Estas tres historias de Halloween son ficciones originales. No son leyendas tradicionales, casos reales ni adaptaciones de autores conocidos. En todas aparecen disfraces, calabazas y dulces, pero cada noche esconde un peligro diferente.

La calabaza del último piso
En el edificio de Nadia, la fiesta de Halloween siempre terminaba con la misma tarea: recoger las bolsas de dulces que nadie había retirado. Aquella noche le tocó a ella. Llevaba un disfraz de cuervo hecho con una capa negra y una máscara de cartón que le molestaba detrás de las orejas.
Había dejado dos caramelos y una chocolatina en cada bolsa, sujetos a los picaportes con cinta naranja. Si una vivienda estaba ocupada, alguien debía recogerla antes de las diez. Era un juego sencillo para que los vecinos supieran dónde repartir lo que sobraba.
En el séptimo piso, el último, encontró una calabaza iluminada frente al departamento vacío. Nadie la había puesto allí por la tarde. Tenía una luz pequeña en el interior y una sonrisa tan estrecha que parecía dibujada con un cuchillo sin filo.
Nadia se agachó. Detrás de la calabaza había tres bolsas intactas. En una esquina alguien había escrito «3B», «5A» y «6C» con marcador negro. Eran los departamentos cuyos vecinos estaban de viaje; Nadia lo sabía porque había organizado la lista de la fiesta.
—Bonita decoración —dijo un hombre a su espalda.
Vestía una túnica gris y una careta de astronauta levantada sobre la frente. Sostenía otra bolsa de papel, llena de envoltorios vacíos.
—¿La pusiste tú? —preguntó Nadia.
—La administración. Me pidieron llevar los dulces que quedaron.
No llevaba el brazalete naranja que la administración había dado a los encargados. Además, habló mirando el teléfono de Nadia, no la calabaza.
Ella sonrió como si le creyera y fingió revisar un mensaje. Tomó una fotografía de las bolsas numeradas y la envió al grupo de vecinos junto con dos palabras: «Suban acompañados». Luego escribió al portero que no dejara salir al desconocido sin verificar quién era.
El hombre estiró la mano hacia las bolsas.
—Esas me las llevo yo.
—Una pregunta —dijo Nadia—. ¿Por qué están marcadas con números de departamentos vacíos?
La sonrisa del hombre desapareció. Se acercó lo suficiente para que ella oliera la cinta adhesiva que llevaba enrollada en la muñeca. Nadia retrocedió hasta la puerta de la escalera. Tenía un cierre pesado, pero abría desde dentro.
—Dame el teléfono.
En lugar de discutir, Nadia dejó caer su recipiente de caramelos por los escalones. El ruido de plástico y dulces rebotando llegó varios pisos más abajo. Después gritó:
—¡Necesito ayuda en el séptimo!
El hombre intentó pasar junto a ella. Nadia no lo sujetó. Abrió la puerta, bajó dos escalones y se apartó para dejar libre el paso. En el sexto apareció Marcos, todavía vestido de vampiro, seguido por otras dos vecinas. El desconocido se dio la vuelta y corrió hacia el ascensor.
Pero el ascensor acababa de subir con el portero. Al verlo, el hombre se detuvo. No tenía a dónde ir sin cruzarse con alguien. Minutos después llegaron los agentes que el portero había llamado.
En su bolsa encontraron una herramienta para forzar cerraduras, copias de la lista de departamentos y una fotografía del tablero de cámaras del edificio. La calabaza disimulaba las bolsas que había retirado de los pisos vacíos. Para vigilar quién salía, al hombre le había bastado quedarse junto a la escalera, mezclado entre los disfraces.
A la mañana siguiente, Nadia retiró las cintas naranjas de los picaportes. Quedaban caramelos de sobra, pero ya nadie quiso que una bolsa sin recoger dijera quién estaba fuera de casa.
La bolsa que pesaba al amanecer
Lucía salió de la fiesta con dos alas de polilla sujetas a la espalda y una bolsa de papel que apenas podía cerrar. Había pasado la noche repartiendo dulces en un viejo cine convertido en salón de baile. En la entrada, junto a una calabaza pintada de blanco, quedaba un solo caramelo envuelto en papel azul.
Un cartel manuscrito decía: «Puedes llevarte los que sobren. El azul se queda aquí».
Lucía pensó que era parte de la decoración. Su amiga Raquel no había podido asistir, y un dulce distinto le parecería un buen recuerdo. Lo tomó, lo puso entre los chocolates y salió a la calle.
A los pocos metros, la bolsa empezó a tirar de su brazo. Lucía creyó que el fondo se había mojado. La apoyó sobre un banco; las asas marcaron dos surcos en la madera blanda. Dentro seguían los mismos seis chocolates, cuatro caramelos y el envoltorio azul.
—No pesas tanto —murmuró.
Se guardó dos chocolates en el bolsillo y levantó otra vez la bolsa. Estaba todavía más pesada. Al mirar dentro, descubrió dos chocolates idénticos a los que había sacado. Los de su bolsillo también seguían allí.
En la siguiente esquina tuvo que arrastrarla. El papel no se rompía, aunque parecía contener una caja de herramientas. Un taxi frenó cerca; Lucía levantó la mano, pero la bolsa se quedó pegada al suelo. Cuando soltó las asas, apareció a sus pies en cuanto dio un paso. La calle estaba vacía y los semáforos cambiaban sin que nadie cruzara.
Su teléfono marcaba las cinco y diecisiete. En la pantalla tenía una fotografía de la mesa de dulces. Amplió la imagen. Detrás del cartel se veía otra frase, tapada por el borde de la calabaza: «Antes de que llegue la luz».
Lucía abrió el caramelo azul. Bajo el papel había un dulce duro, transparente, con una pequeña burbuja inmóvil en el centro. Al acercarlo al oído, oyó una multitud lejana que caminaba sobre grava. Volvió a envolverlo. La bolsa se movió hacia el cine, aunque ella la sujetaba con las dos manos.
Podía dejarlo allí, pensó, y esperar el primer autobús. Pero el borde del papel ya rozaba el pavimento y sus dedos empezaban a entumecerse. Comprendió que no le permitía alejarse; cada intento de huida añadía un peso que no podía ver.
Regresó paso a paso. El letrero del cine estaba apagado y alguien había bajado la reja, pero la calabaza continuaba sobre el umbral. La luz gris del amanecer avanzaba por la acera. Lucía introdujo la mano por el hueco de la reja y dejó el caramelo azul exactamente donde lo había encontrado.
La bolsa recuperó su peso normal de golpe. Lucía perdió el equilibrio y acabó sentada junto a la entrada. Los chocolates se desparramaron, todos distintos, todos con sus envoltorios originales. Detrás de la reja, el caramelo azul ya no estaba. Solo quedaba la calabaza mirando hacia la calle.
Al llegar a casa, Lucía encontró en el bolsillo de su disfraz un papel azul perfectamente doblado. Dentro no había dulce. Había una marca redonda, como la que deja un dedo apretando desde el otro lado.
Lo guardó en un cajón, lejos de las bolsas de Halloween. No volvió al cine a preguntar quién había escrito el cartel.
El timbre de la casa vacía
Mara e Iván caminaban de regreso de una fiesta de Halloween cuando vieron la calabaza en el pórtico de la casa tapiada. Mara llevaba un traje de astronauta cosido con tela plateada; Iván, una capa de vampiro que arrastraba por la acera. Ambos tenían bolsas de papel con los últimos dulces de la noche y una etiqueta con su nombre atada a cada asa.
La vivienda llevaba años vacía. Los ventanales estaban cubiertos con madera y un aviso anunciaba reparaciones. Sin embargo, aquella noche habían dejado un plato de caramelos junto a la puerta y un timbre nuevo, con el botón limpio y brillante.
—Quizá volvió alguien —dijo Iván.
—Entonces tendrá que recoger sus dulces de la entrada —respondió Mara.
En el plato había dos bolsitas pequeñas. Una tenía dibujado un casco de astronauta; la otra, unos colmillos. Mara miró hacia ambos extremos de la calle. No había nadie. Alguien sabía que pasarían por allí vestidos de esa manera.
Iván se inclinó para leer el aviso de reparaciones. Mara pulsó el timbre una vez.
No sonó ninguna campana. En cambio, de la ranura del buzón salió una tira de papel, como un recibo. Iván la arrancó.
«MARA ENTRARÁ A LAS 00:14», decía. Debajo aparecía la hora actual: 00:12.
—Menuda broma —dijo Iván, aunque guardó el papel con cuidado.
De la ranura salió otra tira: «IVÁN SOSTENDRÁ LA PUERTA A LAS 00:14».
El picaporte de la casa estaba a pocos centímetros. En el suelo, casi invisible bajo la calabaza, había una flecha de cinta plateada que apuntaba al interior. Mara sintió el impulso absurdo de comprobar qué más imprimiría aquella máquina.
Pero el aviso de reparaciones no era antiguo. Al iluminarlo con el teléfono, vio la fecha de esa misma semana y una advertencia sobre el piso del recibidor. La puerta estaba entornada. Mara iluminó la abertura y vio que faltaban tablas tras el umbral. Debajo se abría el sótano. Quien siguiera la flecha sin mirar podía caer.
—No vamos a entrar —dijo.
Iván retrocedió. Mara fotografió el aviso, el timbre y las dos tiras. Entonces descubrió una lente diminuta en uno de los ojos de la calabaza. Las etiquetas de sus bolsas estaban a la vista: quien mirara por esa cámara podía leer sus nombres y reconocer los disfraces.
Cruzaron a la otra acera y llamaron al servicio de emergencias. Mientras esperaban, el buzón expulsó una tercera tira. Mara la fotografió con el zoom, sin acercarse. Alcanzó a leer: «00:13 — ENTRADA CANCELADA».
La patrulla acordonó la entrada y comprobó el hueco del recibidor. Retiraron la calabaza: dentro había una cámara diminuta y un transmisor a pilas; en el buzón, una impresora pequeña. Iván entregó los dos recibos y los agentes recogieron el tercero como prueba. Avisaron a los responsables de la obra para asegurar el acceso.
Una agente explicó que alguien había enviado los mensajes mientras los observaba a distancia. Aún no sabían quién montó la trampa, pero la entrada quedó protegida.
Al día siguiente, al ordenar los dulces, Mara amplió en su teléfono la fotografía de la tercera tira. Bajo «ENTRADA CANCELADA» había otra línea, tan pequeña que no la había visto desde la acera: «00:11 — YA ESTABAN ADENTRO».
La hora era anterior a su llegada. Quizá otra mentira. Mara no iba a cruzar aquella puerta para comprobarlo.
Para elegir el nivel de miedo: La calabaza del último piso propone un suspense cercano y humano; La bolsa que pesaba al amanecer introduce un fenómeno sobrenatural; El timbre de la casa vacía deja una inquietud después de que los protagonistas consiguen ponerse a salvo.
Hay más lecturas de temporada en Halloween y más relatos de suspense en cuentos de terror.
Por Shyvirelle.
