El viento helado de la cordillera soplaba con fuerza a través del portezuelo rocoso, arrastrando esquirlas de piedra suelta. Hernán y su sobrino Tomás habían detenido las mulas en un recodo resguardado del barranco para pasar la noche, cobijados bajo una saliente de roca caliza.
Tomás atizaba las brasas de la fogata con una vara de espino cuando vio un resplandor extraño al otro lado de la quebrada.
No era la llama amarillenta de un fuego de pastores ni el reflejo de la luna sobre el hielo. Era una luz roja, viva y concentrada, parecida a una brasa de carbón encendido que se abría y se cerraba con un ritmo acompasado sobre una cornisa de piedra escarpada.
—Tío, mira allá enfrente —susurró Tomás, señalando con la mano temblorosa hacia el risco—. Hay una fogata pequeña en la pared del cerro. Debe ser algún minero con una lámpara de carburo.
Hernán miró en la dirección que señalaba su sobrino y de inmediato le bajó el brazo con firmeza.
—Quédate quieto y apaga ese leño —dijo el viejo arriero en voz baja—. Eso no es una lámpara de hombre, Tomás. Es el Carbunclo.
El muchacho había oído hablar del ser en las historias de arriería: decían que era una criatura misteriosa del tamaño de un quirquincho o armadillo pequeño, cubierta por una concha dura y segmentada que la protegía de los derrumbes. En el pecho o en la frente tenía una abertura natural, una especie de concha o compuerta que abría únicamente en las noches más oscuras para alumbrar su camino y alimentarse de los vapores minerales que brotaban de las vetas de oro y plata. En su interior ardía una piedra de fuego, una gema incandescente de un valor incalculable.
Pero Hernán conocía bien el peligro que acechaba tras aquel brillo.
—Muchos cateadores han perdido la vida por correr detrás de esa luz —le advirtió el tío—. Cuando el animal siente que alguien se le acerca con codicia para atraparlo, cierra su compuerta de golpe. En una fracción de segundo te quedas en la negrura más ciega, con los ojos deslumbrados por el resplandor rojo, y das el paso en falso que te tira al fondo del abismo.
Tomás miró hacia la cornisa. La luz continuaba palpitando, iluminando con un fulgor escarlata las aristas de las piedras y un hilo verdoso de cobre que cruzaba la pared rocosa.
—¿Y qué debemos hacer? —preguntó el muchacho, fascinado por la belleza de la brasa viviente.
—Respetar al guardián del cerro —respondió Hernán.
El anciano sacó de su alforja un pedazo de charqui seco y un puñado de maíz tostado, caminó unos pasos hasta el borde del sendero y dejó los alimentos sobre una piedra plana, murmurando unas palabras de respeto a los espíritus de la cordillera por haberles permitido cruzar el paso sin tormenta.
Al otro lado del barranco, la criatura pareció percibir el gesto pacífico de los arrieros.
El Carbunclo avanzó dos pasos lentos sobre sus cuatro patas cortas. Su compuerta frontal permaneció abierta un instante más, proyectando un haz de luz roja y tibia que barrió la quebrada, iluminando el sendero seguro que descendía hacia los valles bajos. Luego, con un movimiento suave de su caparazón, la valva se cerró en silencio, fundiéndose de nuevo con la sombra impenetrable de la montaña.
Tomás y Hernán esperaron el amanecer junto a las mulas tranquilas. Cuando el sol dorado de los Andes iluminó la quebrada, en la pared de enfrente se divisaba con claridad el filón mineral intacto y el abismo vertical de más de cien metros que esperaba a cualquiera que hubiera intentado correr a ciegas tras la luz.
El joven arriero comprendió entonces que en la montaña los mayores tesoros no se arrancan con las manos, sino que se contemplan con el respeto que exige la noche andina.
Adaptación: Shyvirelle
Sigue leyendo en Leyendas de Terror Chilenas.



¡Sé el primero en comentar!