Mitos y Leyendas

La leyenda del Crespín: el canto triste del pájaro de la cosecha

En una leyenda del norte argentino, el canto del crespín recuerda a una mujer que salió en busca de ayuda para su esposo enfermo y se quedó en un baile.

El tiempo del trigo y la fiebre repentina

Crespín era un labrador honrado que vivía en un rancho modesto junto a su esposa. Aquel verano la cosecha de trigo venía abundante y los días eran largos y calurosos. El campesino trabajaba de sol a sol cortando los tallos dorados con su hoz, sin permitirse más descanso que un trago de agua bajo la sombra de un algarrobo.

Una tarde de calor pesado, el labrador cayó rendido por una fiebre repentina que le encendió la frente y lo obligó a tumbarse sobre el catre sin fuerzas para levantarse. Los temblores y la garganta seca le impedían respirar con calma.

—Ve al pueblo, por favor —le pidió con voz débil a su esposa—. Busca a un alguien que pueda atenderme, que la cosecha se nos va a perder en el campo.

La mujer tomó una manta para cuando refrescara, cerró la puerta de tablas y se puso en marcha hacia la aldea vecina prometiendo regresar antes de la noche.

La música en la aldea

Al entrar al pueblo, el sonido de guitarras y bombos inundaba la plaza mayor. Se celebraba la fiesta campesina de la cosecha: había asados en las esquinas y parejas bailando zambas en el patio de una pulpería.

La mujer se detuvo a mirar desde la cerca. La música era alegre, los faroles de papel iluminaban la noche y varios vecinos la invitaron a compartir un jarro de bebida fresca. Pensó que un baile breve no le quitaría tiempo; luego pensó que el boticario estaría también festejando y que sería descortés interrumpirlo tan pronto.

Las horas pasaron rápidas entre coplas y risas. A medianoche, un jinete llegado de las granjas vecinas se acercó al patio de baile con gesto preocupado:

—Vuelve a tu casa, vecina. Tu esposo está muy grave, la fiebre le quema el cuerpo y casi no puede abrir los ojos.

Ella, distraída por la fiesta, le restó importancia diciendo que ya habría tiempo de cuidar enfermos cuando la fiesta concluyera.

El regreso y la soledad del monte

Cuando los músicos guardaron sus instrumentos con la luz del alba, la mujer emprendió el camino de regreso. Al abrir la puerta del rancho, encontró el catre helado y a su esposo sin vida, vencido por la fiebre en la más absoluta soledad.

El dolor y la culpa golpearon su corazón con fuerza. Desesperada, salió corriendo por los sembrados llamando a su marido sin descanso: «¡Crespín! ¡Crespín!». Vagó durante días por los montes secos sin probar bocado, pidiendo al cielo una oportunidad para pedirle perdón.

La piedad del monte cubrió su cuerpo con plumas pardas y sus brazos se convirtieron en alas cansadas. Transformada en el pájaro Crespín, el ave vuela todavía de rama en rama durante el verano, repitiendo en dos notas tristes el nombre del compañero que la fiesta le hizo olvidar.

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Shyvirelle

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