
La selva del sur de Veracruz guardaba un silencio espeso después del mediodía. Damián llevaba el machete en la mano y un bulto pesado de ramas secas atado a la espalda. Conocía aquellas veredas desde que era muchacho, pero esa tarde tenía prisa: quería juntar un poco más de cedro caído antes de que anocheciera para venderlo como leña en el pueblo.
Su abuelo solía decirle que al monte no se entra a la carrera ni con la cabeza distraída, porque los caminos del bosque se cierran solos cuando uno no se fija por dónde pisa. Damián había entrado apurado, pensando solo en terminar pronto la carga.
Cuando quiso dar la vuelta por el arroyo seco para tomar el camino de regreso, la vereda conocida no apareció.
En su lugar encontró una pared tupida de ramas y plantas enredadas que no recordó haber visto antes. Damián se detuvo, mirando a todos lados.
—Por aquí pasé hace rato —dijo en voz baja.
Dio unos pasos hacia la izquierda buscando las marcas de sus botas en la tierra, pero el suelo solo tenía hojas sueltas. En ese momento, una risa menuda y burlona sonó entre los helechos, como si alguien estuviera escondido detrás de los troncos gruesos.
—¿Quién anda ahí? —gritó Damián, apretando el mango del machete.
Nadie respondió. Solo se escuchó el crujido rápido de unas hojas secas y un golpe ligero: una fruta silvestre cayó rodando cerca de sus pies, mordisqueada por dientes pequeños.
Damián empezó a caminar más rápido. Caminó diez minutos, luego media hora, pero cada curva lo regresaba al mismo tronco viejo cubierto de hongos amarillos. El corazón le latía con fuerza en el pecho. La tarde caía con rapidez y la sombra de los árboles cubría la tierra.
En medio del silencio, el muchacho distinguió unas pisadas pequeñas y descalzas sobre la tierra suelta, como si un niño pequeño hubiera caminado en círculos alrededor del tronco.
Una piedrita le pegó en el hombro derecho.
Al levantar la vista hacia las ramas bajas de un árbol de zapote, Damián vio entre las hojas a dos figuras pequeñas, de poco menos de un metro de alto. Tenían la piel oscura como la tierra del monte, cabellos alborotados con ramitas secas y ojos brillantes que lo miraban fijamente, sin pestañear y sin sonreír.
Uno de ellos señaló con el dedo el bulto de cedro que Damián cargaba a la espalda.
Damián se quedó inmóvil. Se acordó de las pláticas de los viejos del pueblo sobre los chaneques, los pequeños guardianes que confunden a los leñadores que entran con prisa y no respetan el silencio del monte.
El joven aflojó despacio las cuerdas del bulto. Dejó los trozos de madera en el suelo, junto a las raíces del zapote, y dio un paso atrás con las manos vacías y la cabeza baja.
—Disculpen —dijo Damián con voz calmada, mirando hacia las ramas—. Entré apurado y no me fijé. Aquí dejo la madera.
Las dos figuras no se movieron, pero el viento de la tarde sopló entre las hojas y la risa dejó de escucharse entre los árboles.
Damián respiró hondo, guardó el machete en la funda y miró con atención hacia el costado del árbol. Donde antes parecía haber solo maleza cerrada, una abertura estrecha de tierra pisada se abría entre los arbustos, marcando la salida hacia el camino del pueblo.
Caminó a paso firme, sin correr y atento a cada tronco, hasta que salió a campo abierto justo cuando las primeras luces del pueblo empezaban a encenderse en el horizonte.
Sobre los chaneques
En las tradiciones orales del sur de Veracruz y otras regiones de México, los chaneques son seres legendarios concebidos como pequeños espíritus o guardianes de la selva que pueden desorientar y perder en los caminos a quienes entran al monte de manera descuidada. Registros locales como la ficha etnográfica del Sistema de Información Cultural (SIC) documentan estas creencias populares sobre el extravío en la naturaleza.
Adaptación: Shyvirelle.
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