En los tiempos en que las grandes pirámides de Chichén Itzá dominaban el horizonte de la selva yucateca, el cacique y sacerdote H’Kinxoc gobernaba las tierras cercanas a Kaua con mano severa. Tenía una única hija, la hermosa Oyomal, a quien no permitía salir sola del palacio. Su gracia era tan celebrada que dos hermanos de la nobleza guerrera, Ac y Cay, juraron conquistar su corazón.
Ac era un caudillo fornido, de mirada ardiente y carácter colérico, acostumbrado a someter la voluntad de los hombres mediante la fuerza de sus armas. Cay, en cambio, era de espíritu dulce y templado; componía versos que comparaban el amor con las lluvias bienhechoras de la siesta y dejaba flores silvestres junto al camino por el que pasaba Oyomal.
Oyomal no tardó en elegir. Conmovida por la lealtad y la palabra limpia de Cay, prometió desposarse con él cuando la luna nueva coronara el cielo de Kaua.
Al enterarse del juramento de su hermano, la envidia consumió el alma de Ac como un fuego envenenado. Fingiendo celebrar la unión, convocó a sus guerreros más fieles y tendió una emboscada traicionera a Cay en el sendero del cenote.
Tras desarmarlo y herirlo en las sombras, Ac no se atrevió a derramar la sangre de su hermano a cielo abierto temiendo la ira de los sacerdotes. Decidió someterlo a un tormento peor que la muerte: mandó arrastrarlo a las criptas de Kaua, un laberinto de galerías que, según los relatos del pueblo, no tenía fin, y lo arrojó a una sima ciega para que la oscuridad y el hambre borraran su nombre.
Para completar su venganza, Ac encerró a Oyomal en el claustro de las vírgenes de Chichén Itzá, apartándola de la luz del sol, mientras confinaba a H’Kinxoc en el santuario de Mutul para evitar cualquier auxilio.
Pese al encierro y a la soledad, el amor de Oyomal permaneció inquebrantable. Ac visitaba a la doncella día tras día exigiéndole sumisión a cambio de perdonar la vida de su hermano, pero la joven lo rechazaba con firmeza:
—Puedes encadenar mi cuerpo en este claustro, Ac, pero mi alma camina libre por las cavernas junto a Cay.
Desesperada por el destino de su amado, una noche de tormenta Oyomal logró burlar la guardia del santuario y huyó descalza hacia la entrada de las criptas de Kaua. El agua de la lluvia empapaba sus cabellos mientras descendía por la boca de la caverna, adentrándose en la negrura de los túneles subterráneos sin más guía que el eco de su propio corazón.
Gritaba el nombre de Cay entre las estalactitas goteantes, escuchando cómo las bóvedas de piedra devolvían sus palabras quebradas por la distancia.
En lo más profundo de las galerías, Cay yacía debilitado sobre la roca fría, aferrándose al recuerdo de la joven para no perder el aliento. Al escuchar la voz amada resonando en el laberinto, el príncipe contestó con un suspiro que las corrientes de aire subterráneo llevaron por los pasadizos de caliza:
—¿Me quieres, Oyomal?
—Como las plantas al rocío de los cielos, Cay… hasta que la piedra se vuelva polvo.
Ac, que había seguido las huellas de la muchacha en la noche, llegó a la boca de la caverna y ordenó tapiar el acceso con peñascos colosales para que nadie volviera a salir jamás. Pero la venganza no pudo quebrar el lazo sagrado: los cuerpos de los amantes quedaron sellados en la entraña de la tierra, pero sus espíritus se fundieron para siempre con la respiración misma de las criptas.
La leyenda cuenta que las galerías de Kaua guardan todavía las voces de los amantes. Cuando los campesinos y exploradores se adentran en los túneles más silenciosos, el viento que corre entre las estalagmitas devuelve con infinita ternura el susurro de las dos voces que siguen prometiéndose amor eterno en la oscuridad sagrada de la cueva.
Adaptación: Shyvirelle
Sigue leyendo en Leyendas de Terror Mexicanas.



¡Sé el primero en comentar!