Literatura y escritura

Qué es un relato: definición, elementos y dos ejemplos breves

Un relato es una narración de hechos reales o ficticios. La palabra es amplia: puede referirse a una historia breve, pero también puede hablarse del relato de una novela, de un hecho histórico o de una experiencia personal.

Por eso, no existe una oposición sencilla entre relato y novela. Una novela también construye un relato, aunque normalmente sea mucho más extensa.

Elementos de un relato

Los relatos pueden ser muy diferentes entre sí, pero para entender cómo funcionan conviene observar algunos elementos básicos.

  • Personajes: quienes realizan o reciben las acciones.
  • Acciones: aquello que ocurre, cambia o se decide.
  • Tiempo: cuándo suceden los hechos y en qué orden se cuentan.
  • Espacio: el lugar o los lugares donde ocurre la historia.
  • Narrador: la voz que cuenta los hechos. Puede participar en ellos o narrarlos desde fuera.
  • Conflicto o centro de interés: muchos relatos se organizan alrededor de un problema, un deseo, una pregunta o un cambio, aunque no todos necesitan un conflicto intenso.

Relato, cuento y anécdota

Estos términos se relacionan y a veces se solapan.

  • Relato: es un término amplio para una narración real o ficticia.
  • Cuento: es una forma de narración de ficción generalmente breve. Por eso, un cuento también puede considerarse un relato.
  • Anécdota: cuenta un episodio concreto, muchas veces relacionado con algo vivido o presentado como vivido. Puede contarse de manera informal, pero también puede escribirse con intención literaria y tener una estructura cuidada.

No es necesario dividir los cuentos en clásicos y los relatos en modernos. Ambos pueden tener finales abiertos o cerrados, narraciones lineales o fragmentadas y estilos muy distintos.

Dos relatos breves originales

1. La última taza de café

A las seis de la mañana, Mateo abrió la pequeña cafetería de la estación. Encendió la máquina de café, colocó las tazas y levantó la persiana que daba al andén.

El primer cliente fue un hombre mayor con una maleta azul. Mateo lo reconoció. Durante años había pasado por allí casi todos los lunes.

—El de siempre —dijo el hombre.

Mateo preparó un café solo.

—Hoy lleva equipaje.

—Hoy no voy al trabajo.

El hombre dejó un billete de tren sobre la barra. El destino estaba impreso en letras grandes: Puerto Norte.

—Mi hija vive allí —explicó—. Dejé el apartamento ayer. Me ha preparado una habitación en su casa.

Mateo apoyó la taza frente a él.

—Entonces este sí es un viaje largo.

—Eso parece.

El hombre bebió despacio. Cuando anunciaron su tren, sacó una moneda vieja del bolsillo y la puso junto al plato.

—Esta no sirve para pagar —dijo Mateo.

—Lo sé. La encontré aquí hace muchos años, debajo de aquella mesa. Pensé que podía volver a quedarse donde apareció.

Mateo tomó la moneda.

—La guardaré detrás de la caja. Y el café de hoy corre por mi cuenta.

El hombre sonrió, tomó la maleta y caminó hacia el andén.

Antes de subir al tren se volvió y levantó una mano.

Mateo respondió desde la puerta.

La estación volvió a quedarse casi vacía. Sobre la barra seguía la taza usada y, junto a la caja, la moneda que había regresado al mismo lugar después de muchos años.

2. El reloj que marcaba sombras

Clara encontró el reloj dentro de una caja de madera en el desván de su abuela.

No tenía números. En la esfera aparecían cuatro dibujos: una ventana clara, un atardecer, una luna y un círculo completamente negro.

Clara giró la pequeña rueda lateral.

La aguja se movió hasta la ventana clara.

Cuando cerró la cortina, avanzó hacia el dibujo del atardecer.

Clara volvió a abrirla.

La aguja retrocedió.

Durante la tarde hizo varias pruebas. Puso el reloj debajo de una mesa, junto a una lámpara y dentro de un cajón. Siempre parecía responder a la cantidad de luz que había alrededor.

—Un reloj que no mide horas —murmuró.

Esa noche lo dejó sobre su escritorio.

Poco antes de acostarse apagó la lámpara. La aguja avanzó hasta el círculo negro.

Entonces Clara vio algo extraño.

La luz de la calle entraba por una rendija de la cortina y proyectaba su sombra sobre la pared. Clara levantó una mano.

La sombra tardó un instante en imitarla.

Clara bajó el brazo.

La sombra lo mantuvo levantado un segundo más.

Tomó el reloj y encendió la lámpara. La sombra volvió a seguir sus movimientos con normalidad y la aguja retrocedió hacia el atardecer.

Clara miró la caja de madera.

Podía seguir haciendo pruebas durante la noche, pero decidió que ya había visto suficiente.

Guardó el reloj dentro, cerró la tapa y dejó la caja sobre una silla lejos de la cama.

A la mañana siguiente, la encontró cerrada exactamente como la había dejado.

Clara acercó la mano a la tapa, pero no la abrió.

—Esta tarde —decidió.

Al alejarse, escuchó un único clic dentro de la caja.

No sabía qué significaba. Esta vez prefirió dejar la pregunta para después.

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Shyvirelle

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Acerca de…

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