Reflexiones en la juventud

En los años setenta, cuando todavía no existía la tecnología que tenemos ahora, los recreos de la escuela eran aprovechados. No como la panorámica que tenemos en el presente, de niños y adolescentes en el patio del colegio, cual zombies mirando la pantallita de su celular, ojeando a ver si el que va a el salón que queda a cinco pasos del suyo colgó una foto en la red.

Acá se jugaba a la pelota, se organizaban los equipos en el barrio. En la escuela llegaba el recreo y ya estaba todo dicho. A cara de perro y cuchillo entre los dientes, como decía el kiosquero de la Normal N° 24, su colegio.

No se regalaba nada, los varones eran fieras con la mitad de los botones rotos del guardapolvo, las tiras descocidas. Las caras rojas de ansiedad y transpiración puberal amalgamada con un odio por ganar. No el odio que sentimos cuando somos grandes, que es dañino. Ese no, sino en el sentido de la competencia, del juego, de divertirse con responsabilidad.

Viendo eso, desde afuera, ya se sabía que en el campito se armaba peor. Los potreros (1) estaban siempre en mal estado, pura tierra. Cuando llovía era un alivio, más que nada para las madres de los muchachines que les tenían que lavar la ropa llena de polvo, y mandarlos a bañar ni bien pisaban su casa, algo un poco más complicado de lograr.

Cuando uno reflexiona, se da cuenta de la profundidad de esos encuentros. Un simple partido de fútbol relucía nuestras cualidades, nuestros defectos y nuestras emociones.

Los adolescentes, actualmente se piensan que se conocen de memoria entre sí, solo por andar subiendo todo el día esas historias a Instagram, o mostrando sus cualidades a través de fotos y videos.

Pero jugar un partido de fútbol en el campito, era el acto de mayor coraje para cualquiera. No solo por lo deportivo, ya que aunque fuera el aspecto central de la actividad de la que aquí hablo, no me quiero avocar a ello. Sino porque de allí, se configuran las capacidades que va a demostrar alguien a lo largo de su crecimiento.

Era increíble sentarse en un banco al costado, y ver como los niños jugaban, se peleaban y se burlaban unos con los otros, pero sabiendo que en el fondo todos abrazaban la honestidad y entre todos generaban un ánimo cabal de compañerismo.

Un día, uno de ellos se tropezó en la cancha mientras se jugaba un partido reñido, recuerdo que era una semifinal entre los “cebollitas” y los “malandras” (esos eran los nombres de los equipos).

Al caer, con su rodilla derecha, había un clavo que penetró sobre su piel y se hizo un tajo muy grande, con intenso sangrado. Velozmente, un compañero se saco la camiseta, la rompió y se la ató en la rodilla para frenar la hemorragia.

En el mismo momento, el que vivía más cerca fue en busca de su mama para que haya un adulto que lleve tranquilidad. En menos de cinco minutos estaba allí.

Dos chicos del equipo de los “cebollitas” le pidieron a una señora que vivía frente al potrero, y siempre los aprovisionaba con agua, si podían utilizar el teléfono. Ellos llamaron a la ambulancia.

El mejor amigo, se subió a la bicicleta y fue hasta su casa a buscar a los padres del accidentado. A los diez minutos, casi al unísono de la llegada de la ambulancia estaban de vuelta, el y los padres.

Ante la desesperación del niño herido, cuatro chicos del equipo contrario se quedaron al lado suyo, transmitiendo serenidad y constatando, con seguridad de que había sido solo un percance, para que no se preocupe.

Así fue, que la cancha de fútbol de barrio, por un suceso imprevisible, se transformó en el comité de organización con mejor funcionamiento que vi en mi vida.

Siempre que trato con niños, me doy cuenta, que lo más lindo que tienen, y de lo que más nos hace falta a los adultos, es su inocencia.

niños futbol photo

(1) Potrero: Terreno baldío donde suelen jugar los niños.

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La santa Juana

“Un anillo para gobernarlos a todos, un anillo para dominarlos a todos”.

Suena como una película del señor de los anillos, pero era una charla entre amigos que se fue un poco de tema y Anibal quiso bromear acerca de la situación de Rubén, que se estaba por casar con sus jóvenes veintiocho años.

Como cualquier otro hijo de vecino, Ruben había crecido en una familia de clase media y había trabajado de chico con el padre en el taller automotor que tenía en la calle Montevideo, ciudad de Chivilcoy, en Argentina.

Durante su adolescencia, se puso de novio con una chica del barrio, con la que también compartieron la escuela secundaria.

Los años de su esplendor fueron esos, durante los quince y los veinte años. Nadie le decía lo que tenía que hacer, ganaba algo de dinero para gastarlo en lo que quería los fines de semana, y estaba de novio con su querida Juana.

Ya habían pasado varios años, y consigo el tiempo dejó atrás la próspera vida que estimaba con nostalgia. Ahora Ruben se interpelaba todo el tiempo, preguntándose si lo que estaba haciendo era lo correcto. No tenía idea porque se casaba, siendo él mismo el que le propuso matrimonio a Juana, luego de diez años de noviazgo.

Los amigos de siempre seguían allí, cada cual en la suya, pero siempre en el pueblo, de allí no se fue ninguno. Era tal la confianza generada entre Ruben, Juana y los amigos de Ruben, que hasta había tiempo para mofarse de ella asegurando que estaba embarazada, ya que le gustaba comer más que a Ruben y se notaba en su apariencia física.

Faltaban tres días para el casamiento y Ruben llega a la casa de unos amigos, donde cocinarían un cerdo.

− Se te ve nervioso Ruben, o estás muy cagado? Le dice Martín, un amigo que no era muy agradable, con sus 120 kilos y las manos engrasadas.

− Dejame de joder boludo, no tengo ganas de venir a comer con ustedes y que el único tema de conversación sea mi casorio. Contestó Ruben.

Se lo veía extremadamente inquieto y con ciertas dudas con el protocolo eclesiástico al momento de consumar matrimonio. Cuando se tomó unas copas demás, repetía que estando en el altar iba a hacer cualquier cosa y le iba a salir todo “para la mierda”.

Llegado el día, se reunió familia y amigos en la Iglesia Monte Viggiano de Chivilcoy. Juana arribó de la mano del padre con un hermoso vestido blanco y corto, a diferencia de los tradicionales atuendos para estas ocasiones.

Él la esperaba en el altar, y miraba de reojo a las primeras filas de bancos en la Iglesia, en la que se encontraba su familia, y en las próximas dos, siete de sus amigos, expectantes y emocionados al ser el primero del grupo que case.

El cura comenzó a hablar y Rubén y Juana se tomaron de la mano. Antes de que pueda terminar con el monólogo tradicional que termina en el conocido “Los declaro marido y mujer, puede besar a la novia”, Rubén enloqueció de forma insólita. Levantó la vista y observó la Iglesia, y se dio cuenta que no era un lugar para él.

Miró a Juana y le dijo:

– Mi amor, vos sos una santa. Pero yo no. No entiendo que hago en este lugar, prefiero que nuestro matrimonio sea en otro lugar, como en el taller de Papá, o en la casa de tu abuela Chicha, comiendo ravioles. Esto no es para mí, estoy siendo un pecador en potencia si consumamos en este lugar.

Juana omitió con la cabeza y dijo que le parecía bien, si el estaba incómodo. Entonces le dio ánimo para que Ruben se de vuelta en el altar y notifique a los allí presentes:

− Los veo aquí reunidos y me genera mucha alegría, pero lamento decirles que no van a poder escuchar que seremos marido y mujer en este recinto. Mañana al mediodía los esperamos en el taller de mi Papá en la calle Montevideo. Haremos un costillar de ternero y beberemos vino en caja. A los que les parezca bien, están invitados. De lo contrario no vayan.

Los amigos se miraron incrédulos, y al unísono levantaron las manos y abrazaron a Rubencito. Que se acobijó ante la mirada penetrante y desaprobatoria de los tíos y la gente mayor que ocupaba los bancos en la Iglesia.

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El compromiso teórico

Era el día del casamiento de su cuñada, y unas horas antes, Fransico sacó el smoking que tenía guardado en el placard. El polvo le llevo a evocar a la última vez que se lo puso, y le dijo a su novia:

−Mi amor, la fiesta sorpresa de tu Padre! Esa fue la última vez que me puse este saco horrible. Lo mio es andar de zapatillas de lona y jogginetas.

Su esposa estaba muy nerviosa, ya que la que se casaba era su hermana y oficiaba como madrina de la boda. Él, reacio a todas las situaciones en que tenga que actuar de marido ejemplar, se vistió y se puso unos anteojos, para que no le puedan ver los ojos, que lo delataban de lo rojos por haber estado fumando hierba un rato antes.

La boda era de tarde, en una estancia con una casa hermosa que anteriormente había sido una residencia de algún linaje cercano a los primeros inmigrantes sudamericanos portadores de un buen apellido, ahora todos extintos.

Una de las primeras situaciones en las que se vio intimidado fue la de saludar a todas las tías abuelas de su esposa, que rondaban arriba de los 80 años, y las que no podían guardarse la pregunta que más odiaba.

– Decime querido ¿Qué haces de tu vida? ¿Estás trabajando? ¿Tu hermano es el médico no?

Fransico había empezado cinco carreras diferentes en su juventud, y no había terminado ninguna. Su hermano era un médico especializado en cirugía muy reconocido en la ciudad.

Al reponerse de sus pensamientos, idos por el efecto de lo que había fumado en su casa respondió:

– No señoras, no se confundan. Yo soy Licenciado en Casi Todo. Un mérito que no le dan a cualquiera, eh. Es muy difícil conseguir tan invaluable reconocimiento por parte de todas las entidades académicas del país. Yo trabajo con equipos interdisciplinarios y me muevo tanto en las Ciencias Sociales como en las Exactas.

Por dentro se moría de risa ante la mirada atónita de las mujeres que lo habían rodeado. La mujer de Fransico lo vio a lo lejos y vino a su rescate, con la excusa de que se tendrían que tomar una copa ya que hacía mucho calor. Cuando se alejaron se escucho un murmullo de una de las tías.

– Que impresionante lo de este chico, parecía medio tonto. Es sorprendente la variedad de ocupaciones de hoy en día.

Al rato venía el compromiso marital dentro de la capilla de la residencia. La esposa de Fransico tenía que estar al lado de los novios ya que era la madrina de boda, y él se quedo con un primo de ella con el que se llevaba bien ya que tenían aproximadamente la misma edad. Ya sentados en los bancos de la iglesia se pusieron a charlar.

− ¿Vos te vas a casar algún día?- Pregunta Horacio a Fransisco.

− ¿Vos estás loco o que tenes en la cabeza Horacito? Yo no piso una Iglesia ni por casualidad. Lo mio es el compromiso teórico.- Dijo fransico

− ¿Y eso qué es? ¿Lo inventaste vos? – Confundido preguntó Horacio

− Lo vi en una película de Steve Carrel. Resulta que el amor como se experimenta convencionalmente, requiere de forma concluyente el matrimonio por escrito.

Bueno, el amor en su forma más pura se da de manera práctica, en este caso hay que aprender durante toda la vida como sería la forma de experimentar el amor de forma teórica. Es algo que lleva mucho tiempo Horacito, pero que trae buenos resultados. Dicen que no hay peleas ni reproches de por medio.

Desconcertado, Horacio le responde:

– Que barbaro Fran, después si podes anotame la película así la miro.

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Yo pensé que no me quería

La verdad siempre quise un novio, pensé que tener uno me haría sentir auto realizada, una moda del momento llegue a pensar, todas mis amigas tenían sus respectivos novios que sin duda las hacía verse mayores y muy importantes.

Estos chicos sí que las querían, las llevaban a todas partes, fiestas, piscinas, ferias, cines, en fin una infinidad de lugares, me imagino que los hoteles también se encuentra incluidos pero no soy quien para juzgar a nadie.

Me llamo Sofía y les digo que tener un novio y estudiar medicina no es fácil, pero el resto de las chicas lo hace ver tan sencillo que decidí decirle que si al único hombre en todo el mundo que se ha atrevido a pedirme ser su novia.

No soy muy agraciada así que no podía exigir, y si es lo que piensan ese chico es mi mejor amigo.

Él estudia ingeniería y se la pasan quejándose de lo rudo que es pero no me gusta discutir sobre ello ya que sin duda le ganaría, por alguna razón todo cambio entre nosotros.

Comenzamos hacer las cosas que hacían el resto de los chicos, ir al cine, comer, bailar, follar entre otras cosas pero siempre sentí desde el inicio que nuestra relación no tenía futuro así que decidí terminar con el.

Hasta mi madre me regaño por eso, pero le dije que en mi vida solo mandaba yo, soy quien escoge con quien quiero salir así de sencillo.

Santiago no dejaba de escribirme, me dijo que aceptaba mi decisión pero no dejaría de ser mi amigo, un pacto que hicimos antes de iniciar la relación, además de vivir a solo a una calle de mí la verdad tendría que tolerar su presencia hasta que tenga mi propia casa.

Pero como todo en la vida algo paso, dejo de escribirme de la noche a la mañana, lo vi en la calle y no la cruzo solo para saludarme, me sentí desatendida, me había acostumbrado a que a pesar de no estar juntos él siempre era atento conmigo, pero algo peor ocurrió, lo vi con otra chica.

No me esperaba una infidelidad post relación, quizás sea ilógico eso pero tan pronto, solo lo habíamos dejado un mes y ya se estaba revolcando con otra.

Pasaron los días y mi madre me volvió a regañar, pero esta vez dijo más de lo que no había revelado al principio, Santiago le había pedido consejos a mi madre de como conquistarme.

Algo un poco embarazoso la verdad, me revelo que él había ido personalmente hablar con mi papa para salir conmigo, mis padres son divorciados y este vive en otra ciudad, nunca me entere de esto.

La verdad que enterarme de esas cosas solo hizo molestarme más, ya que si me quería tanto que hacía con esa chica, pero cuando mis pensamientos se volvían cada vez más salvajes una alegre tonada llego a mis oídos.

Mi madre me llamo para que viera algo fuera de la casa, mi sorpresa fue ver a Santiago cargando un enorme peluche el cual tenía entre sus manos un corazón enorme que decía “te amo”, a mi pesar la chica con la que estaba más temprano lo acompañaba, esta tocaba la guitarra y Santiago cantaba.

Sin dudarlo quise sentirme como Julia Roberts pero sin ser prostituta, y me lance a sus brazos mientras lloraba como una boba.

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