Hacía tres semanas que el temporal no daba tregua en los cerros de Chiloé. La lluvia interminable había hinchado los riachuelos y convertido las laderas de greda en lodazales blandos que crujían por debajo de las raíces de los tepuales.
Lorenzo, un campesino que vivía con su familia en la falda de la quebrada, salió al patio al escuchar un bramido subterráneo que no venía del cielo, sino de las entrañas mismas del cerro. La tierra temblaba bajo sus pies y pequeñas piedras rodaban cuesta abajo, golpeando contra la empalizada del huerto.
Don Teodoro, un anciano curandero que había cruzado la loma esa misma mañana con su morral de hierbas medicinales, salió tras él y miró la ladera con expresión severa.
—El pantano de arriba ya parió —dijo el viejo, sacando del morral un lazo grueso tejido con ramas flexibles de voqui—. Es el Camahueto, Lorenzo. El animal cumplió sus años en el barro y ahora busca bajar al mar. Si no lo atajamos a tiempo, el zanjón se llevará tu casa y tus siembras al estero.
Lorenzo había oído hablar de la fiera desde niño. Decían que nacía en las ciénagas más profundas de las montañas como un ternero pequeño, alimentándose de tierra húmeda durante veinticinco años hasta que alcanzaba una fuerza descomunal. En el entrecejo le crecía un único cuerno brillante, duro como el acero y cargado de tanta furia que, al despertar, la bestia descuajaba colinas enteras abriendo grietas hondas para deslizarse en el torrente hasta el océano.
Un crujido formidable partió el silencio de la lluvia.
La ladera del cerro se abrió en dos mitades con un rugido ensordecedor. Toneladas de barro, troncos partidos de coigüe y peñascos rodaron cuesta abajo en una avalancha furiosa.
En el centro del aluvión, impulsándose con pezuñas anchas y poderosas, asomó la bestia. Tenía el cuerpo macizo de un toro joven, con el lomo brillante de fango gris y ojos pequeños que destellaban con la furia de las fuerzas subterráneas. De su frente surgía una punta reluciente, afilada y curva, que hendía la tierra como la reja de un arado gigante, desmoronando la roca a su paso.
Lorenzo sintió ganas de correr hacia el bosque, pero don Teodoro le puso una mano firme en el hombro.
—¡Sujeta la estaca que clavé en la peña! —ordenó el curandero con voz que se sobrepuso al estruendo—. ¡El lazo de voqui no se rompe con fuerza animal si el corazón no tiembla!
El voqui era una enredadera sagrada del bosque chilote, machacada y macerada con hierbas amargas que tenían la virtud de calmar los ardores mágicos de la fiera.
Cuando el Camahueto estuvo a menos de diez varas, bufando vapor caliente por los ollares y apuntando su cuerno hacia el huerto, don Teodoro hizo girar el lazo sobre su cabeza con un movimiento seguro y lo lanzó con maestría hacia la cabeza del monstruo.
El nudo de enredadera cayó limpio alrededor del cuerno brillante.
En el mismo instante en que el vegetal tocó la superficie dorada, la furia de la bestia pareció desvanecerse. El toro frenó su carrera en seco, clavando las pezuñas en el fango, y agachó la testuz con un mugido sordo, dócil como un buey de tiro.
Don Teodoro se acercó con paso tranquilo, sacó de su faja una sierra pequeña de cabo de madera y, con tres cortes rápidos y precisos, aserró la punta del cuerno milagroso sin lastimar al animal.
Despojado de su arma mágica, el Camahueto perdió todo deseo destructor. Giró suavemente hacia el lecho del arroyo y se deslizó por el agua mansa, nadando con tranquilidad hacia la bahía sin causar más daños en las tierras cultivadas.
Lorenzo contempló el zanjón abierto en la colina, agradecido de que la casa quedara en pie. Don Teodoro guardó la punta del cuerno en su morral, sonriendo con sabiduría: con aquel polvo raspado prepararía remedios para sanar las fiebres y devolver las fuerzas a los enfermos de toda la comarca, mientras en el cerro la herida de la greda recordaría para siempre el paso de la fiera.
Adaptación: Shyvirelle
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