Las manos de mamá

Las paredes del hospital son blancas y están desnudas, aumentando ese ambiente sobrio que envuelve a toda la habitación. Nunca me han gustado los hospitales; desde niño me han dado mala espina. Ojalá no tuviera que estar ahora aquí. Pero mamá ha vuelto a tener una recaída y bueno, ¿qué clase de hijo es quién no puede venir a acompañarla un rato?

Todos mis hermanos se han estado turnando a lo largo de la semana para venir a verla. Hoy ha llegado mi turno. Pasamos la noche a su lado porque siempre ha tenido miedo de quedarse sola, le leemos y le ayudamos a comer.

Ninguno de nosotros quiere hablar de las posibilidades, aunque ya nos advirtió el médico que el cáncer en su pulmón estaba demasiado avanzado.

La vida es así, ¿sabes? Un buen día todo parece estar en orden y al siguiente te enteras de que no debiste haber fumado demasiado, pero demonios, es un hábito tan relajante y tan difícil de dejar.

Mamá siempre fumaba en casa. Lo hacía después de un largo día cocinando y limpiando para nosotros, y también cuando no podía dormir o tenía frío en invierno.

Como fuera, jamás lo hizo delante de nosotros, eso sí que no. Si tenía ganas de fumarse un pitillo, simplemente salía al jardín o esperaba a estar a solas en su habitación. Y por supuesto, siempre nos advertía que nosotros no debíamos hacerlo.

—Es un hábito muy feo —decía.

Claro que la cosa no quedaba muy clara cuando le preguntábamos, por qué lo hacía entonces. A veces los seres humanos podemos ser la mar de singulares.

Le eche un vistazo mientras dormitaba, en la cama de hospital. Tenía un respirador conectado y dos enormes ojeras debajo de sus ojos, que nos habían mirado con tanto amor. Sus manos reposaban sobre su estómago, pálidas y arrugadas, con algunas manchas diminutas.

Manos que habían perdido su tersura y su belleza, después de cocinar incontables comidas para sus hijos, limpiar todo lo que ensuciaban, zurcir camisas y calcetines y peinar cabellos infantiles… de repente se me ocurrió que nunca había reparado en todo lo que ella había hecho por nosotros, hasta ahora. Un enorme sentimiento de ternura y comprensión me invadió.

Tomé una de sus manos entre las mías, la acaricié, sintiendo cada arruga, las callosidades que ahora coronaban sus dedos. No eran unas manos bonitas, lo sé. Pero a mí me parecieron las más hermosas del mundo.

Mamá despertó brevemente y pude ver que me sonrió.

—Te quiero —le dije, dos palabras que hace años no salían de mi boca hacia ella.

Supongo que jamás reparé en lo mucho que seguía necesitándola, hasta ese momento.

Mamá murió esa misma noche, en medio de un sueño pacífico. La máquina a la que estaba conectada, de repente emitió un pitido agudo y prolongado, y supe que no había ya nada más que hacer.

Hay momentos en los que todavía me parece escucharla al despertar, diciéndome con voz amorosa que el desayuno está listo.

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El amor y la infidelidad son pedazos de cristales rotos

Personajes:

Marcos: Esposo

Maria: Esposa

En la sala de la casa, María se da cuenta que Marcos la ha estado engañando con otra mujer. Después de enfrentarlo, el esposo le pide perdón de todas las maneras, pero ella renuente decide separarse de él y el esposo empieza a reaccionar de un modo relativamente machista.

La esposa, con la maleta hecha abre la puerta dispuesta a irse de su casa.

Marcos:  Maria ¡escúchame!, no te puedes ir así, molesta. Por favor, perdóname, sé que me merezco todo lo que estás haciendo pero te estoy pidiendo otra oportunidad.

Maria: ¿cómo te atreves a decirme todo eso si fuiste tu el que destruyó toda la pasión, en cuestión de minutos? Me pisaste el corazón con esta terrible traición que hiciste casi en mi cara. Eres tan cínico que no te da vergüenza darme la cara y pedirme perdón.

Marcos: (colocando los brazos en alto), te lo pido Maria por favor, solo se trataba de un desliz, no me di cuenta de todo lo que estaba arriesgando, sin pensar que ese simple desliz que no significa nada, podía poner en juego el amor que tú sientes por mí. Tu misma sabes que mi alma y mi corazón son tuyas.

Maria: (Con mirada fija), es imposible perdonarte, no puedo hacerlo ¿quién sabe cuántas veces más podrías hacerlo si te perdono? Nada más ponte a pensar ¿si fuese yo la que en este caso hubiese sido infiel a tu amor? ¿Lo perdonarías? ¿Lo olvidarías por completo? Ya te quisiera ver en ese puesto. Pagaría por verlo.

Marcos: (La toma de sus brazos con desesperación) Tu estás equivocada, sé que es difícil pero debes entenderme, esto es diferente, no significa nada para mí, es un simple resbalón que no puede acabar por completo con nuestro matrimonio de años.

María: (Con impaciencia y rabia contesta) No digas que esto es diferente, cuando de igual forma se trata de una infidelidad, sea por el motivo que sea, el punto es que estabas buscando tu placer fuera de casa y ese no es el objetivo de un matrimonio, ¡un matrimonio de verdad! No estoy equivocada, no soy una mujer de metal que no siente nada.

Marcos: (Con machismo, responde) También tienes que estar consciente que las debilidades pueden pasar en frente de mí, soy hombre y la carne es débil. ¡Entiéndeme!

María: De verdad, eres patético, inconsecuente. Así como tu eres hombre, yo soy humano y lo doy todo por amor siempre y cuando me correspondan de la misma manera, no cuando me responden con infidelidad, con ingratitud, pues este dolor también se siente, aunque tú seguramente no lo hayas vivido.

Siempre ten en cuenta que así como un matrimonio se trata de fidelidad, la lealtad también está del mismo lado y al perdonarte sería un amor como cuando se rompen los cristales de un espejo, así lo pegues de la forma más perfecta ¡Jamás quedará igual que antes!

Fue así como Marcos quedó en un silencio sepulcral y María con mucha decisión, terminó de dar el paso hacia delante y se marchó, teniendo la razón.

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El sueño americano

María tenía una meta, cruzar la frontera para encontrarse con su hermana Roberta, la vida para ella luego de perder a su madre ha sido dura, con mucho trabajo y esfuerzo su hermana mayor pudo partir de manera legal a Estados unidos.

 

Pero la situación económica para María la obligo a realizar un sinfín de quehaceres para mantenerse tan siquiera, no podía costearse el boleto para viajar.

 

Una dura decisión la llevo a tomar el que sería el peor camino de su vida, su elección fue enfrentarse a un desierto abrazador, animales salvajes y por ultimo a los cuerpos policiales que custodiaban la frontera de estados unidos.

 

Sin preparación de ningún tipo, la vida en su país no le prometía nada, migrar al norte le daría oportunidades que jamás encontraría quedándose.

 

Un grupo de personas dirigidas por un hombre quien afirmaba los llevaría a salvo al otro lado se adentraron en el desierto, pero la fortuna no brillaba para este grupo y su auto se averió a mitad de camino.

 

Solo había dos opciones, regresar a una vida sin mayores aspiraciones, o continuar hacia adelante a lo desconocido en busca de una mejor vida.

 

Todos decidieron continuar, el que sería su guía les dijo que era una locura, el regreso, sin agua, ni comida y llenos de esperanzas el grupo conformado por una mujer embarazada, un adulto mayor, una mujer con su hija y María continuaron a lo desconocido.

 

Durante dos días vagaron sin rumbo, el sol quemaba sus cabezas y la desesperación se apodero de ellos, Rodrigo, el señor;  fue el primero en darse por vencido, su cuerpo no resistió, luego Maritza la mujer embarazada, el hambre y la sed consumieron su cuerpo rápidamente, no hubo mucho que hacer.

 

Cuando se encontraban en su tercer día María había perdido toda esperanza, tan solo la acompañaban Juana y su hija Lana.

 

Las noches eran terribles, un frio infernal se apoderaba del desierto y los animales nocturnos acechaban durante las noches, serpientes y coyotes eran su mayor problema pero hasta los momentos no han sido un problema.

 

Eso llegaron a pensar hasta que esa noche algo sucedió, una horda de coyotes hambriento y muy agresivos rodeo a las mujeres, María no sabía qué hacer, el miedo se apodero de ella, su única opción era correr, pero estos animales atraparía a una de ellas para saciar su hambre.

 

María tomo una roca y golpeo fuertemente a Juana dejándola inconsciente, los coyotes destrozaron su cuerpo en minutos, su hija también fue víctima del brutal ataque.

 

Se encontraba sola vagando en el desierto, sin saber a dónde ir, decidida a llegar a su destino pero estaba al límite, justo cuando comenzó a divisar una enorme reja supo que era su oportunidad, corrió como nunca lo había hecho en su vida, corrió para cruzar esa muralla que se interponía entre ella y su felicidad.

 

Una bala puso fin a sus esperanzas de un futuro mejor, a lo mejor era una lección de la vida, por haber sido una mala, quizás encontraría su paz en otro lugar.

 

Roberta en cambio la felicidad colmaba todo su ser, al fin había conseguido lo suficiente para traer a su hermana a los estados unidos y cumplir todos sus sueños.

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La última oportunidad

Tommy se sentía muy solo, a pesar de encontrarse acompañado por familiares y amigos el solo añoraba la compañía de su adorada madre que por causas de enfermedad se separaron muy pronto.

 

Es un niño inocente con una carisma única pero su brillo era opacado por la gran amargura que lo embargaba, el deseaba poder ver por última vez a su madre, tan solo una única vez, para él un día bastaría.

 

Sus suplicas fueron escuchadas desde el cielo, una última oportunidad de reencontrarse con su madre.

 

Helena nunca pensó volver a ver a su hijo, su único y adorado hijo, quien lleno su vida de alegría y esperanzas pero que un día el destino los separo y esta vez para siempre.

 

Sin creerlo pero sin cuestionarlo Tommy recibió en sus brazos a su madre con los ojos llenos de lágrimas, era tan grande ese amor que el tiempo se detuvo para que ambos apreciaran ese único momento para ellos.

 

La mañana comenzó con un desayuno como los que acostumbraba su madre a prepararle, pan tostado con mantequilla, huevos, tocino, zumo de naranja, algo de fruta, devoraba esa rica comida que solo su madre podría preparar.

Aprovecharon el día para salir a pasear, visitar el parque era una de sus actividades favoritas, darle de comer a los patos del estanque siempre resultaba ser divertido y más por el hecho de que estos animales solían seguir a Tommy para arrebatarle la bolsa con el pan rallado.

 

Visitar McDonald fue siempre un plan de fin de semana pero no quería dejar pasar esta oportunidad así que invito a su madre a una cita en el restaurante que para él era el mejor del mundo.

 

Tommy apreciaba cada momento con su madre, su sonrisa, su voz que calmaba cada centímetro de su cuerpo, su mirada cálida lo hacía sentir especial, el deseo de que ese momento fuera eterno tan eso él quería, no separarse de su madre pero solo era por ese único día.

 

Pasaron de un lugar a otro paseando por la ciudad, con buena compañía las cosas más tontas resultaban divertidas, era así como deseaban que el día continuara, a pesar de que su madre nunca le dejo tener un perro pensó que sería la oportunidad para comprar uno.

 

A su madre no le quedo de otra que ir a un refugio acompañada de su hijo y escoger uno, nunca apoyo el comprar una mascota cuando hay muchas con muchas ganas de amar en estos lugares.

 

Llevaron al cachorro, nuevo miembro de la familia a jugar en el parque, era el lugar ideal para jugar con el disco y la pelota, juntos pasaron un momento diferente y toda pena quedo olvidada, pero el tiempo se terminaba, el día llegaba  a su fin.

 

Entre risas sus sonrisas fueron apagándose ante la cruel realidad, era hora de volver, Tommy abrazo fuerte a su madre, y esta respondió al abrazo firmemente pero ya era hora de partir.

 

Tommy comenzó a separarse de su madre pero sin antes entregarle al cachorro.

 

—Por favor cuida de él, al lugar donde yo voy no puedo llevarlo, él te hará compañía, y te sacara unas cuantas sonrisas, no te quiero ver llorar más, siempre te amare mama—

 

Así como llego, Tommy desapareció y volvió al cielo, su deseo fue concedido, volver a ver a su madre en la tierra una vez más.

 

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De hermanas a distancia a hermanas inseparables

Personajes

Paula: hermana de Yesica

Yesica

Alexa: Mamá de Paula y Yesica

Leonardo: Papá de Paula y Yesica

En la amplia cocina de casa, las hermanas se encuentran distanciadas a nivel personal, empezando a distinguirse una de la otra con respecto a sus personalidades y formas de ser. Poco a poco, el trato entre ambas fue tornándose irónico y en algunas oportunidades, un poco cruel.

Desayunando sobre la mesa, Alexa corta una fruta sobre la encimera y entra Leonardo con un paquete en la mano.

Leonardo: Buen día tengan mis mujeres amadas, dándole el paquete a Yesica, aquí tienes el vestido que tanto habías esperado.

Yesica: (Abrazándolo fuertemente, le da un beso en la mejilla) Gracias padre, no sabes cuánto te amo, sin duda eres el hombre de mi vida y quien me hace completamente feliz.

Paula: No le des mucha importancia a lo que te ha dicho papá, pues a todos les dice lo mismo.

Yesica: ¿Por qué tienes que ser taaaan envidiosa de todas mis cosas? ¡No entiendo!

Paula: y quéee feo emocionarse demasiado por un trozo insignificante de tela en un vestido horrible.

Yesica: ¡Claro!, lo dices porque no es tu vestido, no es tu emoción. Seguramente, si te regalaran uno igual, te sentirías un poco más parecido a lo que ahora yo siento. Y además, no creo que te quede tan bien, ya que no tienes un cuerpo tan perfecto como el mio, aparte de que no creo donde podrías usarlo, porque como nadie te invita a ningún lugar, menos irías a las fiestas.

Paula: si, porque debe ser que me encantaría parecerme a ti, me encantaría ir a fiestas con chicos que no tienen nada en la cabeza y que solo están pensando en eso, en un buen cuerpo.

Yesica: De verdad, no soporto a quienes la envidia les afecta, ¿sabías que todo eso que sientes puede debilitar tu sistema inmunal?

Paula: Jajaja, ¿tu sistema inmunal? ¿De verdad? Madre, tengo que decirte que has perdido toda la inversión de la educación de Yesica, se dice ¡sistema inmunológico!

Alexa: Hijas ya no sigan en esta discusión ¡por favor!

Leonardo: Me parece que a estas niñas hay que enseñarlas a convivir porque ya se están poniendo cansonas y van de mal en peor. ¿Alexa, te parece si las hacemos compartir un poco cada quien de sus vidas?

Alexa: Si Leo, ¿qué planeas?

Leonardo: Por una semana, van a ir a todos los lugares juntas, de lo contrario, ninguna podrá salir a fiestas o quedarse en la biblioteca si no está acompañada de la hermana. Y ¡ni una palabra al respecto!

Una semana después ambas hermanas empezaron a darse cuenta de la importancia de tolerarse una a la otra, pues pensaron que en algún momento, cuando de verdad estén separadas, querrán sentirse lo más cerca posible para hacerle saber cuánto se quieren y además, no tener remordimiento de que en algún momento fueron casi enemigas.

Recuerda que la tolerancia es el primer paso para emprender una relación saludable.

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Estrategia arriesgada

Una señora compraba botones en una mercería, entretanto un obrero devoraba del hambre una hamburguesa en un puesto de la calle. La ciudad emanaba el ordinario smog matutino devenido de los colectivos y los vehículos pesados que circulaban por las avenidas.

En distintos parajes de la ciudad, se llegaron a acuerdos legales, mientras jóvenes y muchachas juraban amor eterno, y abuelas en sus casas preparaban el almuerzo.

Los grandes edificios centellaban en sus terrazas con los carteles, y enorgullecían a algunos transeúntes, con lo allí escrito. Signos del poderío de la patria lejana, exhibiendo publicidades de empresas.

En el despacho presidencial, el comandante primero de las fuerzas armadas ingresó súbitamente con un  comunicado. Se lo vio apenas incómodo, ya que su carácter habitual era firme como el quebracho.

Se dirigió respetuosamente al primer mandatario y le dijo que lamentablemente tenía que atender la urgencia del momento.

“Según la comunidad meteorológica, están dadas las condiciones para que se avecine un huracán del tipo cuatro, nunca visto por acá. Igual, personalmente jefe, tómelo con cautela, ya que éstos científicos no son mucho de confiar, se lo digo con total sinceridad”

Esas fueron las palabras del comandante, que luego de hablar, al ver que el Presidente no iba a levantar la cabeza para responder, dio media vuelta y se fue.

Para las cinco de la tarde, los hombres solitarios que circulaban cabizbajos  se agolpaban en los bares mirando por televisión lo que se avecinaba. Una ventisca anunciaba lo que podía llegar a ser una simple tormenta, o el huracán del que se hablaba.

El cielo gris, y las calles zumbaban de alboroto ante la anarquía del tránsito y los objetos que se volaban de los contenedores de basura.

De pronto, siluetas de espalda y encorvadas y enormes cabezas caídas caminaban para su casa, para resguardarse de la tempestad. Ya no era el smog lo que dificultaba la visión, sino el remolino de basura y las partículas de tierra y polvo que se levantaban del suelo.

La multitud, inquieta, comenzó a correr entre las veredas y lo más cerca de las paredes posible. En la calle hubo choques consecutivos y los choferes de los autos se bajaban y lo dejaban allí abandonados.

Los animales del zoológico de la ciudad escaparon, incluso los grandes felinos en sus jaulas blindadas. No hacían otra cosa diferente que los humanos, escapar y buscar sitio donde resguardarse.

De fachada en fachada, el ancho de todas las calles trazadas estaban ocupadas por la multitud. Ya de noche, las terrazas de los edificios no eran más que un punto invisible para los que se encontraban en la superficie del asfalto de la calle.

Súbitamente, sobre los edificios, pudieron ver una luz violeta que descendía y los encandilaba al mismo tiempo.

Después de la vorágine que desató el remolino, en la tierra descendió una nave. Inconscientemente, salieron todos corriendo sin mirar atrás. Pensando que eran extraterrestres, seguramente.

Las luces cortadas en toda la ciudad inspiraron la locura de la multitud, y se desató una crisis generalizada. Muerte, robos y saqueos.

La nave que aterrizó, no era otra cosa que el Presidente de la nación intentando hacer propaganda para su nueva elección, de una forma novedosa que había discutido con sus asesores los últimos meses. No era muy recomendada, pero eligió hacerla igual.

 

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Hasta la eternidad

-En el pasado-

-Máximo… -Su nombre salió suplicante de mis labios- De todas las veces que dije que te quería, ¿con cuál te quedaste? –La pregunta estaba resonando en mis oídos, casi podía oír el zumbar de mi corazón en la garganta. El silencio era tan perturbador como pacífico.

La respuesta no tardó tanto en aparecer.

-Con aquella que fue real, sin embargo, no tengo idea de cuál fue…

Y rompió todo a su paso…

-En la actualidad-

La lluvia estaba cayendo furiosa sobre la cabeza de todas las personas que estaban corriendo en cualquier dirección, buscando librarse de la misma cuando ya no podían estar más empapados. ¿Qué diferencia haría que dejase de caer gotas sobre su cuerpo, si ya estaban tan mojados?, tonterías.

El parque estaba vacío salvo por mí y una niña de no más de quince años, probablemente deprimida por algún chico estúpido que la hubo rechazado o algo similar. Así eran la mayoría de las cosas de amor entre adolescentes: tontas, ingenuas, puras.

La brisa parecía estar helando hasta mis uñas de los pies pero nada me obligaba a moverme de este sitio. Era un día triste y hasta las nubes grises lo sabían, estaban casi burlándose de mí. Parecía poder escuchar sus risas, llamándome inmadura. Pero, ¿qué más podía hacer?, estaba un poco perdida, demasiado alejada de la realidad como para darme cuenta de lo que estaba pasando.

No sentía nada, en lo absoluto. Parecía un zombie. Era un zombie. Y lo había perdido todo.

-Señorita, se va a enfermar. –La voz me sobresaltó tanto que llegué a darme cuenta de que estaba tiritando, mucho, demasiado. Mis labios se entreabrieron y no pude distinguir la voz que estaba hablándome, aunque parecía ser un chico.

-Eh… -No sabía a quien le estaba hablando. El desconocido se movió un poco hasta que la luz de un farol llegó a iluminar su rostro y me quedé sin aliento. Literal. No pude respirar más.

Alessandro abrió tanto los ojos al observarme que pensé que se haría un pozo de lluvia en ellos. No pestañeaba. Yo tampoco lo hacía. Mierda.

-¿Alice? –Su pregunta retomó la fuerza que parecía haber perdido y me sacó de mi estupefacción. Dios, cuánto tiempo había pasado que no veía ese rostro.

Seguía luciendo bien. Era alto, cabello castaño, ojos color miel y una sonrisa sincera y alegre que siempre me agradó. Había sido el mejor cuñado que había tenido en la vida y cuando lo perdí todo, supe que él también entraría en esa lista.

-Dios, Alice, te vas a morir con una pulmonía. –Parecía haber entrado en calor, de alguna forma u otra, y me ofreció la mano para ayudarme. Sin embargo, lucía como si quisiese tomarme fuerte para que no escape. No de nuevo –Por favor, ven conmigo. –Parecía una súplica. Sonaba como una.

Logré reaccionar, luego de alternar la vista entre sus ojos y su mano. Tomé la suya, la mía temblorosa, la suya firme y delicada. Le había extrañado. Mi labio inferior estaba empezando a temblar y el escozor en los ojos no tardó en aparecer.

¡No! No iba a llorar, no frente a él, no después de todo lo que había pasado. Solté su mano de inmediato cuando no tardó dos segundos en volver a tomarla y tirar de ella, sacándome de mi lugar favorito. Me enfoqué en las calles y noté que ya estaban completamente vacías y la chica de antes había desaparecido.

-Siempre fuiste altruista de corazón y educado de nacimiento. –Pensé que había hablado para mí, pero me escuchó porque cuando giró su rostro hacia mí, a pesar de la poca luz que había en el lugar, logré ver una sonrisa genuina en su rostro, dirigida a mí. Quizás, tal vez, no me odie tanto como pensaba.

-No te odio, Alice, por supuesto que no. –Di un respingo por sus palabras. ¿Es que había hablado en voz alta? No dije una palabra más y vi que nos dirigíamos hacia una camioneta, de esas que son enormes y una señora mayor no podía abordar ni con escalera. Detuve el paso y observé ceñuda el auto.

-No me voy a subir en esa cosa. –Hubo una pausa. Entonces oí su risa, desde el fondo de su garganta, y parecía que habían pasado años luz desde que había oído esa risa. Era tan parecida a la de su hermano… Sentí frío en las manos y algo doloroso subió y bajó por mi cuerpo, instalándose en mi estómago.

-Me alegra haberte encontrado, hacía mucho no me reía así. –A pesar de sus alegres palabras, tal alegría no se percibió en su rostro. Sus ojos estaban apagados, su ropa estaba demasiado oscura en comparación con las camisas amarillas y verdes que solía utilizar. Su voz estaba susurrante y rota.

-¿Qué ha pasado, Alessandro? ¿Qué sucede? –Me miró fijamente un segundo y luego evadió mi mirada, siguiendo sus pasos antes de hablar.

-Siempre tan preocupada, siempre tan intuitiva. –El pesar aumentó, robándome la respiración. No me moví de mi sitio.

-Alessandro, por q… -Interrumpió mi arrebato.

-Sube, Alice, por favor. Hablaremos cuando dejemos de estar tan cerca de una posible muerte. –Su alegría volvió, más forzada esta vez, más hipócrita. Menos real.

Hice caso de sus palabras y pese a mis críticas iniciales, logré subir en esa gran cosa rústica y llamativa, sin caerme, pero no sin esfuerzo. Era bonita, pero demasiado masculina. Esperé a que subiera en el asiento del conductor cuando las palabras salieron de mi boca, sin poder detenerlas.

-Dime qué ha pasado. –Se tomó su minuto para responder, a medida que encendía el auto y arrancaba, despacio, con cautela.

-¿Por qué crees que ha pasado algo?

-No evadas mis preguntas, Alessandro. –No dejé de observar sus movimientos ni un segundo y sus nudillos se pusieron blancos al apretar tanto el volante.

Cerré los ojos con anticipación, sabiendo que lo que seguía no era bueno. El corazón me palpitaba en los oídos, como aquella vez hace más de un año, el silencio volvía a ser perturbador, salvo que estaba vez no era también pacífico, era la anticipación de una tormenta.

-Máximo tuvo un accidente hace un mes y medio. –Apreté los puños. Contuve la respiración. Todo dejó de ser frío y pasó a ser doloroso. Ya no estaba entumecida, ya no me sentía vacía y sin sentimientos. Había dejado de ser un zombie. –Falleció.

Algo hizo explosión en mis entrañas y la inconciencia no tardó nada en aparecer.

-Ali, ¿prometes quererme siempre?

-Sí, hasta la eternidad.

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Laureles de Bolívar en las diferencias del amor

Personajes

Marta

Izaguirre

Marta, de 9 años de edad quiso conocer al general Argentino, José de San Martín, mientras este desembarcaba en Colombia para encontrarse con el gran Libertador, Bolivar.

Ahora, Marta tiene 27 años de edad, más un recuerdo que no podrá olvidar nunca y que mantendrá a través de los años en su alma y en su corazón.

Izaguirre, era un doctor de al menos 35 años de edad, quien siempre iba de la mano de la defensa de los protagonistas bolivarianos, pero que aun así tenía un propósito en mente y era conquistar a la bella Marta, pues había sido su amor platónico desde la infancia. En una de sus frecuentes conversaciones de coqueteo, fuerza y contraopiniones a la vez:

Izaguirre: “Mi decisión ya ha sido tomada: una vez idealizada la fecha del primer congreso de Perú, abordaré el destino a Chile…” eso no significa “despotismo”?

Marta: En lugar de despotismo, Honor.

Izaguirre: ¿Ah sí? ¿Honor? Pues me parece que dejar una batalla, no es ningún honor. Los destinos de los pueblos dependen de la firmeza que tengan sus gobernantes responsables.

Marta: También, se describe a un gobernante firme como aquel que puede desprenderse completamente de sus glorias.

Izaguirre: No necesariamente, pues se trata siempre de enfrentar la realidad y mantener en la posición a los ideales propios.

Marta: ¿Puedo preguntarle de qué realidad habla? Si sus tropas agazapadas no tendrían buena suerte si no están junto a los refuerzos bolivarianos y también por no tratar los planes con delicadeza y dedicación.

Izaguirre: ¿Delicadeza y dedicación? Bueno saberlo, señorita.

Marta: Si, esa sería una buena excusa, pues sería imposible que un gran caballero pueda ordenar a otro del mismo rango. Discúlpeme Dr., pero me parece que el general Simón Bolívar ha actuado perfectamente, justo como su conciencia le indicaba.

Izaguirre: No se trata solo de su conciencia, sino de otras razones, razones ordenadas directamente por el congreso.

Marta: ¿Y vas a creer en eso? El congreso no ha ordenado nada, si ni siquiera está al tanto de lo que está sucediendo.

Izaguirre: claro que ha estado pendiente de todo lo que ocurre. Cada uno de los congresistas se han mantenido presentes en cada suceso, incluso para evitar la introducción de ineptos y de personas incapacitadas para cada plan.

Marta: El general, siempre se ha mantenido consciente de que el congreso de Colombia está totalmente a su disponibilidad y cualquier decisión que este tome, los del congreso la aprobarán sin ningún tipo de problemas.

Izaguirre: ¡Y nuestro territorio! No ponga sus sentimientos de este lado de la conversación, pues la guerra no puede ganarse si no es con mente fría.

Marta: ¿Qué dice? ¿Cómo puede hablar de lo que pienso, si no lo conoce?

Izaguirre: Basta con observarla, para darse cuenta de su amor por el sureño, al ver su rostro brillando de alegría y de encanto, sin ningún obstáculo. No quiero deshonrarla pero…

Marta: No continúe, por favor. Es totalmente humillante y fuera de lugar lo que acaba de insinuar, Dr. Debería reconsiderar lo que ha mencionado.

Izaguirre: Mejor sería irme a casa, aunque todo lo que quería era expresar mis sentimientos por ud, Señorita Marta.

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Muere con su imaginación

Un día como cualquier otro una joven de 16 años se levantó mirando su dispositivo móvil para verificar que notificaciones tenía. Un mensaje que decía 3998 días sin mensajes (Y contando) Siempre resaltaba en primera plana. Al parecer ella tenía el poder de crear y destruir el mundo que le rodeaba  con el aparato, siempre se preguntó ¿Por qué?

Han pasado tantos años y no comprendía porque no tenía compañía, el mundo a su alrededor se tornaba solitario, no habían personas como ella y con ella. Era la única joven en el mundo, ni animales u otro ser vivo le acompañaba, sólo un entorno hermoso creado por su imaginación.

Hasta que un día muchos pensamientos se cruzaron por la cabeza, mientras pintaba y destruía arboles debajo de la sombra de un gran roble, ha tenido una visión de una persona a su lado. En ese mismo instante tuvo el presentimiento de que se trataba de alguien cercano. Fue cuando la imaginación que controlaba en ese entonces se mezcló con sus recuerdos, y jugó en su contra…

¿Qué ha sucedido?

El planeta tierra es para nosotros el único hogar que conocemos habitable hasta los momentos. Un padre y su hija vivían como cualquier otra familia en Tokyo, una ciudad que hasta los momentos todo marchaba con normalidad. El padre compartía momentos muy lindos con su hija de 6 años, compartía muchos momentos con ella y le enseñaba un montón de cosas que no cualquier niño sabía del mundo que le rodeaba.

El padre sabe que la niña lo es todo para él, desde que nació le ha criado y aunque sabe que le hace falta el amor de madre, nunca duda en tratar de jugar los dos papeles a la vez. A pesar de que trabajaba para el control espacial más importante de la tierra, este nunca pudo controlar una situación que se avecinaba al cálido planeta que albergaba la única vida inteligente del universo.

La noticia era terrible, al parecer las teorías sobre Hercobulus eran ciertas, un planeta iba a chocar contra la tierra y para él era inevitable hacer que un cuerpo celeste de 4 veces el tamaño de la tierra acabara con la vida de todos. A pesar de ello, el decidió salvar la vida más importante para él, que no era la suya, sino la de su pequeña hija.

Faltaba un par de meses para el impacto, el decidió construir una máquina espacial para sólo su hija. Sabía que una pequeña de su edad no podía comprender lo que estaba pasando en ese momento. Por esa razón al mismo cuerpo de la máquina agregó un casco de realidad virtual manipulable, como si de un juego se tratase.

Con el mismo podía manipular no sólo un entorno gráfico irreal, al parecer estaba conectado a su cerebro, lo que le permitía controlar a su antojo todo lo que ella pensaba. Es así como la joven ha terminado sola en el espacio, en una máquina conectada a su cerebro para poder subsistir toda una vida, sin darse cuenta que está rodeada por un montón de estrellas.

Un último recuerdo mata a la joven, el saber que su madre murió para poder tenerla, un pequeño recuerdo que estaba a punto de desaparecer, el primero que tuvo al llegar a este mundo, y también el último.

Muere con tu imaginación

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Espejismo de un pasado inoportuno

Las cornetas de los autos se escuchaban por todo el lugar, cada vez más lejanas a medida que se iba alejando de la concurrida calle.  Era un día soleado pero fresco, las hojas de los árboles de movían al son de la brisa fresca de esa tarde y poco a poco dejaba de tener calor.

Se le estaba haciendo  tarde, probablemente demasiado, pero sabía que él igual la estaría esperando. Siempre lo hacía. Después de su tormenta, él había su completa calma.

Caminó aún más rápido, completamente apenada de que estuviese un poco acalorado de estar esperando, así que se alegró cuando cruzó la última calle y pasó por su restaurante favorito, directo a la puerta.

Sin embargo, no pudo seguir más. Su caminar se detuvo en seco y su boca se abrió, de repente seca. Sintió como todo el color se le iba de la cara y miró esos ojos, tan luminosos como cálidos, completamente sorprendidos, al cruzarse con los de ella.

No podía ser él.

-¿Alexa? –Su nombre salió disparado en un susurro lejano y temeroso de esos labios que ella tanto conocía.

Dios, no podía ser posible.

-Alexa. –Esta vez su voz se alzó, determinada y segura, y dio un paso hacia ella.

Ella retrocedió otro.

Él se detuvo.

¿Cómo es que se iba a cruzar con Bruno a esas alturas? ¿Cómo después de…?

-Alexa. Dios. Ha pasado mucho tiempo. –Su voz fue cautelosa, pero no retrocedió el paso que avanzó hacia ella. Sólo se mantuvo ahí, a la espera, pasando una mano desesperada por su cabello.

Hacía eso cuando se ponía nervioso.

Y ella se odió por conocerlo tanto.

Ni siquiera podía moverse, alejarse, gritar, llorar o siquiera apartar los ojos de esos color café. Pero sabía que tenía que reaccionar, salvo que en ese momento no recordaba ni a dónde iba.

Pero entonces todo llegó de golpe. Los gritos, las lágrimas, la desesperación, su final, su lejanía, su nuevo comienzo.

Su nuevo comienzo.

-Me tengo que ir. –No sabía si había hablado demasiado bajito, pero estuvo segura de que Bruno la había oído. Se vio sorprendido, triste y abatido, pero resignado, y sintió cómo todo en su estómago se encogía y hacía una mueca por el dolor.

Dio un paso vacilante al frente, luego se detuvo e hizo ademán de seguir avanzando. La cera era estrecha y debía rozarlo para poder pasar. ¿Por qué demonios no se hacía a un lado?

¿Y a dónde es que ella se dirigía?

Avanzó otro paso y sólo quedaban dos para pasar por su lado, cuando su voz la detuvo, apagada y rota. Tan rota como ella.

-No te vayas. –Respiró. Aguantó la respiración. Se estaba ahogando. Ella, no él.

-Hazte a un lado.

-Por favor, sólo un minuto. –Fue una súplica, lo supo. Miró aún más profundo en sus ojos y se asustó con lo que vio. Casi pudo volver a oír sus propios gritos, un año atrás, cuando ella le suplicaba, cuando él lloraba pero no hablaba. Cuando todo se había derrumbado.

Cerró los ojos y sus puños se cerraron con fuerza.

Entonces sintió sus manos. Las suyas, no las de ella. Y abrió de golpe los ojos. Una de sus manos se fue directa a su mejilla y la otra alcanzó su mano izquierda.

-No llores, por favor. -¿estaba llorando?

Sentía que podía quedarse así una eternidad, hasta que vio otros ojos, por detrás del hombro de Bruno, mirándola con cautela, recelo, decepción y dolor, mucho dolor.

Santiago.

Reaccionó, por fin.

¡Santiago!

Entonces recordó, tarde, hacia dónde se dirigía.

Fin.

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