Ramón López Velarde: tres poemas para empezar a leerlo
Lectura original: https://relatoscortos.org/ramon-lopez-velarde-tres-poemas/
Un rebozo, una plaza y una visita familiar sirven de entrada a estos tres poemas de Ramón López Velarde. Los objetos no se quedan quietos: despiertan recuerdos, atraen la mirada y hacen convivir el cariño con cierta inquietud. Para empezar a leerlo, puedes seguir esas escenas antes de intentar explicar cada palabra.

Los textos pertenecen a La sangre devota. Se han cotejado con la edición de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes basada en la publicación mexicana de 1916. López Velarde vivió entre 1888 y 1921. Los poemas son de dominio público; los comentarios de esta selección son nuevos.
1. «Tenías un rebozo de seda»
A Eduardo J. Correa
Tenías un rebozo en que lo blanco
iba sobre lo gris con gentileza
para hacer a los ojos que te amaban
un festejo de nieve en la maleza.
Del rebozo en la seda me anegaba
con fe, como en un golfo intenso y puro,
a oler abiertas rosas del presente
y herméticos botones del futuro.
(En abono de mi sinceridad
séame permitido un alegato:
entonces era yo seminarista
sin Baudelaire, sin rima y sin olfato).
¿Guardas, flor del terruño, aquel rebozo
de maleza y de nieve,
en cuya seda me adormí, aspirando
la quintaesencia de tu espalda leve?
Una forma de leerlo
El rebozo une el recuerdo de una persona con colores, olores y sensaciones. Lo blanco se convierte en nieve; lo gris, en maleza. El futuro aparece como un botón de flor que todavía no se abre. Son transformaciones de la mirada, no descripciones literales de la prenda.
El paréntesis cambia el tono: quien recuerda se contempla con ironía. Después vuelve la pregunta por el rebozo. Puedes notar ese movimiento al leer: primero la evocación, luego el comentario sobre uno mismo y, por último, una pregunta que queda abierta.
2. «Domingos de Provincia»
En los claros domingos de mi pueblo, es costumbre
que en la Plaza descubran las gentiles cabezas
las mozas, y sus ojos reflejan dulcedumbre
y la banda en el kiosco toca lánguidas piezas.
Y al caer sobre el pueblo la noche ensoñadora,
los amantes se miran con la mejor mirada
y la orquesta en sus flautas y violín atesora
mil sonidos románticos en la noche enfiestada.
Los días de guardar en pueblos provincianos
regalan al viandante gratos amaneceres
en que frescos los rostros, el Lavalle en las manos,
camino de la iglesia van las mozas aprisa;
que en los días festivos, entre aquellas mujeres
no hay una cara hermosa que se quede sin misa.
Una forma de leerlo
Aquí la atención sale de un objeto y recorre un espacio común. Primero vemos la plaza y escuchamos la banda; después llega la noche; al final aparecen los amaneceres festivos. La música y las miradas unen los momentos.
La escena está construida desde una voz particular. No hay que tomarla como una descripción de todos los pueblos, de todas las mujeres ni de la vida actual. Para seguir la rima, compara «costumbre» con «dulcedumbre» y «cabezas» con «piezas»: los sonidos también enlazan el paseo.
3. «Mi prima Águeda»
A Jesús Villalpando
Mi madrina invitaba a mi prima Águeda
a que pasara el día con nosotros,
y mi prima llegaba
con un contradictorio
prestigio de almidón y de temible
luto ceremonioso.
Águeda aparecía, resonante
de almidón, y sus ojos
verdes y sus mejillas rubicundas
me protegían contra el pavoroso
luto…
Yo era rapaz
y conocía la o por lo redondo,
y Águeda que tejía
mansa y perseverante en el sonoro
corredor, me causaba
calosfríos ignotos…
(Creo que hasta la debo la costumbre
heroicamente insana de hablar solo).
A la hora de comer, en la penumbra
quieta del refectorio,
me iba embelesando un quebradizo
sonar intermitente de vajilla
y el timbre caricioso
de la voz de mi prima.
Águeda era
(luto, pupilas verdes y mejillas
rubicundas) un cesto policromo
de manzana y uvas
en el ébano de un armario añoso.
Una forma de leerlo
El recuerdo mezcla atracción e inquietud. La ropa de luto parece temible, mientras los ojos, las mejillas y la voz acercan a Águeda. «Rubicundas» significa rojizas; el «refectorio» es el comedor; «ignotos» quiere decir desconocidos. Esas aclaraciones permiten volver a la escena sin detenerse tanto.
La comparación final reúne los colores del rostro con la oscuridad del vestido: un cesto de frutas dentro de un armario oscuro. No hace falta asignarle una moraleja. Puedes observar cómo una imagen concreta concentra todo lo que la voz ha ido recordando.
Para continuar la lectura
Los tres poemas completos están en el texto de La sangre devota consultado. Se conservan sus palabras y las dedicatorias que acompañan los poemas. Si quieres elegir otras lecturas por tema, puedes visitar los poemas de amor.
