Mitos y Leyendas

La leyenda del Cipitío

La leyenda del Cipitío

La mañana clareaba sobre los cafetales de San Vicente cuando Lucía bajó al río con una batea de madera y un canasto de ropa para lavar. A esa hora, el agua corría clara y fría entre las piedras redondas, y el único ruido en el fondo del cañón era el canto de los pájaros y el murmullo de la corriente.

Lucía se acomodó sobre una piedra lisa junto a la orilla del río. Hundió la primera manta blanca en el agua y comenzó a frotarla con jabón de cuaba, dejando que la espuma resbalara corriente abajo entre las piedrecillas del fondo. Era una tarea de todas las semanas que le tomaba un par de horas antes de que el sol de mediodía calentara con fuerza sobre los cerros. Estaba concentrada en su labor cuando una pequeña piedra redonda cayó al agua con un chasquido suave, salpicándole los brazos y la falda.

La muchacha levantó la vista hacia la ribera opuesta, creyendo que algún muchacho de la finca vecina le estaba gastando una broma pesada. Miró con atención entre las cañas verdes y las matas de plátano, pero solo vio el aleteo de un pájaro carpintero. Se encogió de hombros, respiró hondo y siguió lavando la ropa. A los pocos minutos, otra piedrecita rodó sobre la batea de madera, seguida de una flor silvestre de color naranja encendido que flotó en el remanso del agua clara.

—¡Ya te vi, sal de ahí! —dijo Lucía con tono firme, poniéndose de pie y mirando hacia los troncos del bosque ribereño—. Deja de tirar cosas al agua.

Nadie respondió a su llamado, pero una risa cantarina y aguda, como de niño travieso que se esconde detrás de una puerta, resonó entre las ramas de un amate viejo que estiraba sus raíces gruesas sobre la poza.

Lucía se secó las manos húmedas en el delantal y caminó unos pasos con cuidado por la arena limpia de la orilla. Allí encontró las pisadas frescas. Eran huellas pequeñas, de pies descalzos e infantiles marcados en el fango de la orilla, pero estaban colocadas al revés de una manera extraña: la punta de los dedos miraba hacia el sendero que subía al pueblo, mientras que el barro levantado y el peso en la arena demostraban que el cuerpo había avanzado en dirección contraria, saliendo del agua hacia las raíces del árbol. Parecía que alguien caminaba hacia atrás con paso firme sin tropezar nunca.

Lucía sintió un escalofrío que no venía del aire frío de la mañana. Recordó las historias que su madre contaba junto a la cocina de leña sobre el Cipitío, el niño eterno del monte salvadoreño. Decían que nunca crecía, que llevaba un sombrero de palma tan grande que apenas se le veían los hombros, y que tenía los pies al revés para que nadie pudiera seguirle el rastro por los caminos de tierra. Decían también que no hacía daño a nadie, pero que le gustaba tirar flores a las muchachas que iban solas al río y comerse la ceniza fría de los fogones apagados.

Un chasquido de hojas sobre su cabeza la hizo mirar hacia arriba.

Sentado en una rama gruesa del amate, balanceando las piernas desnudas a dos metros del suelo, había un niño regordete de no más de diez años. Llevaba una camisa blanca de manta rústica y un sombrero de paja enorme, con la copa puntiaguda y el ala tan ancha que le cubría casi toda la espalda. Tenía la barriga redonda, las mejillas llenas de tierra y dos ojos negros y brillantes que la miraban con picardía. En una mano sostenía una calabaza seca llena de ceniza gris de fogón, de la que sacaba pequeños puñados para llevárselos a la boca como si fueran dulces de miel.

Al ver que Lucía lo miraba fijamente, el niño no se asustó. Le sonrió con la boca manchada de ceniza y le lanzó una última flor silvestre que cayó justo a sus pies.

Cuando el pequeño movió los pies en el aire, Lucía vio con total claridad sus talones hacia adelante y los dedos apuntando hacia su espalda.

—¡Cipitío! —susurró la muchacha, dando un paso hacia atrás.

El niño soltó una carcajada alegre, dio un salto liviano hacia la orilla contraria y comenzó a correr entre los cafetales. Sus pasos no dejaban ruido sobre las hojas secas, y en un par de saltos ágiles se perdió entre los troncos verdes y la neblina que subía del río.

Lucía recogió su batea y la ropa lavada sin tardar un minuto más. Al llegar a su casa y revisar el fogón de barro de la cocina, encontró la ceniza revuelta y pequeñas huellas invertidas junto a la leña fría, confirmando que el duende alegre de Cuscatlán seguía rondando los patios campesinos.


Adaptación: Shyvirelle

Recreación de la leyenda popular salvadoreña del Cipitío, con personajes y escenas propios.

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Shyvirelle

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