El viento norte soplaba caliente a través del monte santiagueño, levantando remolinos de polvo blanco entre las ramas espinosas de los algarrobos y los quebrachos. En su rancho de adobe y paja, Pascual, un hachero solitario que llevaba años trabajando en los obrajes de leña, acababa de apagar la última brasa del fogón para ir a dormir.
La noche era pesada y no se escuchaba ni el canto de una lechuza. Los perros del corral estaban echados debajo del alero, gimiendo con el hocico pegado al suelo, negándose a ladrar.
Pascual se sentó en el borde de su catre de tientos y aguzó el oído.
A lo lejos, en el callejón viejo que cruzaba el monte hacia el río Salado, comenzó a sonar un estruendo metálico. No era el tintineo de los cencerros de una tropilla ni el hierro de una rueda de carro: eran eslabones gruesos y pesados de cadena arrastrándose sobre la tierra seca, acompañados por el galope violento de unos cascos que hacían temblar las raíces del suelo.
Clac, clac, arrastre.
Entre el ruido del metal sonó un relincho desgarrador. No sonaba enteramente como el grito de un animal; en la última nota del alarido se distinguía con claridad el llanto agónico de una mujer que suplicaba clemencia en medio de un dolor indecible.
—El Almamula —susurró Pascual, persignándose en la oscuridad.
En todo el monte del norte argentino no había quien no temiera a la Mulánima. Los relatos antiguos decían que se trataba de una mujer condenada por haber quebrado los lazos más sagrados de la familia y la ley de Dios. Como castigo a sus faltas, su alma era arrebatada del cuerpo en las noches de viento caliente para transformarse en una mula monstruosa y negra, atada a pesadas cadenas de hierro que ella misma debía arrastrar por los caminos rurales, escupiendo fuego por la boca hasta que el primer canto del gallo le permitiera volver a su figura mortal, deshecha por el cansancio y las heridas.
El estruendo se aproximó al rancho con una velocidad aterradora.
A través de las rendijas de los tablones de la puerta, Pascual vio pasar a la fiera. Era una mula gigantesca, de pelaje negro como la pez y crines enmarañadas de tierra y sangre seca. De su cuello pendía una cadena formidable cuyos eslabones rebotaban contra los postes del cerco arrancando chispas brillantes en la noche. De sus ollares abiertos escapaba una llamarada rojiza que iluminaba con destellos lívidos el patio de tierra.
La bestia frenó frente a la empalizada, sacudió la cabeza con violencia y golpeó una de sus pezuñas herradas contra el poste del corral, quebrando la madera en dos con la fuerza de un rayo.
Pascual sintió que el miedo le secaba la garganta, pero recordó el consejo que le había dado un anciano rezador de Loreto: el Almamula no busca derramar sangre inocente, sino llamar la atención de los vivos para que rueguen por su perdón y la liberen de las cadenas del castigo. Quien le dispara con armas de fuego solo consigue enfurecerla, mientras que una plegaria piadosa aplaca su agonía.
El hachero no tomó la escopeta apoyada tras la puerta. Se arrodilló sobre el suelo de tierra, tomó una pizca de ceniza fría del fogón y trazó una cruz sobre el umbral de madera. Luego, con voz firme y compasiva, pronunció una bendición en voz alta, pidiendo por el descanso de aquella alma atormentada.
Al escuchar la bendición, el monstruo dejó de golpear el cerco.
Suspiró con un estertor largo y doliente, giró sobre sus cascos ensangrentados y comenzó a alejarse al galope por el callejón del monte, arrastrando sus cadenas con un rumor que se fue apagando lentamente en la distancia.
Cuando el sol del amanecer tiñó de rojo las copas de los algarrobos, Pascual salió al patio. Sobre la tierra seca estaban marcadas las huellas hendidas de los cascos, el poste quebrado y un surco hondo y continuo donde la cadena había arado el polvo. El hachero respiró el aire fresco de la mañana, dio gracias por la vida y encendió una vela en la repisa del rancho por el alma que vagaba en la noche del quebrachal.
Adaptación: Shyvirelle
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