El diablo en pañales

¿De qué trata?: Un hombre muy borracho se llevara un gran susto por pasearse a altas horas de la noche.

Personajes: El borracho, el cerdo.

Era muy tarde, ya pasada la media noche, los borrachos se volvían cada vez más molestos sobre todo uno en particular, fue tanto la intensidad del señor que tuvo que ser desalojado del lugar, echando mil maldiciones el borracho se retiró.

— No tendrán ni un centavo más de mi bolsillo —  Dijo el hombre sacudiendo su brazo en el aire.

Continuo su larga travesía para llegar a su casa, mientras andaba con mucha dificultad llego a tropezar varias veces, con una señora quien le golpeo con su bolso, con un perro que casi lo muerde, con un poste de luz que lo hizo caer al suelo.

Con mucha dificultad el hombre se acercaba al puente que lo conduciría al barrio donde vivía, pero lo que este ignoraba eran las figuras fantasmagóricas que lo rodeaban, debido a su estado de ebriedad no se percató de estas.

Era una noche fría, el viento congelaba los huesos de cualquiera que no se abrigara bien, el silencio se apodero del lugar, el rechinar de las ramas tan solo llegaba  a perturbar la calma por solo unos instantes, las sombras reían al mirar al desgraciado hombre.

A medida que cruzaba el puente se percató de un llanto fuerte proveniente debajo del puente, no perdió tiempo en investigar, efectivamente era un bebe envuelto en varios pañales.

— ¡Que hija de puta! Como se atreve abandonar esta criaturita en este maldito puente — dijo el hombre levantando al bebé.

— No puedo creer que haya personas tan desgraciadas en esta vida, irresponsables, merecen que les caiga todo el peso de la ley —

El hombre no paro de hablar durante todo el camino, cuestionando a la madre del niño por dejarlo abandonado, maldiciéndola cada cinco minutos, un poco más lúcido el hombre comenzó a notar que el niño pesaba un poco más de lo normal pero pensó que ya estaba cansado debido a que ya era muy tarde.

Llego un momento donde no pudo cargar más al niño, se hizo muy pesado y parecía un bulto muy enorme, así que decidió destaparlo para ver cómo se encontraban, su sorpresa fue ver a un cerdo con ojos de rojo fuego, que lo miraron directamente, le brotaron llamas y comenzó a rechinar

—Ave maría purísima — Dijo el hombre antes de soltar al cerdo y salir corriendo despavorido, mientras huía tropezó con varios obstáculos, hubo un momento donde giro para ver al cerdo y este comenzó a seguirlo, el hombre sudo la borrachera y corrió como alma que lleva el diablo, literalmente.

Cada cierto tiempo el señor oscuro juega muchas bromas a aquellas almas incautas que se atreven a cruzarse por su camino, desprevenidas quienes con sus acciones hacen el mal, reciben su castigo para que de esta manera aprendan una lección.

Lo último que se supo del hombre fue que jamás volvió a probar una gota de alcohol y nunca más salió durante las noches, algo con lo que su esposa estuvo muy pero muy contenta.

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Protuberancias

¿De qué trata?: Un joven relata la extraña condición que padece, al ver aparecer unas protuberancias en su cuerpo que le molestan demasiado.

Personajes: Protagonista, Mamá, Papá, Psicólogo, Compañeros

Cuando era un niño pequeño, estaba consciente de que era muy distinto a los demás. No se me daba bien el relacionarme con mis compañeros en jardín de niños y la cosa empeoró cuando entré a primaria. Todo se debía a aquellas monstruosas protuberancias con las que había nacido y que tanto me molestaban.

No podía soportar la sola visión de esas cosas. Tan largas, tan repulsivas y extrañas. A veces fantaseaba con el milagro de perderlas, solo para que las pesadillas cesaran.

Desde luego, mamá y papá intentaron confortarme por todos los medios, asegurándome que nada de malo había con su retoño.

—Tú eres un chico perfectamente normal —me decía mi madre, mirándome a los ojos, casi suplicante—. Como nosotros, como todo el mundo. Eres igual a los demás niños.

Pero no, yo sabía en el fondo que nunca sería como ellos. Ellos estaban felices todo el tiempo, indiferentes ante cualquier imperfección física que pudiera compararse con aquellas cosas.

Las odiaba.

Conforme fui creciendo y adentrándome en la adolescencia, la cosa no mejoró. Era un muchacho retraído, callado, que nunca se relacionaba con los otros. A menudo, ignoraba las burlas que esto ocasionaba en los chicos populares de la clase. Estúpidos ignorantes.

Ellos jamás se sentirían como yo.

Al graduarme de preparatoria opté por estudiar Medicina. Me obsesionaba saber como funcionaba el cuerpo humano, si habría alguna manera de deshacerme de aquellas cosas sin mayor riesgo.

Fui uno de los mejores de mi clase. Mi tendencia a la soledad y el enfoque pleno que puse en mis estudios, se convirtieron en clave para ascender rápidamente dentro de uno de los hospitales más prestigiosos de la ciudad. Pero día y noche pensaba sin descanso, en la mejor manera de eliminar esas protuberancias, hacer que mi cuerpo fuera normal.

Estaba seguro de que los demás hacían como si nada pasara para no hacerme sentir mal. Nunca percibí una mirada de asco por parte de los otros, pero ellos mentían, mentían…

Una tarde, me encerré en mi consultorio. Había robado morfina suficiente y tenía un bisturí desinfectado. Lentamente, comencé con el proceso de cortarlas, apretando un trapo entre los dientes y convirtiendo el despacho entero en una escena de pesadilla.

Ni toda mi experiencia y cuidados, fueron suficiente para evitar que la sangre manara a borbotones. Las prominencias eran mucho más profundas de lo que yo me temía. Tuve que cortar incluso el hueso.

No sé como hice para no desmayarme en aquel instante. Creo que después de todo, aquello era algo para lo que había estado preparándome toda mi vida. Volver a la normalidad, si es que alguna vez la había tenido…

Tras horas de sufrimiento, mire mi mano con una sonrisa temblorosa, inundado de alivio.

¡Qué hermoso era poder librarme de aquello! Ver mi mano sin esas cosas repulsivas que se extendían como tentáculos. Las protuberancias yacían en el suelo, en medio de un mar sanguinolento que le habría revuelto el estómago a cualquiera.

Todas se habían ido. Todas y cada una de las cinco.

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Ataúdes

¿De qué trata?: En medio de la noche, el trabajador de un cementerio se ve sobresaltado al escuchar un ruido que viene de uno de los ataúdes.

Personajes: Sepulturero, Sarah Fields

Ocurrió en un pueblo pequeño, ¿sabes? La gente suele creer que en este tipo de lugares, a veces tan olvidados de la mano de Dios, casi no sucede nada que valga la pena contar. Pero si yo te contara las cosas que he visto, las cosas que he oído, quizá cambiarías tu manera de pensar al respecto.

Sucede que en pueblos como este, muchas veces lo inexplicable está a la orden del día. Yo nunca podré olvidar lo que ocurrió aquella noche del año 1857, mientras me encontraba en el cementerio.

Llevo más de 30 años trabajando como sepulturero. No es un trabajo tan terrible como todos piensan. Aunque sí que es arduo. Hay que cavar y cavar para enterrar los ferétros, a veces por horas y bajo un sol que hace que el tiempo transcurra más despacio.

Por aquel entonces todos los ataúdes eran fabricados de la misma manera. Largos cajones de madera a los que se añadía un agujero. En este se conectaba una larga tubería de cobre, de más de un metro, que se encontraba conectada con una campanilla. Esto como precaución en caso de que alguien fuese enterrado por accidente.

Verás, el miedo a que esto sucediera era muy común; ciertos padecimientos pueden sumir al paciente en un estado de letargo profundo, muy parecido a la muerte. Los signos vitales son prácticamente indetectables y dicho estado puede prolongarse por horas… las suficientes como para que una familia angustiada, tenga tiempo para preparar adecuadamente unos funerales. Fue por ello que implementamos aquel macabro sistema.

La tubería permitiría respirar a las víctimas que hubieran sido tomadas por muertas, el suficiente tiempo como para poder desenterrar su féretro y sacarlas.

Por eso aquella noche, cuando escuche que una campanilla sonaba bajo tierra, en principio no me asusté.

Sobresaltado, me dirigí hacia la lápida con la pala en mano y comprobé que alguien bajo tierra tiraba de ella desesperadamente. Siempre podía caber la posibilidad de que algunos niños en los alrededores usaran este sonido para engañarme, jugando a ser fantasmas. Ya te digo, pueblo chico, infierno grande.

Bajo mis pies, la voz trémula de una mujer sollozó y me pidió que la desenterrara. Me estremecí.

—¿Tu nombre es Sarah Fields? —pregunté, recordando el entierro de aquella desgraciada.

—¿Sí! —me respondió ella, sofocada en el ataúd.

—¿Tu fecha de nacimiento es el 12 de septiembre de 1829?

—¡Sí, es esa! ¡Por favor!

—Tu lápida dice que falleciste el 16 de marzo de 1856.

—¡No, sigo con vida! ¡Fue una equivocación! ¡Por favor, se lo ruego, desentiérreme! —lloriqueó.

Tomé con fuerza mi pala y la hundí en la tierra. Un escalofrío me recorría la espalda.

—Lo siento mucho —le dije y comencé a llenar la tubería para obstruirla—, pero estamos ya en octubre. Quien quiera que se encuentre allí abajo, estoy seguro de que no sigue con vida. Y de ninguna manera regresará a la superficie.

Sí, en este pueblo también han pasado cosas inexplicables, ya lo ves. Pero a veces, es mejor no tratar de hallarles sentido.

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Amigo imaginario

¿De qué trata?: Una muchacha recuerda al amigo imaginario de su infancia. Un macabro descubrimiento le hará preguntarse si al fin y al cabo, se trataba de una fantasía o no.

Personajes: Protagonista, Mamá, Toto, Papá

Cuando era pequeña, solía tener un amigo imaginario llamado Toto. Ya sabes, todos tenemos al menos uno cuando somos niños. Toto era un perro grande que podía andar perfectamente sobre sus dos patas. Tenía el pelaje morado, la lengua de fuera y una mirada graciosa. Hablaba de manera aguda y torpe, pero a mí me gustaba.

Era más o menos como esas botargas de personajes a las que te acostumbras a ver en Disneylandia. Solo que claro, él existía solamente en mi imaginación.

Recuerdo pasar horas con él jugando en el jardín, revolcándonos en el pasto y esas cosas.

Mi madre solía seguirme la corriente al principio, pero luego el asunto no le gustó demasiado. Toto era muy importante para mí y ella comenzó a temer que fuera incapaz de superar esa etapa. De modo que comenzó a llevarme con un psicólogo.

Es extraño recordar este momento de mi infancia. No me acuerdo mucho de aquellas sesiones; lo único que puedo hacer, es verme a mí misma jugando en una habitación de paredes blancas, mientras un hombre de gafas sentado frente a mí tomaba notas. Creo que era agradable. Y creo que le dijo a mi madre que tarde o temprano, tendría que dejar atrás esas fantasías.

Eventualmente lo hice. Aunque no de la manera que hubiera querido.

Había cosas de Toto que no me gustaban de un momento a otro. Como las cosas desagradables que me susurraba al oído. O las cosas que me hacía hacer a veces, cuando lo acompañaba a explorar los rincones oscuros de la vieja casa en donde vivía.

Un día, le dije que no quería seguir jugando más con él. Su sola presencia comenzaba a asustarme, como si fuera un monstruo.

Así fue como dejé de verlo.

Cuando mi madre me preguntó donde había dejado a Toto, simplemente le respondí que él era malo y ya no éramos amigos.

Paralelamente a esto, me costó lidiar con la separación de mis padres. Hacía tiempo que discutían mucho y supongo que por eso usaba a Toto para distraerme, para evadirme de la realidad.

Cuando el divorcio se hizo definitivo, tuve que madurar para afrontar las cosas como eran. Estaba creciendo y tenía que ser fuerte.

Luego de eso, papá se suicidó. Escuchamos un disparo en su despacho y mamá no me dejó entrar. Una ambulancia vino y lo recogió. El derrumbe de su matrimonio resultó ser demasiado.

Los años pasaron, ya ves…

Hoy he subido al ático. Nos vamos a mudar de casa y hay muchas cosas de las cuales deshacerse. Este solía ser el refugio de mi papá cuando todavía vivía. Está lleno de cajas, un par de instrumentos musicales y los aviones a escala que le gustaba armar a veces.

Sin embargo, un escalofrío me ha corrido por la espalda al fijarme en lo que había en un rincón del desván. Se trataba de una botarga de perro, toda ella morada y con la lengua de fuera.

Sus ojos saltones parecían mirarme y decirme hola de nuevo.

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Rojo con blanco

¿De qué trata?: Un hombre se hospeda en un hotel con una habitación prohibida. ¿Será más fuerte su curiosidad que su sentido común?

Personajes: Gerardo, Recepcionista

Era bastante tarde cuando Gerardo pudo encontrar un hotel decente para descansar. Llevaba horas conduciendo por la carretera y no había tenido tiempo de buscar algún lugar donde hospedarse con anticipación. Por suerte todavía había habitaciones disponibles.

Le pagó a la recepcionista y esta indicó que subieran sus maletas hasta su dormitorio, donde se quedaría unos pocos días.

—Aquí tiene su llave —le dijo, entregándola una lleva pequeña que él tomo.

Gerardo le dio las gracias y se dispuso a ir a dormir, cuando la voz de la mujer lo llamó de nuevo.

—Le comento una cosa —le dijo, de manera misteriosa—, hay una puerta que no está numerada de camino a su habitación. Le pido que no intente abrirla por favor, ni mire por la cerradura. Ha permanecido cerrada mucho tiempo y así debe quedarse.

Al principio, Gerardo no le dio mucha importancia, ansioso como estaba por llegar a la cama. Sin embargo, al subir las escaleras su mirada se topó con aquella puerta secreta que carecía de número como todas las demás. ¿Qué habría allí dentro?

La duda no lo atosigó por demasiado tiempo. Apenas tocó la cama se quedó profundamente dormido.

Al día siguiente, después de darse un baño reparador y salir, no pudo evitar mirar hacia la puerta prohibida de nuevo. Tras asegurarse de que nadie lo estaba mirando, se acercó y trató de abrir la puerta. Estaba cerrada con llave.

Gerardo se agachó entonces y vio a través de la cerradura. En apariencia, aquel cuarto era como el suyo, tenía una cama matrimonial, muebles modernos y paredes azules. Excepto por lo que había en un rincón. Una mujer muy pálida se hallada de cuclillas allí, con la cara oculta entre las rodillas.

Por un instante, Gerardo estuvo a punto de tocar, pero se contuvo. Repentinamente, la mujer levantó la cabeza y él se alejó de la puerta, asustado.

Paralizado en su sitio, espero a que la puerta se abriera pero nada de esto ocurrió.

Entonces se atrevió a mirar una vez más por la cerradura. Esta vez, todo lo que vio fue rojo y muy consternado, el huésped retrocedió torpemente para bajar corriendo a recepción, tratando de explicarse lo que había visto.

No tuvo más remedio que acudir a la recepcionista para aclarar sus dudas.

—Así que después de todo, no pudo resistir mirar —le dijo ella suspirando—, no lo culpo. Bueno, tiene que saber que esa habitación la clausuramos porque hasta la fecha, todas las personas que han dormido allí no han logrado sentirse a gusto. Siempre nos podían que las cambiáramos de habitación o se marchaban del hotel, aun cuando habían pagado por adelantado. Hace algunos años, un hombre de negocios y su esposa se hospedaron allí. Por razones desconocidas, él asesinó a su esposa allí mismo. Era una mujer hermosa pero muy peculiar, su piel era muy pálida y sus ojos, de color rojo.

Gerardo palideció.

Este macabro cuento corto ha sido basado en una de las creepypastas más famosas de la web.

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El niño que jamás lloró

¿De qué trata?: Un policía mira a una madre con su bebé y se da cuenta de que algo anda mal. El niño no llora.

Personajes: Policía, Mujer, Pasajeros

Es un día ajetreado en el aeropuerto, como de costumbre, la gente va y viene rumbo a destinos distintos. Hay un vuelo a punto de abordar y en la sala de espera, una mujer que lleva esperando por horas. Está pálida y desvelada. Sostiene entre sus brazos a un pequeño niño envuelto en sábanas, al cual no logra verle el rostro. Lo hace de manera mecánica y desinteresada, casi como si fuera un elemento más de su equipaje.

Por más que lo intente no puede desviar su atención de ella; siempre termina volviendo a mirarla con suspicacia, intentando espantar ese instinto suyo que le dice que hay algo que anda mal ahí.

Sus años como policía le han enseñado a no fiarse de las apariencias.

La mujer se ve desesperada por abordar su avión. En todas las horas que lleva allí, no ha mirado al niño una sola vez, ni se ha levantado para cambiarlo. Lo que es más extraño aun, el bebé no se ha despertado para llorar o pedir algo de comer.

Su madre se levanta del asiento y camina nerviosamente, sin fijarse, chocando con él. Casi suelta al pequeño.

—¿Se encuentra bien, señora?

La aludida asiente con la cabeza, asustada y vuelve a sentarse.

Por fin, una voz en el andén da instrucción a los pasajeros para ir subiendo a ocupar sus lugares. La joven madre se forma con los otros, en espera de entrar al avión.

Preocupado, el policía se acerca para preguntarle por segunda vez como se encuentra su bebé.

—¿Podría echarle un vistazo? —inquiere— No queremos que el pequeño viajé herido a bordo del avión, ¿verdad?

—Él está bien, no se preocupe —dice ella cortantemente.

—No le haré ningún daño, solo será un momento. Tenemos personal médico aquí que podría…

—¡Solo aléjese de mi hijo, degenerado!

—Señora, no es necesario que levante la voz.

Ahora todos los pasajeros la están mirando con extrañeza. La mujer tiembla ansiosamente y parece que en cualquier momento, va a tener un ataque. Todos están murmurando.

—Señora, ¿segura que se encuentra bien? Debería sentarse un momento. Si está mal de salud, no es conveniente que aborde…

Vencida por la presión, la inestable madre deja caer a su hijo al suelo y se va corriendo. Todos se quedan estupefactos. El policía se inclina de inmediato para recoger al niño, que ni por el golpe se ha despertado. Y ahora sabe porque.

Al destaparlo, se da cuenta de que está desnudo y tiene una enorme sutura que va desde su entrepierna hasta su cuello. No respira, está muerto.

Más tarde, al detener a su madre y examinar el cuerpecito del infante con atención, se darían cuenta de que su interior se hallaba repleto de drogas. Aquella mujer pretendía usarlo para pasar las sustancias ilegales de un lado a otro de la frontera, sin que nadie se enterara. Porque, ¿quién sospecharía de una madre con su bebé?

El policía no quiere ni imaginarse la forma en la que murió aquel pobre pequeño.

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El espantapájaros

¿De qué trata?: En medio de la noche, Pedro investiga si un ladrón acecha su granja pero está a punto de descubrir algo terrible.

Personajes: Pedro. Esposa, Perro, Espantapájaros

Pedro tenía una próspera granja en el campo, en medio de un trigal cuyas espigas se extendían a kilómetros alrededor, haciendo que fuese imposible distinguir nada más. Cuando el sol se ponía, su luz acariciaba suavemente las espigas de trigo, confiriéndole un brillo dorado y muy hermoso a su terreno.

Había construido su casa justo en medio del mismo. Era una construcción blanca de dos pisos, muy confortable, con un establo y un granero al lado para guardar la comida y a los animales.

Tenían puercos y gallinas, un par de vacas y un perro para cuidar la propiedad, pues no podían arriesgarse a perder a sus otros animales ni la cosecha. El can estaba muy bien entrenado, era sumamente hábil y lo suficientemente grande como para amedrentar a cualquier desconocido.

Aquella noche, Pedro dormía como de costumbre al lado de su esposa, cuando unos ruidos en el exterior lo despertaron. El cielo todavía estaba oscuro y el reloj sobre su mesita de noche, indicaba que eran las tres de la mañana.

Justo cuando estaba por volverse a dormir, su esposa le habló, diciendo que ella también había escuchado esos extraños ruidos.

—Más vale que vayas a revisar, no vayan a ser ladrones.

—No puede ser, el perro nos habría avisado. Recuerda que ya antes atrapó a dos que querían meterse al gallinero y a uno hasta la pierna le mordió.

—De todas formas quiero que vayas a ver, tengo el presentimiento de que algo muy raro está pasando allá afuera.

Refunfuñando, Pedro se puso la chaqueta y los zapatos, tomó su escopeta y después de verificar que estaba cargada, salió de la casa. Lo primero que encontró fue a su fiel perro negro, agazapado en el porche y temblando. Tenía las orejas gachas y las patas sobre la cabeza, como si estuviera muy asustado.

Cuando se acercó a él, vio que estaba mirando fijamente hacia el trigal, donde alguien pasó corriendo rápidamente y se escondió entre las largas espigas.

—¡Hey! —gritó Pedro— ¡Alto ahí o disparo!

De nuevo hubo movimiento en medio del trigo y resueltamente, Pedro se internó entre las espigas, distinguiendo la larga silueta de lo que parecía ser una persona.

—¡Alto! —gritó, volviendo a apuntarle con su arma y la sombra se detuvo, alzando las manos.

Cuando Pedro la iluminó con su linterna, por poco se le detiene el corazón.

Aquello no era un hombre.

El espantapájaros, que meses atrás alguien había clavado en el límite de los campos de trigo, le sonrió de una manera diabólica. Tenía el hocico de un cerdo y manos como garras. Se dio cuenta de su miedo y se echó de reír de manera demoníaca, erizándole todos los pelos del cuerpo.

Cuando Pedro fue encontrado a la mañana siguiente por su esposa, estaba casi catatónico. Tuvieron que internarlo en una institución mental, pues no dejaba de repetir que el espantapájaros lo estaba vigilando.

La granja fue vendida al poco tiempo, ya que su esposa sentía que el terreno estaba maldito.

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Quemadura

¿De qué trata?: En medio de una emergencia, un doctor entra a la sala de urgencias a atender a un misterioso hombre que ha sufrido graves quemaduras. Pronto se da cuenta de que algo va mal...

Personajes: Doctor, Paciente, Enfermeros

A lo largo de mis años como médico, me ha tocado ver demasiadas cosas. Gente en situaciones desesperadas, enfermedades en etapa terminal, horribles accidentes causados por la negligencia o la irresponsabilidad, y personas que llegan provenientes de riñas callejeras o entre pandillas, horriblemente heridos…

Tarde o temprano el oficio termina endureciéndolo a uno, o eso es lo que me gustaba pensar.

Eso es lo que me confortaba pensar hasta aquella horrible noche, en la cual me llamaron con premura desde la sala de emergencias para atender a un hombre que no solo había sufrido quemaduras gravísimas, sino que debido a su estado, desvariaba.

Corrí hasta allí tan rápido como mis piernas me lo permitieron, a pesar de que se suponía, había llegado la hora de marcharme a casa. Nada más entrar sentí que se me cortaba el aliento.

Todos mis años de experiencia como médico no me habían preparado para ver algo como la escena que tenía enfrente.

Había un hombre en la camilla con la piel completamente oscura y carbonizada. Heridas supurantes sobresalían en medio de los pliegues de su dermis, exudando sangre y pus. Lo peor era la expresión en su rostro, enloquecida y llena de pánico.

Dos enfermeros debían sujetarlo para impedir que escapara o se hiciera más daño, ya que no dejaba de revolverse. Habían tenido que recurrir a los muchachos más fuertes del personal.

—¡Déjenme ir, maldita sea! —gritó el desconocido— ¡Va a volver a por mí! ¡No puedo estar aquí!

Internamente, me pregunté con horror si aquello habría sido ocasionado por una agresión premeditada.

—Doctor —me llamó uno de los enfermeros—, el paciente continúa brindándonos datos falsos sobre su persona. Posiblemente tenga un shock por el trauma que acaba de recibir. Piensa que está muerto.

—Fecha de nacimiento: 2 de agosto de 1972 —bramó el hombre—, fecha de defunción: 8 de noviembre del 2010. ¡Déjenme ir!

Esto no era nuevo. Ya antes había escuchado a muchas personas hablar incoherencias después de sedadas, debido al dolor que sufrían, a lo traumáticas que resultaban algunas experiencias para ellas. Aun así había algo en este desconocido, algo que con solo mirarlo y escuchar sus palabras, hizo que se me erizaran todos los vellos del cuerpo y tuviera un mal presentimiento.

Algo definitivamente no estaba bien.

Traté de sobreponerme de mi impresión inicial y me acerqué a él para examinarlo. La carne quemada de su cuerpo parecía surreal. Los escalofríos volvieron a mí.

Escaneé la gravedad de las quemaduras y mientras más las miraba, más incrementaba esa sensación extracorporal que me había acuciado desde el principio del examen. Como si me encontrara ante algo que no era de este mundo.

Levanté la vista del escáner con los ojos desorbitados, el corazón latiéndome abrumado y me escuché preguntándole:

—¿Qué eres?

El hombre cesó de gritar y de revolverse contra mis enfermeros. Lentamente recobró la serenidad, giró la cabeza hacia mí y me miró con fijeza, antes de responder…

—Me llamo Daniel Ray Jones —dijo— y soy la primera persona que escapó del infierno.

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Aneska

¿De qué trata?: Aneska, una historia basada en el pasado pero que narra hechos de terror basados en una historia real. Personajes que sufrieron escenas terroríficas que jamás olvidarán en sus vidas.

Personajes: Aneska, Lucas O Berman, Madre, Hermana, Ejercito Nazis, Padre, Ejército soviético.

Este es un relato de la vida real, vivido por Lucas  O Berman, yo vivo en una pequeña ciudad al norte de Uruguay, desde hace escucho tus relatos, me gustan los temas paranormales, debido a una experiencia vivida de niña, la cual no suelo contar para no despertar viejas heridas. Nací en el año 1930 en Colombia,  de 4 hermanos yo soy la menor, mi familia era judía, mi vida era considerada un infierno, pues conocí a los peores monstros que podían existir.

En los tiempos donde intervinieron los nazis, muchas familias fueron separadas entre esas la mía, nosotros vivíamos en una comunidad judía, donde mi madre se desempeñaba como costurera y mi padre como zapatero. En esos días se vivía con miedo y hambre, hasta el momento en que los nazis enviaron familias a los campos de concentración, en estos sitios las mismas realizaban trabajos fuertes o simplemente morían en las cámaras de gas.

Cuando recuerdo esos días, lo primero que se viene a mi mente es el hecho de estar en un camión de ganado, rodeada de olores fuertes, las personas que con nosotros viajaban tenían miedo. Aunque aceptaban el destino que les fuera asignado, sin considerar que podían morir, al llegar y bajar de los vagones, la gente fue dividida para desempeñar distintas actividades laborales, otras personas eran llevadas a la cámara de gas, donde morían un día después de trabajo.

Mi familia fue separada, mis hermanos y mi padre fueron llevados a otro lugar para trabajar, luego morían en la cámara de gas, en este sitio hacia mucho frio y lo único que se lograba observar era el humo de las chimeneas de los crematorios. Ese era el lugar donde cremaban a los difuntos, mi madre, mi hermana y yo fuimos llevadas a otra área, en esta nos despojaron de nuestra ropa.

Luego nos llevaron a un pasillo donde un grupo de nazis nos raparon todo el cabello y bello del cuerpo, seguidamente nos bañaron con agua fría, nos dieron ropa harapienta para que nos vistiéramos. Para terminar nos tatuaron un número en el brazo. Cuando anocheció nos reunieron a todos en un patio, el aspecto de mi madre al igual que el de todas las mujeres que allí estaban era de dolor y desesperanza. Se nos asignó un barracón, en este habían tres hileras de literas de tres pisos, era un lugar muy pequeño, no había espacio ni para sentarse, el dormir era demasiado incomodo, el aspecto de otras mujeres que tenían más tiempo allí daba miedo, estaban desnutridas.

En el barracón conocí a una niña llamada aneska, ella era la única sobreviviente de su familia, sus piernas eran huesitos, había perdido una parte de sus labios, debido al maltrato de los guardias. Días después los mismos se llevaron a un grupo de mujeres entre esas mi madre, ese fue el último día que la vi, mi hermana fue asignada en el área médica. Su personalidad fue cambiando con los días, se estaba volviendo una persona  insensible, debido a que ella tenía un contacto directo con la muerte, mi hermana se encargaba de arrastrar personas muertas en las carretas, algunas de las mismas aún seguían con vida.

Mi labor era en el área de la cocina, lavando los platos donde comían los oficiales, en ciertas ocasiones corría con suerte, los mismos dejaban plátanos, que yo comía desesperadamente. La comida de nosotros era, una porción de pan con un trozo de queso lleno de gusanos.

Al pasar los días mi amiga aneska fue enfermando, le empezaron a salir unas llagas en la piel y a tener fiebre. Un día de revisión ella no se pudo levantar, el guardia se sorprendió al no verla en el patio, entro la reviso y salió, al rato llego con más personas que vestían batas blancas, entre todos la llevaron al área médica, sentí un alivio porque imagine que la curarían. Cuando regrese para dormir ella aún no estaba, decidí esperarla para compartirle unas galletas con mermelada que había conseguido.

Al amanecer no la vi, imagine que seguía en el área médica. Una noche, me despertó un viento helado el cual me hizo temblar. Luego me pareció escuchar una voz infantil que me llamaba, al prestar atención a la misma, entendí que esta era aneska, me levante y asome por una ventana, afuera todo estaba solo, únicamente se observaba la luz del alambrado. Pero un momento después, ahí estaba aneska, su rostro era difícil de observar, con algunos gestos me indicaba que tenía hambre. Entre y tome un trozo de pan con una papa, salí a dársela pero ya no estaba, con susurros la llame, pero no apareció.

Luego empezaron a ladrar los perros, decidí dejar la comida debajo de una piedra y entrar corriendo. Al día siguiente, fui a ver si había comido, pero todo estaba allí, el pan solo tenía un mordisco y la papa estaba intacta, no entendí que había sucedido. La noche siguiente volví a hacer lo mismo, esa noche sentí la presencia de alguien al lado de la cama, al voltear era aneska, me sorprendí al verla acostada a mi lado. Pero ella solo repetía en voz baja, tanque, tanque, no entendía lo que sucedía, solo le dije que se durmiera.

Una revisión de sorpresa se realizado al amanecer, esta era para revisar quienes tenían pertenencias de contra bando entre sus cosas. Al terminar la supervisión murieron  14 personas, a las cuales se les encontraron objetos robados. Ese día llevamos los cuerpos en carretas hasta donde serían cremados, al llegar a ese lugar me sorprendió ver las botas de aneska entre los cuerpos.

Corrí a ver si era ella, sorprendida estaba allí muerta, empecé a llorar hasta que mi hermana llego con más cuerpos y me dijo, ¡No llores, esa infeliz lleva días  muerta, debido a una fuerte fiebre!, entonces no entendía que sucedía, si días antes yo la había visto y escuchado.

Esa noche volví a sentir frio, mire la puerta que estaba entre abierta y allí estaba aneska, me acerque a donde estaba y ella solo empezó a caminar por un tramo entre los barracones hasta desaparecer. Al pasar los días, me acostumbre a la rutina, cada vez estaba más delgada, mi hermana había muerto también.

Un día me dirigía al almacén, cuando de repente escuche una voz, al voltear era aneska, pensé que venía a llevarme con ella. Pero en ese momento escuche que venía unos carros, pensé que eran del ejército nazi, pero no, eran del soviético. Al parar uno de ellos se me acerco y me dijo algo en un lenguaje extraño, solo que sé que entendí ¡eres libre!.

Tiempo después el destino me llevo a vivir a Uruguay, todavía despierto por las noches, asustada, debido a todo lo que había ocurrido, de igual manera ciento que me acompaña el recuerdo de aneska.

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Una carta del asesino de mi hija

¿De qué trata?: Tras afrontar el asesinato de su hija, una madre recibe una carta misteriosa que le revelará un horrible secreto.

Personajes: Madre, Hija, Asesino

¿Crees que las coincidencias existen?

Vaya pregunta extraña, ¿no es así? Yo tampoco me la había hecho hasta este momento. Verás, hay algunas cosas que debería explicar.

Ayer hace un año, mi hija desapareció. Jamás recibimos ninguna nota o llamada de rescate, no hubo restos que recuperar o ninguna otra evidencia que ayudara a esclarecer algún crimen. Además de su propia ausencia, la situación se veía limpia.

Tenía solo catorce años cuando se esfumó, sin dejar huella.

Se llamaba Emily. Ahora puedo hablar en pasado con horrible seguridad. Es una horrible bendición que ha supuesto un precio espantoso para todos nosotros.

Desde el momento en el que Emily desapareció, la incertidumbre nos empujó a un estado perpetuo de ansiedad. Cada llamada, cada reportaje en la televisión o noticia en el periódico sobre “esa chica que había desaparecido misteriosamente”, nos sumía en un terror puro e inexplicable.

Entonces recibí ese correo, justo ayer. Era de un remitente desconocido y decía saber la verdad sobre lo que había sucedido con mi hija.

Contenía lo siguiente:

De: [email protected]

Asunto: Pido disculpas por lo que hice

¿Qué tal, señora Stanfield?

No pienso decirle mi nombre, pues no es importante. Lo que de verdad importa fue lo que hice y lo arrepentido que me siento por eso.

Verá, yo maté a Emily y desgraciadamente, no fui rápido, ni piadoso. Murió de forma lenta y terrible.

Yo la amé por años, de un modo que podríamos considerar como inapropiado. Me dolía saber que ella no podría corresponderme, y eso que antes le había hecho insinuaciones. No obstante, estas nunca fueron de su agrado. Emily me tenía asco, lo que me hacía sentir furioso y humillado.

¿Sabe lo difícil que es cargar con una fantasía como la mía, señora Stanfield?

Fue por ello que tuve que hacer algo al respecto. No fue complicado convencer a Emily de que fuera a aquella vieja cabaña conmigo. Cuando cerré la puerta y vio la pistola que llevaba, no gritó. Debo admitir que aquello me decepcionó algo.

Usé unas pinzas, un cuchillo, un martillo y un taladro. Había tanta sangre… Emily demoró horas en morir, pero fue una chica fuerte. Debe sentirse orgullosa de ella, señora Stanfield.

Al final, tomé su cuerpo, lo corté en pedazos pequeños y los quemé en el bosque.

Siento mucho lo que le hice a Emily. No espero que me perdone, pero tal vez cerrar este capítulo le permita seguir adelante.

Le ofrezco mis más honestas disculpas.

Lloré un mar de lágrimas tras leer ese correo. No por la confesión del asesino, sino porque creí que aquello era una broma de mal gusto. Decidí callar y no mortificar más a mi familia.

El caso es que esta mañana, oí un disparo en la habitación de Joseph, mi hijo. Para cuando mi marido y yo forzamos su puerta, era muy tarde. Él había obtenido un arma por su cuenta y se había disparado en la cabeza.

Así que te lo vuelvo a preguntar, ¿crees que las coincidencias existen?

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