Leyendas de Terror Paraguayas

La leyenda del Yasy Yateré

La leyenda del Yasy Yateré

El sol de la una de la tarde caía a plomo sobre los campos de la tierra colorada, calentando el polvo de los caminos hasta volverlo ardiente como la ceniza de un horno. En los ranchos campesinos no se movía un alma: era la hora sagrada de la siesta, cuando hasta los pájaros del monte callaban entre las ramas tupidas para guarecerse del bochorno.

En la galería de tablas, Ña Rosa acomodó la estera de paja y le advirtió a su hijo Aníbal por tercera vez:

—Duérmete, Aníbal. No vayas a salir al maizal con este sol. El Yasy Yateré anda recorriendo las hileras a esta hora y se lleva a los muchachos que no respetan la siesta.

Aníbal cerró los ojos hasta que escuchó la respiración pausada de su madre. Pero en su cabeza no había sueño, sino ganas de ir a buscar guayabas maduras a la orilla del arroyo. Con pasos sigilosos, se deslizó fuera del rancho descalzo, cruzó el patio de tierra colorada y se internó en el maizal espeso, donde las hojas largas y secas formaban un túnel sombrío.

El calor dentro del sembrado era sofocante. Las hojas rozaban sus brazos con un murmullo suave y continuo.

De repente, a pocos pasos de donde estaba, sonó un silbido melodioso.

No era el canto de un chingolo ni el silbido de un campesino. Era un trino dulce, agudo y repetido, que parecía sonar en todas las direcciones a la vez: fiu-fiu-fiiiiit.

Aníbal se detuvo. Entre dos hileras de maíz alto, bajo la sombra de un tártago silvestre, había un niño de pie.

No aparentaba más de siete años, pero su aspecto no se parecía al de ningún chico de la comarca. Tenía la piel blanca y suave, y sus cabellos eran de un rubio dorado y brillante que resplandecía en la penumbra del follaje. Llevaba una prenda sencilla de tela clara, y en la mano derecha sostenía una varita delgada y brillante que relucía como si fuera de oro puro.

El pequeño ser miró a Aníbal con unos ojos celestes y transparentes que no pestañeaban. Con la mano izquierda le extendió un trozo de panal de miel silvestre, del que caían gotas doradas y espesas sobre las hojas secas, haciéndole señas con una sonrisa cautivadora para que se acercara a jugar.

Aníbal sintió un impulso irresistible de dar un paso adelante. Aquella sonrisa parecía borrar todo el cansancio y el calor, y el aroma de la miel silvestre llenaba el aire de una dulzura embriagadora.

Pero al mirar los ojos del niño rubio, Aníbal recordó las palabras exactas de los ancianos guaraníes: el Yasy Yateré no lastima con garras ni desgarra la piel; acaricia a los niños con su varita mágica para adormecerles la voluntad, los lleva a lo más espeso del monte para jugar con ellos y, al caer la tarde, los abandona enredados en los matorrales, mudos y con la memoria perdida para siempre.

El muchacho bajó la vista hacia la mano del duende y vio que la varita dorada comenzaba a levantarse despacio hacia su frente.

El terror rompió el encanto de la siesta.

Aníbal se agachó con rapidez, tomó un puñado de tierra colorada y seca del suelo y la arrojó con fuerza al aire entre los dos, levantando una nube de polvo que cubrió los ojos del duende. Al mismo tiempo, dio media vuelta y echó a correr a toda prisa por el túnel de maíz, gritando con todas las fuerzas de sus pulmones.

Desde el patio del rancho, su perro mestizo escuchó los gritos y entró al maizal ladrando con furia.

Al escuchar los ladridos secos del animal, el Yasy Yateré soltó un silbido agudo de fastidio y se desvaneció entre los tallos altos con la ligereza de una ráfaga de viento caliente.

Aníbal llegó a la galería del rancho temblando de pies a cabeza y se arrojó a los brazos de su madre, con el polvo pegado al sudor de la cara. Ña Rosa lo abrazó fuerte sin necesidad de hacer preguntas: sobre el polvo del borde del maizal habían quedado marcadas las diminutas huellas de unos pies descalzos que daban vueltas en círculo antes de perderse en la espesura del monte.

Aníbal se dejó conducir por el brazo de su madre hasta el catre del corredor sin pronunciar palabra. Cerró los ojos al oír el postigo ajustarse, mientras el calor de la siesta apagaba los ladridos lejanos y el monte quedaba inmóvil bajo el sol de plomo.


Adaptación: Shyvirelle

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