En Quito se cuenta desde hace mucho una historia sobre el gallo de metal que vigila desde lo alto de la Catedral. Esta adaptación cuenta su encuentro con un hombre demasiado seguro de sí mismo.

Don Ramón y el gallo
Don Ramón era conocido por su voz fuerte y por la facilidad con que convertía cualquier conversación en una competencia. Si alguien decía que había caminado diez cuadras, él aseguraba haber caminado veinte. Si otro contaba una aventura, Don Ramón tenía una más grande.
Algunas noches bebía más de la cuenta. Entonces cruzaba la plaza con paso inseguro, levantaba la cabeza hacia la Catedral y buscaba al gallo de metal.
—¡Tú podrás estar muy alto, pero el gallo más valiente de Quito soy yo! —gritaba.
La primera vez, un vendedor que guardaba su puesto se rio. La segunda, dos personas se quedaron mirando. Después, la escena se volvió conocida. Don Ramón alzaba los brazos, desafiaba al gallo y seguía su camino satisfecho.
Una noche diferente
Una madrugada la plaza estaba casi vacía. Había llovido y las piedras brillaban bajo la luz. Don Ramón llegó con el sombrero torcido y volvió a mirar hacia arriba.
—¡Gallo! —gritó—. ¡Si eres tan bravo, baja de una vez!
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Luego se oyó un ruido metálico.
Don Ramón dejó de sonreír. El gallo se movió sobre la Catedral. Primero giró la cabeza. Después abrió las alas. El hombre dio un paso atrás.
—Eso no puede ser —murmuró.
El gallo descendió con un fuerte batir de alas y cayó frente a él. Sus patas chocaron contra las piedras de la plaza.
Don Ramón quiso correr, pero tropezó. El gallo se acercó y lanzó un picotazo contra el suelo, justo al lado de su mano.
—¡Ya entendí! —gritó Don Ramón mientras se levantaba—. ¡No vuelvo a desafiarte!
El ave dio otro salto. Don Ramón salió corriendo sin mirar atrás.
La mañana siguiente
Al amanecer, el gallo estaba otra vez en lo alto de la Catedral, quieto como siempre. Nadie podía decir si había ocurrido algo de verdad o si Don Ramón había visto más de la cuenta aquella noche.
Él no quiso discutirlo.
Días después volvió a cruzar la plaza. Caminó despacio, levantó la vista y encontró al gallo recortado contra el cielo.
Don Ramón se quitó el sombrero, hizo una pequeña inclinación y siguió su camino en silencio.


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