Leyendas Japonesas de Terror

La leyenda del Tanuki

La leyenda del Tanuki

La lluvia mansa de la noche caía sobre los bosques de bambú en los montes de Shikoku, empapando el sendero pedregoso que cruzaba hacia la siguiente villa. Seiji, un comerciante de telas que cargaba su fardo al hombro protegido por una capa de paja trenzada, apresuraba el paso para llegar a la aldea antes de que empeorara la lluvia.

Al llegar a un cruce de caminos donde se levantaba una pequeña capilla de piedra dedicada a Jizō, vio a un anciano monje de túnica gris que caminaba con dificultad apoyado en un bastón de madera, sosteniendo un farol apagado en la mano.

—Buenas noches, señor caminante —dijo el monje con voz temblorosa y afable—. Se me ha mojado la mecha del farol. ¿Tendría usted un poco de lumbre y un trago caliente para este pobre siervo?

Seiji, que era un hombre bondadoso, se detuvo, sacó su yesca de hierro y encendió la vela del farolillo del monje. Luego descolgó de su fardo una calabaza pequeña con sake caliente y se la ofreció con una sonrisa cordial.

El anciano bebió un trago largo con evidente deleite.

Pero mientras el monje bajaba la calabaza, la luz del farol proyectó su sombra contra el terraplén de tierra húmeda.

La sombra proyectada no era la de un hombre delgado con túnica: en la pared de barro se dibujaba con nitidez la silueta de un animal rollizo y barrigón, con orejas redondas y una cola espesa y corta que se mecía de un lado a otro con impaciencia.

Seiji sonrió para sus adentros sin delatar su descubrimiento.

—Un Tanuki —pensó de inmediato.

En su aldea se contaban historias del perro mapache. Los Tanukis eran maestros indiscutibles del disfraz y la ilusión: colocándose una hoja de árbol sobre la cabeza y realizando una voltereta mágica, podían transformarse en monjes errantes, hermosas doncellas o teteras de hierro para engañar a los incautos. Les encantaba pagar sus compras con lo que parecían monedas de oro relucientes, que a la mañana siguiente se convertían en simples hojas secas de castaño sobre el mostrador, y en las noches de fiesta hacían sonar sus panzas infladas como tambores rítmicos: pon-poko-pon.

El anciano monje metió la mano en la manga de su hábito y sacó tres monedas de oro pesadas y brillantes.

—Tome estas monedas, buen mercader, por su amabilidad —dijo con una reverencia exagerada—. Véndame un corte de esa tela azul para hacerme un abrigo nuevo.

Seiji tomó las monedas con calma. Bajo el brillo dorado, sintió la textura fina y las nervaduras secas de una hoja de roble recién recogida del suelo.

En lugar de montar en cólera o perseguirlo con un palo, el comerciante soltó una carcajada tranquila.

—Señor monje —le dijo Seiji con amabilidad pícara—, estas monedas suyas son muy hermosas, pero temo que con la lluvia de mañana pierdan el brillo y se las lleve el viento de otoño. El sake que acaba de beber es auténtico y caliente; ¿por qué no dejamos las telas para otro día y me muestra el sendero seguro a través de la niebla a cambio de la calabaza entera de vino?

Al verse descubierto, el monje parpadeó desconcertado.

El monje se quedó inmóvil. Una nube blanca lo cubrió y, cuando se disipó, había un perro mapache en su lugar. Seiji retrocedió un paso. El animal lo observaba sin parpadear.

El animal se golpeó la panza redonda con las patas delanteras, produciendo un sonido hueco y festivo: pon-pon-pon.

Tomó la calabaza de sake entre sus garras con infinito agradecimiento, hizo una reverencia divertida y comenzó a caminar delante de Seiji, guiándolo con su farol encendido a través de las curvas peligrosas del barranco hasta dejarlo sano y salvo a las puertas de la villa.

Al llegar a la aldea, Seiji quiso darle las gracias. El farol se apagó y el animal desapareció entre los árboles. El comerciante abrió la mano: ya no tenía monedas, sino tres hojas mojadas.


Adaptación: Shyvirelle

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