Un cuento de terror psicológico de Shyvirelle, publicado también en Canal Prohibido. Esta historia es ficción.
Me llamo Adriana. Y sí, sé que la voz que estás oyendo es de un hombre. Durante mucho tiempo pensé que eso era un error de la grabación.
Me dedico a restaurar audio. Quito zumbidos, chasquidos y ruido de cinta para que las voces se entiendan mejor. La gente cree que es un trabajo sencillo. Pero restaurar una voz significa decidir qué partes del sonido merecen quedarse. Aprendí que esa decisión puede ser peligrosa.
El encargo llegó del Archivo Sonoro Municipal. Había que digitalizar las cintas de un antiguo laboratorio de radio que iban a demoler. La mayoría eran aburridas: pruebas de micrófono, anuncios locales, estudiantes leyendo listas de palabras.
La última caja tenía una etiqueta distinta: CÁMARA DE SILENCIO. TOMAS DE REFERENCIA.
Eran grabaciones hechas dentro de una sala diseñada para absorber casi todo el sonido. Las paredes, el techo y el piso estaban cubiertos de paneles gruesos. No había ventanas. Tampoco muebles. En las fotos, la sala parecía una caja forrada por dentro con púas de espuma.
La primera cinta duraba once minutos. En la ficha decía: «Sala vacía. No hay voz». La escuché una vez. Solo oí un siseo bajo, continuo, como el aire que se escapa de una tubería.
Entonces apliqué el filtro de reducción de ruido. Es un procedimiento normal: seleccionas unos segundos de sonido sin voz para que el programa sepa qué debe eliminar.
Al instante, entre los siseos, apareció una frase.
—No quites lo que respira.
Detuve el audio. Volví a reproducirlo. La frase ya no estaba. Supuse que había confundido un defecto de la cinta con una voz y seguí trabajando.
En la caja encontré una carpeta con los registros del laboratorio. Casi todo eran informes técnicos, hasta que apareció una ficha de personal: Ramiro Leiva, operador de sonido. La última anotación decía que había entrado a la cámara para grabar una toma de referencia. No había registro de salida.
Busqué su nombre en el inventario. Una semana después, el laboratorio había declarado la cámara vacía. Sus pertenencias seguían en el edificio. De él, no encontraron nada.
Pensé que la historia era un accidente mal documentado. La cinta, en cambio, empezó a ocuparme la cabeza. Pedí permiso para visitar el laboratorio y grabar unos minutos de silencio real. Quería comparar el ruido de la cámara con el de las cintas.
Al entrar, sentí presión en los oídos. No era silencio absoluto, claro; todavía podía oír mi respiración y el pulso dentro del cuello. Pero faltaba algo que nunca había notado: el sonido no volvía hacia mí.
Di una palmada.
No hubo eco.
Grabé unos segundos y dije mi nombre para identificar el archivo.
—Me llamo Adriana.
Al volver a la oficina, escuché la toma. Mi voz estaba ahí, pero antes de que yo hablara había otra respiración. Grave. Muy cerca del micrófono.
La grabación también contenía un roce de tela y el ruido de alguien apoyando la mano sobre la mesa. Yo no llevaba chaqueta y en la cámara no había ninguna mesa.
Importé el audio al programa. La respiración parecía mezclada con el ruido de fondo. Probé a reducirla. Cuanto más limpiaba el sonido, más clara se volvía una voz de hombre. No entendí las palabras. Solo escuché mi nombre.
Esa noche soñé con la cámara. No con la sala tal como era, sino como aparecía en las fotografías de archivo: paneles, cables y una silla en el centro. Al despertar, tenía en la cabeza una melodía corta, de esas que uno tararea sin saber de dónde vienen.
La reconocí días después, escondida en otra cinta. Era una prueba de voz de Ramiro Leiva. Él tarareaba la misma melodía antes de empezar a hablar.
Dejé el trabajo por una semana.
Cuando regresé, encontré un archivo nuevo en el proyecto. No recordaba haberlo creado. Se llamaba ADRIANA_FINAL.
Duraba seis minutos. La voz era la mía, o eso pensé al principio. Contaba cosas de mi infancia que yo no había grabado en el laboratorio: el zumbido del refrigerador de mi casa, una canción que mi padre usaba para despertarme, la primera vez que aprendí a reconocer mi propia voz en una cinta.
Debajo, una voz de hombre repetía cada frase un instante después. No como un eco. Era más bien como si estuviera aprendiendo a decirlas.
Llevé el archivo a la cámara y reproduje la pista con unos monitores portátiles. La voz masculina salió limpia, sin siseo ni distorsión. Entonces dijo:
—Adriana, ya puedes dejar de hablar.
Apagué todo.
El silencio de la sala regresó, pero algo había cambiado. Yo seguía respirando. Podía sentir el aire entrar y salir de mi pecho. Pero al mirar la grabadora, vi que el nivel del micrófono no se movía.
Hablé. Me toqué la garganta. Grité. No quedó nada en la pantalla.
Salí con la grabadora bajo el brazo. En el pasillo, un técnico me preguntó por qué llevaba los labios manchados de tinta. No tenía tinta. Le pedí que repitiera la pregunta y él juró que yo no había dicho ni una palabra desde que entré.
Esa fue la última vez que alguien me vio.
La cámara estaba vacía cuando la revisaron. Mi abrigo y mis llaves seguían en el suelo. La grabadora también. En la tarjeta encontraron dos versiones del mismo archivo: una sin filtros y otra restaurada.
En la primera, se oyen dos voces.
En la segunda, solo una.
Me llamo Ramiro Leiva. Fui el técnico que entró en esa sala y nunca volvió a salir. Adriana encontró mi voz porque intentó limpiar el sonido que la mantenía enterrada.
Ella todavía está en la pista original. A veces intenta decir su nombre, pero el programa la identifica como ruido y la elimina.
Yo soy la voz que queda después de la limpieza.
Y ahora sabes por qué este relato empezó con las palabras «Me llamo Adriana».
Era lo último que ella aún podía decir con su propia voz.
Escucha este cuento en Canal Prohibido
Si prefieres escuchar la historia, puedes ver la narración de Me llamo Adriana en YouTube.
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