Mowgli y la manada: sus hermanos lobos
Lectura original: https://relatoscortos.org/mowgli-y-la-manada-sus-hermanos-lobos/
Recreación literaria propia y abreviada de «Mowgli’s Brothers» («Los hermanos de Mowgli»), relato inicial de El libro de la selva (1894), de Rudyard Kipling. Los diálogos y ciertos momentos de transición están recreados; el relato se limita a la llegada de Mowgli a la manada y su primera despedida.
Raksha estaba echada en el fondo de la cueva, con sus cuatro cachorros dormidos contra el vientre. Fuera, la noche avanzaba entre los árboles. Padre Lobo se desperezó en la entrada, dispuesto a buscar alimento, cuando una voz aguda lo obligó a detenerse.
Era Tabaqui, el chacal, que nunca llevaba noticias inocentes.
—Shere Khan ha venido a cazar a estas colinas —anunció—. No parece de buen humor.
Padre Lobo alzó las orejas. El tigre había llegado desde las tierras cercanas al río y solía dejar problemas allí donde pasaba. Poco después, un rugido atravesó el valle, seguido de un ruido extraño. Shere Khan había saltado junto a una fogata humana y se había quemado las patas.
Raksha olfateó el aire. Algo pequeño subía por el sendero hacia la cueva. No tenía el olor de un ciervo ni de una cría de lobo.
Un niño apareció entre los helechos. Caminaba con dificultad, sin ropa, y se aferró a una raíz para no caer. Cuando vio a Padre Lobo abrió la boca en una risa despreocupada.
—Es un cachorro humano —susurró el lobo, sorprendido.
Raksha levantó la cabeza. Los cuatro lobeznos despertaron y se apretaron unos contra otros. Padre Lobo llevó al niño con sumo cuidado hasta el fondo. Él se acomodó entre los cachorros, atraído por el calor, como si acabara de encontrar el lugar que buscaba.
La entrada se oscureció. Shere Khan había llegado siguiendo su rastro.
—Ese niño me pertenece —gruñó el tigre—. Apártate y entrégamelo.
Su cabeza casi llenaba la abertura, demasiado estrecha para dejarlo pasar. Padre Lobo se plantó delante, pero fue Raksha quien avanzó hasta la luz de la luna. Sus hijos quedaron detrás de ella, incluido el recién llegado.
—Has venido a una cueva donde duermen mis pequeños —dijo—. Si quieres discutir, tendrás que hacerlo conmigo.
Shere Khan mostró los dientes. Raksha no retrocedió. El tigre calculó la estrechez de la entrada y terminó por alejarse, lanzando amenazas que se perdieron ladera abajo.
Padre Lobo se volvió hacia su compañera.
—No bastará con que tú lo quieras aquí. La manada tendrá que aceptarlo.
Raksha miró al niño, que ya dormía de nuevo, con una mano sobre el lomo de un lobezno.
—Entonces lo llevaremos ante todos. Se llamará Mowgli.
La decisión bajo la luna
Cuando los cachorros estuvieron listos para salir de la cueva, los padres los llevaron a la Roca del Consejo. Allí se reunían los lobos de Seeonee. Akela, el jefe, vigilaba la asamblea desde una piedra alta. Cada familia presentaba a sus crías para que los demás las conocieran.
Mowgli se sentó en medio del círculo y se entretuvo con unas piedrecillas brillantes. Los lobos se acercaron para observarlo. Algunos lo miraron con curiosidad; otros se apartaron sin disimular su desconfianza.
Desde la oscuridad llegó la voz de Shere Khan, que exigía al niño. No era miembro de la manada, pero sabía sembrar dudas entre los más jóvenes.
Akela pidió que hablaran quienes quisieran defender la admisión de Mowgli. Raksha sintió que su cuerpo se tensaba: la palabra de los padres no bastaba para resolver la disputa.
Baloo, el oso que enseñaba las reglas de la selva a los cachorros, se puso de pie.
—Puedo encargarme de su aprendizaje —ofreció—. Un niño no es una amenaza por ser distinto de nosotros.
Hacía falta otro apoyo. Entonces Bagheera, la pantera negra, apareció entre las rocas. No pertenecía a la manada y lo reconoció antes de intervenir.
—No vengo a decidir por vosotros —dijo—. Pero vuestras leyes permiten ofrecer un precio por la vida de un cachorro discutido. Daré un toro recién cazado si lo aceptáis.
Los lobos se miraron. El alimento ofrecido tenía un valor inmediato para todos. Poco a poco cesaron las protestas. Akela dio por aceptado a Mowgli y encargó a Padre Lobo que lo criara como a uno de los suyos.
Raksha dejó escapar el aire que llevaba rato conteniendo. No era el fin de sus preocupaciones. Era, por ahora, la posibilidad de verlo crecer.
Aprender a pertenecer
Pasaron los años. Mowgli corría junto a sus hermanos, dormía bajo los árboles y distinguía el sonido de un animal que se acercaba del que se alejaba. Baloo le enseñó las normas de la selva: dónde buscar alimento, cuándo guardar silencio y por qué no debía entrar en terreno ajeno como si le perteneciera. Bagheera le mostró los caminos altos entre las ramas y lo acompañó en recorridos que a Raksha le parecían demasiado largos.
El niño nunca olvidó que su familia vivía en la cueva. Volvía allí al caer la tarde. Si encontraba a un lobo con una espina clavada en la pata, se sentaba a su lado hasta poder quitársela. Los demás acabaron acostumbrándose a aquellas manos sin garras que, a su manera, cuidaban de ellos.
Una vez preguntó a Raksha por qué las crías de lobo crecían tan deprisa mientras él seguía pareciendo pequeño.
—Porque cada uno llega a ser quien es a su ritmo —respondió ella—. Cuando tengas algo que decir, no necesitarás colmillos para que te oigan.
Mowgli se quedó pensando. Para él, la manada era su hogar y no imaginaba que hubiera otro.
Mientras tanto, Akela envejecía. Sus saltos ya no eran tan veloces. Shere Khan comenzó a acercarse a los lobos jóvenes y les prometió caza fácil si dejaban de obedecer a un jefe cansado. También les recordó, una y otra vez, que Mowgli no tenía pelo ni hocico y que algún día sería un hombre.
Bagheera escuchó aquellas conversaciones. Sabía que una manada podía cambiar de idea mucho más deprisa de lo que un niño podía comprender.
—No todos los que han corrido a tu lado seguirán a tu lado cuando llegue el peligro —advirtió a Mowgli.
—Akela no me ha rechazado. Mis hermanos tampoco.
—Eso es verdad. Pero Shere Khan está esperando que Akela tropiece. Y entonces te pedirán que te vayas.
Bagheera había nacido entre los seres humanos y conservaba el recuerdo de las jaulas de las que consiguió escapar. Conocía una cosa a la que casi todos los animales temían: el fuego. En la selva lo llamaban la Flor Roja.
—Quizá necesites llevar su luz al consejo —dijo con pesar—. No para buscar pelea, sino para que te escuchen.
Mowgli no quería creerle, pero aquella noche oyó los gritos de una cacería. Los lobos jóvenes habían empujado a Akela a enfrentarse a un ciervo demasiado fuerte para él. El viejo jefe falló el salto. Los gritos que siguieron no celebraban al cazador: anunciaban su caída.
Antes de que la asamblea volviera a reunirse, Mowgli se acercó a las viviendas humanas del valle y regresó con una vasija que guardaba la Flor Roja. La llevó cerrada entre las manos, inquieto por tener que defenderse de quienes se suponía que eran sus hermanos.
La noche de la despedida
Cuando llegó a la Roca del Consejo, Akela ya no ocupaba su sitio habitual. Permanecía a un lado, fatigado, mientras varios lobos jóvenes rodeaban a Shere Khan. Bagheera se acomodó cerca de Mowgli. Baloo no estaba en el círculo.
El tigre habló como si la reunión le perteneciera.
—Entregadme al muchacho y podréis dejar atrás las disputas.
Akela levantó la cabeza.
—Mowgli ha vivido según nuestras normas. Lo aceptamos cuando era pequeño. No ha roto su palabra.
Bagheera recordó que había ofrecido un toro por su vida. Algunos lobos evitaron su mirada. Otros repitieron que Mowgli debía marcharse porque no era uno de ellos.
El niño escuchó la palabra «hombre» varias veces. Al principio le dolió como un insulto. Después comprendió que, aunque conservaba el afecto de muchos, aquella noche no podría convencer a todos de que lo siguieran llamando hermano.
—Si he de irme, me iré —dijo por fin—. Pero no entregaréis a Akela a Shere Khan para celebrar mi partida.
Destapó la vasija y mostró la Flor Roja. La luz se reflejó en los ojos de los lobos, que retrocedieron. Shere Khan, tan seguro un instante antes, perdió el valor de acercarse. Mowgli lo obligó a apartarse del círculo y dejó claro que el viejo jefe saldría de allí con vida.
Bagheera permaneció a su lado hasta que pasó el peligro. Los lobos que habían querido expulsarlo se dispersaron; los pocos que lo defendieron se quedaron junto a Akela. Mowgli contempló el espacio vacío y comprendió que no volvería a ocuparlo de la misma manera.
Se sentó sobre una piedra. Algo le apretó la garganta y le nubló los ojos.
—¿Qué me pasa? —preguntó a Bagheera—. No estoy herido.
La pantera lo miró con ternura.
—Estás triste, pequeño hermano. Hay penas que se dejan ver así.
Mowgli lloró, desconcertado por aquellas lágrimas que nunca había sentido. Después se levantó y tomó el sendero que conducía a la cueva.
Raksha lo esperaba despierta. Mowgli se arrodilló junto a ella, hundió la cara en su pelaje y permaneció un buen rato sin decir nada. Padre Lobo se acercó y sus cuatro hermanos se apretaron alrededor.
—No quiero olvidaros —logró decir.
—No desaparecerás de nuestra memoria por vivir al otro lado de las colinas —respondió Raksha.
—¿Y puedo volver a veros?
—Aquí reconoceremos tus pasos.
El amanecer empezó a dibujar las primeras ramas. Mowgli abrazó a su madre loba por última vez aquella noche, rozó con la mano el lomo de cada hermano y se encaminó hacia el valle habitado por seres humanos. Bajó solo. Detrás quedaban la cueva, la Roca del Consejo y una familia que no había dejado de quererlo, aunque la manada hubiera cambiado.
El camino que tenía delante le resultaba desconocido. No era aún la historia de lo que viviría entre los hombres. Era el final de su primera vida en la selva.
Adaptación y texto: Shyvirelle.
Sigue leyendo en Cuentos fantásticos · Cuentos Infantiles con Moraleja.
