La noche había caído cerrada sobre el campo abierto, sin una nube en el cielo ni una gota de humedad que refrescara la tierra cuarteada por meses de sequía. Don Facundo y su peón joven, Ramón, regresaban al trote lento hacia el casco de la estancia después de arrear un lote de terneros apartados en el potrero del fondo.
El viento se había calmado por completo. En medio del silencio inmenso de la llanura, los cascos de los caballos sobre el pasto seco eran el único sonido que rompía la soledad.
De pronto, el caballo de Ramón frenó en seco, levantó la cabeza y resopló con fuerza, negándose a avanzar hacia una lomada baja donde crecían unos cardos resecos.
—Tranquilo, pingo —le dijo el muchacho palmeándole el pescuezo—. ¿Qué te pasa?
Al levantar la vista, Ramón vio aparecer sobre la loma una luz extraña.
No era el farol de un jinete ni la fogata de un cazador furtivo. Era un resplandor pequeño y flotante, del tamaño de una calabaza, que brillaba con una luz verdosa y pálida, semejante al reflejo de la luna sobre el agua estancada. La esfera se mecía suavemente a medio metro del suelo, elevándose y bajando como si respirara, sin quemar las briznas de paja brava sobre las que flotaba ni soltar una sola brizna de humo.
—Don Facundo, mire allá —susurró Ramón con la voz tomada—. Hay gente prendiendo fuego en la lomita.
Don Facundo tiró de las riendas de su moro, clavó la mirada en el resplandor y frunció el ceño.
—Eso no es fuego de leña, muchacho —respondió el viejo con seriedad—. Es la Luz Mala.
Ramón sintió un escalofrío que le bajó por la espalda hasta los talones. En los fogones del galpón había escuchado a los viejos puesteros hablar de aquellas luces errantes que aparecían en las quebradas y en las lomas solitarias durante las noches más secas del invierno. Decían que brotaban de las osamentas y de los huesos antiguos que no habían recibido descanso en sagrado; almas en pena que vagaban sobre la tierra buscando que alguien rezara por ellas o las liberara de su entierro.
—Dicen que debajo de la luz hay plata enterrada —dijo Ramón, sintiendo una mezcla de miedo y codicia.
—Debajo de esa luz lo único que hay son huesos viejos y desgracias para el que se le acerque sin respeto —atajó don Facundo con voz tajante—. La luz mala persigue al que huye asustado y enferma el cuerpo del que se le arrima. Si te quedas mirándola fijo, te chupa las fuerzas y te deja tonto.
En ese momento, como si hubiera escuchado las voces de los jinetes, la esfera verde comenzó a desplazarse despacio ladera abajo, avanzando en línea recta hacia ellos con un suave vaivén.
Los dos caballos comenzaron a retroceder, bufando con las orejas aplastadas contra la crin.
Don Facundo no espoleó a su montura para huir a la carrera. Con un movimiento sereno y seguro, sacó de la cintura su largo facón criollo de cabo de alpaca, se inclinó sobre el estribo y clavó la punta de acero con fuerza en la tierra firme entre las patas del caballo. Luego, sosteniendo la vaina de cuero con la mano izquierda, murmuró una oración antigua en voz baja.
En la creencia de los hombres de campo, el acero del cuchillo clavado en la tierra cortaba el camino del alma en pena, impidiendo que el fuego alcanzara al caminante.
La luz verdosa se detuvo a menos de diez pasos de la punta del facón. Durante unos segundos tembló en el aire frío, aumentando su brillo hasta iluminar con un resplandor lívido los rostros de los dos hombres y los ojos abiertos de los caballos. Luego, con un chasquido suave, como el de una brasa que se apaga en la ceniza, la esfera se dividió en tres chispas pequeñas que se hundieron en el suelo y se desvanecieron por completo.
La oscuridad de la noche volvió a cubrir la lomada.
Don Facundo desclavó el facón de la tierra, limpió la hoja en la bajera del apero y lo guardó en la cintura sin decir una palabra. Espoleó suavemente a su moro y continuó la marcha al trote corto, seguido de cerca por Ramón, que miraba de reojo la loma en sombras comprendiendo por qué los viejos paisanos jamás cruzaban por aquel rincón después del toque de queda de la noche.
Adaptación: Shyvirelle
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