Leyendas de Terror Peruanas

La leyenda de la Runamula

La leyenda de la Runamula

La luna llena flotaba redonda y blanca sobre el espejo de agua del río Huallaga, iluminando con destellos plateados los bancos de arena y la muralla impenetrable de árboles de la ribera opuesta. En el puerto rústico de la aldea, Lizandro aguardaba sentado sobre una canoa varada en la orilla a que bajara el nivel del río para asegurar las amarras de los troncos de balsa.

La noche era tibia y pacífica, rota únicamente por el rumor continuo de la corriente fluvial.

De pronto, desde el sendero que bajaba del pueblo hacia la playa de arena, sonó un galope violento.

Lizandro levantó la cabeza con asombro. En aquella orilla aislada de la selva nadie poseía caballos ni mulas; los comuneros se transportaban exclusivamente en canoas o a pie por las trochas de barro.

El retumbo de los cascos sobre la arena húmeda se hizo ensordecedor.

Por la curva de la playa apareció una mula descomunal, de pelaje negro y brillante como el azabache. Sus ojos ardían como dos brasas rojas encendidas en la oscuridad, y de sus ollares salían bocanadas de vapor caliente que olían a azufre. Montado sobre su lomo iba un jinete tenebroso, envuelto en un manto negro que no dejaba ver su rostro, que azotaba sin descanso las ancas del animal con una fusta de fuego que dejaba estelas luminosas en el aire.

A cada latigazo, la bestia levantaba la cabeza y soltaba un relincho desgarrador que helaba la sangre. No sonaba como el grito de un animal común: en el fondo de aquel alarido se escuchaba con claridad la voz angustiada de una mujer del pueblo que lloraba y suplicaba que cesara el castigo.

—¡La Runamula! —susurró Lizandro, pegando la espalda al costado de madera de la canoa.

En todos los pueblos ribereños de la selva se conocía la antigua leyenda. Los viejos decían que cuando una mujer mantenía amores prohibidos o traicionaba los mandamientos de la comunidad, caía sobre ella una maldición terrible: en las noches de luna llena, un jinete diabólico descendía del más allá para arrancarla de su hamaca, transformándola en una mula indómita a la que montaba y azotaba sin compasión por los arenales del río hasta el canto del gallo. Al despertar al amanecer en su cuerpo de mujer, la desdichada amanecía rendida de cansancio, con moretones y llagas sangrantes en la espalda marcadas por el látigo del castigo.

La mula pasó a menos de diez varas de donde estaba Lizandro, levantando arena mojada con sus cascos furiosos.

El joven ribereño recordó entonces el secreto que su abuelo le había enseñado para romper el lazo del maligno: la Runamula solo puede ser liberada si un hombre valiente le arroja un lazo con tres nudos bendecidos sobre el cuello o si se le corta la brida con un cuchillo de acero limpio.

Lizandro tomó de la borda de su canoa una soga de cáñamo grueso que había sido bendecida durante la fiesta patronal de San Juan. Con manos firmes, armó una lazada amplia y esperó a que la fiera diera la vuelta en el recodo de la playa.

Cuando la bestia regresó al galope desbocado, bufando espuma blanca por la boca, Lizandro salió de su escondite y lanzó el lazo con destreza hacia la cabeza del animal.

El nudo de cáñamo cayó limpio alrededor del cuello de la mula.

En el mismo instante en que la cuerda bendecida tocó el pelaje negro, el jinete de la capa oscura soltó un grito de cólera y se disipó en el aire como una bocanada de humo negro. La mula frenó en seco sobre la arena, soltó un relincho largo y triste que sonó a despedida y se arrojó a las aguas profundas del río Huallaga, donde la corriente la envolvió hasta hacerla desaparecer de la vista.

Al amanecer, Lizandro subió al pueblo con el corazón apesadumbrado. En una de las chozas del borde del caserío, una mujer conocida amaneció postrada en su hamaca con fiebres altas y marcas de látigo en los hombros, No dijo dónde había pasado la noche.

Lizandro guardó la soga bajo el asiento de la canoa. Al anochecer volvió a oír los cascos, esta vez en la orilla de enfrente.


Adaptación: Shyvirelle

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