Leyendas de Terror Argentinas

El Runa Uturuncu: la leyenda del hombre-jaguar

El Runa Uturuncu: la leyenda del hombre-jaguar

El bochorno de la siesta no se había disipado cuando la noche cayó sobre los montes de algarrobos en Santiago del Estero. En el puesto de campo, Braulio terminó de asegurar las trancas del corral de los terneros. El aire estaba pesado por la tormenta que amenazaba desde el sur, con relámpagos mudos que encendían el horizonte cada pocos minutos sin dejar caer una sola gota de lluvia.

Cerca de la medianoche, los perros del puesto comenzaron a gemir con el lomo erizado, pegándose a las paredes de adobe de la cocina en lugar de ladrar.

Braulio salió al patio con una linterna de mano y una escopeta de dos caños. El ganado en el corral estaba apretado contra el fondo del alambrado, temblando y bufando hacia la oscuridad del monte bajo. En ese instante, desde la espesura de los quebrachos, llegó un sonido que le heló la sangre: un rugido hondo, entrecortado y cavernoso que hizo vibrar el aire caliente de la noche.

No era el grito agudo de un puma de sierra. Era el bramido pesado del jaguar, el tigre overo de manchas oscuras que los cazadores antiguos consideraban el dueño absoluto del monte santiagueño.

Braulio alumbró con el haz de la linterna hacia el camino de tierra que separaba el corral de los árboles secos. Pensó que una fiera herida o hambrienta rondaba los animales. Caminó despacio a lo largo del cerco, buscando el punto por donde el animal intentaba saltar.

A cincuenta metros de la tranquera, en un claro de arena roja donde el suelo estaba limpio de espinas, el hombre encontró un bulto en el suelo.

Era un poncho viejo de lana rústica, doblado a medias y cubierto de polvo. Junto a la prenda, la tierra blanda mostraba una huella extraña: un hueco circular donde alguien parecía haberse revolcado con fuerza sobre la arena. Del lado izquierdo del poncho estaban marcadas dos pisadas claras de pies humanos descalzos, con talones anchos y dedos firmes. Pero justo donde terminaban esas pisadas humanas no había más pasos de hombre. A partir de esa marca nacían cuatro huellas redondas y pesadas, anchas como la palma de una mano campesina, con las marcas redondas de sus patas hundidas en la tierra roja.

Braulio se quedó inmóvil, recordando los relatos que los peones viejos contaban alrededor del fuego sobre el Runa Uturuncu. En el noroeste argentino, el idioma quechua llamaba así al hombre-jaguar: aquel que, rodando sobre un cuero de jaguar, lograba transformar su carne en la de la fiera salvaje. Decían que el Runa Uturuncu conservaba la astucia y la memoria de los hombres pero poseía la fuerza descomunal y la vista nocturna del felino, atacando sin piedad los puestos de sus enemigos.

Un crujido de ramas secas a pocos metros del camino lo obligó a levantar la linterna.

Bajo la copa baja de un algarrobo centenario, el haz de luz iluminó dos ojos redondos de color ámbar encendido. El animal era gigantesco: su pecho macizo y sus patas musculosas sostenían un cuerpo cubierto de rosetas negras sobre un pelaje dorado y reluciente. La cola se movía de un lado a otro con lentitud.

El jaguar no se agazapó para saltar ni rugió con furia. Se quedó de pie en medio del claro, mirando a Braulio con una fijeza fría e inteligente que ningún animal del campo tiene jamás. En su mirada no había hambre ciega, sino un reconocimiento callado, como si los dos hombres se conocieran desde hacía años detrás de la piel y la oscuridad.

Braulio levantó la escopeta, pero el dedo sobre el gatillo se le quedó paralizado por el asombro y el respeto. Durante diez segundos interminables, el hombre y la fiera sostuvieron la mirada en medio del silencio del monte.

El tigre dio un giro suave sobre sus patas traseras sin hacer el menor ruido. Con dos saltos largos y elásticos se deslizó entre los espinillos y desapareció en la espesura de la noche, tragado por las sombras.

Al amanecer, la tormenta rompió con un aguacero torrencial que empapó el poncho abandonado y lavó las huellas en la arena roja. En el pueblo más cercano, los vecinos notaron que un puestero huraño que vivía solo en las cañadas llegó a la pulpería a caballo, con arañazos frescos en los brazos y el poncho empapado, evitando mirar a los ojos a cualquiera que se cruzara en su camino.


Adaptación: Shyvirelle

Recreación de la tradición del hombre-jaguar del noroeste argentino.

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