Un corazón vacío de madre, un corazón lleno de amor para las plantas.

¿De qué trata?: Una jóven mujer que a pesar que tiene varios hijos, su cariño de madre no es percibido por ellos sino por las plantas, las cuales eran el amor verdadero de esta mujer.

Personajes: Juana, El Dios del Bosque

Moraleja/Conclusión: Amar a los hijos, independientemente de las situaciones.

Juana, una madre que apenas empezaba a sentir la dicha de serlo, parecía no valorar ese sentimiento. Sin embargo, su historia empieza cuando el destino la hace traer varios hijos al mundo, uno tras otro, después de tiempos cortos de espera.

Generalmente, hacía sus bebés con uno que otro borracho que sería conquistado en distintas temporadas, pues los conseguía después de salir del bar, así como también en lugares nocturnos donde los viajeros de cualquier parte del país se dirigían y eran sus preferidos, mientras los demás pequeños los dejaba solos en casa, al cuido del mayor.

El ser madre, era un aspecto que ella por sí misma, no llevaba dentro de sus pensamientos pero tampoco lo hacía por maldad, sino porque nunca se acostumbró a verse como una madre ejemplar, como las de siempre. Simplemente, le encantaban las plantas y era su único medio de amor; para ella, las plantas eran el sentido del mundo.

Un día, al salir de la muralla del reino, del otro lado del río, Juana se dirigía hacia una cueva oscura y húmeda, zona en la que solía descansar el Dios del bosque y que ella podía ver, cada vez que iba a buscar la flor más hermosa de toda la región.

Ese mismo día, el Dios del bosque se encontraba durmiendo la siesta, cuando Juana de 17 años la interrumpió. Ella, con una mirada fija, lo logró reconocer de inmediato, pues en muchos libros lo destacaban como uno de los personajes místicos de todo el reinado donde vivía como esclava.

Al verlo, la pequeña le preguntó: Disculpe la molestia mi querido Dios del bosque, pero ¿en lugar de holgazanear, no puede crear distintas flores de diversos colores? Es que ya he dado 5 vueltas por el reino y no he podido conseguir la flor más bonita de todas, solo consigo pálidas margaritas.

El Dios del Bosque respondió sorprendido: Juana, he estado ocupado creando lo que son las plantas para curar, de forma que la gente del reino pueda utilizarla, pues los pájaros todos los días me cuentan que las enfermedades se han estado multiplicando y la gente no consigue curarse.

Puede que no sean lo suficiente hermosas como tú las quieres, puede que algunas cuenten con muchas espinas pero ante todo, son útiles sin importar su escasa belleza.

Entiendo, dijo Juana, pero sigo reprochando lo que necesito, necesito los colores diferentes de todas las flores, así como las otras formas que no son como las de las margaritas, pues mi alma logra desahogarse observando la diversidad de toda la naturaleza.

El Dios volvió a afirmar: Ok Juana, ¿sabes? Estoy viejo y ya no puedo salir de este lugar, pues no cuento con la misma inspiración. Quisiera darte una infinidad de flores de colores pero si quieres que te dé mis hijos, a cambio debes darme los tuyos, pues en ellos estarán inspiradas las flores. Si entiendes lo que quiero decir y lo aceptas, vete y me encontrarás aquí cuando regresen.

Juana se fue pensativa, pero a pesar de que amaba las flores con todo su ser, en estos momentos pudo darse cuenta del amor que tenía por sus hijos y que no los cambiaría por nada, ni siquiera por sus queridas flores.

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Abre los ojos

El lugar era inmenso. Estaba poco iluminado y parecía estar vacío. No entendía nada. ¿Cómo había llegado hasta allí?, no recordaba nada, la inquietud estaba corriendo por mis venas y un hormigueo estaba subiendo y bajando por todo mi cuerpo.

Mis manos empezaron a picar, y quise arrancarme todo el cabello de la cabeza. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué estaba aquí?, empecé a mirar a todas partes, en donde la penumbra era todo lo que me saludaba. No se veía ningún horizonte, no se escuchaba nada. El silencio era ensordecedor.

Intenté gritar, pedir ayuda, correr. Pero nada ocurría. No podía siquiera hablar, el grito se quedó atorado en mi garganta. Lo intenté de nuevo. Nada salía. Intenté con tanta fuerza que pensé que mi garganta se partiría en dos, pero nada ocurría. La oscuridad se hacía aún más pesada, cada vez podía ver menos y el silencio me tenía inquieta.

¿Qué estaba ocurriendo?

De repente caí en el suelo, como si alguien me hubiese empujado. Temí ver hacia atrás, tan sólo me quedé así, entre sentada y acostada en el frío suelo. Empecé a temblar. El pánico me estaba inmovilizando e intenté llorar, pero tampoco podía. ¿En dónde estaba?

Intenté levantarme, mis piernas flaquearon pero respondieron. Entonces noté que estaba en ropa interior y descalza. Volví a estar de pie, esta vez más débil. Logré avanzar unos pasos pero mientras más pasos daba, más oscuro se ponía todo.

La desesperación me tenía abrumada. ¿Hacia dónde iba?, ¿en dónde estaban todos y por qué nadie venía por mí? Sentí que alguien me tomaba de la mano y me giraba, pero no había nadie. Empecé a retroceder.

-¿Quién está ahí? –Creí hablar, pero nada salía de mis labios. Quise gritar. ¡¿Qué demonios estaba pasando?! -¡¿Quién está ahí?! –Nada. Nadie me oía. ¿Es que siquiera había alguien aquí aparte de mí?

Seguí retrocediendo cuando choqué con algo helado a mi espalda. Me giré rápidamente y ya no veía nada. Me volví a girar y nada. Sólo había negro y silencio. Volví a girarme y alcé las manos, tanteando en falso, pero no había nada. ¿Con qué demonios había chocado?

Tenía demasiadas ganas de llorar. Quería gritar, sollozar, correr, pero no lograba hacer nada. No entendía absolutamente nada. ¿Qué había pasado? ¿Por qué estaba aquí, medio desnuda, descalza, sola, rota? No recordaba nada anterior, ni cómo había llegado hasta ese lugar, ni con quién estaba.

Eddy. ¿En dónde demonios estaba Eddy? La desesperación llegó a otro punto, aún más elevado, en donde tiritaba de miedo, sin saber ni recordar en dónde estaba mi hermano. ¿Qué había pasado?

Me daba vueltas la cabeza. Todo a mi alrededor parecía girar, la oscuridad se volvía más pesada a medida que iba dando más y más vueltas, sin lograr ver nada que no fuese negro. Sentía la brisa adherida a mi piel sin sentir las ráfagas de viento helado, tan sólo tiritando, tan sólo muriendo.

De repente neblina empezó a entorpecer mi vista, no podía huir de ella. Era espesa, fuerte, venía con furia y me envolvía a medida que pasaban los segundos. Empecé a escuchar un segundero de fondo, todo estaba pasando demasiado rápido. Mi voz logró salir a caudales, mis gritos resonaron en la oscuridad, alguien me estaba tocando los hombros, me sentía inmovilizada, aplastada en algo frío.

Mi espalda se asqueó en el suelo sin saber realmente cómo había llegado hasta él. La neblina me escocía los ojos y los mantuve cerrados todo el tiempo, el sonido de los segundos apresurados me tenía loca. Mis gritos se oyeron en todo el lugar. Pataleaba.

-Amanda, abre los ojos. –Me detuve. La voz de mi madre llegó desde lo más oscuro del lugar y temí abrir los ojos. -¡Amanda!

Entonces, abrí los ojos y los de mi madre me saludaron. Era una pesadilla. Sólo eso.

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Una canción sin título

Se podía sentir el bombeo del altavoz bajo la suela de mis zapatos planos, el frenesí concentrado que había delante de mí gritaba viral a los artistas del escenario.

La noche, tapaba las imperfecciones que todos creemos tener alguna vez, y los focos de colores nos encendían para recordarnos que ésta noche es nuestra.

– Ariel, yo no puedo entrar tía, no tengo entradas -. Miré a mi mejor amigo Fred con ojos en blanco. Llevaba toda la noche tratando de despistar a los porteros, poniéndose la capucha, cogiéndose del brazo de alguna moza, haciéndose el borracho… . Lo increíble es que una vez lo consiguió, pasó con el pelo tapándole la cara como la niña del grito y las gafas puestas entre sus greñas.

Ésta vez en cambio le habían fichado, y su intención era que yo me quedase fuera con una botella de ron perdiéndome el concierto.

– Entraré sola, pero déjame tu collar por si acaso -. El collar era de pinchos, y eso ayudaría a alejar a algunos bestias del público que quisiesen matarse a golpes en cuánto una canción Punk se emitiese, encontrándome en medio.

– De acuerdo, pero devuélvelo… -. Dijo señalándome rendido tras dedicarle una media sonrisa.

Me di la vuelta decidida, y me adentré entre las filas. Los porteros me sonreían, bueno, más bien muchos lo hacían, y aunque me sentía segura, tantas miradas desconocidas incomodaban.

Una vez llegué hasta el tan apegado público, quise seguir abriéndome paso entre todos; quería la primera vista, aunque algunos pervertidos me rozasen adrede. Era imposible no erizarse y encogerse ante tales acciones.

Estaba dentro de la boca del lobo, pero era afortunada de que la mayoría fuesen hombres y me dejasen paso, a veces ser menuda tenía sus ventajas, porque creo temen romperme.

La energía que todo el gentío desprendía, me encendió de calor como si hubiese entrado en una sauna. Apenas habían pasado cinco minutos y ya sentía que los poros de mi nuca transpiraban, era excitante. Avanzaba diminutiva y pude respirar. Llegué a la primera fila.

La música se puso agresiva, y el público también comenzó a dar brincos entusiasmados, empujándose unos a otros, y también dándome a mí. Qué daño, mi hombro.

– ¡Eh, tío ten cuidado! -. Grito furioso un castaño corpulento en cuanto se dio cuenta de que casi me convertían en un sandwich.

– ¿Estás bien?-.

Asentí con mi cabeza, tratando de recobrar la compostura. Tenía la sensación de haber terminado de saltar en unas colchonetas y no sabía cómo pisar el suelo.

– Ponte aquí, si quieres-.

En el punto que me señaló, había un hombre sentado en silla se ruedas. Y lo agradecí, porque gracias a su silla era el hombre más protegido del concierto.

Había espacio, una nueva canción empezó a ser tocada, me pedía bailar aunque fuese despacio para no llamar la atención, porque no soportaba serlo y… un chico rubio de ojos claros, alto de mi izquierda me estaba mirando. Capté toda su atención, vamos. No, me estaba devorando. Tensión.

”No mires”, me pedí mentalmente.

El desconocido, como si se hubiese percatado de mi nerviosismo se acercó más a mí, en silencio, y una tortura de escalofríos por ese misterio del momento comenzó a hacerse de mí.

Me empujaron de nuevo un par de ebrios y éste aprovechó cogiéndome de la cintura poniéndose detrás de mí. Me sobrecogí, paralizada.

Y entonces lo sentí, sus dedos recorrían mi hombro con delicadeza, seguían por mi codo, mi muñeca… hasta mi mano. Entrelazó sus dedos con los míos, se apegó más a mi espalda, protector. No procesaba bien lo que estaba ocurriendo, me gustaba, hacía tiempo que no sentía ésta clase de atracción.

La canción eléctrica terminó en un estallido.

– Hola-. Susurró en mi oído. Pero no contesté, me aparté confusa. Retrocedí con mis pálpitos galopando en un oleaje de emociones que no entendía, fundiéndome en el centro de la multitud.

Una nueva melodía se hizo en el ambiente, y yo, arrepentida de haberme alejado de aquel chico miré hacia donde estábamos, debía presentarme. Pero en cuánto di media vuelta, ya no estaba. Se había ido, como aquella canción instantánea.

Al poco rato, mi mejor amigo Fred reapareció con fuerza.

– ¡Eh tía! ¿Qué estás haciendo ahí tan parada? -.

Mi cabeza daba vueltas. Mientras Fred trataba de hacerme bailar en medio de toda la multidud, no podía evitar sentir que conmigo estaba el tiempo tambaleándose, en mi interior, hasta parece que llegue a pararse.

Fred tenía una gorra, así que pensé en camuflarme un poco más ya que estaba.

– Dame eso – Se la quité sin darle tiempo a reaccionar e ignoré su ”Ey” a modo de quejido mientras bailaba. Total, cinco minutos después ya había encontrado a otra persona con la que fardar con algunos de sus pasos a lo Mickel Jackson. Ya lo tenía muy visto, así que seguí a la mía.

Me separé de Fred aprovechando que estaba hablando con otras personas, y seguí con mi especie de búsqueda que parecía no tener ningún éxito. Me apetecía muchísimo cruzar alguna que otra línea, pero la noche no parecía estar de mi parte.

Caminaba y caminaba, hasta que en la salida de casualidad tropecé con un perro. Era un pequeño Yorkshire.

– Pero bueno, ¿qué estás haciendo tú aquí pequeño renacuajo? -Lo cogí en brazos sin dudarlo unos segundos. Estaba temblando, parecía estar perdido, sin collar. Tan perdido como yo, como el desconocido que ha resultado también perderse en todo éste pajar.

Al menos, cuándo pierdes el alfiler en un pajar, puedes quemar toda la paja hasta lograr encontrarlo, solo que, ¿cómo iba yo a quemar a toda ésta gente sin terminar quemándolo también a él?

Decidí seguir caminando, con el perro en brazos hasta casa. Me había cansado de tanta fiesta, de tanto enigma.

– ¿Qué tal si te llamo Uname? – le decía mientras acariciaba su pelaje largo. Parecía tener mucha hambre, además de que lo más seguro la multitud y la música alta le tenía así de débil.

No descubrí su nombre, no supe nada más de él, y tampoco escuché nunca más esa canción sin título.

Concierto photo

Personaje protagonista: Ariel

Personajes secundarios: Fred, el desconocido y Uname.

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Mi primer viaje a Madrid

Un sms me sacó de mi sueño, eran las ”5:48 am”. Mi amiga, me hizo despertar doce minutos antes de lo que tenía pensado. Me deseaba un buen viaje y causaba emoción leer; ”en pocas horas estarás con tu pequeño”. Después de haber abierto ya mis párpados, a pesar de mi cansancio no quise volver a cerrarlos, me esperaba realizar uno de esos sueños.
En plena negrura de la habitación, extendí mis brazos para coger la vestimenta del escritorio, esa que yo misma preparé el día anterior, el 22. No quería entretenerme con elegir trapos, después de todo, eso era lo que menos me importaba.
Cuando terminé de vestirme, me arodillé y desde mi cama, en plena oscuridad fijé mis ojos en ella, en mi pequeña hermana que dormía plácidamente. Acaricié su mejilla y como normalmente hago cada vez que no podré darle los buenos días, postré un beso en su pequeña frente.

Hecho ésto, pretendiendo hacer poco ruido, salí de la habitación oscura y con los pies descalzos, bajé las escaleras de parqué. Me dirigí hacia la cocina y como siempre hago para serenarme, saqué mi taza, preparé mi café. Una vez calentito, aun sintiendo el frío suelo me dirigí al salón, enchufé mi portátil y leí algunos de vuestros comentarios. Lo cerré, miré el reloj y pensé, que sería mejor contestaros a todos después de mi vuelta de Madrid.
Mi estómago estaba intranquilo a medida que se acercaban los minutos, consiguiendo que fuesen justo, las 06:45 am. Una vez así, me dirigí al armario empotrado que hay en la entrada de mi casa, donde guardamos los zapatos. Me puse mis botas más cómodas y más rápidamente, subí nuevamente esas escaleras que antes bajé, para entrar al aseo, lavarme la cara, pasarme el cepillo por el pelo y cepillarme los dientes. Estaba lista. Nada de maquillaje.
Descendiendo nuevamente al piso de abajo, comprobé si tenía todo y eso es lo que creí. Escuché un ruído en la planta de arriba. Mi padrastro, se había despertado para ir a trabajar. Aproveché el momento y ascendí nuevamente a la planta de arriba, entré a la habitación de mi madre.
– ¿Ya te vas, Olivia? -. Me preguntaba frotándose los ojos hormigueados.
– Sí -. Posé mis piernas en su cama y estiré mi torso para darle un beso. Mientras, mi padre, permanecía sentado en una esquina de ella, sin decir nada.
– Ten cuidado y que no se te olvide nada -. Dijo ella, intranquila. Algo realmente normal en una madre.
– Lo tendré -. Salí de su habitación y bajé nuevamente, con la maleta ya en mi brazo. Volví a abrir el guarda ropa, cogí mi chaqueta y me la puse, colocando a la vez entre cuello y brazo, el pequeño bolso más importante. El que ni loca, tenía que perder.
Preparada, abrí la puerta. El sol me daba a entender, que ese día se hubiese estado perfectamente en éste pueblo. A medida que caminaba hacia la parada y cruzaba las calles, no dejaba de ver la hora y un nudo se me comenzaba a formar en la garganta.
Llegué a la parada, aun tenía que esperar un cuarto de hora. Un perro me ladró y el hombre que estaba junto a él, le calmó con una pasada de mano por su pelaje.
En frente de mí, donde estaba la otra parada, se encontraban esas personas que esperaban el bus rumbo a Alcoi. Seguramente, la gran mayoría de ellos y ellas, tendrían clases allí.

Una mujer, que era la madre de una compañera que tuve hace dos años, llegó y se sentó a mi lado. Creo que no me reconoció y por lo tanto, bajé la mirada e hice como si nada.
Pasó el cuarto de hora y con 5 minutos de retraso, el bus paró delante de mí. El conductor, riñó al hombre del perro, ”supuestamente” no podía llevarlo con esa bolsa-cama de animales, decía que así se puede escapar.

Supongo que es su trabajo, su obligación tener que decir ese tipo de cosas, pero, ¿tienen también el compromiso de hablar con ese mal tono?. El perro que antes me ladraba, temblaba y dudé muchísimo que brincase y se largase. No pude evitar sentir cierta incomodidad por parte del hombre, casi que no le dejaron hacer su pequeña trayectoria, aunque después del sermón el conductor decidió hacerlo, dándole el típico aviso; ”a la próxima no le dejaré subir”.
Tanto el hombre, como la mujer subieron y yo de las últimas, pagué para ir a dirección de Alicante. Me senté en los asientos que están siempre en la puerta trasera, tengo la manía de que al bajar, es el mejor lugar para no estamparme contra nadie.
Con la maleta posada entre mis piernas, esperé unos 45 minutos hasta que el bus paró, dejándome sola entre el gentío de desconocidos. Lo más rápido que pude, subí a la planta de arriba de la estación y me dirigí, con mi localizador a la ventanita de ”Movelia”. Allí me atendió una mujer rubia, muy mona ella. Me pidió el DNI y, me puse a buscarlo. ¡Oh cinijis!, no lo encontraba y mis manos comenzaron a temblar. Pausé y le dije que esperase, que atendiese, que iba a buscarlo. Me senté en una de las sillas de espera y loca abrí mi maleta, todos los bolsillos. No estaba. Llamé a mi madre.
– Mamá, ¿dónde dejaste mi DNI? -. En cuanto se lo pregunté, creo que a mi madre le dio un mini infarto.
– Madre mía, está en tu bolso grande, ¿y ahora qué?, ¿no le sirve que le diga el número? -. Se me paró el corazón. Dios, ¿y si no podía por culpa de ello, sacar mis billetes reservados?
– Voy a preguntarle a la mujer -. Con un nudo en la garganta, colgué y cerré todos los bolsillos que mantuve al descubierto de mi maleta. Miré a mi alrededor y esperé que nadie se haya fijado en ella, solo me faltaba eso, que hubiese un ”mangui” por ahí acechándome.
Volví a la ventanita y le comenté mi problema con el DNI. Por esa gran suerte que obtuve, me dijo que no ocurría nada, que con mi nombre bastaba. Solté un alivioso suspiro en cuanto dijo aquello y con la mano en mis pálpitos, dije mi vocalicé mi nombre y confirmé mi día de vuelta. El Domingo 25 que no quería que llegase, a las 12:30 am.
Me dio mis billetes de ida y vuelta. Después de ésto, tuve que esperar unas dos horas y media, leyendo, desesperada, sintiéndome observada por muchísimas personas que esperaban igualmente. Para confirmar mi línea y no liarla, le pregunté a una desconocida con el pelo rapado de un lado, por más suerte que obtuve, ésta se dirigía también a la Estación Sur de Madrid, a la misma hora.
Comenzamos a conversar en ese tiempo que nos quedaba de espera. Su vida era muy interesante. Me contó, que vive en Madrid, pero que suele viajar a Torrevieja para visitar a sus padres. Resulta que, cuando tenía 22 años, conoció a una persona por internet y se propusieron conocerse. Ésta, viajó sola, a Madrid para tan solo verlo y estuvieron un fin de semana juntos. Me sentí realmente identificada porque yo iba a hacer exactamente lo mismo.
La única diferencia es, que creo que esa muchacha en ningún momento lo hizo por amor. Me dio a entender que solo sentía ”ilusión” pero, que ello se esfumó a los 3 meses en cuanto se puso a vivir con él. Más tarde, consiguió trabajo y ahora vive sola, en su mundo y Madrid.
No pude evitar sentir un poco de ”tristeza” por ella. En su caso, no se sentía segura de lo que hacía, no estaba segura de lo que sentía, de lo que le transmitía y lo peor de todo, discutía con esa persona constantemente.
Creo que era consciente de los nervios que podía sentir a medida que el bus de trayectoria larga hasta Madrid se acercaba, pero, dudaba en un fondo lo que para mí significaba realmente. Cuestionaba, muchísimo, que su ilusión se pudiese comparar con el amor que yo necesitaba demostrar. Creo, que aunque la situación fuese realmente parecida, los sentimientos eran otro mundo.
El bus, llegó a las 11:30 am, como decía el billete. Muy puntual. Las personas que iban a Albacete, guardaban las maletas por un lado y los que iba a Madrid por el otro. Yo, no la guardé. Me sentía más segura teniéndola encima. El conductor revisó mi billete y tachó en la hoja que en su otra mano contenía ”Asiento 27”.
Subí y lo busqué. Justo en mi asiento había un hombre de piel negra. Le sonreí y señalé que ahí iba yo. Éste se disculpó y me cuestionó si quería que se apartase de el que era, mi asiento. Le dije que no importaba, me senté a su lado, en ”su asiento”.
No hablamos en todo el camino. Sin querer darme cuenta ya habían pasado unas 2 horas y 35 minutos, me dormía con miedo a que se me fuese el cuello del sitio y por los tumbos del viaje, no dejaba de despertarme desorientada. Hicieron una parada en Albacete, siendo así, la chica de pelo rapado me pidió que la acompañase a por un bocadillo. Y eso hice, aunque no me gustaba la idea.
Mi acompañante de asiento, también se encontraba en la cafetería y tanto con la chica, como él, se pidieron un bocadillo de muy buena pinta, con tortilla y queso. Yo preferí no gastarme el dinero, tenía ya en mi maleta bocadillos con tan buena pinta como esos.
Nos dirigimos al bus y descaradamente me senté en mi respectivo asiento 27. Ahora podría apoyarme en las siguientes horas que me quedaban o simplemente mirar por la ventana. Más entretenida sí estaría.
Dos mujeres cristianas se sentaron el los sillones de atrás. Tenían conversaciones interesantes y aunque sé perfectamente que está mal haber puesto mis ”antenas”, no pude evitar sentir curiosidad por ello.
Decían cosas como, ”Lucifer es el gobernante de nuestro mundo”. Tengo que admitir que me acojonaron y según los gestos de mi acompañante, también lo estaba, aunque le daba por reír.
Nos dio por hablar. Éste me contaba que iba a ver a su novia, en ”La Coruña”. Se iba a pegar más horas de viaje que yo. Y me animaba, me dijo que con ella llevaba ya 4 años, que la distancia es mentira que sea un impedimento.
Por un instante me dio por mirar a los pasajeros. Me pregunté cuántas de todas esas personitas, viajaban por ver a quien aman. Cómo se sentirían, ¿tal vez tan nerviosos como yo?
Bueno, cabe decir que había un grupo de amigas que posiblemente solo buscaban juerga. Y se sabía por las frases que soltaban al vuelo; ”que fiestón nos vamos a pegar”, ”lo que se pierde ésta”, ”menudo ciego voy a pillarme”… . Y bueno, destaco, que había un hombre que a mi acompañante le daba señales, con las manos, dando a entender que estaba salido y que esas chicas le parecía que tenían buen cuerpo. Mi acompañante, me daba a entender que creía que estaba loco y lo confirmé en cuanto llegamos a la Estación Sur de Madrid. Éste, el que estaba salido, corría detrás de las palomas e intentaba pegarles un ”batecul”.

Llamé a Ristu. Éste me dijo que estaba llegando y a mí corazón le dio un parón. Después de casi más de 7 horas de espera, me notaba cansadísima, pero me despejé en cuanto pude oír su voz.
No me encontraba y entre risas, yo diciéndole ”¡estoy junto a unos refrescos!”. Resultó que no me veía porque estaba en la planta de arriba. Mi acompañante me decía; tu novio es tonto. Yo le fulminaba con la mirada y el mata-palomas, realmente me preocupaba cada vez más.
Oh Dios mío, ahí estaba. ¿Estaba caminando hacia mí?, ¿era ese del abrigo negro?. Sí, era él y me estaba sonriendo a medida que se acercaba. De los nervios, no recuerdo si nos abrazamos en cuanto estuvo más cerca, solo sé que el corazón se paró y el tiempo, el mundo, todo lo de mi alrededor estaba nublado.
Caminaba torpemente junto a él. Noté, que él estaba tan nervioso como yo y eso, me gustó. Lo miraba de reojo y a la vez intentaba que no se me notasen los nervios, pero el fallo fue; que él hacía lo mismo.
Me hizo gracia que se sintiese desorientado. Se perdió un poco y a mí me perdió un poco más cuando mientras bajábamos unas escaleras mecánicas, extendió sus brazos y me acercó a él. Creo que me quedé sin oxígeno y me puse más nerviosa aun. Tanto, que casi tropiezo innumerablemente de veces.
– ¡Si egggque eréh un dejastréh! -. Qué razón tenía. Pero, ésta vez lo estaba siendo porque su presencia me alteraba todo.

No sé cuántas vueltas dimos, cuántos abrazos nos dimos, cuántas miradas cruzamos sin poder evitar sonreír. Y ese momento, en el que nos sentamos en un tren y nos cogimos de las manos. Me pareció más mágico todavía.
– Te quiero -. En cuanto dijiste aquello, mi corazón y mi oxígeno se volvió a alterar.
– Yo también -. Como pude, soltando un leve suspiro, creo recordar que eso es lo que dije.
Tus comisuras se ensancharon y me enterneciste. Me hiciste pestañear como unas cinco veces seguidas en menos de un segundo. ¿Enserio estaba tocando tu mano?, ¿nos estábamos mirando realmente?.
Bajamos en Parla. Y gracias a ”Google Maps” nos pegamos la gran pateada del día y, ¿noche?. Sí, se nos hizo de noche.
Encontramos finalmente el hotel en el que reservé habitación pero, ¡oh cinijis, no tenía el DNI!. Le dije que podría llamar a mi madre para que se lo enviase por fax, lo que fuese, pero el hombre se negó. Éste me dijo que fuese a la comisaría que estaba a zancadas de allí y que ”denuncie”. Me desanimé muchísimo y por esos momentos creí que dormiría en la calle.
Salimos del hotel y nos sentamos, él y yo en unas escaleritas.
– ¿Qué se supone que tenemos que denunciar? -. Me preguntaste tan desconcertado como yo.
– No tengo ni idea -. Te contesté.

Justamente, en esos momentos, el recepcionista salió del hotel comunicándonos que había llamado a la comisaría y que tenía la oportunidad de ir allí, para conseguir que certifiquen que ”soy yo”.
Estaba nerviosa, nunca me había encontrado en una situación así. Y justo en ese momento, me miraste, me rodeaste, posaste tus labios en los míos. La delicadeza, la suavidad, el cariño y ternura que me transmitiste en esos momentos, me calmó y, realmente lo hiciste en un momento que me desconcertó.

Sonreíste torcidamente y yo me animé. Tenía que haber una solución y así fue.

Llegamos a la comisaría y aunque al principio el hombre de detrás de la mesa me habló realmente mal, más tarde, otro policía fue más comprensivo y gracias a la suerte que ese día tenía buscó el remedio. Nos hicieron esperar bastante tiempo pero, ya estaba más animada.
Cuando me llamaron di hasta un bote con una sonrisa y entré en una sala. En ella, estaba el policía y una mujer. Me volvió a preguntar qué me sucedió con el DNI.
– Pues mire -. Le señalé mi bolso pequeño. – ¿Ve éste bolso pequeño?, normalmente llevo uno grande y ahí fue donde mi madre lo metió. Por lo tanto, está en Ibi, a más de 5 horas de aquí -.
– ¿Dónde está Ibi? -. Enserio, ¿me estaba preguntando dónde estaba?. OMG.
– Más lejos que Alicante -. Le contesté un poco atónita.
– Está bien. De momento eres mala -regular y el hotel creo que ya dejará que puedas dormir en tu habitación reservada -. Cuando escuché ”mala-regular” abrí los ojos como un búho.
– ¿Creíais que era mala? -. Puse tono de ”realmente eso me ha dañado el autoestima”.
– Bueno, ahora solo eres mala-regular-. Contestó entre risas.
Puse los ojos en blanco y miré a la chica, ésta también se reía. Así que me reí yo también.

Como tonta, salí de allí sonriendo y miré a Ristu, haciéndole ver que no creía lo que acababa de escuchar. Por supuesto, ¿cómo no?. Además de desastre ya tenía algo más para meterse conmigo y hacerme rabiar.

Después de aquello, ¿qué decir?. Todo fue maravilloso. La habitación era maravillosa, aunque no encontrase el bicho tecnológico ese para meter la ”tarjetita” y tener luz. Nunca había reservado una habitación de esas para mí sola. Todo era muy nuevo para mí.

Después, salimos del hotel y caminamos, buscando un banco. Antes de encontrarlo, casi nos encierran en un sitio que no sé muy bien que era. El caso, que casi nos encierran y tuvimos que correr como posesos antes de que cerrasen la otra puerta.
Muchos abrazos, besos, risas. Todo fue genial.

Lo mejor de todo. Fue que estuve toda la noche con él. Aun no podíamos creer que sus padres, ellos, eran los que pedían que durmiese conmigo. Estábamos algo desconcertados y, fue raro vernos el la situación de estar solos en una habitación. Tan solo, nos dedicamos a fundirnos en besos, en demostrarnos que existíamos, en acariciarnos y hacer que la noche fuese nuestra. Fueron nuestras noches. Nuestras mañanas, nuestros días.
Es inexplicable poder decir lo que sentí al despertarme y verlo en cuanto volteé mi espalda. Veréis, hay algo curioso. Cuando dormimos, lo hacemos abrazados pero cuando despertamos, durmiendo, estamos los dos de espaldas. Hasta eso me gustó. Porque al girar, tenía su espalda ante mí y, como la luz del día es la causante de mi despertar me dedicaba a despertarlo, jugando a ser yo esa luz, sus buenos días en susurros.

El resto de ese día del sábado. Fue auténtico como él. Caminamos muchísmo, me enseñó mucho Madrid y en verdad, ésta vez no lo he visto tan feo como de niña lo veía. Tal vez fuese porque me encontraba con él. Era muy posible.
Su voz. Fue increíble escucharlo cantar mientras caminábamos entre esa gente, por la noche. Sus ganas de llamar mi atención, de hacer que él fuese más mundo que Madrid, realmente lo consiguió. Es mejor de lo que creía.

Mientras, la despedida del Domingo, creo que es mejor no contarlo. No será una despedida. Solo os diré, que esa noche del sábado, en el hotel yo me dormí, entre susurros con un ”no te duermas”.

Protagonista: Olivia

Co-protagonista: Ristu

Personajes secundarios: Policías, la madre de Olivia… .

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El cuento del zorro de la nieve

El zorro es el animal más inteligente del reino animal, muy conocido por sus ojos sagaces, capaces de descubrir el más mínimo engaño y por poseer un abrigo rojo como la sangre. Más no siempre fue así esto último, porque hay una historia que ocurrió hace ya bastante tiempo, en una tierra donde la primavera no llega nunca y en cambio, el manto blanco de la nieve cubre todos los territorios.

En medio de ese paraje de invierno eterno, se encontraba la Señora del Frío, pensativa dentro de su palacio de cristal.

Había una cosa que la mujer deseaba más que nada y era nada menos que una rosa rosa, que crecía en los límites de sus tierras heladas. Pero a ella le estaba prohibido acercarse tanto a las colinas de la primavera, ¡era tan delicada la naturaleza y el solo rumor de sus pasos podría cubrirlas de nieve!

Sin embargo, había visto en sueños los hermosos pétalos carmesí, abiertos de par en par y un tallo reluciente como las mismas esmeraldas. Desde entonces, no podía dejar de pensar en esa imagen de ensueño.

¿Dónde iba a encontrar una flor que fuera tan roja en sus tierras?

Tenía allí tulipanes de nieve, orquídeas cristalinas hechas de hielo, que reflejaban la luz del sol como vitrales de colores y narcisos azules de fractales. Pero ninguna de esas flores se comparaba a la que veía por las noches.

He aquí que un zorro viajero, habiendo escuchado el dilema de la señora, fue hasta su palacio y se presentó ante ella.

—Mi señora, yo os traeré la rosa roja de las colinas —anunció, con una inclinación de su cabeza—, pero tendrá que ser usted muy paciente, porque el viaje no es fácil y ellas son celosas de sus tesoros. Sin embargo, creo que puedo escabullirme sin que noten mi presencia.

—Traéme esa rosa —replicó la doncella— y te concederé lo que quieras.

Entonces extendió una de sus manos y el pelaje del zorro se volvió tan blanco como la nieve, a tal grado que era imposible distinguirlo del suelo donde pisaba. Gracias a ello, el animal pasó desapercibido durante todo su viaje y al llegar hasta las colinas, esperó agazapado a que estas cerraran sus ojos.

Las luces nocturnas iluminaban el cielo.

El zorro se acercó sigiloso hasta uno de los rosales que florecían con sus capullos abiertos de par en par. Cortó una flor y se volvió a toda prisa por las tierras nevadas; un único punto carmín parecía desplazarse entre ellas a toda velocidad.

Cuando llegó al palacio de la Señora del Frío, se encontraba agotado por la travesía.

La mujer tomó la rosa, que se congeló ante el toque de sus manos. Su belleza ahora perduraría para siempre. Y desde ese momento, el zorro del ártico fue albergado con los más grandes honores en casa de la regente del invierno y suyas fueron también sus tierras.

Conservó su hermoso abrigo blanco y es por eso que hasta hoy, se lo puede ver camuflándose entre la nieve.

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Un cálculo al despertar

‘Podía apreciar un etéreo cosquilleo en las plantas de mis pies por el peso de mi cuerpo, provocaban fuertes golpes en mis pisadas veloces y las hojas otoñales, se esparcían desencadenando un olor a humedad, el que me hacía tantas veces pensar que sólo se producía por el arrastre de un caracol.
 
Los árboles de mi alrededor, se unían por la rapidez hasta disfrazarse de torbellinos que no dejan ni mirar. Mi respiración se entrecortaba por una mezcla de nervios y temor, tal vez, por ese alguien que me seguía, del que podía escuchar sus voces y sentir las zancadas desconocidas bajo el suelo que avanzaban sin quietud.
 
Un estallido hizo que me detuviese y arrodillase en lo que ahora era arena blanca. La noción del tiempo la había perdido en plena carrera, al igual que el lugar que me estaba rodeando.
 
Mientras hundí mis dedos en esos granitos juntos, su frialdad calmaba animándome a dibujar con uno de mis huesudos y blanquecinos dedos. Tracé un cuadrado y dentro de él, formé entre cada curva, circunferencia y línea, la vista. Un ojo ciego de arena.”
Como si fuese el primer trago de aire que mi organismo recogía, salí de ese sueño confusa, y leves turbulencias sacudían mis sentidos, esas que conseguían que la memoria volviese y me hiciese descifrar qué hacía yo en
una de las habitaciones de un barco.
Claro, mi madre. Ella es la que dictaminó tomar una vida, para mudarnos. <<A la isla de Galveston nos vamos, querida>>. Yo no podía discutírselo.
Muchas de nuestras noches, manteníamos conversaciones de episodios, los suyos, porque yo pocos he ido viviendo a pesar de mis 20.
Sally, tenía un marido que apenas entraba en nuestra casa de Texas. El hombre era algo liberal y como mucho, tenía capacidad de aguantar en convivencia dos días. Según mi punto de vista, era la clave por la que lograron mantener una relación decente, y lo comento en pasado, sí, porque por motivos que desconozco de la existencia humana, ya no se encuentra en nuestras vidas o en la vida en sí.
Aún no se sabe exactamente qué es lo que sucedió. La policía sobre unas horas de sueño llegaron a mi casa, preguntándole a mi madre si sabía algo
sobre la muerte de su marido Jack, que además de que le estaban dando una noticia de la cuál ella no era consciente y que al parecer muriese en extrañas circunstancias, también se le informó de que había heredado una cantidad de dinero considerable.
En cuanto se marcharon, recuerdo que no dejó de caer una lágrima por ese
marido suyo fallecido. Se quedó unos minutos en la mismísima puerta principal, con la mirada fija en el pomo y ensanchando un lado de su comisura labial, dejando apenas caer unas palabras murmuradas que no logré atender.
– Marlene-. Pronunció mi nombre con su figura fija. Creo que trataba de concienciarse de confrontar las palabras masculinas que alborotaron su actualidad hacía apenas unos segundos antes de que la puerta fuese sellada.
– ¿Sí, madre?-. Desde otra de las habitaciones, no quería perder detalle de sus movimientos. Me encontraba sentada desde una silla de madera, junto a un ventanal en la que la Luna creciente se asomaba y nos entregaba un poco de su luz grisácea. Del acontecimiento ya tenía idea, lo había escuchado todo, pero mi madre ocultaba algo más en sus pensamientos que por un momento me hizo sentir cierta intranquilidad y preocupación por la reacción que se presentase.
– Verás, voy a dejar el prostíbulo y quiero que prepares tus maletas inmediatamente. Nos mudamos -. Al fin levantó la mirada del suelo, colocándola en mí.
En sus ojos se podía ver firmeza, y es por eso que no me atreví a contradecirle. Tan sólo asentí y dejé salir una sonrisa.
– Buenas noches, mamá-.
Ella no contestó. Supongo que nunca se me dieron bien los momentos cambiantes, esos en los que te toca decidir un rumbo; el camino de la cara o cruz.
Mis pasos terminaron en mi dormitorio, y me dejé debilitar por el colchón al caer. Con un suspiro, alejé todo pensamiento; ya meditaría, ya asimilaría. En esos momentos sólo preocupaba conciliar el sueño y no el futuro cambio de nuestras vidas.
Eso mismo traté de hacer ésta mañana en el barco. Sellar mis ojos y no
despertar, no suponer, no presentir lo que éste viaje pueda acarrear.
Con mis dedos, sobaba las sábanas que se encontraban debajo de mí, enredándome entre ellas, halagándolas.
Mi empeño por no pensar, no encontrarse, era un completo fracaso por el simple intento. Hay veces, que por cuánto más se quiera prevenir, más te acercas a lo que no quieres por temor a esos mismos cambios.
Me incliné decidida a bajar de ese colchón en alto y sujeto por cuatro patas de madera, sin ningún tipo de equilibrio por las turbulencias inquietas del barco, y con mis pies aterrizando, fijé mi mirada en una muñeca que estaba situada en la cama baja del catre. Ésta tenía los cabellos oscuros de lana, dos botones verdes que le permitirían ver en otro mundo y una curva dibujada en permanente.
”Permanecerá así, con su boca sellada, mostrando cierta dulzura por una línea”. Me pregunté quién puede llegar a confirmar que llegue a ser una sonrisa sincera o no.
Ya lo había vuelto a hacer. Sin apenas darme cuenta mis brazos estaban apoyándose en la escalera y me he sumergido en lo que pudiese sentir o no una muñeca de trapo.
”Estás loca, despierta”. Desvié mi mirada de esa idea aparentemente absurda, con un movimiento en muestra de negación, y decidida, salí de aquel aposento. Cerrando la puerta tras de mí, aparecí en un pasillo donde una moqueta de tono azul cubría un suelo blanco. Las paredes, incluido el techo también eran blanquecinas, aunque por alguna de las esquinas se visualizaba un anaranjado dejado. Habían lámparas, no muy grandes, pero si con la forma de una vela artificial transparente. Parecían cisnes de hielo, de los que suelen salir en las películas y siempre algún torpe se quedaba con la cabeza.
Fotografía: Pixabay

Protagonista: Marlene

Co-protagonista: Sally, la madre de Marlene

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Mi ilusión de jugar a ver lo que no veo

Personajes: Tina y Sally (Amigas de la protagonista). Amy (nombre de la narradora y protagonista)

Recuerdo el día en el que me di cuenta de que yo era como una clase de antena de televisión, una especie de receptora, quizá eso a lo que llaman médium.

Mis dos amigas y yo no teníamos nada que hacer un Domingo de Mayo, nos deprimía la posible idea de que al día siguiente teníamos que ir a clase y que pasasen las horas de manera tan rápida que no conseguíamos ser capaces de aprovechar dichos instantes. Resoplábamos todo el tiempo hasta que Tina comenzó a deletrear el abecedario, por esa inapetencia que se podía palpar en el ambiente. Fue entonces cuándo una chispa quemó mi desgana para que así naciese la voluntad de una posible, seguramente, absurda idea.

– ¿Conocéis el juego de la ouija? – Las palabras brotaron de mi boca como si estuviese contando todos los regalos nuevos que me habían hecho por Navidad.
– Sí, ajá – Todas se acercaron hasta estar frente a mí. Mi curiosidad mezquina era como un virus de alto contagio.
– ¿Por qué no jugamos? – Esa ilusión en mi voz ahí estaba otra vez, influenciando a todas mis amigas para jugar a ese juego que por boca de casi todo el mundo, no es recomendable jugar.
– ¡Sí! Seguro que será muy divertido -. Decía Sally a la vez que daba pequeños saltos sentada sobre mi cama.
– No sé si será buena idea… -. Lía creo que era la más sensata de la sala, desde luego. Y ojalá le hubiese hecho caso en su momento. Pero no, lo único que hice fue destapar a mi niña interior para que saliese a jugar.
Cogí un papel mas un bolígrafo que tenía guardado en un cajón. Coloqué el papel encima de la tabla y comencé a escribir:
A, B, C… – Decía todas las letras del abecedario mientras las escribía. Mis dos queridas amigas sólo se limitaban a mirarme. Una por un lado algo asustada y la otra parecía estar emocionada de no tener que aburrirse las próximas horas.

Ahí la teníamos. Nuestra ouija en un cutre papel, del bolsillo saqué unos diez euros y coloqué un vaso de plástico en su centro; muy cutre todo.

Lo que pasó a continuación es que comenzamos a hacer preguntas un tanto tópicas: ”Que si tendré novio, cuándo me casaré, qué seré de mayor…”. Y por alguna razón, el vaso sí se llegaba a mover. Pasó además algo muy gracioso porque, hasta uno de los espíritus llegó a decir que estaba enamorado de mí.

Pude haber pensado que mis amigas me estaban gastando una broma después de todo, o puede que ellas lo pensasen de mí, pero en el fondo yo sabía que no era así. Lo sabía con certeza porque todas las frases que estaban siendo procesadas en esa hoja que simulaba ser un tablero de la ouija, primero llegaban a transmitirse en forma de voces dentro de mi cabeza, en idiomas distintos que de algún modo yo sabía traducir.

Después de ese Domingo que se tornó tan dispuesto a divertirnos, continuábamos con las sesiones. Parecíamos estar enganchadas a ese papel arrugado y… con el tiempo, mucho más tiempo ese papel ya no me hacía tanta falta. Sólo con tocar nuestras manos conseguíamos que la energía llegase a nosotras y a ese vaso de plástico hasta lograr moverse. Era algo normal para nosotras, sí. Y también aprendimos a ignorar algunas frases de esos espíritus que nos decían ”No deberíais de estar aquí, sólo sois unas niñas”.

Esa indiferencia pasó a atacar nuestra relación de amistad, porque cuándo decidimos de no volver a tocar más la ouija, de algún modo nuestros caminos se difurcaron y yo… seguí descubriendo desde entonces que no era tan normal como ellas. Ellas enterraron nuestros recuerdos cada vez que mencionaba el juego, pero yo no, yo sabía que podía hacer mucho a través de ese juego para ayudarles.

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Juraré ser mejor

Personajes de la historia: Neo (Protagonista), Luke (el guardián de la Biblioteca).

La tarde se volvía decisiva y aún no era tarde para decidir nada. Mis pasos se encaminaban con cautela por caminos empedrados, casas pasadas que dejan oír sus voces, sus historias pasadas.
Por mucho que quisiese ocultarlo mis nervios estaban bajo mi piel, haciendo de las suyas. El camino en cambio cada vez se tornaba más claro a medida que dejaba todo pasado de cada hogar un paso más atrás. Entonces, la luz parecía cobrar vida entre un ”te” de callejones algo siniestra. Existían dos farolas, una situada en cada marco de la puerta de madera. En un cartel también orgánico y tallado en forma de espirales podía leerse ”Biblioteca de la noche”.

Pausada en mitad de esas tres calles miré mi reloj, las 3:00 am estaban apunto de darse. Sólo quedaba un minuto, respiré hondo. Miré mis pequeñas bailarinas rojas mal atadas por unos instantes, levanté la cabeza decidida a mirar mi destino y, ¡vaya qué susto!

– Cinijis Luke… – me llevé la mano en el pecho con intenciones de calmar mi pequeño y asustadizo corazón-.
– Buenas noches querida Neo. Bonita noche casual en la que naciste, ¿verdad? – con su lisa mano me daba la bienvenida, dejándome el paso libre para poder entrar.

Asentí con una mueca sonriente recuperando el aliento. Dirigí mis pasos hacia la entrada hasta llegar a entras. Unas tres luciérnagas volaron hasta mí, posándose con delicadeza en mi mano derecha. Éste lugar parecía estar hecho para crear la luz en distintas formas, me pregunto si lo conseguirán conmigo también.

Me fijé en todo lo que había a mi alrededor, especialmente en todos los libros que tenían algo que contarme. En la zona donde me encontraba y donde también estaba una mesa de recepción, podías ver perfectamente desde ahí tres habitaciones que podrían ser tres bibliotecas totalmente distintas. En la primera de la izquierda, los libros susurraban algunas risas, dulces voces, un poco también de poesía. En la habitación de la derecha, se lograba oír caballos trotar, algunos amantes declarándose amor eterno, espadas haciendo que estallasen chispas siempre que se chocaban. Mientras que esa habitación del medio, denotaba escalofríos, humedad, gritos, tortura y muerte… . Podía casi olerse al incienso mezclado y sinceramente, obligo a sellar mi curiosidad bajo la caja de la prudencia.
Alguien comenzó a sisear tras de mí, llamando mi atención.

– Ya es la hora Neo… -. Era Luke nuevamente, silencioso como el Sol al caer.

La hora, cierto. La hora me entumecía, me enmudecía. Tres personas estaban sentadas encima de una alfombra que tenía un diseño de un mandala alucinante, muy apaciguante. Algo cohibida seguía a Luke sin saber muy bien qué hacer, porque en el fondo tenía algo de ganas por echar a correr.

Él se sentó y yo hice lo propio junto a él. Formábamos junto a todos los demás un círculo perfecto. Probablemente para aquel espectador que nos viese desde fuera sólo fuésemos cinco figuras sentadas, una escena con su simple función sin sentido. Pero para mí era mucho más, era el final de una etapa y el inicio de un, espero, precioso cambio.

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