La noche en la selva del Ucayali no conocía el silencio absoluto. Desde que el sol se hundía en el río, el aire caliente se llenaba con el concierto ensordecedor de los grillos, el croar ronco de las ranas de cañaveral y el chapoteo de los peces grandes cazando en las orillas.
Dentro del tambo maderero, levantado con postes de chonta y techado con hojas de yarina seca, Wilmer afilaba su machete a la luz de una vela de cera silvestre. A pocos metros, su compañero de faena, don Eloy, un viejo ribereño de rostro curtido por cincuenta crecientes, fumaba un cigarro de tabaco negro para espantar a los zancudos.
De pronto, todo el ruido del monte cesó en una sola fracción de segundo.
Los grillos enmudecieron, las ranas dejaron de cantar y el viento tibio que mecía las hojas de los plátanos se detuvo como si el aire se hubiera convertido en plomo.
Wilmer detuvo la piedra de afilar y levantó la cabeza.
Desde lo profundo de la espesura, a no más de cincuenta varas de la cabaña, brotó un silbido agudo, penetrante y frío que atravesó las tablas de madera como un cuchillo de hielo:
Fin… fin… fin… fiiiiin.
El sonido era fino y metálico, modulado con una melodía triste y burlona que parecía clavarse directamente en el centro del cráneo.
Wilmer, creyendo que se trataba de algún extractor de goma extraviado en la trocha, frunció los labios y se preparó para silbar de vuelta y avisarle dónde estaba el campamento.
Pero antes de que pudiera soltar el aire, la mano encallecida de don Eloy se estampó con violencia sobre su boca, sellándole los labios con una fuerza desesperada.
El anciano tenía los ojos muy abiertos y la frente empapada en sudor frío. Con la otra mano le hizo un gesto tajante de silencio absoluto, señalando las rendijas de la pared.
—¡Ni se te ocurra contestar! —le sopló don Eloy al oído con un hilo de voz temblorosa—. Es el Tunche.
En toda la Amazonía peruana no había nombre más temido. Los ribereños sabían que el Tunche es el alma en pena de los hombres que murieron con rencores oscuros en la espesura del monte, condenada a vagar eternamente por las trochas buscando víctimas a las que arrebatarles la vida. Quien escucha su silbido no corre peligro mientras guarde silencio; pero si alguien comete la imprudencia de responder al llamado o imitar su tono, el espíritu maligno se aproxima en el acto, entra en la choza y le desgarra el pecho para devorarle la cordura y el aliento antes del amanecer.
El silbido volvió a sonar, esta vez mucho más cerca, justo detrás de la empalizada del tambo:
Fin… fin… fin… fiiiiin.
Wilmer sintió que las piernas se le aflojaban. A través de la rendija de las cañas de chonta, iluminada por el resplandor mortecino de la luna entre las nubes, vio deslizarse una sombra pálida y alargada. No caminaba pisando las hojas secas; flotaba a ras del fango, con brazos huesudos que terminaban en uñas largas y un rostro borroso donde solo destacaban dos cuencas vacías que parecían espiar hacia el interior del cuarto.
Los dos hombres permanecieron inmóviles, conteniendo la respiración con el corazón golpeándoles en el pecho como un mazo.
El espectro rondó la cabaña durante varios minutos, arañando con suavidad las hojas secas del techo y dejando escapar un jadeo frío que congelaba el sudor de la piel. Al no escuchar respuesta humana ni sonido alguno dentro del tambo, el ser soltó un último silbido rabioso y estridente, dio un salto silencioso hacia la copa de una ceiba gigante y se perdió en la inmensidad de la selva virgen.
Solo cuando el primer trino de los pájaros del amanecer anunció la salida del sol, don Eloy retiró despacio la mano de la boca de Wilmer.
Salieron al patio con los machetes en alto. En la tierra húmeda junto a la puerta no había pisadas de botas ni huellas de animal; solo una franja de pasto marchito y una hendidura fría en el barro, prueba palpable de que la muerte había pasado rozando el umbral mientras el silencio les salvaba la vida.
Adaptación: Shyvirelle
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