Leyendas de Terror Chilenas

La leyenda del Alicanto

La leyenda del Alicanto

Al caer la noche en las quebradas altas del desierto de Atacama, el frío descendía de golpe desde la cordillera, quebrando las piedras con un chasquido seco tras las horas de sol abrasador.

Juancho, un cateador viejo que llevaba cuarenta años buscando vetas perdidas entre los cerros de Copiapó, detuvo el paso de su mula Morocha junto a un peñasco de cuarzo. Había caminado todo el día siguiendo rastros de cobre oxidado sin encontrar más que tierra yerma y polvo salitroso.

Estaba a punto de encender una fogata con espinas secas de cactus cuando un resplandor insólito llamó su atención en el fondo del barranco.

No era la luz temblorosa de una fogata de arriero ni el destello de una estrella fugaz. Era un brillo dorado, tibio y continuo, que se movía a ras del suelo entre las rocas con un paso lento y acompasado.

Juancho se pegó a la grupa de su mula y contuvo el aliento.

—El Alicanto —pensó, recordando las advertencias que los viejos barreteros contaban en las cantinas de las minas.

El Alicanto era el señor alado de las profundidades del desierto. Los mineros decían que no comía carne ni semillas, sino oro y plata virgen de los veneros ocultos en el corazón de la montaña. Cuando el ave encontraba una veta rica de oro, comía con tanta avidez que sus alas se volvían pesadas como lingotes y no podía remontar el vuelo, viéndose obligada a caminar por los pedregales despidiendo una luz dorada y hermosa.

Pero seguirlo entrañaba un peligro mortal: si el pájaro advertía que el hombre lo perseguía movido por la avaricia, apagaba su luz en el instante más oscuro y conducía al cateador al borde de un abismo ciego para dejarlo caer al vacío.

Juancho sabía que la única forma de no enfurecer al ave era guardar la calma y mantener el corazón limpio de codicia.

Ató la mula al peñasco, se echó el poncho al hombro y comenzó a descender la quebrada con pasos silenciosos, sin mirarla directamente a los ojos y murmurando una oración de gratitud a la tierra por el agua y la vida.

A treinta pasos de distancia, el animal se detuvo sobre una repisa de roca pizarra. Tenía la estampa elegante de un halcón de gran porte, pero su plumaje no tenía colores comunes: sus alas despedían un fulgor ambarino y denso que iluminaba las aristas de las piedras a su alrededor. Sus patas eran fuertes, de escamas metálicas, y su pico curvado brillaba con el filo de una moneda recién acuñada.

El Alicanto miró hacia atrás, sintiendo la presencia de Juancho. El cateador se detuvo de inmediato, hincó una rodilla en la arena y bajó la cabeza con respeto, sin intentar atraparlo ni apresurar el paso.

El ave pareció comprender que aquel hombre no buscaba adueñarse de su ser. Giró con pesadez sobre sus garras y rascó tres veces el suelo pedregoso junto a una grieta angosta de la pared del cerro. Luego, con un aleteo lento y laborioso, se internó en una cueva oscura y apagó su brillo poco a poco, fundiéndose con la negrura de la noche.

Juancho esperó unos minutos antes de acercarse al hueco.

Encendió un fósforo con manos firmes y lo acercó a la grieta que el ave había marcado. En el fondo de la hendidura, la roca caliza estaba cruzada por un hilo brillante y continuo de oro nativo, puro y blando, del grosor de un dedo humano.

El viejo minero no se abalanzó sobre la piedra para romperla a golpes. Con su cortaplumas extrajo únicamente dos pepitas sueltas que cabían en la palma de su mano, suficientes para comprar provisiones de harina y yerba en el pueblo y dar descanso a su mula durante el invierno.

Guardó el oro en su faja, cubrió la entrada de la grieta con piedras sueltas y regresó a paso firme hacia el campamento bajo el cielo estrellado de Atacama. A sus espaldas, la sombra alada del ave se desvaneció en el perfil negro de los cerros antes de las primeras luces del alba.


Adaptación: Shyvirelle

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