Aunque ya había anochecido, el calor junto al río seguía siendo sofocante. Jacinto y sus compañeros habían terminado de cortar caña en los sembradíos bajos de Chiapa de Corzo y regresaban con los machetes al hombro, agotados por una jornada de sol abrasador.
Al llegar al cruce del camino donde el sendero se desviaba hacia una poza profunda rodeada de sauces llorones, Jacinto se detuvo.
—Vayan caminando —les dijo a los demás mientras se quitaba el morral—. Yo voy a bajar al río a lavarme el polvo y echarme un trago de agua fresca en la poza del sauce.
—No bajes solo a esa poza a estas horas, Jacinto —le advirtió su compadre Mateo—. Ese recodo es hondo y los viejos dicen que la Tisigua sale a bañarse cuando el sol se pone tras el cerro.
Jacinto se rio con suficiencia y no hizo caso. Bajó por la vereda pedregosa hasta la orilla del agua, donde la corriente formaba un remanso quieto y transparente bajo la sombra fresca de los árboles.
Se arrodilló sobre una laja lisa para lavarse la cara cuando escuchó un sonido extraño en medio del agua.
Era un palmoteo suave, rítmico y juguetón: plas, plas, plas. Sonaba exactamente como si una mujer estuviera golpeando la superficie con las palmas abiertas mientras se bañaba entre los carrizos.
Entre las ramas colgantes de un sauce viejo, Jacinto vio la figura de espaldas de una joven hermosa. Estaba metida en el agua hasta la cintura; su piel era suave y morena como la canela, y sus cabellos negros, largos y húmedos, caían en cascada por su espalda hasta tocar el agua cristalina.
La joven soltó una risa dulce y cantarina que resonó en el remanso con un eco embriagador.
—Ven, muchacho —susurró con una voz melodiosa que parecía flotar sobre el agua—. Ven a ayudarme a secar el cabello.
Jacinto sintió que la voluntad se le desvanecía. Olvidó el cansancio, el machete y las advertencias de su compadre; dio un paso hacia el agua tibia, fascinado por la silueta esbelta de la mujer que lo llamaba con señas delicadas de su brazo desnudo.
Avanzó hasta que el agua le cubrió las rodillas, extendiendo la mano para tocar los cabellos mojados.
En ese instante, la mujer giró la cabeza de golpe.
La belleza que Jacinto había imaginado se convirtió en una pesadilla espantosa. La criatura no tenía un rostro humano: su cabeza era una calavera descarnada y seca, cubierta por jirones de piel amarillenta, con ojos de reptil que brillaban con una luz verdosa y una boca torcida que soltó una carcajada burlona y hedionda directamente sobre su cara.
El aliento podrido envolvió a Jacinto como una ráfaga de aire helado.
El muchacho quiso gritar, pero de su garganta no brotó ni un susurro. La fuerza se le escapó de los músculos, los ojos se le pusieron en blanco y cayó de espaldas sobre el fango de la orilla, temblando convulsivamente con el cuerpo tieso y entumecido.
Horas más tarde, alarmados porque no volvía al pueblo, sus compañeros bajaron con hachones encendidos hasta la poza del sauce. Lo encontraron tirado entre los carrizos, empapado de fango frío, con la mirada perdida y la boca torcida por el espanto.
—¡Lo atisiguó la fiera del agua! —exclamó Mateo con tristeza.
Llevaron a Jacinto al pueblo. Su familia lo cuidó durante tres noches, mientras sus compañeros se turnaban junto a la cama.
Tres noches después, Jacinto pudo contar lo que había visto. Mateo lo escuchó desde la puerta. Cuando su amigo llegó a la parte de las palmadas, miró hacia el camino del río: alguien acababa de dar dos golpes suaves contra el portón.
Adaptación: Shyvirelle
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