El calor del día no se había disipado en los llanos del Tolima. Una masa densa de nubes oscuras cubría las estrellas, anunciando una tormenta lejana cuyos relámpagos mudos iluminaban de cuando en cuando los cercos de alambre y los potreros secos del hato ganadero.
Don Cipriano y su nieto Camilo terminaban de cerrar la tranca del corral de los terneros cuando una ráfaga de viento caliente levantó las hojas secas de los mangos.
—Abuelo, mire hacia el zanjón del caño —dijo Camilo, señalando con la mano inquieta hacia la orilla del estero—. Hay candela moviéndose entre los matorrales.
Don Cipriano miró con atención y de inmediato hizo retroceder al muchacho hacia el alero de tablas de la casa.
Sobre el pastizal seco no ardía una fogata común. Flotando a un metro del suelo, avanzaban tres esferas de fuego brillante y vivo, del color de las brasas de carbón de leña. Una de las bolas era grande y corpulenta, y a sus costados giraban dos llamaradas más pequeñas, unidas a la central por brazos de fuego delgados y ondulantes que chisporroteaban en el aire como látigos encendidos.
Las tres llamas avanzaban dando brincos acompasados, girando en círculos como si bailaran una danza macabra sobre los rastrojos sin quemar una sola brizna de paja.
—La Candileja —susurró don Cipriano, acomodándose el sombrero vueltiao y apretando la mandíbula.
En todos los campos del Tolima y del Huila se conocía la historia de aquella aparición. Decían que era el alma en pena de una anciana que en vida había sido consentidora en exceso con sus dos nietos, alcahueteándoles toda clase de desmanes, caprichos y maldades sin reprenderlos jamás. Al morir, la justicia divina la condenó a arder eternamente en las noches de campo: la llama del centro era la abuela culpable, y las dos llamas menores eran los nietos malcriados que la arrastraban por los caminos sin descanso.
La aparición solía perseguir a los viajeros trasnochadores, a los hombres pendencieros y a los jinetes descuidados, envolviéndolos en un torbellino de chispas ardientes para espantarlos hasta hacerles perder el juicio.
Camilo sintió que el miedo le doblaba las rodillas.
—¡Corramos adentro, abuelo! ¡Tranquemos la puerta de la sala!
—No, muchacho —le respondió don Cipriano con voz serena y firme—. La Candileja se ensaña con el que corre como cobarde. A los fuegos de la culpa no se les huye; se les habla claro y con el corazón limpio.
El anciano tomó de su cinto un rejo de enlazar trenzado con cuero de vaca, dio tres pasos al frente y se plantó en medio del patio con los pies firmes sobre la tierra seca.
Las tres bolas de fuego aceleraron su marcha, girando en un remolino ardiente que se aproximó a menos de diez pasos de los dos hombres, llenando el aire de un calor sofocante y un olor a humo de ceniza vieja.
Don Cipriano levantó el brazo derecho y alzó la voz con un tono severo y paternal, como el de un juez anciano que reprende una falta:
—¡Basta ya, alma en pena! ¡Deja de alcahuetear a los muchachos y busca el camino de Dios! ¡Vete a purgar tus culpas a las quebradas desiertas donde no asustes a la gente trabajadora!
Las tres llamas vacilaron en el aire.
La esfera central creció un instante, como si un lamento amargo intentara escapar del fuego; pero ante la firmeza del anciano y la fuerza de su reprensión, los brazos ardientes que unían las tres bolas comenzaron a aflojarse. Las dos llamas menores se separaron dando giros desordenados y la esfera grande perdió su brillo rojizo, volviéndose una niebla azulada que se deslizó lentamente hacia la hondonada del caño.
En pocos segundos, el resplandor se disipó por completo en la oscuridad de la noche, dejando tras de sí una lluvia mansa de chispas frías que se apagaron en el suelo sin causar daño.
Camilo respiró con alivio y miró a su abuelo con admiración. Don Cipriano enrolló el rejo con tranquilidad y le puso la mano en el hombro al muchacho.
Camilo iba a entrar cuando oyó un golpe al otro lado del patio. En el suelo había una marca negra, redonda, que un momento antes no estaba. Su abuelo lo tomó del brazo y cerró la puerta.
Adaptación: Shyvirelle
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