Leyendas de Terror Bolivianas

El Anchanchu: el espíritu de los barrancos andinos

El Anchanchu: el espíritu de los barrancos andinos

El viento helado del atardecer soplaba con fuerza sobre las planicies pedregosas del altiplano cuando Efraín apuró el paso de sus dos mulas. Venía de regreso de una feria en las orillas del lago Titicaca cargando costales de sal y maíz seco, y todavía le faltaba más de una hora para llegar a su comunidad. Sobre las cumbres nevadas de la cordillera, el cielo pasaba de un azul pálido a un tono morado oscuro que anunciaba una noche bajo cero.

Al llegar a una bifurcación del camino de tierra, Efraín vaciló. La senda ancha y segura daba un rodeo largo por el lomo de las lomas secas, mientras que un sendero angosto bajaba directo al fondo de una quebrada profunda y sin agua. Los ancianos aymaras del pueblo advertían siempre a los viajeros que nunca debían cruzar ese zanjón después de que el sol se ocultara: decían que en las grietas más hondas de la tierra habitaba el Anchanchu, el dueño de las riquezas subterráneas y devorador de almas que acecha a quienes caminan solos en la oscuridad.

El frío cortante le entumecía los dedos dentro de los guantes de lana. Pensando que el cansancio de los animales no resistiría la vuelta larga, Efraín jaló las riendas y bajó por la cuesta de piedras hacia la hondonada.

En el fondo de la quebrada el aire era completamente distinto. No soplaba viento, pero se sentía un frío pesado y húmedo que parecía salir de la misma roca. Las paredes de arcilla roja y piedra volcánica se alzaban a más de veinte metros a ambos lados, tapando la poca luz que quedaba en el cielo y dejando el lecho seco en una penumbra rojiza.

Apenas habían avanzado cien pasos cuando las dos mulas se detuvieron en seco, bufando con las orejas tiesas y clavando los cascos en el suelo pedregoso sin querer dar un paso más.

—¡Arre, macho! —susurró Efraín, tirando de la soga sin levantar la voz.

En ese momento, un sonido suave y metálico resonó en el fondo del zanjón.

No era el rodar de piedras sueltas ni el viento colándose por las hendiduras. Era un tintineo claro y rítmico, como el choque de monedas de plata o el sonido de campanillas de cobre en una fiesta de pueblo. A pocos metros, en una grieta abierta al pie de la pared de roca, comenzó a brillar una luz amarilla y tibia. Sobre la arena seca se veían pequeñas pepitas doradas que brillaban con un reflejo cegador, como si una veta de oro puro hubiera brotado de la tierra.

Junto al resplandor, sentado sobre una roca redonda, había un hombre de baja estatura y cuerpo grueso. Llevaba puesto un poncho oscuro de lana fina y un sombrero negro de ala corta. A primera vista parecía un comerciante rico descansando en el camino, pero cuando giró el rostro hacia Efraín, el arriero sintió que la sangre se le helaba en las venas.

El hombre tenía la piel arrugada como cuero viejo, sin cejas ni pestañas, y sus ojos brillaban con un fuego rojo y penetrante. Al sonreír para invitarlo a recoger el oro del suelo, abrió una boca ancha llena de dientes puntiagudos como espinas de pescado, y sus manos, que asomaban bajo el poncho, terminaban en dedos largos y ganchudos.

—Acércate, muchacho… Toma lo que quieras y descansa —dijo una voz que no salía de su garganta, sino que parecía sonar directo dentro de la cabeza de Efraín, pesada y dulce como un sueño.

El arriero sintió una pesadez repentina en los párpados. Un deseo irresistible de soltar las riendas, arrodillarse junto a las pepitas brillantes y cerrar los ojos lo invadió por completo. Pero en ese instante recordó la advertencia que su madre le repetía desde niño: el Anchanchu no regala riquezas, roba el alma y la sangre de quien acepta sus dones, dejándolo seco y sin vida antes de la madrugada.

Haciendo un esfuerzo desesperado por sacudirse el sueño pesado, Efraín metió la mano izquierda en la bolsa de tela que llevaba al cinto. Sacó un puñado de hojas secas de coca y una cabeza de ajo silvestre, apretó las hierbas con los dedos y las arrojó con fuerza hacia el resplandor de la grieta.

—¡Pachamama! —gritó con toda la fuerza de su pecho.

Al tocar las hojas la piedra, el ser soltó un alarido áspero y agudo que retumbó en las paredes del cañón. La luz dorada se apagó al instante, convertida en una nube de polvo gris que olía a tierra quemada, y la figura desapareció dentro de la hendidura oscura.

El espanto sacó a las mulas de su parálisis. Efraín trepó con ellas por la cuesta pedregosa a trompicones, sin mirar hacia atrás, hasta ganar la loma alta donde el viento frío del altiplano volvió a azotarle la cara. Llegó a su casa con fiebre temblorosa y el pulso agitado, pero con la carga completa y el alma a salvo, sabiendo que en los barrancos del altiplano las riquezas de la tierra profunda siempre tienen dueño.


Adaptación: Shyvirelle

Recreación del mito andino del Anchanchu, descrito por M. Rigoberto Paredes en Mitos, supersticiones y supervivencias populares de Bolivia (1920).

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