Al otro lado de la puerta

Madeleine solía jugar todas las tardes en el ático, disfrutaba hurgar entre las cajas, remover el polvo, y buscarle un uso a objetos viejos y deteriorados, para ser una niña de tan solo 8 años disfrutaba de jugar en soledad aislada del resto de sus hermanas, por lo menos solía ser así.

Una noche la niña se fue a la cama sin cenar, ni dijo palabra alguna, se le conocía por ser muy parlanchina pero esto había cambiado repentinamente, con los días se volvió cada vez más indiferente a lo que otros decían o hacían, Rosaura, madre de la niña se fijó en este comportamiento tan raro e inusual con gran preocupación.

Podía pasar horas mirando un libro sin girar la página, pasar todo un día sin comer y hasta jugar con fuego y no quemarse, estas actitudes llenaron mucha ms intriga a su madre quien le llego a preguntar qué le ocurría, pero esta solo refirió sentirse sola y cansada.

En un esfuerzo por levantarle el ánimo a su hija la invito al ático para jugar con ella, quizás así ella diría una palabra, pero esto no funciono, sentada en una silla mirando fijamente un armario viejo y desgastado.

Sin nada que hacer en ese día ambas fueron a la cama, Rosaura pensó que todo quizás forme parte de una etapa, pronto se le pasaría, aún tenía que preocuparse por sus otras 3 hijas mayores que estaban en edad para tener novios y eso sí que era un verdadero dolor de cabeza.

Eran las dos de la mañana cuando Rosaura sintió el llanto de Madeleine, asustada fue rápidamente a la habitación de la niña, pero ella se encontraba durmiendo, pero el llanto era cada vez más fuerte y provenía del ático.

El miedo embargo a la mujer temerosa de encontrarse con algo de otro mundo, pero era madre soltera y tenía que dar la cara por sus hijas, subió al ático y el llanto ceso, una voz suplicaba ser salvada, era la voz de Madeleine y provenía del armario.

Un nudo se formó en su garganta, no podía ser una ilusión ella estaba escuchando a Madeleine claramente, tenía que rescatar a su hija.

Con determinación abrió el armario pero no había absolutamente nada, pero sintió la presencia al alguien más en la habitación, cundo giro se encontró con Madeleine, quien con su dedo señalaba al armario, Rosaura sintió una respiración en su espalda y lentamente giro hacia el armario, solo pudo ver oscuridad por un momento, al siguiente se encontraba al lado de su hija observando como su cuerpo se iba con Madeleine pero no era ella quien lo controlaba.

-Mami tengo miedo, ¿ya nadie nos hará daño cierto?-

-No hija, ya nadie nos podrá hacer daño, esta es nuestra casa y tomaremos todo lo que nos pertenece ahora-

-Y los hombres malos que nos mataron, ¿volverán?-

-Para nada cariño, esos hombres ya habrán muerto hace mucho-

-Pero nosotras también morimos mami-

-Eso era antes, ahora que tenemos una oportunidad para vivir nada se interpondrá en nuestro camino-

Las luces de la casa se apagaron una a una. Y los gritos de las hijas de Rosaura se desvanecieron en las sombras mientras los cuervos sobrevolaban la casa.

 

 

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Yo pensé que no me quería

La verdad siempre quise un novio, pensé que tener uno me haría sentir auto realizada, una moda del momento llegue a pensar, todas mis amigas tenían sus respectivos novios que sin duda las hacía verse mayores y muy importantes.

Estos chicos sí que las querían, las llevaban a todas partes, fiestas, piscinas, ferias, cines, en fin una infinidad de lugares, me imagino que los hoteles también se encuentra incluidos pero no soy quien para juzgar a nadie.

Me llamo Sofía y les digo que tener un novio y estudiar medicina no es fácil, pero el resto de las chicas lo hace ver tan sencillo que decidí decirle que si al único hombre en todo el mundo que se ha atrevido a pedirme ser su novia.

No soy muy agraciada así que no podía exigir, y si es lo que piensan ese chico es mi mejor amigo.

Él estudia ingeniería y se la pasan quejándose de lo rudo que es pero no me gusta discutir sobre ello ya que sin duda le ganaría, por alguna razón todo cambio entre nosotros.

Comenzamos hacer las cosas que hacían el resto de los chicos, ir al cine, comer, bailar, follar entre otras cosas pero siempre sentí desde el inicio que nuestra relación no tenía futuro así que decidí terminar con el.

Hasta mi madre me regaño por eso, pero le dije que en mi vida solo mandaba yo, soy quien escoge con quien quiero salir así de sencillo.

Santiago no dejaba de escribirme, me dijo que aceptaba mi decisión pero no dejaría de ser mi amigo, un pacto que hicimos antes de iniciar la relación, además de vivir a solo a una calle de mí la verdad tendría que tolerar su presencia hasta que tenga mi propia casa.

Pero como todo en la vida algo paso, dejo de escribirme de la noche a la mañana, lo vi en la calle y no la cruzo solo para saludarme, me sentí desatendida, me había acostumbrado a que a pesar de no estar juntos él siempre era atento conmigo, pero algo peor ocurrió, lo vi con otra chica.

No me esperaba una infidelidad post relación, quizás sea ilógico eso pero tan pronto, solo lo habíamos dejado un mes y ya se estaba revolcando con otra.

Pasaron los días y mi madre me volvió a regañar, pero esta vez dijo más de lo que no había revelado al principio, Santiago le había pedido consejos a mi madre de como conquistarme.

Algo un poco embarazoso la verdad, me revelo que él había ido personalmente hablar con mi papa para salir conmigo, mis padres son divorciados y este vive en otra ciudad, nunca me entere de esto.

La verdad que enterarme de esas cosas solo hizo molestarme más, ya que si me quería tanto que hacía con esa chica, pero cuando mis pensamientos se volvían cada vez más salvajes una alegre tonada llego a mis oídos.

Mi madre me llamo para que viera algo fuera de la casa, mi sorpresa fue ver a Santiago cargando un enorme peluche el cual tenía entre sus manos un corazón enorme que decía “te amo”, a mi pesar la chica con la que estaba más temprano lo acompañaba, esta tocaba la guitarra y Santiago cantaba.

Sin dudarlo quise sentirme como Julia Roberts pero sin ser prostituta, y me lance a sus brazos mientras lloraba como una boba.

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Casa de huéspedes

A pesar de ser una construcción antigua y ciertamente lúgubre, la vieja casa de la calle Escudeiros nunca me había parecido tan extraordinaria. Sabía muy bien la fama que tenía, a raíz de haber sido una famosa residencia para huéspedes en los años veinte, y de las supuestas cosas que, de acuerdo con los vecinos, ocurrían en su interior.

Sonidos, muebles que se movían o susurros. Tú sabes, lo convencional cuando se habla de viviendas embrujadas. Siempre es lo mismo con estas leyendas urbanas, ¿no?

El caso es que no iba a dejarme amedrentar cuando ese vago de Villalba y el resto de sus amigotes me retaron a ingresar en la casa.

Nunca he dejado que cualquier imbécil venga a poner mi reputación en duda, y menos por una apuesta ridícula. De modo que, ¿qué tenía que perder? El domicilio de Escudeiros era como cualquiera otra casa; un poco más elegante quizá, pero sin nada que me hiciera temblar de miedo.

De modo que una noche retiré las maderas que tapiaban una de las ventanas; ya ves, y en un santiamén, ¡héme adentro! No había nada que valiera la pena ver.

Muchas telarañas y oscuridad, muebles viejos y medio podridos, bastante polvo en los rincones. A decir verdad, mi único temor en ese momento era el de las ratas que como no, habían vuelto de la residencia su madriguera personal. De lo contrario, quizá me habría quedado a pasar la noche para cerrarle la boca a esos papanatas.

Empero, lo único que debía hacer era tomar algún objeto que valiera la pena y volver a donde Villalba y sus idiotas. Me burlaría en sus caras y de peso ganaría una buena plata.

Hubiera sido la mar de gracioso, de no ser por lo que me encontré en la última habitación de la casa. Verás, resulta que esa estancia no estaba en absoluto deteriorada como el resto de la mansión. No, las paredes estaban revestidas con un costoso papel tapiz de diseños escarlata, que contrastaban con las ricas alfombras del suelo y los muebles de caoba. Y una araña de cristal iluminaba suavemente la estancia, revelando el buen gusto de quien hubiera sido su inquilino.

Ella estaba recostada en el diván. Fumaba un largo cigarrillo y llevaba guantes de seda hasta los codos. Tenía un tocado en la cabeza y un vestido recto, así como los labios pintados de carmín.

—Bienvenido, te estaba esperando —me dijo, con una suave sonrisa—. Esta es mi casa de huéspedes. Puedes tomar la habitación que gustes.

Todo esto ocurrió hace cincuenta años.

La vida ha transcurrido en el exterior con completa normalidad, pero yo sigo atrapado aquí. He intentado salir muchas veces, pero la casa me lo impide. Veo inquilinos de todas las edades, de todas las épocas. A veces llegan nuevos, mientras que otros se han acostumbrado a una existencia en donde los minutos no pasan.

Todos nos quedamos igual. No envejezco, ni me falta nada.

Y si algún día te atreves a entrar aquí, quizá te guste hacernos compañía.

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Atardecer contigo

Aún puedo recordar aquel verano en el que te conocí. Eras una muchacha linda de cabellos rojizos y sonrisa vivaracha, que a veces se despitaba un poco pero en el fondo, siempre tenía palabras amables para cualquiera que se cruzara en su camino. Desde el primer momento en que te vi, despertaste una gran curiosidad dentro de mí.

Nunca me atreví a decírtelo.

La temporada transcurrió con bastante calma. A veces nos encontrábamos en el parque con nuestras amistades en común. Otras, te veía de vez en cuando en librería o en la plazita de nuestra pequeña ciudad. Sola.

Era en esos momentos en los que te podía observar a mi antojo, tan ajena como familiar, en los que me convencía de haber encontrado el amor.

Desearía poder habértelo dicho algún día.

—Vamos a la pendiente —me dijiste en una ocasión, de improviso—, hay algo que quiero mostrarte.

Acudimos pues, a ese sitio que muy pocas personas conocían, en el límite de los suburbios que nos rodeaban con el bosquecillo y los caminos rurales. Subimos a la escarpada justo cuando se ponía el sol. Tú me lo señalaste.

—Me gusta venir aquí a veces y contemplarlo —me dijiste—. Cuando lo hago, me siento como la persona más afortunada del mundo.

Nos quedamos en silencio por un momento y entonces, tú pronunciaste algo que aún hoy hace palpitar mi corazón.

—No quisiera compartir este instante con nadie más que contigo.

Debí haberte dicho todo lo que sentía en ese mismo momento. Pero luego me entregaste un libro y me deseaste feliz cumpleaños. Siempre supiste lo mucho que me gustaba leer.

Fui muy feliz con tu amistad durante esos días. Lo admito; nunca quise intentar algo más por miedo a que te alejaras de mí.

Más si hubiera adivinado que ese trágico domingo, aquel accidente automovilístico te apartaría de mi lado, al menos me hubiera apresurado a confesar todo lo que habías despertado en mi corazón. No pude hacerlo. El golpe fue fulminante y perdiste la vida.

Tu madre me dio la noticia como una autómata, cuando fui a buscarte a tu casa. Recuerdo que las piernas me temblaron y yo corrí.

Corrí hasta mi hogar deseando que no se tratara más que de un sueño.

Abrí el libro que me diste. Iba por la mitad aun pero en el mismo minuto, un papel que habías ocultado entre la última página y la cubierta trasera, cayó al suelo, exponiendo un mensaje que me sentó como una puñalada en el pecho.

“Gracias por iluminar mi mundo con tu presencia. Te amo”.

¿Por qué nos es tan difícil hablar cuando estamos a tiempo?

Los recuerdos prevalecen, son dolorosos; un poco menos con el paso de los años, pero siempre amenazan con abrir esa vieja cicatriz. Y sigo preguntándome, cuantos momentos me perdí por no haber tenido el valor de decirte lo que sentía.

Hoy he vuelto a nuestro rincón para mirar el atardecer. No es lo mismo. Cuanto daría por volver a verlo contigo.

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Libertad preconcebida

El cambio de estación en el año, despierta pensamientos románticos y anhelos abstractos. Hay personas que dicen que la primavera los vuelve alegres, hay otras que ven en el otoño el momento ideal para aferrarse a sus ideas y llevar adelante eso que sueñan.

Benicio era uno de ellos, de tal manera que a cada año y en cada nueva estación, llenaba su libreta con mucha energía. Proyectos, dibujos y recordatorios llenaban su “journal” (como le gustaba llamarlo a él). Era un diario personal, íntimo, con una paleta de colores acuarelables que cuidadosamente guardaba en su mesa de luz y renovaba cada 3 meses, para que no pierdan su vigor.

En él dibujaba y escribía, siempre en torno a un concepto. El de libertad. Concebía que la libertad no era lo que creíamos.

Diez años atrás consiguió un trabajo estable, renunciando a sus sueños de viajar por el mundo y convertirse en una persona influyente para las demás, el quería descubrir su verdadero ser. Estaba convencido que podía aportar mucho más en este mundo, y que estar frente a una computadora durante largas jornadas diarias, no ayudaba en mucho.

La libertad decía, “es errónea en la pureza de todas las letras que la componen” analizándola hasta gramaticalmente, pero sus nociones eran más poéticas, aludiendo que la libertad era solo idealización.

En otra parte del “journal” se leía, “Solamente cuando decidamos quienes somos, cuando podamos abrazar al otro sin juicios previos ni recelos, llegaremos a ver que todo lo que existe aquí es compartido”. A lo que quería llegar con esto, es que la libertad que nos muestran como tal, no es otra forma de dominación y utopía que siempre vamos a tolerar.

La pregunta que se hacia era, ¿Yo alguna vez en mi situación actual voy a poder vivir en República Checa?. Benicio siempre veía en Praga su lugar en el mundo, por fotos, al menos. Pero encontraba un revés en esa pregunta, ya que la respondía de esta manera:

-Si, lo puedo hacer. Pero, ¿Qué tengo que hacer para hacerlo?

Ahí era donde radica el verdadero problema. Su ejemplo, decía, podía ser tomado para cualquier realidad en otro individuo que viva dentro de los límites impuestos.

La libertad nos dice que podemos hacer cualquier cosa, sin salirse de las normas éticas y que el derecho establece que son legales. Bien, lo comprendía. Pero no podía ver la forma de que esa libertad dejaba que la gente haga lo que quiera, era mentira para Benicio.

Como todo en su vida era de golpe, un día decidió dejar el trabajo en conjunto a su monótona vida. Decidió escapar, usar su ficha de libertad.

Se fue a comprar un pasaje de avión, para irse a probar suerte a República Checa. Tenía los ahorros, entonces armó el equipaje, vio por Internet el horario de los vuelos. Y cuando fue al aeropuerto para irse sin vuelta atrás, una voz detrás del cajero de la aerolínea le dijo.

“Señor, no le podemos vender el ticket, ya que necesita una tarjeta de crédito que valide su identidad, un permiso para ingresar al país, y doscientos cincuenta dolares por los honorarios a nuestro trabajo”

Benicio volvió a su casa, y al otro día, volvió al trabajo.

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Un gran exilio

“¡En esta vida no encontramos la solución, y es muy difícil que se abra nuestro camino y prolifere nuestra existencia, si a cada paso que damos, seguimos siendo agraviadas y cazadas por ellos, los humanos!”.

Así comenzó el discurso del macho alfa, que en los animales es el más importante de la manada, por una cuestión biológica y cultural. Sin buscar explicaciones, en su especie, ya saben que tienen un líder y no se discute.

Nosotros también hacemos cosas que simplemente “son así” como soplar las velas en un cumpleaños. ¿Alguna vez nos preguntamos porque las soplamos, o que sentido le encontramos a ese acto? No. Y por eso debemos respetar la elección de otro ser en este mundo.

Estoy hablando de las lauchas, o ratones, como los quieran llamar. Su nombre científico es Mus musculus y son mamíferos, como nosotros. En este momento están devastadas, por dentro y por fuera.

Desde que llegaron al mundo, no tienen lugar en la tierra. En el campo, las fumigaban (ojalá fuese como en esos tiempos que no existía la tecnología envenenadora en masa como ahora), luego tuvieron que migrar a las grandes ciudades, que les fue peor. Hubo un desarrollo sostenido mientras estuvieron allí, lo que pasó fue que empezaron a ser exterminadas, e irse ya no es nada fácil. El camino es largo, y muy inseguro, ya que pocas lo logran.

Ellas, las lauchas, no son como creemos que las conocemos. Si uno las conociera, no podría estar mas de acuerdo conmigo. Son responsables, trabajadoras y muy buenas compañeras. Forman familias de máximo, cuatro individuos (padres y dos hijos/as), se auto-sustentan, no son carroñeras, ni mugrientas, ya que disfrutan el agua de lluvia más que nadie.

Pero aún así, el afán del ser humano, que se cree superior a todas los demás organismos que pueblan este planeta, aniquila y mata cual sea que se le cruce.


El levantamiento lauchístico se está llevando a cabo, y ellas dicen Nunca Mas. No quieren ser parte de la discriminación que sufren todos los días, de que su trabajo no sea valorado.

El macho y máximo dirigente sindical, presidente y alcalde de todas las lauchas allí presentes, propuso que se vayan, pero esta vez en serio. Hace eternos cien años que viven allí. Las generaciones pasadas sufrieron un martirio constante, y ellos no tenían porque seguir con el mandamiento del Homo sapiens.

Melgar (así se llama el alfa), propone irse a vivir a la Playa. Si, a la playa. Con largos estudios previos de laboratorio, ya tienen la certeza de que en “La muralla”, un pueblo a 1 año de distancia (el tiempo lauchístico se mide en años, no manejan velocidad, pero se calculan unos 20 kilómetros), las condiciones de vida serían óptimas, con un bosque virgen, sin depredadores naturales cerca, ni falta de recursos ya que se encuentran muchos insectos.

La gente se sigue alborotando, en ese callejón, donde está gestándose quizá la primera y más importante Revolución faunística en la historia. Muy pocas veces a pasado que los animales se revelen por sí mismos, con su propia organización. Solo se me viene a la mente, algún animal de circo contra sus adiestradores, o los animales de granja en el libro “Rebelión en la granja” de George Orwell.

Según ellas, ya hay quinientas lauchas, abarrotadas y esperando la señal. Pasaron tres horas que Melgar empezó a hablar. En el cajón de su improvisado escritorio para la ocasión, tenía un libro. Era la constitución que había escrito por si la migración se daba en perfectas condiciones, tal como lo pensaba.

En la Constitución, estaban todas las leyes a respetar, nada de economía, ni esas cosas raras. Solo un código ético y moral para que las lauchas puedan convivir en paz, respetando y dialogando entre ellas.

Total convencimiento se ve en sus caras, solamente hace falta esperar un poco para saber si sale todo como está planeado. A mi cuando me den la señal, yo lo hago. Estoy nervioso, pero fue un trabajo en conjunto que hacemos hace años, estoy confiado que saldrá bien.

Resulta que me estudiaron sin darme cuenta, y según ellas, cumplí al 100% con los exámenes psicofísicos que hicieron por su cuenta. En ellos manifestaban que era el indicado para instruirme en las ciencias informáticas y ser la pieza clave para que ellas se puedan ir a “La Muralla”.

Su plan contaba en enseñarme el arte de “hackear”, y así desviar todos los semáforos que estén en la ciudad, con la condición que se encuentren en rojo alrededor de quince minutos todos los ubicados a diez cuadras a la redonda.

Hace 7 meses ya del primer contacto con ellas, sin embargo parecen haber sido muchos menos, fue hermoso todo lo que pude vivir. Ahora me queda lo más importante, que es ayudarlas, pero en serio.

Eran en total 280 semáforos, con una distancia de 50 cuadras, que era donde empezaba el campo abierto, donde no tendrían problema para seguir su camino por si solas.

Todo en orden, hasta que me dieron la señal de que presione el botón. El que construimos con mucho esfuerzo y llevaría a cabo la fuga.

Rojo de transpiración por los nervios, pero extremadamente concentrado lo oprimí y comenzó a dar resultado. Tenía cinco monitores a los costados que me mostraban como empezaban a salir de todos lados.

De pronto las calles se tiñeron de color gris, iban una pegada a la otra con mucho valor y entereza, sonrientes pero pensantes. Todo estaba saliendo como lo habíamos planeado.

Ya cuando la última fila estaba saliendo de la ciudad, veo a Melgar, más robusto que todos y antes de saber que la cámara no lo tomaría más, da la vuelta, con la sonrisa más grande que vi en mi vida, abre los brazos y me saluda.

Lo veo por el monitor, y pienso que este mundo fue hecho para que lo habitemos todos. Feliz, apago la computadora, y me voy a dormir.

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El hombre de la vía

El verano acababa de comenzar cuando el hombre de la vía llego hasta Port Heaven. No vino con el tren, sino caminando desde quién sabe donde. Llevaba un traje maltrecho y una sonrisa inquietante en el rostro, que hoy en día me parece que nunca podré olvidar, aunque a veces quisiera hacerlo. Daría cualquier cosa por hacerlo.

La primera vez que le vimos, échabamos una carrera en nuestras bicicletas hasta el arroyo y Billy Mathers era quien lideraba el trayecto. Yo nunca pude ser tan rápido como Billy.

Pasamos enfrente de las vías abandonadas del ferrocarril y le vimos. Pero creo que él nos vio primero a nosotros.

Sonrió y un escalofrío nos recorrió la espina dorsal.

No era una sonrisa normal, aunque nada en él lo era. Tenía los dedos de las manos anormalmente largos y una boca que parecía llegarle hasta orejas cuando se mostraba feliz. El rostro surcado de arrugas, delataba una edad que era imposible determinar con precisión.

Nunca le escuchamos decir una palabra, pero no hacía falta.

El tipo era espeluznante. Sin embargo, había algo en él que hacía que a veces te dieran ganas de aceptar la invitación de su mano extendida, y recorrer la vía hasta un punto que se perdía en el horizonte y del que no había retorno.

Luego, los niños comenzaron a desaparecer. Fue el verano más siniestro de nuestras vidas.

Muchas fueron las búsquedas que se emprendieron, pero nosotros sabíamos que era en vano. El hombre de la vía se los había llevado. Creo que intentamos advertirle a los mayores, pero nunca nos creyeron de todos modos. Yo tampoco lo habría hecho si hubiera sido ellos.

Solo nosotros sabíamos lo que era observar esa silueta alta y perturbadora, caminando sobre las rieles vacíos del tren y emitiendo ese largo silbido, con el que se anunciaba cada vez que pásabamos por ahí.

“Venid y os mostraré un camino del que no se puede salir”, parecía decir en sueños, con esa mirada que de veras, también quiero olvidar.

Entonces un día, Billy Mathers no se presentó a jugar con nosotros y cuando sus padres dieron aviso a la policía, supimos que no volvería a aparecer. Un extenso silbido se escuchó desde el sendero por el que pasaba el tren, poniéndonos la piel de gallina.

Fue la última vez que vi al hombre de la vía.

Los años han pasado desde entonces. Al viejo ferrocarril que transportaba mercancías hasta Port Heaven lo retiraron, quedando el riel sin ninguna utilidad. El Ayuntamiento ha discutido si debería removerlo, pero bien saben que nadie pondrá un centavo para tal obra.

De modo que ahí siguen las vías y los niños siguen yendo a jugar en ellas; los que no están demasiado embotados con sus videojuegos y teléfonos celulares, claro está.

Más hoy ha ocurrido algo que me ha inquietado de sobremanera. Mis hijos volvieron de pasear en bicicleta.

Me contaron que pasaron junto al trayecto abandonado del ferrocarril.

Escucharon un silbido y luego, un desconocido les sonrió.

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Desayuno en la cama

—Hace mucho tiempo que no me dices que me quieres.

Jorge se quedó paralizado ante el súbito murmullo de su esposa, que a su lado, susurraba las palabras casi con miedo. El sonido de su voz despertó algo muy profundo en él, que estuvo casi avergonzado de admitir. En la oscuridad, tumbado junto a ella pero sin tocarla, reparó en que lo que acababa de decir era cierto.

Hace tiempo que entre ellos no existía el más mínimo chance de intimidad. Pero eso no podría ser su culpa, ¿o sí? Era lo más normal del mundo. Había un momento en que todo matrimonio tenía que llegar a ese punto muerto.

Entre que él tenía que trabajar todos los días; lunes a viernes de siete a ocho de la noche, los sábados hasta las cinco, el pagar facturas, estar al pendiente de los niños (ya ni tan niños), las comidas en lo de sus suegros los domingos, Estela diviéndose entre las tareas de la casa y su empleo como recepcionista; en fin, tantas ocupaciones, que la verdad ya no tenían tiempo ni para ellos dos.

Pero era lo normal. Eso quería pensar.

Hizo una pausa mientras clavaba los ojos en el techo de su dormitorio y a un costado, sintió como Estela se removía, incómoda. Y por primera vez en treinta años de casados, tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para poder responderle:

—Estoy muy cansado, vieja. Duérmete, por favor.

Así, tan fácil. Tan seco. Ella no renegó, ni hizo amago de contestarle. Simplemente le dio la espalda y se echó a dormir en su rincón de la cama, pensando en si alguna vez había tenido en verdad lo que ahora se lamentaba de perder.

Y Jorge se durmió también, experimentando cierta sensación de remordimiento, que toda la noche no lo dejó de molestar, como si ahora tuviera una piedra en el riñón.

A la mañana siguiente se levantó cansado, más cansado de lo que había estado nunca.

Miró a su mujer, durmiendo y la culpabilidad, mezclada con algo más profundo, que hace años no reconocía, lo asaltó de pronto. Cierto era que ya no eran aquellos jovencitos enamorados que paseaban tomados de la mano por el parque. Sin embargo, aun quería a su esposa.

Y la estaba alejando irremediablemente.

Jorge se dirigió a la cocina en silencio y preparó una bandeja con esmero. Era sábado y entraba más tarde al trabajo. Se tomó la molestia de cocinar los waffles que tanto le gustaban a su mujer, sirvió una taza de café y un vaso con jugo de naranja, y hasta cortó una petunia del jardín para decorar aquellas delicias.

Estela se sorprendió al despertar y verlo entrar en la habitación con aquella sorpresa. Los ojos se le anegaron de lágrimas, como los de una chiquilla.

—Jorge, pero ¿qué significa esto? ¿Qué…?

Él la acalló, colocando la bandeja en la cama.

—No digas nada, vieja. Perdóname. Es solo que ayer se me olvido decirte lo mucho que te quiero.

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El regalo de la lluvia

Hacía frío, aquella mañana cuando el gran estudiante de imagen y fotografía, Marcos, transitaba por la hermosura de las calles de Madrid, solitario y cabizbajo. Era un lunes apaciguo, donde el semblante lluvioso no permitía la salida común de toda la gente, haciendo que este, se viera solo, entorno al resto del camino.

Marcos, que tenía mucho tiempo sin pasar por la zona donde se respira a lo antiguo y se destaca una apariencia de pasado, siempre iba retratando las panorámicas a medida que daba, cada paso, mostrando en sus fotografías, la belleza de las iglesias antiguas, los pórticos de estilo árabe y hasta los balcones salomónicos, siempre tratando de expresar un tipo de melancolía artística, sin saber por qué.

Con tanto caminar, fue como Marcos llegó a un viejo  monasterio, el cual se ubicaba en la punta de un casco colonial, siendo así un portón clásico con una tétrica bienvenida, para todo el que entrase, dando lugar a un paraíso completamente encantador a medida que iba adentrándose sobre el portón.

Este enorme patio de piedra antigua, propiciaba un componente realmente inolvidable con hermosos jardines que resultaba el ícono para tomar las mejores imágenes panorámicas de su vida. Mientras tomaba más y más fotos, más se emocionaba, pensando que el sentido de la divinidad lo había llevado a tal lugar a disfrutar de lo romántico, a lo antiguo, a lo convencional pero fuera de serie.

Dentro de los acercamientos fotográficos que logró tomar, la silueta de alguien detrás de un arbusto fue lo que asombró la perspectiva de Marcos, acercándose y encontrando a una joven mujer rubia completamente empapada, la cual se sabía triste, llorando sola y desconsolada sobre una piedra del jardín.

-¿Te sucede algo?¿Qué estás haciendo aquí? La joven solo se encontró con los ojos de Marcos y continuó llorando desconsolada. Marcos, como buen caballero se quitó el impermeable que llevaba puesto para arroparla del frío y de la lluvia.

Él le hablaba, ella no contestaba a ninguna de sus preguntas, así que tomó la opción de seguir en su trayecto tomando fotografías mientras la rubia seguía allí, incluso retratándola hasta que la misma, sonrió. La tomó de la mano y salieron del monasterio a recorrer la belleza de las calles mojadas, viviendo entre risas cada momento.

No se quién seas, pero me encanta que me muestres la belleza de tu sonrisa, aseguró Marcos mientras la miraba a los ojos. Tras dos minutos de silencio, él le confirmó: ¡si no vas a hablar, mucho mejor! Y fue el momento de su primer beso, correspondido con mucha dulzura y cariño. La joven rubia suspiró y reflejó una cara alegre, felicidad que a Marcos le parecía mucho más atractiva.

-¿Cómo puede estar triste una mujer tan hermosa? Dijo Carlos, has sido mi regalo de la lluvia. Fue allí, donde sin saber su nombre, ambos se compartieron los números de teléfono. Ella tomó un taxi y él quedó a la espera de que el destino los juntara de nuevo, para vivir otro momento de plena felicidad.

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Moscas

Cuando el doctor me dijo que no había nada que pudiera hacer para ayudarme, creí estar oyendo las palabras de un loco. Puede que las ojeras debajo de mis orbes le den la razón, que el tono deslúcido de mi piel y los temblores que me asaltan de vez en cuando, sugieran el estado de un paciente desahuciado. Pero todavía puedo tenerme en pie y es preciso que lo diga, me siento bien.

Como en un agradable sueño. Veo como el pelo sigue cayendo sin control y los huesos que cada vez son más visibles a través de mi cuerpo, pero ya no siento dolor. Ya no siento nada en absoluto.

Sin embargo, hoy ha pasado algo curioso mientras tomaba un baño, bajo el chorro frío de la regadera.

Una mosca ha venido a posarse en mi brazo, irresistiblemente atraída por el correr escaso de la sangre que de algún modo, continúa circulando por mis venas. No le importó la humedad de mi piel, ni tampoco los insistentes manazos que di para ahuyentarla.

Se quedó allí, mirándome, con esos ojos imperceptibles a mi vista pero podría jurar, llenos de entendimiento. Como si esperara.

Me recorrió un escalofrío.

La retiré pues, barriéndola con la mano; el tacto desagradable de su diminuto y sucio cuerpecillo cubierto de microscópicos vellos, contra mis dedos mojados. Me sequé insistentemente con la toalla, hasta borrar el más mínimo rastro de humedad y de aquella cosa repugnante.

Me vestí e intenté comer un par de tostadas con mantequilla, pero hace días que no tengo hambre. El médico dice que a estas alturas, podría morir de inanición.

Las horas pasan lentas y distantes.

Cuando desperté de mi siesta las vi. Ahora eran dos moscas, que escarbaban insistentemente en mi piel, como en la carroña de un cuerpo corrupto. El solo pensamiento me horrorizó y me hizo sentir un espasmo de pies a cabeza.

Las ahuyenté y revolotearon sobresaltadas por toda la habitación. El brazo me picaba.

¡Aún no estoy muerto, maldición!

Lo cierto es que minutos después, un aroma sutil y desagradable consiguió abrirse paso hasta mis fosas nasales. El olor de algo pudriéndose.

Intenté buscar la fuente de aquel vano perfume en cada rincón de mi habitación, por todas las estancias de la casa. No lo encontré. La basura estaba afuera y tanto mi nevera como la alacena tenían escasísimos suministros.

Pero el olor persistía.

Luego comprendí. Acerqué la nariz a mi antebrazo y aspiré, percibiendo, no sé muy bien cómo, la sensación de la carne pudriéndose bajo la capa superficial de la piel. Me estoy muriendo en vida.

Otra mosca vino a posarse cerca, observando, como si acechara. Apagué las luces y me fui a dormir.

No sé cuantas horas lo hice pero cuando desperté, el aroma se había intensificado. Y el techo, por Dios, el techo… estaba infestado de moscas. Moscas por centenares, emitiendo un zumbido horroroso y agitando sus alas sobre mi cabeza, siempre vigilantes.

Me están mirando.

Hoy sé, que voy a morir.

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