Leyendas de Terror Mexicanas

La leyenda del Ahuízotl

La leyenda del Ahuízotl

Después de tres días de lluvia en los antiguos canales de agua dulce de la cuenca de México, el nivel de la laguna había subido hasta cubrir las orillas de tierra sembrada. Aquella mañana, antes de que el sol despejara la niebla fría, Izel y su hermana menor, Citlali, salieron en su canoa de madera para cortar juncos altos cerca de los manantiales profundos.

Su abuelo, que había sido pescador toda la vida en aquellas aguas, les había advertido muchas veces que no acercaran la canoa a las pozas hondas donde se formaban remolinos junto a los tulares.

—En los manantiales profundos vive el guardián del agua —les decía mientras arreglaba sus redes—. Si escuchan que alguien llora entre los juncos, no vayan a buscarlo ni metan las manos en la laguna.

Mientras Izel empujaba la canoa con el remo largo, el silencio de la mañana apenas se rompía por el vuelo de las aves a lo lejos. El agua en esa parte del manantial era oscura y tan honda que la punta del remo ya no alcanzaba a tocar el fondo.

De pronto, desde el interior de un espeso grupo de juncos, salió un llanto débil y agudo. Sonaba igual que el gemido de un niño pequeño que hubiera quedado abandonado entre las cañas de la orilla.

Citlali dejó su cuchillo de piedra negra de obsidiana sobre las tablas de la canoa y se sujetó del borde de madera, mirando hacia los tallos cubiertos de niebla.

—Escucha, hermano —susurró con preocupación—. Hay un niño llorando ahí adentro. Alguien lo dejó perdido después de la lluvia de anoche.

—No te asomes, Citlali —le pidió Izel, sintiendo un frío repentino en el pecho—. En esta parte de la laguna no vive nadie y ninguna otra canoa ha pasado esta mañana.

El llanto volvió a escucharse, más cerca y más claro, acompañado de un suave movimiento en el agua que mecía los tallos verdes. Citlali, compadecida por aquel gemido, pidió a su hermano que acercara la punta de la canoa solo un poco para mirar detrás de las hojas.

Antes de que Izel pudiera girar la embarcación hacia el canal abierto, Citlali estiró el brazo para apartar los juncos mojados.

En ese mismo instante, el llanto se detuvo de golpe.

Entre los tallos abiertos asomó sobre el agua el lomo de un animal oscuro, del tamaño de un perro pequeño. Tenía el cuerpo negro y muy liso, cubierto de pelo tan corto que, al salir mojado a la superficie, se agrupaba en mechones pegados que parecían agujas o espinas, aunque solo eran puntas de pelo húmedo. Sus orejas eran pequeñas y puntiagudas, sus patas parecían manos largas de mono y sus ojos redondos brillaban en medio de la espuma.

Citlali quiso retirar el brazo, pero desde debajo del agua salió la larga cola del animal. En la punta no tenía pelo común, sino una mano humana oscura, de dedos largos y fríos, que se cerró con enorme fuerza alrededor de la muñeca de la muchacha.

—¡Izel! —gritó ella, mientras el animal se impulsaba nadando hacia lo hondo del remolino y aferraba sus patas a las raíces sumergidas del tular para arrastrarla al agua.

La canoa se inclinó peligrosamente hacia un lado. Izel soltó de inmediato el remo dentro de la canoa para tener las dos manos libres y se lanzó hacia adelante. Con el brazo izquierdo rodeó con fuerza la cintura de su hermana para evitar que cayera al agua, y con la mano derecha tomó del fondo de las tablas el cuchillo de obsidiana.

Viendo que la mano de la cola seguía tirando de su hermana hacia abajo, Izel estiró el brazo derecho y descargó un corte rápido con el filo de piedra contra la muñeca de aquella cola oscura, justo donde su piel lisa y fría salía del agua.

Al sentir el corte de la piedra, la mano de la cola abrió los dedos de golpe. Izel jaló a Citlali hacia atrás con todas sus fuerzas y ambos cayeron de espaldas sobre el fondo de la canoa, mientras el animal se hundía en el remolino dejando una burbuja de espuma oscura.

Enseguida, Izel soltó el cuchillo, volvió a tomar el remo con ambas manos y empujó la embarcación lejos de los juncos sin detenerse hasta llegar a la orilla firme de su pueblo. En la muñeca de Citlali habían quedado marcadas cinco huellas moradas y heladas.

Cuando llegaron a casa y contaron lo ocurrido, los ancianos acudieron al templo a dejar ofrendas de copal. Sabían que pocas personas lograban soltarse del Ahuízotl: según la antigua creencia de los pueblos de la laguna, a quienes la criatura arrastraba hasta su cueva sumergida las aguas los devolvían a la orilla tres días después, sin ojos, sin uñas y sin dientes, como señal de que los dioses de la lluvia los habían elegido para llevarlos a su reino en el Tlalocan.


Adaptación: Shyvirelle

Inspirado en el mito nahua del Ahuízotl, recogido por Bernardino de Sahagún en el Códice Florentino y descrito en la UNAM.

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