En las leyendas del altiplano boliviano, el Kari Kari es un ser que roba la grasa de sus víctimas. También se le conoce como kharisiri, aunque su historia cambia de una región a otra.

El pasajero que no bajaba
Al cerrar los ojos, Julián sintió que alguien le levantaba la manga.
Despertó de golpe. El autobús avanzaba por la carretera y los demás pasajeros dormían. En el asiento contiguo un hombre miraba por la ventana.
Julián se bajó la manga. Debía haberse enganchado con algo.
Llevaba muchas horas de viaje. Había subido después de una jornada de trabajo, con una bolsa bajo los pies y la cabeza llena de pendientes. Cada vez que intentaba mantenerse despierto, las luces del techo se le convertían en manchas.
El hombre de al lado no parecía cansado.
Tenía sobre las rodillas un pequeño maletín. Lo sostenía con ambas manos, sin cambiar de postura. Ni siquiera miró a Julián cuando este buscó su botella de agua.
—¿Dónde baja? —preguntó el muchacho.
El hombre giró apenas la cabeza.
—Cuando termine.
Julián supuso que no lo había oído bien.
La siguiente parada estaba iluminada. Bajaron dos pasajeros y subió una mujer con varios bultos. Julián aprovechó el movimiento para levantarse, estirar las piernas y lavarse la cara.
Al volver, su asiento estaba vacío.
El maletín permanecía en el asiento de al lado.
Pensó en avisar al conductor, pero el hombre regresó antes de que pudiera acercarse. Pasó junto a él sin rozarlo y se sentó. Sus zapatos no tenían polvo.
El viaje continuó.
Para distraerse, Julián buscó en el teléfono un mensaje de su hermana. Ella le había enviado una lista de cosas que debía comprar al llegar. Leyó la lista tres veces. Después notó que seguía mirando la pantalla apagada.
Se había quedado dormido unos segundos.
El maletín estaba abierto.
No vio herramientas. En el interior había un paño cuidadosamente doblado y un frasco tan oscuro que no podía saber si estaba lleno.
El hombre lo cerró despacio.
—Le conviene descansar —dijo.
Julián recordó entonces una historia que había escuchado de niño: la del Kari Kari, el extraño que podía aprovechar el sueño de un viajero. Le dio vergüenza sentir miedo por un maletín. No tenía derecho a acusar a nadie por llevar un frasco.
Se levantó de todos modos.
Pidió permiso al conductor para cambiar de asiento y se acomodó cerca de la mujer de los bultos. Ella lo miró al verlo tan pálido.
—¿Se siente mal?
—Solo estoy cansado.
La mujer apartó una bolsa para dejarle espacio. Hablaron del tiempo y del viaje. Julián le hizo preguntas que no le interesaban con tal de seguir conversando.
Cuando volvió la vista hacia su antiguo asiento, el hombre estaba mirando directamente hacia ellos.
El autobús llegó a la terminal al amanecer. Julián dejó bajar a los demás. Buscaba al desconocido, pero lo perdió entre las personas que recogían sus cosas.
El conductor salió a revisar el equipaje. El muchacho se acercó.
—¿Conoce al hombre que se sentó junto a mí? El del maletín.
—No me fijé —respondió el conductor—. ¿Le hizo algo?
Julián negó con la cabeza. No tenía una herida ni le faltaba ninguna pertenencia. Se sintió ridículo y agradecido al mismo tiempo.
Su hermana lo esperaba afuera. Lo abrazó y le quitó una pelusa del hombro.
—¿Qué te pasó en la manga?
Julián miró hacia abajo.
El puño de su camisa estaba cosido con un hilo que no era el suyo. Un hilo negro, nuevo, que sujetaba la tela por dentro.
Recordó el paño del maletín. La oscuridad del frasco.
—No sé —respondió.
Su hermana lo tomó del brazo y lo llevó a desayunar. Julián fue con ella. No quiso regresar a la terminal para buscar al hombre.
Guardó la camisa en el fondo de su bolsa. Durante todo el camino hacia la casa procuró no dormirse.
Sobre la leyenda
Como referencia del estudio social de esta creencia puede consultarse la investigación presentada por Álvaro Aguilar Benítez, UMSA, en el congreso EASA 2024, dentro del panel sobre movilidad y salud. El Instituto de Investigaciones Sociológicas de la UMSA registra también una investigación sobre las nociones sociales de los enfermos de kharisiri.
Continúa con otras leyendas bolivianas.
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