Leyendas de Terror Chilenas

La leyenda del Cuero del Lago

La leyenda del Cuero del Lago

El agua de la laguna del cerro no se movía ni con la brisa de la tarde. Era un estanque hondo y oscuro, encajonado entre laderas tupidas de coihues y cañaverales de colihue, donde ningún pescador de la comarca se atrevía a meter los botes ni a dejar abrevar a sus animales.

Joaquín, un arriero joven que bajaba arreando un grupo de vacas hacia los corrales del valle, descubrió que una ternera bermeja se había apartado del sendero y bajaba por la orilla fangosa buscando apagar la sed.

—¡Atrás, mora! —le silbó Joaquín, bajando a pie por el barranco con su perro Guapo pegado a los talones.

El animal llegó al borde del agua y metió el hocico entre los juncos.

Joaquín se detuvo a pocos pasos. A flor de agua, flotando a menos de dos metros de la ternera, se distinguía lo que parecía un cuero de vaca abandonado por los cazadores: una manta parda, arrugada y sin pelo, que se mecía con una lentitud extraña sobre la superficie sin corriente.

El perro Guapo gruñó con el lomo erizado y se negó a dar un paso más hacia la orilla.

De repente, la manta comenzó a estirarse.

No era un trozo de cuero seco. Era una criatura viva y plana, de más de dos brazas de ancho, hecha de una carne correosa y elástica de color ceniciento. En los bordes de su cuerpo no había costuras, sino hileras de uñas ganchudas y filosas que se abrieron como garras diminutas, y en la parte central asomaron dos ojos saltones, rojos y vidriosos, que miraron fijamente a la ternera.

—¡El Cuero Vivo! —exclamó Joaquín, sintiendo que la sangre se le helaba en las venas.

Había escuchado las historias de los arrieros viejos alrededor del fogón: el Cuero del Agua acecha en las lagunas solitarias donde no entra la corriente, esperando que un animal o un bañista desprevenido se acerque a la orilla para abalanzarse sobre él, envolverlo como una sábana asfixiante y arrastrarlo hacia el fondo lodoso sin dejar rastro de sangre.

Antes de que Joaquín pudiera gritar, la criatura se deslizó sobre el agua con la rapidez de una manta marina. Sus bordes se plegaron hacia arriba y se cerraron alrededor de las patas traseras de la ternera, que soltó un bramido desesperado mientras el monstruo comenzaba a tirar de ella hacia lo hondo con una fuerza ciega.

Joaquín supo que tirarse al agua a forcejear sería su propia muerte; la criatura lo envolvería junto con la res.

Recordó entonces lo que los abuelos aconsejaban para defenderse de la bestia: el Cuero no teme a los cuchillos que resbalan en su carne babosa, pero no soporta las espinas que se clavan en su piel tierna.

Con rapidez desesperada, el muchacho corrió hacia una mata tupida de zarzamora silvestre y colihue seco que crecía al pie del barranco. Con su machete cortó de dos tajos una gavilla gruesa de ramas espinosas cargadas de púas duras y afiladas como arpones.

Volvió a la orilla y, con todas las fuerzas de sus brazos, descargó la maraña de espinas directamente sobre el lomo extendido del monstruo.

Las púas de la zarza se clavaron hondo en la carne plana de la criatura.

Al sentir el desgarro de las espinas, el Cuero soltó un silbido agudo y fétido, semejante al aire que escapa de un odre podrido. Sus garras se abrieron de golpe, soltando las patas de la ternera, que resbaló sobre el barro y logró salir a gatas hacia la tierra firme empujada por los ladridos del perro.

La criatura se replegó sobre sí misma con violentas convulsiones, tratando de desprenderse de las púas, y se hundió de golpe en el remolino oscuro de la laguna, dejando tras de sí una espesa mancha de fango negro y burbujas aceitosas.

Joaquín no esperó a que volviera a salir. Jaló a la ternera herida por el pescuezo, subió el barranco a toda prisa y arreó a sus animales lejos de la hondonada sin detenerse hasta llegar a los corrales seguros del valle. Desde aquella tarde, cada vez que cruzaba cerca de una laguna quieta, recordaba que en las aguas más calmas de la cordillera la muerte puede flotar dormida con la apariencia inocente de un cuero olvidado.


Adaptación: Shyvirelle

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