La humedad de los pantanos de Chiloé calaba hasta los huesos incluso en las noches de verano. El suelo de las turberas, cubierto de musgo blando de pompón y raíces sumergidas, cedía bajo los pasos con un crujido esponjoso que olía a vegetación podrida y aguas muertas.
Anselmo, un joven artesano de la aldea, se había internado más allá de los cercos conocidos buscando quilineja, la enredadera delgada y resistente que crecía sobre los troncos húmedos y que utilizaba para tejer canastos finos.
Llevaba un buen haz atado a la espalda cuando el aire a su alrededor cambió de repente.
Una fetidez insoportable, como de carne podrida mezclada con cieno estancado, le golpeó la nariz haciéndolo toser. El canto de los insectos en los matorrales de chilco cesó de inmediato, y una neblina rastrera comenzó a filtrarse entre los troncos muertos de los alerces caídos.
Anselmo se detuvo y miró hacia una poza oscura a pocos pasos de distancia.
Sobre una raíz gruesa y cubierta de hongos amarillos, sentada de espaldas a la corriente, había una figura diminuta. No medía más de dos cuartas de alto. Parecía una mujer, pero sus brazos eran desproporcionadamente largos y sus piernas estaban torcidas como sarmientos secos. Llevaba una saya andrajosa teñida de lodo negro y unos cabellos tan largos y espesos que le cubrían la espalda entera y rozaban el agua del cenagal.
La criatura sostenía en su mano huesuda un peine viejo de madera y se pasaba las púas con lentitud por las mechas grasientas, tarareando un murmullo gangoso que sonaba a lamento.
Anselmo sintió que el aire se le atascaba en el pecho.
—La Fiura —pensó con horror, recordando las advertencias de su madre.
En los pueblos del archipiélago todos sabían que la Fiura era la dueña indiscutible de las ciénagas y los lodazales. Se decía que no soportaba la presencia de hombres sanos y que, si alguien la sorprendía en sus pantanos, bastaba con que le lanzara una bocanada de su aliento ponzoñoso para tullirle los brazos y las piernas, dejándolo deforme para siempre con el temido «mal del aire».
El joven dio un paso atrás con cautela, procurando no pisar una rama seca.
Pero la criatura giró la cabeza de golpe.
Su rostro era de una fealdad espantosa: tenía la piel arrugada como cuero viejo, la nariz aplastada y unos ojos redondos, vidriosos y rojizos que brillaron con furia al descubrir al intruso. Sin levantarse de la raíz, la Fiura abrió su boca desdentada y sopló hacia él una ráfaga de vaho blanquecino y helado.
El hedor envolvió a Anselmo en una fracción de segundo.
Sintió un dolor agudo y punzante en la pierna izquierda, como si una aguja de hielo le atravesara la rodilla de parte a parte. El músculo se le encogió de golpe, los tendones se le crisparon y la pierna le quedó tiesa y torcida hacia adentro, incapaz de sostener su peso. Cayó de rodillas sobre el musgo fangoso, soltando el haz de quilineja.
La Fiura soltó una carcajada burlona y chillona, batió sus palmas deformes contra el barro y se zambulló en la poza oscura con un chapoteo espeso, desapareciendo bajo las algas podridas.
Arrastrándose con las manos y empujándose con la pierna sana, Anselmo tardó más de dos horas en alcanzar el sendero seco donde su madre, doña Carmen, salió a buscarlo alarmada por la tardanza.
Al ver la pierna rígida y pálida de su hijo, la mujer no perdió un minuto en lamentos.
—¡Es el aire de la fiera del fango! —dijo con resolución—. Hay que sacarlo antes de que la carne se vuelva palo.
Lo llevó hasta el fogón y llamó a los vecinos para que la ayudaran. Anselmo seguía temblando. Cuando por fin pudo mover los dedos del pie, su madre encontró en el borde de su pantalón una hebra larga de cabello negro que olía a pantano.
La pierna sanó tras varios días de reposo, pero Anselmo jamás olvidó la mirada de la enana del pantano y nunca más volvió a cortar quilineja en las ciénagas profundas de Chiloé.
Adaptación: Shyvirelle
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