La codicia por ganar más tierra para el ganado llevó a Gonzalo a subir a la cabecera de la quebrada, en las montañas de Antioquia. Era una mañana húmeda y cubierta de neblina. En esa parte alta del cerro nacía el agua limpia que abastecía a las fincas del valle, rodeada por un bosque espeso de robles y cedros centenarios que los campesinos del pueblo respetaban desde hacía generaciones. Pero a Gonzalo no le importaban las advertencias de los vecinos: llevaba un hacha de acero al hombro y planeaba talar los mejores árboles a la orilla del agua para ampliar sus potreros.
El hombre avanzó solo entre la vegetación cerrada. El suelo estaba blando por las lluvias de la semana y el aire olía a tierra mojada, a musgo y a corteza húmeda. El agua de la quebrada corría cristalina entre piedras redondas cubiertas de verdín, produciendo un murmullo constante y pacífico.
Gonzalo se detuvo frente a un roble grueso cuyas raíces se hundían directo en el nacimiento del agua. Se escupió las manos, alzó el hacha y descargó el primer golpe con fuerza.
El filo de acero mordió la madera viva con un chasquido sordo.
En ese mismo instante, el murmullo del bosque cambió. El viento sopló de golpe entre las copas de los árboles con un silbido frío que desprendió hojas secas y ramas tiernas. Pero lo que hizo detener a Gonzalo no fue el viento, sino lo que ocurrió en la quebrada.
El agua clara que corría a sus pies se volvió oscura en cuestión de segundos. Un lodo espeso y rojizo comenzó a brotar del lecho de piedras, revuelto con hojas podridas y ramas desgajadas. El arroyo creció de repente sin que hubiera caído una sola gota de lluvia, golpeando las piedras con una furia sorda y salpicando espuma marrón sobre las botas del leñador.
Gonzalo dio dos pasos hacia atrás, desconcertado. En las montañas andinas todos sabían lo que significaba una creciente repentina de agua turbia: era la señal de que la Madremonte se estaba bañando en los nacimientos y castigaba a quien ensuciaba sus aguas o talaba sus bosques.
De entre los helechos gigantes de la orilla opuesta comenzó a elevarse una figura imponente.
No era una mujer común. Medía más de dos metros de altura y su cuerpo parecía brotar directo de la tierra misma. Llevaba una túnica de musgo verde y hojas vivas que le cubrían los hombros y el pecho, y su cabello era una maraña tupida de bejucos y enredaderas que le caían hasta la cintura. Su rostro, moreno y severo, tenía la textura de la madera vieja, pero sus ojos brillaban con un verde profundo y húmedo, semejante al fondo de una poza de agua virgen.
La Madremonte no dio un paso hacia él ni lanzó grito alguno. Se quedó inmóvil junto al nacimiento del agua, clavando su mirada furiosa en el hacha que el hombre sostenía en la mano derecha.
El peso de esa mirada cayó sobre Gonzalo como una losa de piedra. El hombre intentó retroceder, pero las piernas apenas le respondían. Cuando giró sobre sus talones para buscar el sendero por el que había subido, descubrió con horror que el camino había desaparecido: en su lugar solo había paredes apretadas de zarzas y helechos desconocidos que se cerraban ante sus ojos.
El bosque entero parecía haberse movido a su alrededor. Desesperado por salir, Gonzalo soltó el hacha en el fango y echó a correr a ciegas entre la maraña. Tropezó contra raíces invisibles, se enredó en ramas que parecían sujetarlo de la ropa y caminó en círculos durante horas mientras una niebla espesa y fría le borraba el cielo. Sentía a sus espaldas el olor a fango revuelto y el chasquido suave de hojas pisadas, recordándole que la guardiana del monte seguía sus pasos sin dejarlo escapar.
Solo cuando el sol comenzó a ponerse y Gonzalo cayó de rodillas agotado, pidiendo perdón en silencio por haber querido derribar los árboles del agua, la niebla se disipó de golpe. A pocos metros descubrió el portón de alambre que marcaba el límite de su propia finca.
Gonzalo regresó a su casa con la ropa empapada, las manos llenas de arañazos y temblando de frío. Nunca volvió a subir a la cabecera de la quebrada a talar madera, y desde aquel día los vecinos de la aldea supieron que en lo alto de la sierra la Madremonte sigue cuidando cada gota de agua y cobrando el daño de quien pretende adueñarse de lo que no es suyo.
Adaptación: Shyvirelle
Recreación de la leyenda colombiana de la Madremonte, reseñada por Radio Nacional.
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