Mitos y Leyendas

La leyenda del Sisimite: el misterio del monte hondureño

La leyenda del Sisimite: el misterio del monte hondureño

La tarde caía sobre los pinares de Celaque cuando Mateo y su primo Darío terminaron de revisar las cabras. Faltaban dos chivas jóvenes que se habían apartado del corral al mediodía. El rastro subía hacia las laderas pedregosas, donde la tierra húmeda del invierno dejaba ver cada pisada entre las raíces y las hojas de pino secas.

Caminaron casi una hora siguiendo las ramas quebradas y las piedras movidas que dejaban las cabras al pastar. El aire se volvía más frío a medida que subían por el cerro. El camino principal se había perdido hacía rato, sustituido por senderos angostos que abrían los leñadores entre los helechos y las rocas grises. Cerca de una quebrada seca, donde la roca caliza formaba paredes altas, grietas oscuras y pequeños abrigos naturales, Mateo se detuvo en seco y señaló el lodo fresco junto al borde del sendero.

—Mira esto —dijo en voz baja, agachándose sobre una rodilla.

La huella no era de puma ni de venado. Parecía la planta de un pie humano ancho y pesado, pero los dedos marcaban el lodo en dirección contraria a la marcha. Quien hubiera pasado por allí parecía descender hacia el valle si uno miraba solo la punta de los dedos, pero el barro empujado hacia atrás y la inclinación del peso sobre la tierra mostraban con claridad que el cuerpo había subido hacia las cuevas de la cresta.

—Camina al revés —murmuró Darío, retrocediendo dos pasos con el machete en la mano—. Dicen los viejos de la aldea que las huellas van al río cuando él ya está arriba en el peñasco. Que no hay que fiarse de la punta de los dedos en esta sierra.

Mateo recordó las advertencias de su abuelo mientras cargaba agua en el pozo del corral. En los pueblos de la cordillera no llamaban a esa criatura con nombres extraños de libros; la llamaban el Sisimite. Contaban que vivía en lo más hondo de las cavernas, lejos de los caminos del valle, cubierto de pelo tupido y oscuro, veloz como ningún animal del monte y celoso de quien se acercara a sus guaridas de piedra. Decían también que comía ceniza fría de las fogatas viejas y frutos silvestres, viviendo apartado sin meterse con la gente si nadie invadía sus peñas.

Los muchachos dudaron si dar la vuelta, pero el balido débil de una de las chivas sonó desde una terraza de piedra unos treinta metros arriba. Decidieron subir por un paso entre las piedras, cuidando de no hacer ruido.

Al llegar a la pequeña meseta, encontraron a las dos cabras acorraladas contra una pared de roca. No estaban mordidas ni lastimadas, pero temblaban pegadas a la piedra. Frente a ellas, a la entrada de una cueva baja que olía a tierra mojada, corteza y fruta silvestre fermentada, había un montón de ceniza fría de fogón antiguo revuelta con cáscaras de zapote.

Un crujido seco sobre sus cabezas los hizo levantar la mirada.

En un saliente de roca caliza, a menos de diez pasos de ellos, había una figura agachada. No medía más de metro y medio de alto, pero sus hombros eran anchos y su pecho grueso. Un pelo castaño oscuro, largo y áspero, le cubría los brazos, el torso y las piernas. Tenía las manos apoyadas contra la piedra con dedos largos y fuertes. Cuando la criatura ladeó el rostro hacia la luz del atardecer, Mateo vio unos ojos redondos y oscuros, hundidos bajo una frente maciza. No tenía garras ni colmillos descubiertos; su mirada era la de un animal salvaje y despierto que observaba a dos intrusos en su terreno.

Darío intentó levantar la linterna que llevaba al cinto, pero el Sisimite emitió un sonido que los paralizó. No fue un rugido de fiera ni una voz humana: fue un grito agudo, con subidas y bajadas de tono que rebotaron en las paredes de piedra como un lamento y una advertencia a la vez.

El ser no los atacó. Saltó hacia una repisa superior con una rapidez que ningún hombre cargado con herramientas podría igualar. Sus pies anchos se aferraron a las piedras húmedas sin vacilar, y en tres movimientos limpios desapareció dentro de una hendidura oscura de la roca.

Mateo y Darío ataron las dos chivas sin decir una sola palabra y bajaron la cuesta antes de que la noche borrara el camino. En el pueblo, los vecinos más viejos confirmaron lo que habían visto: en las partes altas de la montaña el monte sigue perteneciendo al Sisimite, el guardián de las cuevas que borra sus pasos volteando las huellas en el barro.


Adaptación: Shyvirelle

Recreación de la leyenda hondureña del Sisimite, descrito como Cicimite en Hondureñismos, de Alberto Membreño.

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