La noche había caído sobre las cascadas de Jōren, en Izu. El agua resonaba entre las paredes del desfiladero. Las hojas rojas de los arces flotaban en los remolinos del agua limpia, tiñendo las orillas pedregosas con los colores encendidos del otoño tardío.
Kenji, un joven leñador que bajaba por la ladera con un haz de leña de ciprés atado a la espalda y una antorcha en la mano, se detuvo en un recodo del sendero al escuchar un sonido que no pertenecía al torrente.
Entre la bruma blanca que subía del agua sonaban las notas dulces y cristalinas de un biwa.
La melodía era triste, lenta y de una delicadeza tan exquisita que parecía tejer un manto de calma sobre el bosque umbrío.
Kenji apartó las ramas húmedas de los helechos y miró hacia una roca plana que sobresalía en mitad de la poza. Allí, sentada con porte aristocrático, había una mujer de belleza deslumbrante. Llevaba un kimono de seda oscura bordado con finos hilos plateados que relucían con la humedad, y su rostro pálido y sereno estaba enmarcado por una cabellera negra recogida con peinetas de carey.
Al notar la presencia del leñador, la mujer levantó la vista, apartó los dedos de las cuerdas del laúd y le sonrió con dulzura.
—Caminante —dijo con una voz suave que sonaba como agua cayendo sobre seda—, ya es de noche y el camino a la aldea es largo. Ven a descansar a mi lado.
Kenji sintió un impulso irresistible de obedecer. Dio un paso hacia la roca, maravillado por la sonrisa de la dama.
Pero al bajar la mirada para no tropezar con las piedras húmedas, vio algo que le heló la sangre.
A ras del suelo, extendidos entre los troncos de los cipreses y las raíces de los helechos, había decenas de hilos plateados, finos como cabellos pero tensos como cuerdas de arco, que formaban una red casi invisible alrededor del claro. Uno de los hilos ya se había adherido a la puntera de su sandalia de paja, tirando suavemente hacia el agua como si tuviera vida propia.
El joven recordó entonces la antigua advertencia que los monjes del templo repetían a los leñadores: en las cascadas solitarias habita la Jorōgumo, la araña tejedora de cuatrocientos años que adopta la figura de una mujer indefensa tocando el biwa para adormecer la voluntad de los hombres y envolverlos en sus redes antes de arrastrarlos a su cueva.
Kenji no dudó un instante. Dejó caer el haz de leña, desenvainó su hacha corta de hierro y descargó un golpe certero contra el tocón al que estaba amarrado el hilo principal.
La cuerda de seda se partió con un chasquido agudo, semejante al desgarro de un alambre tensado.
En ese mismo momento, la ilusión se quebró en pedazos.
La mujer soltó un chillido estridente y gutural que espantó a los cuervos de las copas. Los pliegues de seda de su kimono se desgarraron y de su espalda brotaron ocho patas articuladas, peludas y descomunales, cubiertas de franjas amarillas y negras como las de una araña gigante de monte. Su rostro pálido se desencajó en una máscara monstruosa, con mandíbulas quitinosas goteando un veneno viscoso que chisporroteó sobre las piedras húmedas.
La criatura dio un salto ágil hacia el tronco más cercano, trepando con una rapidez asombrosa mientras lanzaba una maraña de seda pegajosa hacia el leñador.
Kenji se agachó, esquivó la seda y arrojó la antorcha que aún llevaba en la mano contra la red principal.
Al contacto con la llama, los hilos de seda ardieron en una llamarada instantánea, llenando el desfiladero con un olor fétido a pelo quemado.
La Jorōgumo soltó un último alarido de rabia, retrocedió entre las ramas altas sacudiéndose el fuego y se internó en las grietas más profundas y oscuras de la cascada, donde la luz del sol jamás penetraba.
Kenji recogió su hacha y subió la pendiente del sendero a paso largo hasta alcanzar el camino real. No miró hacia la poza de la cascada; al cruzar los portones de la aldea, sacudió los últimos hilos pegajosos de sus mangas y atrancó el portal tras de sí.
Adaptación: Shyvirelle
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