Mitos y Leyendas

La Guajona: la bruja nocturna de Cantabria

La Guajona: la bruja nocturna de Cantabria

El viento de la montaña soplaba con fuerza contra los muros de piedra del valle de Cabuérniga cuando Julián terminó de cepillar las tablas de roble en su taller. La casa estaba en silencio desde hacía horas. En el cuarto de al lado dormían su esposa Teresa y su hijo pequeño, un niño de apenas cuatro meses que llevaba tres días despertando pálido, débil y con un llanto cansado que ningún remedio casero lograba calmar.

Julián limpió las virutas del banco de trabajo y apoyó el cepillo de madera. Había decidido quedarse despierto toda la noche. La noche anterior, al cambiarle la ropa al niño a la luz de una vela, Teresa había descubierto una pequeña marca roja en la piel del cuello, como la picadura de una aguja fina. En la aldea, las mujeres viejas hablaban en voz baja de la Guajona, el ser de la noche que recorre los tejados de Cantabria buscando la sangre de los niños dormidos. Decían que entraba por las rendijas de las ventanas sin hacer ruido, cubierta de un manto negro andrajoso, con patas secas como las de un ave de rapiña y un diente largo y afilado, y que no paraba de rondar una casa hasta dejar a los pequeños secos como la paja.

La campana del pueblo dio la una de la madrugada. El fuego de la chimenea se había reducido a un puñado de brasas cubiertas de ceniza blanca y el aire dentro de la casa se volvió de pronto frío.

Un crujido leve sonó sobre las tejas del tejado.

No fue el peso de un gato ni una rama arrastrada por el viento. Fue un raspón lento y pesado, como el de unas garras duras tanteando la madera vieja del alero. Julián tomó un martillo de hierro del banco de trabajo, contuvo la respiración y caminó descalzo hacia el cuarto donde dormía el niño.

La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por el resplandor débil de la luna que entraba por una ventana de madera mal ajustada.

Junto a la cuna de madera, inclinada sobre el borde de las mantas, había una figura encorvada. Era una mujer vieja y delgada como un sarmiento seco, envuelta en un manto negro y deshilachado que le caía hasta el suelo. Bajo el borde de la tela asomaban dos patas flacas y amarillentas, semejantes a las garras de un pájaro grande. Tenía las manos huesudas apoyadas en la madera de la cuna y su cabeza se movía con lentitud sobre el pecho del bebé.

Cuando la figura ladeó el rostro hacia la ventana, la luz de la luna le dio de lleno en la cara.

Julián vio unos ojos redondos y brillantes como ascuas encendidas, una nariz curvada como el pico de un gavilán y una boca seca y sin labios de la que sobresalía un único diente largo, afilado y amarillento, que bajaba casi hasta la barbilla. La vieja abría la boca despacio para acercar ese diente a la piel del cuello del niño.

—¡Fuera de mi casa! —gritó Julián, arrojándose hacia la cuna con el martillo en alto.

El golpe del hombre contra la mesa de noche rompió el silencio de la habitación. La Guajona dio un salto hacia atrás con una agilidad inhumana. No gritó con voz de mujer; soltó un silbido agudo y destemplado, parecido al graznido de una lechuza herida, y sacudió su manto negro con furia.

En medio de la penumbra, la criatura saltó hacia la ventana con la agilidad de un animal montaraz. Sus garras de ave rasparon la madera del marco con un crujido seco y se deslizó hacia afuera, perdiéndose por los tejados de piedra hacia la sombra oscura de los montes.

Teresa despertó sobresaltada y encendió una lámpara de aceite con manos temblorosas. El niño lloraba con fuerza, pero estaba sano y salvo en los brazos de su padre. Al revisar la ventana, Julián encontró en el alféizar unas hebras de lana negra y polvo viejo.

A la mañana siguiente, Julián decidió no correr más riesgos: clavó tablas de roble en cada rendija de la casa y sujetó ramas de laurel seco en las esquinas del tejado por consejo de su madre. Aquella noche había logrado apartarla de la cuna. No sabía si volvería, y no pensaba dejar otra rendija abierta.


Adaptación: Shyvirelle

Recreación de la leyenda cántabra de la Guajona.

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