Cuentos Infantiles con Moraleja

Cuentos de brujas para niños: tres aventuras con magia

Una escoba con hipo, un caldero que canta y unos pasteles de nube: tres cuentos de brujas para leer y compartir con niños de seis a nueve años.

1. Nerina y la escoba con hipo

La bruja Nerina vivía en una cabaña de madera pintada de azul, en lo alto de la colina de los Castaños. Todos los martes por la tarde preparaba su té de menta, se calzaba sus botas de suela de corcho y salía a dar su paseo aéreo sobre los campos de trigo.

Pero aquel martes su escoba, una rama de madera bien pulida, amaneció con hipo.

Nerina lo notó nada más despegar del porche: en lugar de deslizarse suavemente como una cometa en el viento, la escoba daba un brinco brusco hacia arriba —¡hip!—, se detenía en seco dos segundos en el aire y volvía a saltar tres metros hacia la izquierda —¡hip!—. Las manzanas de la cesta salieron rodando por el tejado y el sombrero puntiagudo de Nerina terminó encajado en la chimenea del vecino.

—¡Basta de brincos! —ordenó la bruja sujetándose con fuerza a la vara—. ¡Tenemos que comprar harina antes de que cierre la tienda del molino!

La escoba respondió con otro respingo sonoro que la dejó flotando boca abajo sobre el corral de las gallinas. Las aves cacarearon divertidas, acostumbradas a las aventuras de su vecina.

Nerina sacó su pequeño libro de remedios mágicos del bolsillo del delantal. Buscó bajo la letra H: «Hipo de lechuza, hipo de caldero, hipo de vara voladora». El manual era claro: «Si una escoba tiene hipo, hágale cosquillas en las puntas con una pluma. Cuando suelte la risa, dejará de dar saltos».

Aterrizó como pudo sobre un montón de heno suave. Tomó una pluma del gallinero y se acercó a la escoba sin hacer ruido. A la tercera caricia en las puntas de paja, la escoba soltó un último suspiro en forma de nube dorada y quedó flotando mansa y horizontal a medio metro del suelo. Nerina subió de un salto, se ajustó las gafas y voló hacia el pueblo con una sonrisa de oreja a oreja.

2. El caldero que solo sabía cantar

Casandra era la bruja más joven del valle de las Moras y acababa de heredar los utensilios de cocina de su tía abuela Filomena. Entre frascos de lavanda y morteros de piedra, el objeto más brillante era un hermoso caldero de cobre con tres patas de león talladas en los bordes.

El problema era que aquel caldero tenía un temperamento muy particular: no le gustaba calentar pócimas amargas ni hervir raíces oscuras. Solo sabía cantar.

El primer día que Casandra intentó preparar una bebida caliente para después del paseo, echó agua tibia, manzanilla y dos gotas de limón. En cuanto encendió la lumbre debajo, el caldero comenzó a soltar burbujas de colores pastel que estallaban en el aire produciendo notas musicales cristalinas: do, mi, sol, do.

—¡No te he pedido una balada! —protestó Casandra revolviendo con la cuchara de madera—. ¡Necesito que el agua hierva!

El caldero vibró sobre sus patitas metálicas y cambió de ritmo, lanzando una serie de pompas que sonaban exactamente igual que un cuarteto de flautas campesinas. Su gato, que estaba aburrido junto al hogar, levantó la cabeza, levantó las orejas y se puso a ronronear acompasado con el compás de la música.

Casandra comprendió que enfadarse con una olla musical era perder el tiempo. En lugar de preparar bebidas sin música, añadió dos ramas de canela y una cáscara de naranja al agua. El caldero agradeció los aromas componiendo un vals alegre que atrajo a los petirrojos del bosque hasta el alféizar de la ventana.

Desde entonces, cada vez que un niño del valle se sentía triste o tenía miedo a la tormenta, subía a la cabaña de Casandra: la bruja encendía dos leños secos y el caldero de cobre les ofrecía un concierto de burbujas. A veces los niños terminaban cantando; otras, preferían sentarse un rato y escuchar.

3. Los pasteles de nube de doña Malva

En el pueblo decían que doña Malva tenía más de cien años, aunque ella aseguraba que solo tenía ochenta y siete y medio porque los veranos calurosos no debían contarse en la edad de las personas sensatas.

Su especialidad no eran las maldiciones ni los hechizos de transformación, sino los pasteles de niebla. Cuando el otoño traía las primeras mañanas brumosas, doña Malva salía al prado con una red cazamariposas de tul blanco y atrapaba trozos de niebla limpia que flotaban entre los robles viejos.

En su cocina colocaba la niebla en una cazuela ancha de barro junto a dos manzanas asadas, tres cucharadas de miel y una pizca de azúcar glas. Al batir despacio con una cuchara de madera, la niebla se condensaba en una masa esponjosa y ligera como la espuma de mar.

Los bizcochos que horneaba con aquella mezcla tenían una propiedad mágica maravillosa: quien comía una porción sentía que sus pies pesaban tan poco que podía caminar sobre los charcos sin mojarse las suelas y saltar las cercas de piedra de un solo brinco elástico.

Una tarde de mucho viento, el cartero del pueblo tropezó en el camino real y desparramó todas las cartas en un hueco del camino lleno de plantas que pinchaban. Doña Malva, que pasaba por allí con su cesta de mimbre, le ofreció un panecillo recién horneado.

—Cómete esto antes de lamentarte, muchacho —le dijo con voz cariñosa.

El cartero dio dos bocados al dulce tibio. Al instante sintió una ligereza tibia en las rodillas: dio un salto suave, flotó dos palmos sobre las zarzas espinosas y recogió cada uno de los sobres en menos de un minuto sin pincharse un solo dedo. Desde aquel día, el cartero siempre llevaba una manzana madura en su bolsa para regalársela a doña Malva cuando cruzaba su sendero.

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