Leyendas de Terror Colombianas

La leyenda de la Tunda

La leyenda de la Tunda

La marea baja dejaba al descubierto las raíces retorcidas del manglar cuando Tomás y su hermana menor Carmen llegaron en su canoa a la orilla del estero, en la costa pacífica de Nariño. Habían salido de la aldea después del almuerzo con dos canastos de mimbre para recoger pianguas y cangrejos entre el fango negro. El sol brillaba con fuerza, pero bajo la sombra espesa de las ramas el aire era tibio, húmedo y olía a salitre y a hojas descompuestas.

Tomás amarró la cuerda de la canoa a un tronco firme y le pidió a Carmen que no se apartara de la vista de la playa. La niña, de apenas ocho años, se agachó a buscar conchas entre las raíces, mientras Tomás avanzaba unos pasos metiendo las manos en el lodo con cuidado de no cortarse con las piedras.

Apenas habían pasado veinte minutos cuando Tomás escuchó una voz dulce que llamaba a su hermana desde la espesura del bosque ribereño.

—Carmen, ven acá, mi niña… Mira lo que te traje del pueblo.

Tomás se levantó de golpe y miró hacia los árboles. Entre dos troncos gruesos de mangle vio a una mujer alta, vestida con una falda larga de tela estampada y un pañuelo amarillo en la cabeza. Su rostro, su sonrisa y sus ojos eran idénticos a los de su tía Rosa, la hermana de su madre que vivía al otro lado del río. La mujer sostenía un trozo de panela en la mano y le hacía señas cariñosas a Carmen para que se internara en el monte.

La niña soltó su canasto en el barro y comenzó a caminar hacia la mujer con los ojos muy abiertos, como si estuviera soñando despierta.

—¡Carmen, espera! —gritó Tomás, corriendo hacia ella por el fango—. ¡La tía Rosa se fue en lancha a Tumaco esta mañana!

La mujer del pañuelo amarillo no se inmutó. Siguió retrocediendo despacio hacia la sombra más profunda de la selva, sonriendo con ternura y llamando a la niña con palabras suaves. Pero al dar un paso hacia atrás sobre una raíz pelada, la falda se le levantó unos centímetros del suelo.

Tomás vio entonces lo que ningún engaño podía esconder.

La pierna derecha de la mujer era normal, pero su pierna izquierda no terminaba en un pie humano: era un palo grueso de madera labrada, semejante a un molinillo de batir chocolate, con surcos y estrías que se clavaban con fuerza en el fango negro.

El muchacho sintió que el corazón se le subía a la garganta. En todos los pueblos del Pacífico se conocía la advertencia de los mayores sobre la Tunda, el ser del monte que toma la cara de las madres, tías y comadres para engañar a los muchachos y llevárselos a lo hondo del estero. Decían que a los niños atrapados los alimentaba con camarones crudos hasta dejarlos sin memoria ni voluntad, perdidos para siempre en la maraña de raíces.

—¡Es la Tunda! —gritó Tomás con toda la fuerza de sus pulmones—. ¡Suelta a mi hermana!

El muchacho sacó de su cinturón un cuerno de vaca que usaban los pescadores para avisar el regreso de las faenas y sopló con desesperación. El bramido hondo del cuerno resonó sobre el agua del estero, espantando a las garzas y rebotando en las paredes de árboles hasta llegar a las primeras casas del pueblo.

Al descubrirse la trampa, la figura de la mujer cambió. Su sonrisa tierna se torció en una mueca de rabia salvaje y de su garganta salió un chillido agudo que hizo temblar las hojas. Agarró a Carmen del brazo con dedos fríos y trató de arrastrarla hacia el fango hondo, pero la niña comenzó a llorar y a forcejear al escuchar los gritos de su hermano.

En pocos minutos, el sonido de tres canoas a motor rompió el silencio del estero. Los pescadores del pueblo, alertados por el cuerno, llegaron armados con remos, tapas de ollas de metal y perros de caza, golpeando el metal con piedras y gritando rezos antiguos para romper el hechizo del entundamiento.

El estrépito de los golpes y los ladridos fue demasiado para el monstruo. La Tunda soltó a la niña con un aullido de furia, golpeó el fango con su pata de palo y se internó en lo más cerrado del manglar, donde el agua estancada y las raíces negras se tragan toda luz.

Tomás alzó a su hermana en brazos y la subió a la canoa de los vecinos. Carmen tardó dos días en recuperar la voz y el apetito, mientras los ancianos del pueblo bendecían las casas y recordaban a los muchachos que en los esteros del Pacífico nunca hay que seguir a quien sonríe desde la sombra sin mostrar los dos pies.


Adaptación: Shyvirelle

Recreación de la tradición del Pacífico colombiano y ecuatoriano sobre la Tunda, con personajes y escenas propios.

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