Leyendas de Terror Chilenas

La leyenda del Tue-Tue

La leyenda del Tue-Tue

Elena había llegado desde Santiago para pasar una semana de invierno en la casa de campo de su tía Rosa, cerca de Talca. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las noches del valle le parecían demasiado silenciosas. Después de la cena, las dos mujeres se quedaban en la cocina junto a la estufa de leña, tomando mate caliente mientras Elena cosía a la luz de una lámpara.

El jueves por la noche cayó una helada seca. Cerca de las diez, los perros del patio dejaron de ladrar y corrieron a esconderse debajo del corredor de madera.

Unos segundos después, desde el cielo oscuro bajó un grito áspero y cortado que dio una vuelta entera sobre el techo de zinc:

—¡Tué, tué, tué!

El sonido venía acompañado de un aleteo pesado, como el de un ave muy grande que volara rozando las planchas de zinc y la copa del árbol de espino que crecía junto a la chimenea.

La tía Rosa dejó la tetera sobre el fierro de la estufa, se persignó en silencio y tomó un puñado de sal gruesa del tarro de barro para echarlo directamente a las brasas. La sal chisporroteó con una llama azulada.

—No mires hacia la ventana, Elena —dijo la anciana en voz muy baja—. Es un brujo que anda volando de noche. Si uno no se mete con él, sigue su camino.

Elena dejó la costura sobre su falda y miró a su tía con una sonrisa incrédula.

—Es una lechuza o un pájaro nocturno, tía. ¿Cómo va a ser un brujo volando con este frío?

Afuera, el grito volvió a sonar, esta vez más bajo, casi pegado al vidrio empañado de la cocina:

—¡Tué, tué!

Se oyeron unas ramas quebrándose en el árbol de espino y un roce seco contra el borde del techo. La tía Rosa sacó dos cuchillos de mesa y los puso cruzados sobre el mantel, pidiéndole a su sobrina que guardara silencio.

Pero Elena, queriendo demostrar que no tenía miedo de los cuentos del campo, se levantó de su silla, entreabrió la ventana de madera y gritó hacia la oscuridad del patio:

—¡Ya es tarde para andar gritando! ¡Vuelve mañana por sal y a tomar desayuno con nosotras!

La tía Rosa se llevó las manos a la cara, pálida del susto, y cerró la ventana de golpe.

—¿Qué hiciste, muchacha? —le dijo con la voz temblorosa—. Al Tue-Tue nunca se le invita en broma. Ahora vas a tener que levantarte temprano a poner el salero y una taza más en la mesa, porque si mañana llega y le niegas lo que le ofreciste, se vengará de esta casa.

Afuera no volvió a escucharse ningún ruido. El aleteo se alejó hacia los cerros y los perros no salieron de su rincón en toda la madrugada.

A la mañana siguiente amaneció despejado y el sol entraba claro por las ventanas de la cocina. Elena se había olvidado casi por completo del susto de su tía y estaba cortando el pan cuando, a las nueve en punto, sonaron tres golpes suaves en la puerta del patio.

Cuando Elena abrió, encontró en el corredor a un hombre desconocido, delgado y de mediana edad, vestido con un abrigo negro gastado y una manta gris sobre los hombros, llevando un sombrero de paño oscuro en la mano. Nadie lo había visto cruzar el portón ni los perros habían ladrado al verlo entrar.

El visitante tenía el rostro pálido y las orejas extrañamente largas. Cuando levantó la cabeza para saludar, Elena sintió un frío repentino: a lo largo del cuello y en una mejilla, el hombre traía varios rasguños frescos, iguales a los que dejan las espinas duras de los árboles al rozar la piel.

—Buenos días, señorita —dijo el desconocido con una voz ronca y tranquila—. Anoche pasé por aquí arriba y usted me dijo que volviera hoy por sal y a tomar desayuno.

Elena se quedó muda, sujeta al marco de la puerta. Fue la tía Rosa quien se acercó de inmediato, secándose las manos en el delantal sin mostrar sorpresa ni hacer preguntas.

—Pase usted, caballero, y tome asiento —dijo la anciana con respeto—. El agua ya está hervida y aquí tiene en la mesa lo prometido.

El hombre entró sin hacer ruido, colgó su sombrero en el respaldo de una silla y se sentó a la mesa. Durante media hora bebió una taza grande de té caliente y comió pan con mantequilla en completo silencio, mientras Elena miraba hacia el suelo sin atreverse a levantar la vista.

Antes de levantarse, el visitante tomó el pequeño paquete de sal que la tía Rosa había dejado junto a su plato, lo guardó en el bolsillo de su abrigo, dio las gracias con una leve inclinación de cabeza y salió caminando despacio por el sendero de tierra. Cuando Elena corrió a la ventana unos segundos después, el camino que daba a la carretera estaba completamente vacío.


Adaptación: Shyvirelle

Recreación de la leyenda chilena del Tue-Tue, recogida por Julio Vicuña Cifuentes en Mitos y supersticiones (1915).

Deja un comentario abajo.

Acerca del autor

Shyvirelle

¡Sé el primero en comentar!

Clic aquí para Comentar

DESCARGA GRATIS 20 RELATOS CORTOS

CLIC para Descargar Relatos Cortos GRATIS

Acerca de…

Soy Shyvirelle, creador de esta comunidad de cuentos y obras de teatro. Aquí encontrarás historias de terror, amor, drama y comedia, además de guiones para distintos públicos. Descubre a nuestros autores y comparte tus lecturas favoritas.