dios mío, ahí estaba. ¿Estaba caminando hacia mí?, ¿era ese del abrigo negro?. Sí, era él y me estaba sonriendo a medida que se acercaba. De los nervios, no recuerdo si nos abrazamos en cuanto estuvo más cerca, solo sé que el corazón se paró y el tiempo, el mundo, todo lo de mi alrededor estaba nublado.
Caminaba torpemente junto a él. Noté, que él estaba tan nervioso como yo y eso, me gustó. Lo miraba de reojo y a la vez intentaba que no se me notasen los nervios, pero el fallo fue; que él hacía lo mismo.
Me hizo gracia que se sintiese desorientado. Se perdió un poco y a mí me perdió un poco más cuando mientras bajábamos unas escaleras mecánicas, extendió sus brazos y me acercó a él. Creo que me quedé sin oxígeno y me puse más nerviosa aun. Tanto, que casi tropiezo innumerablemente de veces.
– ¡Si egggque eréh un dejastréh! -. Qué razón tenía. Pero, ésta vez lo estaba siendo porque su presencia me alteraba todo.

No sé cuántas vueltas dimos, cuántos abrazos nos dimos, cuántas miradas cruzamos sin poder evitar sonreír. Y ese momento, en el que nos sentamos en un tren y nos cogimos de las manos. Me pareció más mágico todavía.
– Te quiero -. En cuanto dijiste aquello, mi corazón y mi oxígeno se volvió a alterar.
– Yo también -. Como pude, soltando un leve suspiro, creo recordar que eso es lo que dije.
Tus comisuras se ensancharon y me enterneciste. Me hiciste pestañear como unas cinco veces seguidas en menos de un segundo. ¿Enserio estaba tocando tu mano?, ¿nos estábamos mirando realmente?.
Bajamos en Parla. Y gracias a ”Google Maps” nos pegamos la gran pateada del día y, ¿noche?. Sí, se nos hizo de noche.
Encontramos finalmente el hotel en el que reservé habitación pero, ¡oh cinijis, no tenía el DNI!. Le dije que podría llamar a mi madre para que se lo enviase por fax, lo que fuese, pero el hombre se negó. Éste me dijo que fuese a la comisaría que estaba a zancadas de allí y que ”denuncie”. Me desanimé muchísimo y por esos momentos creí que dormiría en la calle.
Salimos del hotel y nos sentamos, él y yo en unas escaleritas.
– ¿Qué se supone que tenemos que denunciar? -. Me preguntaste tan desconcertado como yo.
– No tengo ni idea -. Te contesté.

Justamente, en esos momentos, el recepcionista salió del hotel comunicándonos que había llamado a la comisaría y que tenía la oportunidad de ir allí, para conseguir que certifiquen que ”soy yo”.
Estaba nerviosa, nunca me había encontrado en una situación así. Y justo en ese momento, me miraste, me rodeaste, posaste tus labios en los míos. La delicadeza, la suavidad, el cariño y ternura que me transmitiste en esos momentos, me calmó y, realmente lo hiciste en un momento que me desconcertó.

Sonreíste torcidamente y yo me animé. Tenía que haber una solución y así fue.

Llegamos a la comisaría y aunque al principio el hombre de detrás de la mesa me habló realmente mal, más tarde, otro policía fue más comprensivo y gracias a la suerte que ese día tenía buscó el remedio. Nos hicieron esperar bastante tiempo pero, ya estaba más animada.
Cuando me llamaron di hasta un bote con una sonrisa y entré en una sala. En ella, estaba el policía y una mujer. Me volvió a preguntar qué me sucedió con el DNI.
– Pues mire -. Le señalé mi bolso pequeño. – ¿Ve éste bolso pequeño?, normalmente llevo uno grande y ahí fue donde mi madre lo metió. Por lo tanto, está en Ibi, a más de 5 horas de aquí -.
– ¿Dónde está Ibi? -. Enserio, ¿me estaba preguntando dónde estaba?. OMG.
– Más lejos que Alicante -. Le contesté un poco atónita.
– Está bien. De momento eres mala -regular y el hotel creo que ya dejará que puedas dormir en tu habitación reservada -. Cuando escuché ”mala-regular” abrí los ojos como un búho.
– ¿Creíais que era mala? -. Puse tono de ”realmente eso me ha dañado el autoestima”.
– Bueno, ahora solo eres mala-regular-. Contestó entre risas.
Puse los ojos en blanco y miré a la chica, ésta también se reía. Así que me reí yo también.

Como tonta, salí de allí sonriendo y miré a Ristu, haciéndole ver que no creía lo que acababa de escuchar. Por supuesto, ¿cómo no?. Además de desastre ya tenía algo más para meterse conmigo y hacerme rabiar.

Después de aquello, ¿qué decir?. Todo fue maravilloso. La habitación era maravillosa, aunque no encontrase el bicho tecnológico ese para meter la ”tarjetita” y tener luz. Nunca había reservado una habitación de esas para mí sola. Todo era muy nuevo para mí.

Después, salimos del hotel y caminamos, buscando un banco. Antes de encontrarlo, casi nos encierran en un sitio que no sé muy bien que era. El caso, que casi nos encierran y tuvimos que correr como posesos antes de que cerrasen la otra puerta.
Muchos abrazos, besos, risas. Todo fue genial.

Lo mejor de todo. Fue que estuve toda la noche con él. Aun no podíamos creer que sus padres, ellos, eran los que pedían que durmiese conmigo. Estábamos algo desconcertados y, fue raro vernos el la situación de estar solos en una habitación. Tan solo, nos dedicamos a fundirnos en besos, en demostrarnos que existíamos, en acariciarnos y hacer que la noche fuese nuestra. Fueron nuestras noches. Nuestras mañanas, nuestros días.
Es inexplicable poder decir lo que sentí al despertarme y verlo en cuanto volteé mi espalda. Veréis, hay algo curioso. Cuando dormimos, lo hacemos abrazados pero cuando despertamos, durmiendo, estamos los dos de espaldas. Hasta eso me gustó. Porque al girar, tenía su espalda ante mí y, como la luz del día es la causante de mi despertar me dedicaba a despertarlo, jugando a ser yo esa luz, sus buenos días en susurros.

El resto de ese día del sábado. Fue auténtico como él. Caminamos muchísmo, me enseñó mucho Madrid y en verdad, ésta vez no lo he visto tan feo como de niña lo veía. Tal vez fuese porque me encontraba con él. Era muy posible.
Su voz. Fue increíble escucharlo cantar mientras caminábamos entre esa gente, por la noche. Sus ganas de llamar mi atención, de hacer que él fuese más mundo que Madrid, realmente lo consiguió. Es mejor de lo que creía.

Mientras, la despedida del Domingo, creo que es mejor no contarlo. No será una despedida. Solo os diré, que esa noche del sábado, en el hotel yo me dormí, entre susurros con un ”no te duermas”.

Protagonista: Olivia

Co-protagonista: Ristu

Personajes secundarios: Policías, la madre de Olivia… .

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Amor botánico

Se vino todo encima,

como los pétalos salen de la corola y los sépalos salen del cáliz.

Así, como una flor. Tanto que te gustan.
Se vino todo encima y te dije lo que siento, me dijiste lo que sentías.

Viejos tiempos aquellos que nos conocimos, nos tocamos, los ojos brillosos y el aliento seco

Por la sensación que nos apaño en los primeros momentos.
Cuando se vino encima, crecés con creces y la flor, que deja de ser verde, repta por encima del pedúnculo y salen colores.

Esos colores te distinguen y solo hacen que sigas siendo diferente.
Acaso hay dos flores iguales en el mundo? No. Ni aunque sean dos flores hermanas, de una misma plantas.

Van a seguir siendo diferentes.

Hay que contar que el fruto,
lo que da la flor
autentico, él solo, se respira
y eso es lo más lindo
de vos.

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El ciervo y el león

Un día, salió el ciervo a dar un paseo, aprovechando lo bello que estaba el sol. Pero el clima era caluroso y pronto tuvo necesidad de saciar su sed. Pudo hacerlo en un estanque de aguas claras y frías, en el que metió su hociquito con deleite:

—¡Qué rico es beber de un manantial como este cuando hace tanto calor! —pensó en voz alta, satisfecho.

Y de pronto, se percató del reflejo que el agua clara le devolvía de si mismo, con sorpresa y satisfacción. Se dio cuenta de que ciertamente, era una criatura mucho más guapa de lo que suponía. Con su estampa elegante, sus ojos grandes y la bella cornamenta que decoraba su cabeza, hermosa como una corona.

—¡Pero que largas y flacuchas son mis patas! —exclamó con horror— Para tener una cornamenta tan grande y soberbia, no parecen ser muy atractivas en un animal como yo. ¡Ojalá y pudiera cambiarlas por las patas anchas y poderosas de un león! Eso sí que sería un orgullo.

Tan ocupado estaba el ciervo en mirarse y reprocharse, que no se percató del enorme león que lo acechaba a sus espaldas. No fue sino hasta que escuchó un potente rugido, que sin mirar atrás se echó a correr, siendo seguido por el depredador.

Y las patas larguiruchas de las que tanto se quejaba, resultaron servirle de maravilla para aventajarlo en un dos por tres.

Pero he aquí que pasó por un sitio lleno de árboles enrededados y los cuernos se le atoraron en las ramas entrecruzadas de algunos. ¡Esa cornamenta de la que tanto se enorgullecía, había resultado ser su perdición! Y mientras tanto, el león estaba cada vez más cerca.

Lo único que pudo hacer, en un último intento de salvar la vida, fue dar un fuerte tirón con la cabeza que increíblemente, funcionó.

El ciervo escapó corriendo a toda velocidad. Cuando el león llegó hasta la trampa con la que se había encontrado, no quedaba de él más que el polvo. Y muy malhumorado, regresó con la manada.

A salvo, el ciervo sintió sed nuevamente y buscó otro estanque para refrescarse después de la carrera. Lo encontró en las cercanías y bebió hasta quedarse saciado. Luego se volvió a mirar en las aguas claras.

—¡Cuánto me equivoqué respecto a mí mismo! —exclamó con asombro— Han sido estas patas flacuchas de las que tanto me avergonzaba, las que me han salvado de una muerte segura. En cambio estas astas tan maravillosas pudieron haberme costado la vida. ¡Y yo fijándome en lo que carecía de importancia! Pues de ahora en adelante, no volveré a dejarme por las apariencias, ni ser superficial.

La moraleja de esta historia es: Nunca hay que dejarnos engañar por el exterior, ni menospreciar las características que nacemos. Tal vez haya algo que a primera vista no te guste de tu persona, pero el día de mañana, eso puede serte más útil que las cosas que te envanecen. No todo en la vida se reduce a ser bonito.

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Los proyectos exitosos dan la vuelta a las dificultades

Personajes

Andrea: Joven adolescente que se preparar para irse al exterior, a la universidad, estando lejos de su madre y afrontando los cambios que se sobrevienen.

Helena: Mamá de Andrea, siendo una madre nerviosa y preocupada por el futuro solitario que llevará su hija durante el tiempo de estudio.

En el terminal de autobuses de un lejano pueblo, se visualizan muchos carteles que describen los destinos de todos los autobuses y uno grande central, donde se hace referencia a la ubicación como “Terminal de Autobuses”. En este, Andrea se prepara para embarcar el autobús que la llevará tanto a su nuevo destino, como a su nuevo proyecto de vida.

-Madre e hija, se despiden dentro de este sitio de salida de autobuses.

Helena: Hija, ¿estás segura de que tienes todo a la mano? ¿Tu identificación y tu móvil?

-Andrea: Claro mamá, ya lo he verificado.

-Helena: ¿Y los mapas que necesitas, los libros?

Andrea: Todo mamá, no tienes de qué preocuparte, lo que si se me queda es las ganas de estar junto a ti. Te extrañaré.

Helena: (ocultando su nostalgia) Se trata solo de un tiempo hija, después todo será muy bien y estaremos juntas. Embarca el autobús.

(Abrazos)

Andrea: Sabes cuánto te amo, Madre.

Helena: Si hija, tanto o igual que yo a ti.

Al llegar al destino para su nueva vida, se da cuenta que todo es diferente, desde las calles hasta los supermercados, los estilos de gente, la amabilidad… nada era similar a su pueblo. En una buena cantidad de días dentro de la universidad, Andrea llama desconsoladamente a su madre.

Andrea: ¿Hola, mamá?

Helena: Si hija, dime, ¿qué tienes? ¿qué te ha pasado?

Andrea: No es nada de lo que imaginé, pensé que todo estaría bien a pesar de cambiar de ciudad, pero no. Ya he reprobado mi primer examen y lo peor es que estuve preparándome por varios días. ¡No lo soportaré si sucede nuevamente!

Helena: Tranquila hija, recuerda que el éxito da la vuelta a las dificultades y a pesar de que al principio todo parezca ir mal, pronto verás las recompensas de haber hecho este sacrificio de alejarte de tus orígenes y prepararte con muchos cambios de por medio. Solo debes esforzarte un poco más.

Andrea: seguramente, estoy estudiando lo que no es para mí. No sabes cuánto te necesito, cuánta falta me haces. ¡Quiero regresar!

Helena: Si, entiendo hija mía. Pero lo que yo necesito es que aprendas a vivir con los cambios, que aprendas que todo tiene su resultado después de hacer un esfuerzo y que por ahora, lo único que debes hacer es centrarte en estudiar.

Andrea: No es nada parecido a lo que imaginé.

Helena: Es verdad que todo al principio resulta cuesta arriba, pero solo requerirás de un poco de motivación para hacer que las experiencias se conviertan en resultados productivos que durarán toda la vida, incluso más que el tiempo que puedas extrañarme.

Esas fueron las palabras que Andrea día a día tomaba como reflexión para poder seguir adelante y conseguir lo que con sacrificio se le dio, su título profesional y más amor hacia su madre a pesar de la distancia y de los cambios que vivió al alejarse en un principio de ella.

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El Arte de Jacob Emory

Una historia remontada a comienzos del siglo pasado. Un anciano cuenta la historia de un chico llamado Jacob. El era atento con sus amigos, simpático, jocoso, humilde, risueño, sencillo y muy fácil de complacer. El anciano era un niño en aquel entonces, mientras que Jacob era adolescente. El joven Jacob no le caía muy bien a toda la población de su localidad por ser un devorador de libros.

Sin embargo, el ocultismo era el tema que principalmente estudiaba de la mayoría de sus libros. Con el tiempo fue desarrollando su habilidad de tal manera que expandirlo en el pueblo se le hacía una pretensión poco ambiciosa. Por esa razón decidió marcharse de allí y hacer su vida en lugares mucho más poblados.

El anciano que cuenta esta historia recuerda que a sus 17 años Jacob volvió. Habían pasado ya 7 años desde la última vez que lo vio, esta vez regresó al pueblo sin humildad. Las cosas que pudo conseguir le han hecho de otra persona a Jacob Emory. Un día se encontraba en una hamburguesería disfrutando de una rica cena. Al ver al anciano que cuenta la historia, le hace señas con su mano para que se siente con él.

Junto al anciano que era joven en aquel entonces, se van otros amigos de él para acompañarle. Todos le empiezan a saludar ¿Qué tal Jacob? ¿Cómo esta todo? ¿Qué es de tu vida? El no contesta estas incógnitas, pero si tiene una sonrisa dibujada en su rostro que dice más de mil palabras, aunque esta sonrisa es un poco macabra.

Luego de unos segundos de la escena un poco incómoda, él le pregunta al anciano que cuenta la historia ¿Quieres ver algo impresionante? Todos se miran las caras y deciden responder afirmativamente a la pregunta del joven misterioso. No pasó mucho tiempo para que el volviera a responder haciendo una pequeña petición: ¡Tráiganme una hoja de papel!

Al traérsela todos se quedan riendo y viéndolo con una cara de burla. Pues no duró ni un segundo para dibujar una silueta de una persona en la Hoja de papel. Pero luego de haberse burlado, esas risas y rostros de burla cambiaron en un segundo a rostros desfigurados de horror. Al parecer la figura de la servilleta había cobrado vida y estaba tratando de salir de la zona de dibujo, es decir, de la servilleta.

La gente del Restaurant se quedó impresionada luego de haberse acercado y ver lo que estaba pasando. La gente le daba servilletas para que dibujara más cosas y él les complació. Hasta el dueño del restaurant quedó admirado del arte que había provocado en este material ¿Cómo? Nadie sabía, pero Jacob  Emory si sabía cómo sacarle provecho a su lápiz mágico.

Pocos días después montó un circo. En este dibujaba cosas que cobraban vida para entretener a la gente. Desde animales y cosas en movimiento, todo tipo de cosas. Las peticiones se fueron tornando un poco más horribles, la gente le pedía que dibujara monstruos y mujeres desnudas, aún así Jacob accedía a hacerlo.

Hasta que un día, el anciano que cuenta la historia y asistía a este evento pudo presenciar algo increíble. Para Jacob fue algo terrible, un personaje bastante curioso le hizo una petición al mago del siglo ¡Jacob! ¡Aquí! Después de muchos minutos de insistencia decide tomar la petición de este personaje del público preguntándole ¿Qué quieres que dibuje?

Es algo muy fácil ¡Dibújate a ti mismo! Una petición que hizo que el público se mirara entre sí y luego voltearan a ver a Jacob para esperar su respuesta. El no respondió, simplemente se volteó para dibujarse a sí mismo. Luego de haberlo hecho a imagen y semejanza descubrió que había cometido un grave error.

La figura en el papel gigante había cobrado vida y le miraba fijamente mientras el resto de las figuras estaba apuntando su mirada hacia el Jacob falso. En ese mismo instante Jacob Hamory falso sacó un lápiz y dibujo una puerta, la cual dio paso de su dimensión a todas las criaturas que Jacob real había dibujado.

Las personas salieron despavoridas del lugar, mientras que el anciano que cuenta la historia decidió quemar la carpa con todas las criaturas dentro y por desgracia Jacob real, quien estaba siendo devorado lentamente por sus propias creaciones.

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Suerte o conocimiento

El mundo cuando se quita la máscara, da a ver que sus frases son contradictorias cuando llega el momento de ver en directo un error. Dan a creer tener el derecho de poder cometer errores por ser humanos y cuando se acciona, humillan. Te lo quitan todo, como si hubieses suspendido un examen.

No os habéis parado a pensar que una mancha pudo haber sido causada por una emoción que se retuvo, los motivos nunca faltan y alfileres que hagan que explote un globo con tinta, en ocasiones tampoco.

Pudo haber sido su gato junto con la historia que en un pasado te montaste, sus ojos irritados y llorosos, su descontrol por querer besarte a pesar de saber que no es lo correcto, sus tentaciones, las conversaciones que has mantenido, los momentos que te has reído de él y sus tonterías por solo conseguir hacerte reír. Esas muecas que te dan a ver que realmente no puede contenerse y que sus manos tienen vida propia. Que entre cada ”no” que dice tu mente, tu cuerpo se enfada y ausenta; sintiendo escalofríos, más miedo, más anhelo. Pudieron ser incluso sus peticiones por una simple caricia o que te rechiste por alejarte de su torso, mientras que, con sus dedos te anote en la espalda ”vuelve”.

Una voz que se adentró por sus oídos hasta llegar a su núcleo le demandó cerrar sus ojos con suavidad.

Allí estaba ella, sentada en un punto medio de una habitación fría con estanterías viejas rebosantes de libros. La luz tenue le relajaba hasta la médula y esa voz que se había acomodado libremente por su interior, le seguía haciendo peticiones.

– Acaricia sus tapas, huele sus páginas… -. Susurraba aquellas palabras adormeciéndola.
Ella quiso alargar su mano para encontrar la fuente de aquellos vocablos que por cada acentuación creaba una nueva página, una nueva cubierta, una nueva historia. Quiso, pero no lo hizo.

Se desenvolvían en aquél lugar anécdotas encerradas y ocultas que fueron narradas en años, pero esa expresión pausada conseguía relacionar el tiempo con el presente, las páginas sucedían sin más.

Ella se asustó de su magia, se conmovía tímidamente por dentro al presenciar aquella ilusión y estar ahí, tan cómoda. Percibía la cercanía de ese sonido, tan inmediato y afín.
Cómoda y rígida, sin palabras. Le estaban dejando sin palabras.
”El día que me enamoren y llenen, será porque me habrán dejado sin palabras”, recordó pensar y decir una vez.

Ese día parecía presenciarse, estaba ocurriendo hasta que abrió los ojos. Reemplazó aquel lugar por la realidad; su existencia era muy distinta a aquello que decían.

Maltratada realidad, en aquella suposición se sintió cerca de lo que quiere. Y esa persona, estaba con ella. No contó con eso último y cree que es mejor no hacer números.

Aquí están alguna de las consecuencias por pasar de página, pero que justo cuando has visto un buen capítulo que te haga sentir bien, te cojan la mano y te hagan retroceder para tratar de comprender algunas líneas. No olvides que quieres leer un libro que te haga sentir bien. Ignorando si ésto es sólo suerte.

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Personajes: ”Ella” es la protagonista.

Co-protagonista: Desconocido.

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De hermanas a distancia a hermanas inseparables

Personajes

Paula: hermana de Yesica

Yesica

Alexa: Mamá de Paula y Yesica

Leonardo: Papá de Paula y Yesica

En la amplia cocina de casa, las hermanas se encuentran distanciadas a nivel personal, empezando a distinguirse una de la otra con respecto a sus personalidades y formas de ser. Poco a poco, el trato entre ambas fue tornándose irónico y en algunas oportunidades, un poco cruel.

Desayunando sobre la mesa, Alexa corta una fruta sobre la encimera y entra Leonardo con un paquete en la mano.

Leonardo: Buen día tengan mis mujeres amadas, dándole el paquete a Yesica, aquí tienes el vestido que tanto habías esperado.

Yesica: (Abrazándolo fuertemente, le da un beso en la mejilla) Gracias padre, no sabes cuánto te amo, sin duda eres el hombre de mi vida y quien me hace completamente feliz.

Paula: No le des mucha importancia a lo que te ha dicho papá, pues a todos les dice lo mismo.

Yesica: ¿Por qué tienes que ser taaaan envidiosa de todas mis cosas? ¡No entiendo!

Paula: y quéee feo emocionarse demasiado por un trozo insignificante de tela en un vestido horrible.

Yesica: ¡Claro!, lo dices porque no es tu vestido, no es tu emoción. Seguramente, si te regalaran uno igual, te sentirías un poco más parecido a lo que ahora yo siento. Y además, no creo que te quede tan bien, ya que no tienes un cuerpo tan perfecto como el mio, aparte de que no creo donde podrías usarlo, porque como nadie te invita a ningún lugar, menos irías a las fiestas.

Paula: si, porque debe ser que me encantaría parecerme a ti, me encantaría ir a fiestas con chicos que no tienen nada en la cabeza y que solo están pensando en eso, en un buen cuerpo.

Yesica: De verdad, no soporto a quienes la envidia les afecta, ¿sabías que todo eso que sientes puede debilitar tu sistema inmunal?

Paula: Jajaja, ¿tu sistema inmunal? ¿De verdad? Madre, tengo que decirte que has perdido toda la inversión de la educación de Yesica, se dice ¡sistema inmunológico!

Alexa: Hijas ya no sigan en esta discusión ¡por favor!

Leonardo: Me parece que a estas niñas hay que enseñarlas a convivir porque ya se están poniendo cansonas y van de mal en peor. ¿Alexa, te parece si las hacemos compartir un poco cada quien de sus vidas?

Alexa: Si Leo, ¿qué planeas?

Leonardo: Por una semana, van a ir a todos los lugares juntas, de lo contrario, ninguna podrá salir a fiestas o quedarse en la biblioteca si no está acompañada de la hermana. Y ¡ni una palabra al respecto!

Una semana después ambas hermanas empezaron a darse cuenta de la importancia de tolerarse una a la otra, pues pensaron que en algún momento, cuando de verdad estén separadas, querrán sentirse lo más cerca posible para hacerle saber cuánto se quieren y además, no tener remordimiento de que en algún momento fueron casi enemigas.

Recuerda que la tolerancia es el primer paso para emprender una relación saludable.

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Miradas sinceras

Volví a mirar el reloj por quinta vez, descartando el hecho de que algo sucede cuando hago eso ya que las agujas siguen marcando la misma hora desde el último minuto y medio. Estaba nerviosa. Mis piernas no dejaban de moverse y mi mirada se negaba a despegarse cada dos segundos del maldito reloj que estaba en la pared de la esquina.

El lugar estaba empezando a llenarse y caras desconocidas iban y venían, mirándome con curiosidad. Me estaba empezando a impacientar.

-Han pasado sólo quince minutos, Diana. Cálmate. –susurré entre dientes, mirando fijamente el vaso de agua que mantengo sujeto con ambas manos, como si me estuviese reteniendo en ese lugar.

¿Cómo es que me había metido en eso?, había llegado a un extremo que superaba mi propio límite. Todo es culpa de esas ingratas que tengo como amigas, ellas fueron las que me arrastraron hasta este lugar, obligándome a no salir corriendo. Sin embargo, era exactamente eso lo que iba a hacer. Esto era ridículo e iba a matarlas.

Me dispuse a tomar mi bolso cuando alcé la mirada para buscar al mesero para cancelar el agua, cuando me topé con los ojos más claros y transparentes que había visto en la vida. Y ellos me estaban mirando fijamente a mí también. Dejé de respirar por cinco segundos.

¿Podía ser él?

Sus pasos empezaron a ir en mi dirección, mirándome con un amago de sonrisa.

¡Maldita sea, era él!

Esto tenía que ser una broma, una muy mala. ¿Mi cita a ciegas era con el más popular –e idiota mujeriego- de toda la universidad?, tuve ganas de chillar de la frustración.

-Diana. –Mi nombre sonó muy suave cuando salió de sus labios. Estaba parado frente a mí, tomando entre sus manos el borde de la silla que debería ocupar mi acompañante. Me sentía ridícula y él lo sabía. Desvié mi mirada de la suya y estuve tentada de irme, decirle que esto era un juego estúpido de mis amigas y que lo olvidara, pero volvió a hablar, deteniendo por segunda vez mis intentos de huir. -¿Me puedo sentar? –Lo miré y la sonrisa de niño que me regaló me estaba derritiendo.

Era bellísimo. Alto, fuerte, pelinegro, con una barba apenas pronunciada, un cuerpo atlético, pecas en los hombros y rostro, y unos ojos que mejor ni pienso en ellos. Sin embargo, lo que tenía de bello lo tenía de idiota.

-Supongo que sí. –No salí corriendo. Vi cómo sonreía más ampliamente y quise preguntarle si ya él sabía que era yo la que estaba aquí, porque yo no tenía ni idea. No tardó dos segundos en sentarse y me sentí a la defensiva de repente. –Llegas tarde.

Genial, ¿”llegas tarde”?, vaya estupidez fuiste a decir, Diana.

Escuché su risa suave y me sentí una quinceañera ridícula porque él se estaba burlando de mí, y con toda la razón. Definitivamente las iba a matar.

-¿Has tomado algo más que no sea agua, Diana? –Miré fijamente sus ojos, notando que eran tan claros que podían transportarme al mar, a mi lugar favorito, a la paz que ese sitio me transmite. Me relajé inconscientemente.

-No.

-¿Qué deseas ordenar? –Su espalda se había despegado de la silla y ahora tenía ambas manos cruzadas encima de la mesa, mirándome fijamente. Era guapa, lo sabía, y era la chica que aún no había salido con él –porque era demasiado orgullosa para ser sólo de una noche-.

-¿Qué haces aquí, Sam? –Mi pregunta lo hizo sonreír y volví a sentirme inquieta por la tranquilidad que sus ojos me estaban brindando.

-Tengo hambre, ¿tú no? –Desvió su mirada de la mía y empezó a buscar a algún mesero.

-Sam, quiero saber qué haces aquí. –Sus ojos se cerraron apenas un segundo cuando su mirada volvió a la mía, perforándome, buscando ver más allá de lo que quiero mostrarle. Me removí en mi silla cuando cogió aire de repente y empezó a hablar, de la forma más seria que podía. Jamás lo había visto así.

Sam era así como el mujeriego popular por el que todas las chicas babean. No digo que no me llame la atención o que no sepa apreciar su belleza, pero era un imbécil. Rompía corazones de forma muy fácil y todas las chicas con las que logra salir, salen lastimadas y pese a lo mucho que pueda gustarme, y a toda la atención que siempre ha mostrado hacia mí, yo soy de amor, abrazos y besos, no de sólo una noche.

-Tus amigas estaban buscando candidatos para que salieran contigo. Escuché, me ofrecí y aquí estoy. Eso es todo. –Alcé una ceja en respuesta sin creerme del todo su explicación. Él lo notó, se encogió de hombros y sonrió. –Me gustas, Diana. No quería que nadie más saliera contigo, y jamás has aceptado salir conmigo, así que recurrí a rogarles a tus amigas para que aceptaran.

Ya va, ¿dijo “rogar” y se incluyó en la misma oración?

-¿Rogaste? –Intenté no reírme. Él sí lo hizo.

-Sí. Dijeron que yo no era lo que estaban buscando para ti y que me odiabas. Además, añadieron a eso que las ibas a matar si lo permitían. –Ahora sí que pude reírme.

-¿Y cómo es que lo lograste? –Su mirada se volvió profunda y sonrió de la forma más pícara y malditamente sexy que podía. Lo miré interrogante.

-Cuando al fin encontraron “al chico ideal” –hizo énfasis en las últimas tres palabras e hizo un amigo de comillas cuando las pronunció- lo amenacé y le dije que se negara o se las iba a ver conmigo. –Mi boca formó una perfecta “o” en respuesta y él sólo se encogió más en su asiento.

-¿Y entonces qué pasó? ¿Cómo es que estás aquí? –no lo entendía.

-Cuando tus amigas se enteraron, se enojaron demasiado y tuvieron una pelea conmigo, pero al final permitieron que fuese yo. –Sorna había en sus palabras. Estúpido arrogante.

-¿Cómo demonios lo lograste? –No podía creerme esto.

Sus ojos se volvieron aún más claros, si es que eso era posible y supe que estaba mirándome fijamente para que viese la verdad en ellos. Él quería que creyera en todo lo que estaba diciendo y, para mi mala suerte, estaba creyendo en sus palabras. Podía ser un idiota, pero no parecía estar mintiendo.

-Bueno… -sus ojos dejaron los míos, respiró profundamente y volvió a mirarme fijamente. Y supe que no serían sus palabras las que me sorprenderían, sino su sinceridad –Les dije que estaba enamorado de ti.

Enamorado de ti…

Enamorado…

De…

Ti…

¿Qué?

Fin.

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Estrategia arriesgada

Una señora compraba botones en una mercería, entretanto un obrero devoraba del hambre una hamburguesa en un puesto de la calle. La ciudad emanaba el ordinario smog matutino devenido de los colectivos y los vehículos pesados que circulaban por las avenidas.

En distintos parajes de la ciudad, se llegaron a acuerdos legales, mientras jóvenes y muchachas juraban amor eterno, y abuelas en sus casas preparaban el almuerzo.

Los grandes edificios centellaban en sus terrazas con los carteles, y enorgullecían a algunos transeúntes, con lo allí escrito. Signos del poderío de la patria lejana, exhibiendo publicidades de empresas.

En el despacho presidencial, el comandante primero de las fuerzas armadas ingresó súbitamente con un  comunicado. Se lo vio apenas incómodo, ya que su carácter habitual era firme como el quebracho.

Se dirigió respetuosamente al primer mandatario y le dijo que lamentablemente tenía que atender la urgencia del momento.

“Según la comunidad meteorológica, están dadas las condiciones para que se avecine un huracán del tipo cuatro, nunca visto por acá. Igual, personalmente jefe, tómelo con cautela, ya que éstos científicos no son mucho de confiar, se lo digo con total sinceridad”

Esas fueron las palabras del comandante, que luego de hablar, al ver que el Presidente no iba a levantar la cabeza para responder, dio media vuelta y se fue.

Para las cinco de la tarde, los hombres solitarios que circulaban cabizbajos  se agolpaban en los bares mirando por televisión lo que se avecinaba. Una ventisca anunciaba lo que podía llegar a ser una simple tormenta, o el huracán del que se hablaba.

El cielo gris, y las calles zumbaban de alboroto ante la anarquía del tránsito y los objetos que se volaban de los contenedores de basura.

De pronto, siluetas de espalda y encorvadas y enormes cabezas caídas caminaban para su casa, para resguardarse de la tempestad. Ya no era el smog lo que dificultaba la visión, sino el remolino de basura y las partículas de tierra y polvo que se levantaban del suelo.

La multitud, inquieta, comenzó a correr entre las veredas y lo más cerca de las paredes posible. En la calle hubo choques consecutivos y los choferes de los autos se bajaban y lo dejaban allí abandonados.

Los animales del zoológico de la ciudad escaparon, incluso los grandes felinos en sus jaulas blindadas. No hacían otra cosa diferente que los humanos, escapar y buscar sitio donde resguardarse.

De fachada en fachada, el ancho de todas las calles trazadas estaban ocupadas por la multitud. Ya de noche, las terrazas de los edificios no eran más que un punto invisible para los que se encontraban en la superficie del asfalto de la calle.

Súbitamente, sobre los edificios, pudieron ver una luz violeta que descendía y los encandilaba al mismo tiempo.

Después de la vorágine que desató el remolino, en la tierra descendió una nave. Inconscientemente, salieron todos corriendo sin mirar atrás. Pensando que eran extraterrestres, seguramente.

Las luces cortadas en toda la ciudad inspiraron la locura de la multitud, y se desató una crisis generalizada. Muerte, robos y saqueos.

La nave que aterrizó, no era otra cosa que el Presidente de la nación intentando hacer propaganda para su nueva elección, de una forma novedosa que había discutido con sus asesores los últimos meses. No era muy recomendada, pero eligió hacerla igual.

 

 

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El Cachirú

—Deberíamos subir al monte para observar mejor la estrellas —le dijo Pepe a su primo, José Luis, mientras permanecían sentados en el pórtico de la cabaña del abuelo, con quien estaban pasando las vacaciones—. Igual y hasta podemos acampar por ahí.

—No lo sé, ahí arriba puede haber animales peligrosos.

—¡Venga ya! No seas gallina, si no va a pasar nada…

A sus espaldas, el abuelo apareció llevando en sus manos dos tazas de chocolate caliente.

—Yo no iría allí tan tarde si fuera tú, Pepe —le dijo a su nieto, al tiempo que les entregaba a ambos las apetitosas bebidas—. Es muy peligroso a estas horas de la noche, ¿sabes?

—¿Tú también crees que hay animales salvajes, abuelo?

El viejo encendió su pipa y se sentó en una silla cercana, con expresión misteriosa.

—Los animales son lo de menos. A esos se les puede espantar con una buena fogata y en última instancia, con la escopeta que guardo en el trastero para mantenerlos a raya —contestó él—. Pero hay cosas con las que ni el fuego ni el plomo son suficientes. Cosas que no son de este mundo y que están al acecho a atraparlo a uno.

Los niños se miraron entre sí y abrieron los ojos como platos, al volverse hacia el anciano.

—¿De qué cosas estás hablando, abuelo? ¡Cuéntanos!

Le vieron exhalar una larga bocanada de humo entre sus labios, antes de que empezara a narrar otra de sus fascinantes historias, que tanta inquietud les causaban por las noches.

—Existe en las colinas, un ser al que llaman Cachirú. Un duende perverso que es capaz de tomar la forma de un búho para vigilar entre la oscuridad, con sus ojos que brillan igual que llamas. Él, al contrario que estos animales, emite un terrible graznido que es capaz de resonar por todo el monte y helarle los huesos a cualquier ser vivo.

Al Cachirú no le interesan los animales, ni la carne de las personas. Él lo que está buscando, son almas.

Cuando encuentra un viajero perdido en medio de los árboles, no duda en atraparlo con sus poderosas garras y extender las alas para remontar el vuelo, pues puede volverse más grande que cualquier pájaro que hayan visto. Es entonces que los destroza con sus uñas afiladas para devorar el alma, dejando tras de sí fantasmas que penan.

Es por eso que nunca hay que adentrarse en el monte cuando cae el sol. Pocos son los que han logrado verlo y sobrevivido a la experiencia. Con las criaturas sobrenaturales, no se puede jugar.

—¿Y tú has visto alguna vez al Cachirú, abuelo? —preguntó José Luis, curioso.

El viejo solo volvió a fumar de su pipa y sonrió de lado.

—Entren a dormir, que ya es muy tarde para que estén aquí afuera. Mañana habrá mucho sol para salir a jugar —dijo, por toda contestación.

Los niños se acostaron y quedaron en silencio. A lo lejos, les parecía escuchar un tenebroso graznido, largo y agudo, como un grito de terror.

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