El Hombre Caimán

¿De qué trata?: Un hombre le pide una pócima a un brujo para convertirse en caimán, pero un accidente lo convertirá en un monstruo y dará origen a una leyenda.

Personajes: Brujo, Hombre, Amigo

Adaptación de una leyenda corta que proviene de Colombia.

Cuenta la gente que hace muchos años, existía un hombre muy libidinoso, al que le gustaba acudir al río para espiar a las mujeres que se bañaban allí. El sujeto solía ocultarse entre unos matorrales para mirarlas sin que se dieran cuenta. Algunos dicen que en realidad, lo único que esperaba era poder observar a una muchacha de la que estaba enamorado y la cual no le correspondía.

Fuera como fuere, lo que hacía estaba mal y a pesar de saberlo, nada le importaba invadir la privacidad de aquellas jóvenes. Un día, ellas lo descubrieron y muy indignadas le dieron una paliza que poco lo disuadió de cambiar su comportamiento.

En vez de eso decidió cambiar de táctica.

El hombre acudió con un brujo que vivía en una choza, haciendo limpias y preparando toda clase de brebajes.

—Quisiera que me hicieras una poción que me convirtiera en caimán —le pidió.

Y como le había ofrecido pagarle generosamente, el brujo accedió sin cuestionarlo. Al final del día terminó con dos pócimas diferentes: una de brillante color rojo y la otra azul como el océano.

—Cuando bebas de la poción roja, tu cuerpo se cubrirá de escamas y te transformarás en el más grande de los caimanes —le dijo—, si quieres recuperar tu forma humana, bebe de la poción azul.

El hombre fue a buscar a un amigo suyo y le pidió que lo acompañara al río para ver algo insólito. Y este, pensando que como de costumbre iría a ver a las mujeres que se bañaban, aceptó acompañarlo sin imaginar lo que sucedería.

—Toma, deténme esta botella —le pidió el otro, tendiéndola la pócima azul—, ahora solo observa y guarda silencio.

Tan pronto como aquel sujeto se hubo bebido la poción roja, quedó convertido en un monstruoso caimán, de tal tamaño y apariencia, que su amigo se asustó en demasía. Tanto, que sin querer derramó el brebaje que tenía y unas gotas de la sustancia azul cayeron en la cabeza del hombre lujurioso, que quedó convertido en un monstruo mitad humano, mitad reptil.

Las mujeres se dieron cuenta de esto y huyeron despavoridas al verlo, al igual que el chico que lo acompañaba. Y a partir de entonces, él nunca fue capaz de recuperar su forma original.

Tuvo que quedarse a vivir en el río, ocultándose de la gente a la que espantaba o de las personas que más tarde, quisieron darla caza.

La única que iba a visitarlo era su madre, quien lamentándose de su suerte le llevaba de comer y le recriminaba haber sido tan libidinoso, pues ahora como castigo todos lo rehuían o querían darle muerte.

Cuando la buena mujer murió, el hombre caimán se dejó llevar por la corriente, harto de su triste existencia.

Algunos dicen que desapareció, pero otros afirman que sigue deambulando en los ríos, esperando a que la muerte finalmente llegué por él. Y también hay quienes no se han dado por vencidos al cazarlo.

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El diablo en pañales

¿De qué trata?: Un hombre muy borracho se llevara un gran susto por pasearse a altas horas de la noche.

Personajes: El borracho, el cerdo.

Era muy tarde, ya pasada la media noche, los borrachos se volvían cada vez más molestos sobre todo uno en particular, fue tanto la intensidad del señor que tuvo que ser desalojado del lugar, echando mil maldiciones el borracho se retiró.

— No tendrán ni un centavo más de mi bolsillo —  Dijo el hombre sacudiendo su brazo en el aire.

Continuo su larga travesía para llegar a su casa, mientras andaba con mucha dificultad llego a tropezar varias veces, con una señora quien le golpeo con su bolso, con un perro que casi lo muerde, con un poste de luz que lo hizo caer al suelo.

Con mucha dificultad el hombre se acercaba al puente que lo conduciría al barrio donde vivía, pero lo que este ignoraba eran las figuras fantasmagóricas que lo rodeaban, debido a su estado de ebriedad no se percató de estas.

Era una noche fría, el viento congelaba los huesos de cualquiera que no se abrigara bien, el silencio se apodero del lugar, el rechinar de las ramas tan solo llegaba  a perturbar la calma por solo unos instantes, las sombras reían al mirar al desgraciado hombre.

A medida que cruzaba el puente se percató de un llanto fuerte proveniente debajo del puente, no perdió tiempo en investigar, efectivamente era un bebe envuelto en varios pañales.

— ¡Que hija de puta! Como se atreve abandonar esta criaturita en este maldito puente — dijo el hombre levantando al bebé.

— No puedo creer que haya personas tan desgraciadas en esta vida, irresponsables, merecen que les caiga todo el peso de la ley —

El hombre no paro de hablar durante todo el camino, cuestionando a la madre del niño por dejarlo abandonado, maldiciéndola cada cinco minutos, un poco más lúcido el hombre comenzó a notar que el niño pesaba un poco más de lo normal pero pensó que ya estaba cansado debido a que ya era muy tarde.

Llego un momento donde no pudo cargar más al niño, se hizo muy pesado y parecía un bulto muy enorme, así que decidió destaparlo para ver cómo se encontraban, su sorpresa fue ver a un cerdo con ojos de rojo fuego, que lo miraron directamente, le brotaron llamas y comenzó a rechinar

—Ave maría purísima — Dijo el hombre antes de soltar al cerdo y salir corriendo despavorido, mientras huía tropezó con varios obstáculos, hubo un momento donde giro para ver al cerdo y este comenzó a seguirlo, el hombre sudo la borrachera y corrió como alma que lleva el diablo, literalmente.

Cada cierto tiempo el señor oscuro juega muchas bromas a aquellas almas incautas que se atreven a cruzarse por su camino, desprevenidas quienes con sus acciones hacen el mal, reciben su castigo para que de esta manera aprendan una lección.

Lo último que se supo del hombre fue que jamás volvió a probar una gota de alcohol y nunca más salió durante las noches, algo con lo que su esposa estuvo muy pero muy contenta.

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Zeus y la zorra

¿De qué trata?: Zaus, el más grande de los dioses del Olimpo, decide que la zorra será la reina de los animales, sin imaginar que se llevará una amarga decepción.

Personajes: Zeus, Zorra.. Escarabajo

Moraleja/Conclusión: No puedes cambiar la naturaleza de las cosas o las personas, de modo que no persigas falsos ideales en nadie más.

Hace mucho tiempo, se encontraba Zeus sentado en su trono dentro del Olimpo, cuando decidió mirar a los animales. Todos ellos tenían lo suyo pero como vivían en constante desacuerdo, el dios decidió que nombraría a un soberano entre ellos para que reinara con justicia.

—¿Pero quién podrá ser esa criatura tan sabia? —se preguntó él.

En ese instante se fijó en la zorra, quien con su astucia y su agilidad, siempre conseguía salirse con la suya en cualquier enredo. A Zeus le impresionaron el alcance de su inteligencia, su bella estampa y la elegancia con la cual caminaba.

—Si hay alguien que merezca reinar entre los animales, es la zorra —concluyó Zeus y acto seguido bajó a la tierra para ofrecerle aquel privilegio.

Acercándose a su madriguera, la hizo salir para que hablaran.

—He decidido que tú serás la reina de las animales —le informó él—, con tu cerebro y tu destreza al manejarte, no deberá ser difícil para ti impartir justicia entre ellos. Recuerda que no importa cuan pequeños puedan ser o lo mucho que te sobrepasen en tamaño, a todos debes tratarlos con respeto.

—Así lo haré, gran Zeus —respondió ella, sorprendida por el honor que le concedía—, gracias por esta oportunidad.

Y dicho y hecho, la zorra fue proclamada como reina de los animales y muy orgullosa, empezó a andar con la cabeza bien en alto.

No obstante, Zeus quiso comprobar si al cambiar su suerte habría cambiado también de intereses. Después de todo, una reina no se podía rebajar a cazar animales minúsculos o exponerse como una tonta delante de los otros.

Para ponerla a prueba, el dios colocó a un escarabajo en su camino, pensando que pasaría de largo al encontrarse con él.

La zorra se encontraba dando su paseo matutino cuando se percató de que había una piedra en el camino. Al acercarse, se dio cuenta de la que roca no era tal sino un brillante escarabajo que permanecía quieto a mitad del sendero.

—¡Un escarabajo! Hace cuanto que no me divierto con uno —se dijo—, ¿será esto una cosa que le esté permitida a una reina?

El diminuto animal por fin comenzó a alejarse y no aguantó la zorra las ganas de echársele encima.

—¡Pues no me importa si está permitido o no! No soporto verle y no ir tras él.

Y dicho esto, la zorra comenzó a corretear al insecto como si aun fuera una cachorrita y al ver esto Zeus se sintió muy decepcionado. Bajó una vez más a la tierra y la dijo que no sería más la reina de los animales.

—Ser reina es un cargo para el que se requiere solemnidad y mucha paciencia. Pero debí saber que no podría hacer nada para cambiar tu naturaleza, pues así es como eres y serás siempre. Lo siento, ya no puedes seguir con tu reinado.

—Da igual —dijo la zorra—, si para ser reina debo fingir ser algo que no soy, entonces con gusto cedo la corona, pues debo ser fiel a mi misma.

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El vaso de agua

¿De qué trata?: Un hombre atormentado por las preocupaciones, recibe la más valiosa lección por parte de su terapeuta.

Personajes: Psicológa, Paciente

Moraleja/Conclusión: Los problemas son una carga que cuanto más llevas contigo, más difícil se vuelve. Aprende a relajarte y deja de sostenerlos para ser feliz.

Este era un hombre que vivía atosigado por las preocupaciones. Desde pequeño, sus padres le habían inculcado que en la vida había que hacer todo tipo de sacrificios, si uno quería llegar a ser feliz. Provenía de una familia muy humilde y aunque había conseguido estudiar y salir adelante, no se le quitaba esa costumbre de sufrir.

En el trabajo, siempre se quedaba a hacer horas extras aunque lo odiara, todo porque pensaba que era la única manera de conseguir más dinero para tener un buen nivel de vida.

A la hora de buscar cita, se desanimaba a sí mismo, repitiéndose que todas las mujeres estaban fuera de su alcance.

Al llegar a casa la cosa no mejoraba. Todo el tiempo le buscaba el lado negativo a las cosas, convenciéndose de cualquier acontecimiento bueno que le ocurriera, seguro era demasiado bueno para ser verdad. Y por pensar de tal manera, así le iba.

Un día su ansiedad llegó a tanto, que sacó cita con una psicóloga para superar su manera de ver la vida, recomendado por un amigo.

—Lo que a usted le hace falta es sentir que merece las cosas que desea —le dijo ella, después de algunas sesiones—. Es un buen sujeto, pero me temo que se aferra demasiado a los sacrificios que cree que tiene que hacer para lograr lo que quiere. Y lo peor, es que no le ha funcionado.

—Es que no sé como dejar de preocuparme tanto —le dijo él, a mí me enseñaron a ser así.

La psicóloga tomó entonces un vaso de vidrio y lo lleno con agua hasta la mitad.

—Quiero que observe bien este vaso —le dijo—, ¿usted cuánto cree que pesa?

Su paciente lo pensó por un minuto.

—Pues, yo diría que unos 200 gramos.

—Eso es lo que le parece a usted, pero la verdad es que el peso es subjetivo —dijo ella—. Ahora que lo sostengo, a mí me parece que no pesa nada. Pero si me quedara sujetándolo en esta posición diez minutos más, empezaría a dolerme el brazo. Y si lo sostuviera durante media, sin duda me daría un calambre y me dolería mucho.

—¿A dónde quiere llegar con todo esto?

La mujer volvió a dejar el vaso en su lugar.

—Esto es mi manera de demostrarle que todos los problemas, todos esos complejos que dice tener, son iguales a este vaso de agua. Mientras más cargamos con ellos, cediéndoles toda nuestra atención y sintiéndonos como las víctimas, más pesados se vuelven y parece que no tenemos escapatoria. Pero lo cierto es que sí la hay. Deje de cargar sus problemas y deles permiso para irse. Usted no tiene que sufrir para ser feliz.

Su paciente se quedó muy sorprendido al escuchar todo eso.

—Pero, yo no puedo simplemente ignorar las cosas malas que hay en mi vida.

—Claro que sí, porque no valen la pena. En lugar de brindarle su atención a esas situaciones que no le gustan, enfóquese en sus virtudes. ¿Lo hará?

—Le prometo que lo intentaré.

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Protuberancias

¿De qué trata?: Un joven relata la extraña condición que padece, al ver aparecer unas protuberancias en su cuerpo que le molestan demasiado.

Personajes: Protagonista, Mamá, Papá, Psicólogo, Compañeros

Cuando era un niño pequeño, estaba consciente de que era muy distinto a los demás. No se me daba bien el relacionarme con mis compañeros en jardín de niños y la cosa empeoró cuando entré a primaria. Todo se debía a aquellas monstruosas protuberancias con las que había nacido y que tanto me molestaban.

No podía soportar la sola visión de esas cosas. Tan largas, tan repulsivas y extrañas. A veces fantaseaba con el milagro de perderlas, solo para que las pesadillas cesaran.

Desde luego, mamá y papá intentaron confortarme por todos los medios, asegurándome que nada de malo había con su retoño.

—Tú eres un chico perfectamente normal —me decía mi madre, mirándome a los ojos, casi suplicante—. Como nosotros, como todo el mundo. Eres igual a los demás niños.

Pero no, yo sabía en el fondo que nunca sería como ellos. Ellos estaban felices todo el tiempo, indiferentes ante cualquier imperfección física que pudiera compararse con aquellas cosas.

Las odiaba.

Conforme fui creciendo y adentrándome en la adolescencia, la cosa no mejoró. Era un muchacho retraído, callado, que nunca se relacionaba con los otros. A menudo, ignoraba las burlas que esto ocasionaba en los chicos populares de la clase. Estúpidos ignorantes.

Ellos jamás se sentirían como yo.

Al graduarme de preparatoria opté por estudiar Medicina. Me obsesionaba saber como funcionaba el cuerpo humano, si habría alguna manera de deshacerme de aquellas cosas sin mayor riesgo.

Fui uno de los mejores de mi clase. Mi tendencia a la soledad y el enfoque pleno que puse en mis estudios, se convirtieron en clave para ascender rápidamente dentro de uno de los hospitales más prestigiosos de la ciudad. Pero día y noche pensaba sin descanso, en la mejor manera de eliminar esas protuberancias, hacer que mi cuerpo fuera normal.

Estaba seguro de que los demás hacían como si nada pasara para no hacerme sentir mal. Nunca percibí una mirada de asco por parte de los otros, pero ellos mentían, mentían…

Una tarde, me encerré en mi consultorio. Había robado morfina suficiente y tenía un bisturí desinfectado. Lentamente, comencé con el proceso de cortarlas, apretando un trapo entre los dientes y convirtiendo el despacho entero en una escena de pesadilla.

Ni toda mi experiencia y cuidados, fueron suficiente para evitar que la sangre manara a borbotones. Las prominencias eran mucho más profundas de lo que yo me temía. Tuve que cortar incluso el hueso.

No sé como hice para no desmayarme en aquel instante. Creo que después de todo, aquello era algo para lo que había estado preparándome toda mi vida. Volver a la normalidad, si es que alguna vez la había tenido…

Tras horas de sufrimiento, mire mi mano con una sonrisa temblorosa, inundado de alivio.

¡Qué hermoso era poder librarme de aquello! Ver mi mano sin esas cosas repulsivas que se extendían como tentáculos. Las protuberancias yacían en el suelo, en medio de un mar sanguinolento que le habría revuelto el estómago a cualquiera.

Todas se habían ido. Todas y cada una de las cinco.

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Niños de ojos negros

¿De qué trata?: Un hombre se encuentra solo en su auto cuando alguien toca a su ventana. Dos niños extraños quieren que los lleve a casa, pero hay algo inquietante en sus miradas...

Personajes: Brian Bethel, Niños

La siguiente historia fue publicada en una página web de fenómenos paranormales, en 1998, por el periodista e investigador Brian Bethel. Él mismo introdujo en el imaginario colectivo la leyenda urbana de los BEK o Black Eyed Kids (niños de ojos negros), misteriosos infantes de los que hasta el día de hoy, se habla como un enigma.

Era noche, el señor Bethel se encontraba en su automóvil, estacionado afuera de un popular centro comercial. Había recordado que tenía que pagar la factura de su servicio de Internet, por lo que muy apurado, sacó la chequera y se apresuró a escribir la cantidad a pagar, para meter el cheque en el buzón de pagos que se hallaba en el establecimiento. En ese momento, escuchó que alguien tocaba a su ventana y al levantar la mirada, se paralizó.

Afuera estaban parados un par de niños, cuyas edades estarían entre los 12 y los 14 años. El menor se encontraba atrás del mayor, silencioso, mientras su compañero sonreía y le hablaba a Bethel a través del vidrio, que el hombre bajó solo un poco por precaución.

Había algo en la sonrisa de ese muchacho que le helaba la sangre.

—Buenas noches, señor —le dijo el chico, con una serenidad y modales que no eran propios de su edad—. Mi amigo y yo íbamos a entrar al cine, pero se nos olvidó el dinero y debemos volver a casa de mi madre a recogerlo. ¿Podría llevarnos?

—Yo… eh… —Brian dudó. Algo en su subconsciente le advertía que no dejara entrar a aquellos chicos al auto.

—Vamos, señor —insistió el muchacho, con calma.

Su amigo no habría de pronunciar una palabra durante toda la conversación. Se le veía nervioso, como si supiera que estaban haciendo algo indebido.

—¿A qué película quieren entrar?

—A Mortal Kombat, desde luego.

Bethel miró la marquesina del cine que estaba frente a su auto. La función del susodicho filme había comenzado una hora atrás. Y era la última de esa noche.

—Vamos señor, debe dejarnos entrar —repitió el chico, con una voz suave como la seda—, no tenemos armas. No vamos a lastimarlo…

Aquellas frases, lejos de tranquilizar a Bethel, lo pusieron alerta. ¿Por qué un niño haría énfasis en algo así? Era como si le estuviera diciendo que no necesitaba de un arma para hacerle daño.

El chico, al ver que dudaba, volvió a insistir, esta vez con cierto enojo e impaciencia:

—No podemos entrar si no nos da permiso.

—Lo siento, yo no… no puedo… —mientras trataba de excusarse, Bethel se dio cuenta de que tenía la mano sobre la palanca para abrir la puerta y se retiró, sobresaltado.

Ni siquiera se había dado cuenta de que se había movido.

Pero lo que más le inquietó, fue poder mirar a aquellos niños más de cerca. La luz de las farolas nocturnas alumbraba tenuemente a ambos, pero Bethel se había dado cuenta de que tenían los ojos completamente negros, tanto que no podía distinguir sus pupilas.

Aterrorizado, se aferró al volante y huyó de ahí. Nunca les volvió a ver.

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Adonis y Afrodita

¿De qué trata?: Afrodita, la diosa del amor, se enamora de Adonis, el hombre más bello del mundo. ¿Podrá su amor tener un final feliz?

Personajes: Adonis, Afrodita, Perséfone, Zeus, Ares

En la isla de Chipre, vivía un rey que acababa de tener una hija y la niña era tan hermosa, que él declaró que sería el ser más hermoso del mundo. Esto despertó los celos de Afrodita, diosa del amor y de la belleza, quien consideraba que tal honor solo podía ser adjudicado a ella.

De manera que tramó una venganza para castigar la osadía del monarca.

Cuando la princesa creció, efectivamente, se había convertido en una doncella bellísima. Afrodita maldijo a su padre para que, cayendo enamorado de su propia hija, tuviera una relación incestuosa.

Atormentada por la culpa de su incesto, la joven huyó del rey, quien se enfureció al saber que había escapado del palacio. Y Afrodita, sintiéndose culpable, decidió convertirla en un árbol de mirra. Nueve meses más tarde, de este nació un niño muy hermoso, al que le puso por nombre Adonis.

Impresionada con la belleza del niño, Afrodita decidió que lo quería para ella cuando fuera mayor, pero no deseaba arriesgarse a que nadie más lo viera.

Pensando en esto, colocó al bebé dentro de un cofre que llevó al Inframundo. Allí, se lo dejaría encargado a Perséfone, la esposa de Hades, con una condición.

—No debes abrir este cofre bajo ninguna circunstancia —le advirtió Afrodita—, promete que me obedecerás.

Perséfone se lo prometió pero apenas se hubo ido, echó un vistazo en el interior y se quedó prendada del pequeño príncipe. Pensó, al igual que Afrodita, que cuando creciera lo quería para ella sola.

Pasaron los años y Adonis se convirtió en un joven muy atractivo, que salió de las profundidades del averno para aprender a cazar, haciéndose muy hábil. Para entonces, Afrodita se había enterado de que Perséfone la había desobedecido y ambas se disputaban su amor.

Incapaces de resolver su dilema, ambas acudieron con Zeus.

—Adonis pasará cuatro meses en el Inframundo con Perséfone y cuatro meses con Afrodita —declaró el dios—, y los otros cuatro meses restantes del año, los podrá pasar con quien él quiera.

A ellas no les quedó más remedio que aceptar los designios de Zeus, aunque no estaban muy conformes con lo ocurrido.

Pero había otra deidad que, celosa de la belleza del joven y de como se lo disputaban aquellas mujeres, decidió acabar con su vida. Era Ares, el dios de la guerra. Convertido en un enorme jabalí, decidió bajar y perseguir a Adonis, quien trató de matarlo con una de sus flechas.

Mientras peleaban, Ares lo hirió de muerte en una de sus piernas y el muchacho se quedó en el suelo, sangrando profusamente.

Alertada en el Olimpo por su lamento de dolor, Afrodita bajó y se arrodilló a su lado, derramando lágrimas de tristeza. Adonis murió en sus brazos, pero su sangre se mezcló con el llanto de la diosa, haciendo que brotaran del suelo unas hermosas flores rojas.

Estas flores se extenderían por el mundo entero, como prueba del amor que ambos se habían tenido y que a pesar de todo, fue más fuerte que la muerte.

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Los viandantes y el hacha

¿De qué trata?: Dos hombres van por el camino y encuentran un hacha, ¿estarán dispuestos a compartir su hallazgos?

Personajes: Viandantes

Moraleja/Conclusión: Si no estás dispuesto a compartir tus éxitos con quienes te rodean, no esperes que estén contigo en tus malos momentos.

Este relato corto está basado en una fábula de Esopo.

En un pueblo en medio del bosque, vivían dos hombres que desde siempre habían querido ir a la ciudad a buscar trabajo. Como habían crecido juntos se consideraban amigos, pues todo el tiempo habían compartido buenos momentos. Pero estaban por descubrir que la amistad no se define por esos instantes de alegría, sino por las pruebas más difíciles.

Así pues, un día decidieron emprender por fin el viaje a la ciudad más cercana y se marcharon a pie por el sendero entre los árboles. Prepararon bolsos con provisiones y todas sus cosas esenciales, internándose en el bosque y hablando de lo que querían hacer al llegar.

En eso se encontraban cuando, en medio de un tronco fresco y recién cortado, encontraron una hermosa hacha de hierro incrustada.

—Vaya, pero magnífica hacha nos hemos encontrado —dijo uno de los viandantes, mirándola con admiración.

Pero el otro, al escuchar aquello, sintió una punzada de envidia en su interior y se apresuró a negarlo.

—¿Encontramos? Querrás decir que yo encontré —le dijo presuntuosamente al otro—, porque yo la vi primero.

—¿Estás seguro? —le preguntó su amigo, consternado.

Era la primera vez que le hablaba de esa forma.

—Sí, de hecho, estaba a punto de decírtelo cuando tú hablaste —le dijo su acompañante, aproximándose a tomar el hacha para sí—. Pero sí, yo la vi primero y por lo tanto, es mía. Si lo piensas bien es mejor así, pues yo siempre he sido mejor que tú en los trabajos manuales. No te preocupes, seguro que tú encuentras algo mejor después.

Decepcionado por la actitud mezquina del joven, el primer viandante asintió con la cabeza y prosiguieron su camino, ya con menos entusiasmo de antes. Comenzaba a darse cuenta de su amigo no era tal realmente.

Más adelante, se dieron cuenta de que no sabían que dirección tomar. El bosque era más espeso que antes y pronto iba a oscurecer.

—Vaya, parece que nos hemos perdido —dijo el viajero que aun sostenía el hacha—, ¿qué vamos a hacer?

El otro no estaba tan preocupado como él. Le habían enseñado a seguir rastros en las afueras y sabía también como encender una fogata, estaba seguro de que podía hallar la salida en un par de horas.

—¿Qué vamos a hacer? —cuestionó a su acompañante— Dirás que vas a hacer tú, que te quedaste con el hacha.

—Pero… ¡si estamos perdidos!

—No, no digas estamos perdidos cuando antes no quisiste admitirme antes en tu hallazgo. Tú estás perdido. Y ya que estás tan bien armado, me parece que voy a dejarte aquí y proseguiré yo solo. Descuida, seguro puedes talar unos cuantos árboles para que no te obstruyan el sendero. Nos vemos en la ciudad, si es que llegas.

Y diciendo esto, se retiró dejando al otro desamparado.

Fue así como aprendió que los verdaderos amigos no solo saben compartir los buenos instantes y las desgracias. Cuando tienen un éxito, les agrada compartirlo con quienes les quieren de verdad.

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El frasco y las piedras

¿De qué trata?: Un profesor le enseña a sus alumnos una valiosa lección sobre alcanzar sus sueños, usando tan solo un frasco y algunas piedras.

Personajes: Profesor, Alumnos

Moraleja/Conclusión: Si no te concentras en alcanzar tus metas principales por dedicarle tiempo a las distracciones, nunca conseguirás cumplir tus sueños.

Un profesor era muy conocido por ser el mejor en su profesión. En la escuela, maestros y colegas lo apreciaban muchísimo, pues no sol se preocupaba por enseñar las materias habituales. Siempre se esforzaba por transmitir algo positivo a sus estudiantes.

Cierto día, este hombre se dio cuenta de que algunos de los niños de su salón tenían notas muy bajas. Él sabía que no era a causa de que fueran menos inteligentes que los demás. Todos los chicos tenían aptitudes para el estudio, pero algunos las desaprovechaban por distraerse jugando, chismeando o enfocándose en las cosas materiales que les daban sus padres.

Así que decidió mostrarles la importancia de la concentración mediante un ejemplo muy sencillo.

Tomó un frasco vacío de su casa y completamente transparente, y en el camino al colegio, recogió varias piedras de diversos tamaños en el camino. Cuando llegó a clase, puso el tarro en su escritorio y le pidió a los niños que lo observaran.

Entonces, una a una fue metiendo las piedras dentro, hasta que ya no cupo ninguna más. El maestro levantó el frasco.

—¿Ustedes creen que este frasco está lleno? —preguntó.

Los alumnos dudaron pero luego dijeron que sí. Pero se equivocaban. El profesor sonrió y sacó de su cajón un saquito con arena, que vertió también hasta que llenó todos los huecos que había entre las piedras.

—¿Ahora está lleno? —volvió a preguntar.

Los niños dudaron más que la vez anterior.

—Probablemente todavía no —respondieron algunos.

El maestro tomó una botella de agua y la derramó en el interior del tarro, hasta que hubo llenado todos esos minúsculos vacíos entre las piedras y las partículas de arena. El agua llegó hasta los bordes del frasco y ahora sí, no hubo lugar para nada más.

—¿Está lleno ahora?

Esta vez, los chicos respondieron que sí.

—¿Saben por qué les he mostrado esto? —inquirió el hombre— Este frasco, al principio vacío y transparente, es igual que ustedes, esperando a llenarse. Las piedras son sus metas en la vida, los sueños que deben cumplir. La arena son las diversiones, las cosas que los pueden distraer en su tiempo libre. Y el agua, las cosas banales y sin importancia.

Volvió a colocar el frasco sobre su mesa.

—Si se esfuerzan por alcanzar sus metas antes que preocuparse por divertirse o acumular cosas insignificantes, sean estas juegos o aparatos que creen que los van a hacer felices, llevarán una vida plena y tarde o temprano, siempre encontrarán tiempo para lo demás. En cambio, si se distraen y llenan el frasco con agua y arena, al final no habrá espacio para las piedras, que son sus sueños. Por eso, estudien y tengan fe en sí mismos. Lo material viene y va, los momentos de diversión son efímeros, pero los sueños que se cumplen son para siempre.

Los niños lo entendieron y entonces, todos en general pusieron más empeño en sus estudios. Aquella clase fue la mejor de su generación y su maestro siempre fue recordado como el más eficiente.

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Ataúdes

¿De qué trata?: En medio de la noche, el trabajador de un cementerio se ve sobresaltado al escuchar un ruido que viene de uno de los ataúdes.

Personajes: Sepulturero, Sarah Fields

Ocurrió en un pueblo pequeño, ¿sabes? La gente suele creer que en este tipo de lugares, a veces tan olvidados de la mano de Dios, casi no sucede nada que valga la pena contar. Pero si yo te contara las cosas que he visto, las cosas que he oído, quizá cambiarías tu manera de pensar al respecto.

Sucede que en pueblos como este, muchas veces lo inexplicable está a la orden del día. Yo nunca podré olvidar lo que ocurrió aquella noche del año 1857, mientras me encontraba en el cementerio.

Llevo más de 30 años trabajando como sepulturero. No es un trabajo tan terrible como todos piensan. Aunque sí que es arduo. Hay que cavar y cavar para enterrar los ferétros, a veces por horas y bajo un sol que hace que el tiempo transcurra más despacio.

Por aquel entonces todos los ataúdes eran fabricados de la misma manera. Largos cajones de madera a los que se añadía un agujero. En este se conectaba una larga tubería de cobre, de más de un metro, que se encontraba conectada con una campanilla. Esto como precaución en caso de que alguien fuese enterrado por accidente.

Verás, el miedo a que esto sucediera era muy común; ciertos padecimientos pueden sumir al paciente en un estado de letargo profundo, muy parecido a la muerte. Los signos vitales son prácticamente indetectables y dicho estado puede prolongarse por horas… las suficientes como para que una familia angustiada, tenga tiempo para preparar adecuadamente unos funerales. Fue por ello que implementamos aquel macabro sistema.

La tubería permitiría respirar a las víctimas que hubieran sido tomadas por muertas, el suficiente tiempo como para poder desenterrar su féretro y sacarlas.

Por eso aquella noche, cuando escuche que una campanilla sonaba bajo tierra, en principio no me asusté.

Sobresaltado, me dirigí hacia la lápida con la pala en mano y comprobé que alguien bajo tierra tiraba de ella desesperadamente. Siempre podía caber la posibilidad de que algunos niños en los alrededores usaran este sonido para engañarme, jugando a ser fantasmas. Ya te digo, pueblo chico, infierno grande.

Bajo mis pies, la voz trémula de una mujer sollozó y me pidió que la desenterrara. Me estremecí.

—¿Tu nombre es Sarah Fields? —pregunté, recordando el entierro de aquella desgraciada.

—¿Sí! —me respondió ella, sofocada en el ataúd.

—¿Tu fecha de nacimiento es el 12 de septiembre de 1829?

—¡Sí, es esa! ¡Por favor!

—Tu lápida dice que falleciste el 16 de marzo de 1856.

—¡No, sigo con vida! ¡Fue una equivocación! ¡Por favor, se lo ruego, desentiérreme! —lloriqueó.

Tomé con fuerza mi pala y la hundí en la tierra. Un escalofrío me recorría la espalda.

—Lo siento mucho —le dije y comencé a llenar la tubería para obstruirla—, pero estamos ya en octubre. Quien quiera que se encuentre allí abajo, estoy seguro de que no sigue con vida. Y de ninguna manera regresará a la superficie.

Sí, en este pueblo también han pasado cosas inexplicables, ya lo ves. Pero a veces, es mejor no tratar de hallarles sentido.

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