La codicia no deja dormir bien a los hombres. Durante tres semanas, Pelayo no pensó en otra cosa que en las viejas monedas de plata que los relatos del pueblo situaban bajo el pilar de la fuente abandonada, a media cuesta del monte en Quirós. Era una construcción de piedras toscas, medio comida por la hiedra, donde el agua nacía directo de la roca y caía en una pileta honda. Nadie subía a lavar ni a llenar cántaros desde hacía muchos años.
Una tarde de otoño, cuando el sol se ocultó tras las cumbres y el viento frío comenzó a barrer el valle, Pelayo subió solo por la pendiente pedregosa. Llevaba una barreta de hierro al hombro, una linterna de aceite y un costal vacío doblado bajo el brazo. Sabía que los vecinos evitaban aquel rincón después del anochecer por miedo al Cuélebre, la enorme serpiente con alas de cuero que, según decían, cuidaba el oro y la plata enterrados en la montaña asturiana. Pero Pelayo se decía a sí mismo que los cuentos de los viejos solo servían para espantar a los niños y mantener a la gente lejos de las riquezas ocultas.
Caminó durante casi media hora entre los robles sin cruzarse con nadie. Las sombras se estiraban sobre la hierba húmeda y el aire olía a tierra mojada por la lluvia reciente. Al llegar a la fuente, el silencio era casi total. Solo se oía el hilo continuo de agua cayendo en la balsa de piedra y el roce seco de las hojas caídas que el viento arrastraba contra el suelo. El muchacho apoyó la linterna en un muro derruido, se secó el sudor de la frente con la manga y examinó la base de la pileta. En el fondo del agua clara, bajo una losa plana y pesada, se distinguía una hendidura oscura donde encajaba la punta de su barreta.
Pelayo metió el hierro entre las dos piedras y empujó con todo su peso.
El primer crujido fue seco, de piedra viva cediendo al metal. El segundo sonido fue distinto: un silbido hondo, pesado y caliente que subió desde el hueco subterráneo, enturbiando el agua limpia con un lodo oscuro que olía a azufre y a humedad acumulada durante siglos.
Pelayo dio un paso atrás, pero no soltó la barreta. La codicia era más fuerte que la prudencia. Hizo una segunda palanca y la losa se partió por la mitad, cayendo al fondo de la pileta con un golpe sordo.
De la grieta abierta no brotaron monedas. Brotó una cabeza monstruosa, ancha y triangular como la de una víbora pero del tamaño de un carnero. Su piel estaba cubierta de escamas gruesas y verdosas, tan duras y apretadas que parecían un blindaje de metal viejo. Dos ojos amarillos, redondos y sin párpados, se clavaron directo en los ojos de Pelayo.
El muchacho quedó clavado al suelo, incapaz de correr. El cuerpo del animal comenzó a salir del pozo en anillos continuos, desenrollándose como una cuerda gruesa de barco. Conforme salía a la luz de la linterna, Pelayo vio desplegarse a los costados dos alas oscuras y membranosas, parecidas a las de un murciélago pero mucho más grandes, que abrieron el aire con un chasquido áspero de lona mojada.
La bestia alzó el cuello a más de dos metros de altura sobre la fuente. Su boca se abrió despacio, mostrando hileras de dientes afilados y una lengua oscura que probó el aire frío de la tarde. No se lanzó a morder de inmediato: sacudió las alas con un golpe tan fuerte que derribó tres piedras del muro derruido y apagó de golpe la llama de la linterna.
En la oscuridad que cayó sobre el monte, Pelayo escuchó el silbido enfurecido del monstruo a solo un par de pasos de su cabeza. El miedo le devolvió por fin el movimiento. Soltó la barreta de hierro, dejó caer el costal y echó a correr cuesta abajo a ciegas, tropezando con raíces y piedras sueltas, mientras el ruido de las alas batiendo contra el aire y el choque de las escamas pesadas contra la roca resonaban a sus espaldas como un trueno continuo.
No paró de correr hasta que vio las primeras luces de las casas del pueblo. Llegó con las ropas rotas, las manos ensangrentadas y sin aliento para hablar. Al día siguiente, nadie subió a buscar la barreta de hierro ni el costal. Pelayo no volvió a hablar de aquellas monedas. Cuando alguien preguntaba por la fuente, bajaba la mirada y mostraba las cicatrices de sus manos.
Adaptación: Shyvirelle
Recreación de la leyenda asturiana del Cuélebre, recogida por Aurelio de Llano Roza de Ampudia en Del folklore asturiano (1922).
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