El temporal de nieve azotaba las cumbres de los montes de Hida con una furia implacable. En el interior de un refugio de cazadores levantado con troncos gruesos de pino, Kazuo, un experimentado cazador de montaña matagi, atizaba las brasas de la chimenea mientras su perro Akita descansaba con las orejas atentas junto a la puerta de madera.
La noche era cerrada y el viento aullaba entre los desfiladeros como un lamento interminable.
De pronto, el perro se puso de pie de un salto. El lomo del animal se erizó por completo y soltó un gruñido sordo y tembloroso, clavando los ojos en el ventanuco enrejado de la choza.
Kazuo tomó su arco de caza y se acercó a la aspillera para mirar hacia la tormenta.
Afuera, sobre un peñasco cubierto de nieve helada a menos de veinte pasos de la cabaña, flotaban dos pequeñas esferas de fuego fatuo azulado que no se apagaban con la ventisca. Entre las llamas espectrales se recortaba la silueta de un animal formidable.
Era un felino enorme, del tamaño de un leopardo montés, con hombros anchos y garras que hendían la roca congelada. Su pelaje pardo estaba cubierto de escarcha y sus ojos alargados brillaban con una malicia fría que helaba la sangre. Pero lo más aterrador era su cola: al llegar a la mitad de su longitud, el apéndice se bifurcaba de forma limpia en dos colas independientes y largas que se mecían en el aire como dos serpientes negras, atrayendo chispas de fuego fatuo a su alrededor.
Kazuo contuvo la respiración.
—El Nekomata de la montaña —pensó con horror.
Kazuo recordaba los cuentos que había oído junto al fuego. Hablaban de un gato de dos colas que acechaba a los caminantes. Ahora la criatura lo observaba desde la roca, sin apartar los ojos de la puerta.
A pocos metros del peñasco, Kazuo vio levantarse de la nieve la figura de un leñador que había desaparecido días atrás en la ventisca. El cuerpo del hombre se movía con pasos rígidos y desacompasados, con la cabeza colgando hacia un lado, avanzando hacia la puerta del refugio como empujado por hilos invisibles que el Nekomata manejaba desde la roca con sus dos colas ondeantes.
La figura congelada comenzó a golpear la madera de la puerta con los nudillos rígidos, suplicando con una voz hueca y mecánica:
—Ábreme, Kazuo… tengo frío… déjame entrar a la lumbre…
El cazador sintió una punzada de compasión, pero sabía que si quitaba la tranca, la fiera del monte entraría tras el cadáver para devorarlos a todos.
Kazuo tomó la rama de acebo que guardaba tras la viga. Arrancó unas hojas y preparó una flecha: ató las hojas a la punta, las frotó con sal y las mojó en aceite. Encendió la punta en las brasas y, asomando el arco por la aspillera, disparó la flecha encendida directamente hacia el peñasco donde reposaba el monstruo.
La flecha silbó en la ventisca y golpeó la roca junto a la criatura. El aceite encendido salpicó sus colas.
El Nekomata soltó un alarido agudo y desgarrador, semejante al grito de una mujer herida en medio del monte. En cuanto las llamas alcanzaron las colas, el cuerpo congelado del leñador se desplomó inerte sobre la nieve blanda, libre de la posesión que lo atormentaba.
La fiera sacudió sus dos colas con violencia, dio un salto formidable hacia la espesura de los pinos nevados y se desvaneció en la ventisca hacia las cumbres inaccesibles de la cordillera.
Kazuo no quitó la tranca hasta el amanecer. Salió con su perro y encontró al leñador tendido en la nieve. Junto al cuerpo había unas huellas grandes de gato, pero no iban hacia el bosque: terminaban en la pared del refugio, justo debajo del ventanuco.
Adaptación: Shyvirelle
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