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Gulliver en Liliput: el viaje al país de los diminutos

Gulliver en Liliput: el viaje al país de los diminutos

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Lectura original: https://relatoscortos.org/gulliver-en-liliput-viaje-pais-diminutos/

Adaptación literaria abreviada y propia de la primera parte de Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Se recrean algunas escenas y conversaciones; este relato termina con el regreso del viajero y no abarca sus demás viajes.

Gulliver escucha a un mensajero de Liliput mientras habitantes diminutos llevan cestas de comida.
Ilustración de la adaptación.

He cruzado mares lo bastante agitados para no confiar en el aspecto tranquilo del agua. Sin embargo, cuando embarqué en el Antílope, todavía creía que el peor peligro de un viaje era una tormenta.

Me llamo Lemuel Gulliver y ejercía de cirujano en aquel barco. Una noche, el viento nos arrastró hacia unas rocas que nadie había visto entre la lluvia. El casco se abrió con un crujido terrible. Algunos hombres conseguimos alejarnos en una embarcación pequeña, pero una ola nos volcó. Nadé hasta quedarme sin fuerzas. Cuando los pies encontraron fondo, avancé como pude hacia una costa desconocida y caí dormido sobre la hierba.

El hombre que no podía levantarse

Desperté bajo un sol deslumbrante. Intenté sentarme y descubrí que no podía mover los brazos. Tampoco las piernas. Tenía el cabello sujeto al suelo y sentía muchas cuerdas finas cruzándome el cuerpo.

Entonces algo caminó sobre mi pecho. Bajé los ojos cuanto pude y vi a un hombrecito de no más de un palmo, armado con un arco diminuto. Detrás llegaban otros. Uno se detuvo junto a mi barbilla, alzó los brazos y lanzó una exclamación que todos repitieron.

Mi primer impulso fue sacudirme las ataduras. Los hombrecitos respondieron con una lluvia de flechas que apenas parecían agujas, aunque dolían lo suficiente para hacerme cambiar de opinión. Dejé de forcejear. Al verme quieto, se acercaron otra vez.

Un personaje vestido con gran ceremonia habló desde una pequeña plataforma. Yo no entendí nada. Él tampoco entendió mi petición de libertad, pero sí el gesto que hice llevándome una mano a la boca. Pronto aparecieron cuadrillas con cestas de alimento y barriles que, para mí, eran poco mayores que una taza.

—Si han decidido darme de comer —murmuré—, tal vez podamos aprender a entendernos.

Me condujeron hasta la capital en una enorme plataforma con ruedas, construida a mi medida y arrastrada por una multitud de caballos minúsculos. Allí me alojaron en un antiguo edificio, con una cadena en un tobillo para impedir que caminara libremente. Aquel país se llamaba Liliput.

Un huésped demasiado grande

El emperador vino a examinarme desde una distancia prudente. Llevaba ropas magníficas y hablaba con la gravedad de quien está acostumbrado a que todos obedezcan. A su alrededor, los ministros parecían discutir si yo era una maravilla, un arma o un gasto imposible de mantener.

En los días siguientes llegaron maestros para enseñarme su lengua. Yo aprendía una palabra por la mañana y la repetía cien veces por la tarde, mientras ellos intentaban comprender cómo podía necesitar tanta comida una sola persona. Me revisaron los bolsillos y guardaron los objetos que juzgaron peligrosos. A cambio de mi paciencia, comenzaron a tratarme con menos temor.

Un día vi que varios curiosos corrían al cruzar una sombra que proyectaba mi mano. Bajé el brazo enseguida. Había pensado mucho en lo fácil que sería para mí abrirme paso por la fuerza, pero también empezaba a comprender lo frágiles que eran aquellas personas cerca de mis pies.

—Quisiera pasear sin cadenas —pedí finalmente al emperador, cuando ya podía expresarme.

—¿Y cómo sabremos que no derribarás una casa sin darte cuenta?

—Podéis ponerme condiciones. Yo responderé por mis pasos.

El consejo redactó unas reglas: debía respetar los caminos, no dañar a los habitantes y ayudar al reino si llegaba un enemigo. Juré cumplirlas. Las cadenas se retiraron, y por primera vez pude recorrer Liliput sin sentirme prisionero. Desde mi altura, los campos parecían huertos hechos con esmero; desde la suya, yo era una montaña que caminaba.

Me permitieron acercarme a la ciudad y observé sus plazas, palacios y talleres. Me sorprendió que la gente discutiera con tanta solemnidad por asuntos que, al escucharlos, parecían insignificantes. En la corte había rivalidades entre quienes seguían distintas modas, y las noticias del país vecino, Blefuscu, provocaban aún más cólera.

Los barcos de Blefuscu

Un ministro me explicó que los dos imperios llevaban mucho tiempo enfrentados. Entre sus disputas figuraba la obligación de romper los huevos por un extremo y no por el otro. La cuestión me pareció increíble, pero nadie sonrió cuando la mencionó. Había barcos perdidos y familias que esperaban a los marineros que no regresaban.

Blefuscu preparaba una flota. El emperador me recordó la promesa que había firmado.

—Si llegaran esas naves, Liliput sufriría una invasión —dijo.

Miré el estrecho que separaba las islas. Para sus habitantes era un brazo de mar peligroso; para mí, aunque había lugares hondos, podía cruzarse en parte caminando y en parte nadando. Pensé en detener la amenaza sin hundir los barcos ni hacer daño a sus tripulantes.

Con ayuda de los artesanos conseguí cuerdas y pequeños ganchos metálicos. Crucé el agua, alcancé los navíos fondeados y los uní con los cables. Los marineros de Blefuscu, al verme, abandonaron las cubiertas. Una vez libres de sus anclas, pude arrastrar gran parte de la flota hacia Liliput. Las flechas que me lanzaron mientras trabajaba me dejaron las manos doloridas, pero regresé vivo.

En el puerto hubo gritos de alegría. El emperador me concedió un alto honor. Yo esperaba que aquel triunfo bastara para conseguir la paz.

Pronto descubrí mi error.

—Ahora traerás los barcos que quedan —ordenó el soberano—. Blefuscu pasará a obedecerme.

—He impedido un ataque —respondí—. No os he prometido conquistar un pueblo entero.

—¿Te niegas a terminar el trabajo?

—Me niego a convertir a sus habitantes en prisioneros de una victoria que yo he hecho posible.

No levanté la voz. Tampoco retiré mis palabras. Algunos consejeros me dieron la razón en privado; otros vieron la oportunidad de apartarme de la confianza imperial. La guerra terminó mediante negociaciones, pero el favor del emperador empezó a enfriarse.

Una decisión en la corte

Los embajadores de Blefuscu llegaron a Liliput para acordar la paz. Conversé con ellos y acepté una invitación a visitar su reino. El emperador me concedió permiso, aunque su despedida fue tan fría que apenas pude tomarla por una cortesía.

Después ocurrieron desacuerdos y acusaciones en palacio. Había prestado servicios que unos agradecían y otros convertían en motivo de sospecha. Uno de mis pocos amigos de la corte vino a verme con el rostro alterado.

—Han decidido castigarte —me dijo en voz baja—. Presentarán la sentencia como un acto de clemencia, pero pretenden dejarte sin vista. Y hay quienes quieren algo peor.

Me quedé inmóvil. Yo podía romper murallas con mis manos, y sin embargo estaba indefenso ante una orden que nadie se atrevía a discutir. Durante un rato consideré resistir. Pero hacerlo habría puesto a los habitantes de Liliput en peligro y habría destruido el compromiso que aún deseaba respetar.

Tenía autorización para visitar Blefuscu. Antes de que ejecutaran la sentencia, salí hacia el puerto y crucé el estrecho. En la isla vecina me recibieron con respeto. Su emperador sabía que yo había detenido sus barcos, pero también que me había negado a someter a su país.

Poco después llegó una exigencia desde Liliput: debían entregarme para que fuera castigado. El soberano de Blefuscu no aceptó mandarme atado de vuelta. Me ofreció permanecer bajo su protección.

Le di las gracias, aunque mi corazón ya había tomado otra dirección.

—Si me quedo aquí —le dije—, mi presencia puede convertirse en una nueva disputa. Lo que deseo es encontrar el camino a casa.

La embarcación en el horizonte

Tres días después de mi llegada, paseaba por una playa cuando vi un objeto oscuro que subía y bajaba entre las olas. Al acercarme reconocí la quilla de una embarcación volcada. Era un bote de tamaño normal para un hombre como yo, aunque enorme a ojos de los liliputienses.

Sentí una alegría tan repentina que tuve que quedarme quieto para creer en ella. Con la ayuda de marineros de Blefuscu llevamos el bote a tierra. Sus carpinteros trabajaron conmigo para reparar el casco y preparar las velas. Lo que antes me había parecido un país demasiado pequeño se convirtió entonces en un lugar donde miles de manos podían hacer posible mi partida.

El emperador me autorizó a zarpar. Me despedí de los trabajadores que habían compartido aquellos días conmigo y embarqué provisiones para el viaje. No quise llevarme a ninguno de sus habitantes: aquella aventura había empezado con un hombre privado de libertad, y prefería terminarla sin convertir a nadie en recuerdo cautivo.

Durante las primeras jornadas solo vi agua y cielo. Una tarde distinguí una vela a lo lejos. Remé y llamé hasta que un barco inglés redujo la marcha para recogerme.

El capitán escuchó mi historia con atención, pero al mencionar a los habitantes de Liliput me observó como si todavía padeciera los efectos del naufragio. Saqué entonces de mis bolsillos los animales diminutos y algunos objetos que había recibido de aquellas cortes. Su sorpresa fue casi tan grande como la mía la mañana en que desperté atado a la hierba.

Meses después abracé por fin a mi esposa y a mis hijos en Inglaterra. Ellos me encontraron cansado, pero de una pieza. Yo volví a mirar las sillas, las puertas y las mesas de nuestra casa como si las viera por primera vez. Todo tenía el tamaño de siempre. Lo que había cambiado era mi manera de medir la importancia de las cosas.

Así concluyó mi estancia en Liliput. Los demás viajes que realicé pertenecen a otras historias.

Adaptación y texto: Shyvirelle.

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Acerca de…

Soy Shyvirelle, creador de esta comunidad de cuentos y obras de teatro. Aquí encontrarás historias de terror, amor, drama y comedia, además de guiones para distintos públicos. Descubre a nuestros autores y comparte tus lecturas favoritas.