Leyendas de Terror Paraguayas

La leyenda del Kurupí

La leyenda del Kurupí

Cuando Marta salió del último sembrado, ya no quedaba luz entre los árboles. Había pasado el día ayudando a su hermana a recoger mandioca y llevaba una cesta al brazo. El camino a casa era corto, pero cruzaba un tramo de monte donde el suelo siempre estaba húmedo.

A mitad de la vereda encontró una cinta azul atada a una rama.

Era la misma cinta que su hermana había perdido aquella mañana.

—¡Elena! —llamó.

Una voz respondió desde la espesura:

—Por aquí. Ven a ayudarme.

Marta dejó la cesta en el suelo. Dio dos pasos entre los helechos y volvió a llamar. Esta vez no hubo respuesta. Solo oyó un roce pesado, como si alguien arrastrara algo sobre las hojas.

Al apartar una rama vio a un hombre bajo, de espalda ancha y piel áspera. Estaba acuclillado junto a un tronco. Tenía el pelo enmarañado, la boca entreabierta y una expresión que no cambió al verla. Algo largo le rodeaba la cintura, oculto en parte por las sombras.

Marta retrocedió.

—¿Dónde está mi hermana?

El hombre sonrió. Luego abrió la boca y habló con la voz de Elena:

—Por aquí. Ven a ayudarme.

No movió los labios como una persona. La voz pareció salir de algún lugar detrás de él.

Marta recordó lo que su abuela decía sobre el Kurupí, la presencia del monte que acechaba a las mujeres cuando caminaban solas. Nunca había sabido cuánto creer de aquellos cuentos. Ahora no podía apartar los ojos del ser agazapado.

Una rama le rozó el tobillo. Miró hacia abajo y vio que algo oscuro se deslizaba por el suelo, despacio, buscando rodearle la pierna.

Saltó hacia atrás antes de que se cerrara.

El hombre ya no sonreía.

Marta corrió hasta la vereda. Agarró la cesta y la lanzó detrás de ella. La mandioca cayó entre las raíces y oyó un golpe contra el tronco, seguido de una respiración furiosa.

No sabía si aquello lo había detenido. No se volvió para comprobarlo.

Cuando alcanzó el cerco de su casa, Elena estaba junto al pozo, lavándose las manos.

—¿Por qué vienes corriendo?

Marta la abrazó con tanta fuerza que su hermana dejó caer el cubo.

Le costó contar lo ocurrido. Elena escuchó sin interrumpirla. Al llegar a la parte de la cinta, levantó el brazo: la llevaba atada a la muñeca.

—La encontré antes de salir del sembrado —dijo.

Las dos miraron hacia el monte.

Desde los árboles llegó la voz de Marta, clara y cercana:

—¡Elena! Ven a ayudarme.

Su hermana dio un paso hacia el cerco. Marta la sujetó por el brazo y la hizo entrar en la casa. Cerraron la puerta y echaron la tranca.

Durante un rato no se oyó nada. Después, algo golpeó la madera muy suavemente.

Dos veces.

Marta se quedó junto a Elena hasta el amanecer. Ninguna volvió a responder a las voces que venían del monte.


Adaptación: Shyvirelle

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