En los acantilados de Quicaví, frente a las aguas frías de los canales de Chiloé, la gente de las caletas hablaba siempre en voz baja cuando pasaba cerca de las quebradas hondas. Todos contaban que en algún punto oculto entre las rocas y los helechos se abría la entrada a la Casa Grande, la cueva secreta donde se reunían los brujos del archipiélago, y que su puerta nunca quedaba sola: día y noche permanecía encerrado allí el Invunche.
Anselmo tenía motivos para recordar ese nombre. Quince años atrás, durante una noche de tormenta en que el viento arrancó las tablas de madera del techo de su casa, el hijo pequeño de su hermano mayor había desaparecido de la cuna sin dejar rastro. En el pueblo corrió el rumor de que los brujos se habían llevado al niño para criarlo en la oscuridad de su caverna y convertirlo en el guardián y consejero de sus secretos.
Una tarde de invierno, cuando la marea baja dejó descubiertas las playas de piedra negra, un leñador llamado Julián bajó corriendo hasta el bote de Anselmo.
—Vi salir humo detrás de la cascada chica del barranco —le dijo en voz baja—. Hace media hora salieron cuatro hombres vestidos de negro rumbo al muelle. Si existe una entrada a la cueva, ahora mismo se ha quedado sin brujos adentro.
Anselmo dudó un momento, pero la promesa que le había hecho a su hermano antes de morir pesó más que el miedo. Tomó un farol de aceite, un bastón de madera dura y subió con Julián por la orilla pedregosa del arroyo hasta llegar a la cortina de agua helada que caía desde una peña cubierta de musgo.
Detrás del chorro de agua encontraron una abertura estrecha en la roca, tapada con ramas secas y troncos viejos. Al apartar las ramas, sintieron un olor fuerte a grasa quemada, tierra húmeda y encierro antiguo.
—Quédate junto a la salida vigilando el camino —le pidió Anselmo a su compañero—. Si ves regresar algún bote por la playa, sílbame dos veces.
Anselmo encendió el farol y avanzó agachado por el túnel de piedra. El piso estaba resbaloso y en las paredes se veían manchas negras de humo dejadas por antorchas. A unos treinta pasos de la entrada, el pasadizo se abría en una cueva ancha donde había una mesa de piedras planas y varias vasijas de barro cerradas con cuero.
Cuando Anselmo dio un paso hacia el fondo de la cueva, escuchó un ruido seco que salía de las sombras detrás de una roca grande.
No eran palabras humanas, porque aquel ser había perdido desde niño la capacidad de hablar. Era un grito ronco y entrecortado, parecido al balido de un chivo viejo, que retumbó en las paredes de piedra.
Anselmo levantó el farol con la mano firme y vio avanzar hacia la luz al morador de la cueva.
Era un ser humano deformado desde sus primeros meses de vida por los brujos de la caverna. Tenía el cuerpo desnudo y cubierto por completo de un vello espeso de color pardo. Caminaba encorvado sobre una sola pierna y se apoyaba con las manos en el suelo, porque su otra pierna había sido doblada hacia atrás y le quedaba pegada por la espalda hasta la nuca.
Lo más terrible era su cabeza: tenía el cuello torcido hacia atrás, de modo que su rostro miraba por encima de sus propios hombros. Sus ojos brillaban encandilados por la llama del farol, acostumbrados a vivir siempre encerrados sin ver la luz del sol.
El Invunche se detuvo en medio del paso interior, golpeando el suelo con una mano y soltando otro grito áspero para impedir que el extraño siguiera avanzando. No recordaba ningún nombre ni conocía el mundo de afuera, sujeto por el miedo a las órdenes de los brujos que lo mantenían oculto en aquella gruta.
Anselmo miró aquellos ojos asustados y furiosos al mismo tiempo. En la parte alta del hombro izquierdo del guardián, apenas visible bajo el vello pardo, alcanzó a distinguir una pequeña mancha de nacimiento con forma de media luna, igual a la que tenía su sobrino al nacer.
El viejo pescador sintió un nudo en la garganta. Comprendió que quince años de encierro y deformación en la cueva habían borrado para siempre la vida que buscaba, y que intentar arrastrarlo por la fuerza solo haría que aquel ser aterrorizado se lanzara contra él en el túnel estrecho.
En ese momento sonaron afuera los dos silbidos de Julián avisando que una embarcación se acercaba por la costa.
Anselmo bajó el bastón, dejó sobre una piedra plana un trozo de pan limpio que traía en su bolsa de tela y retrocedió despacio sin darle la espalda al guardián. El Invunche no salió detrás de él; se quedó quieto en el borde de la sombra mientras los dos hombres cruzaban la cascada y volvían a colocar las ramas justo antes de que los brujos subieran por la quebrada.
Adaptación: Shyvirelle
Recreación de la leyenda chilota del Invunche, documentada en Memoria Chilena.
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