Estas cuatro historias presentan princesas que toman decisiones, piden ayuda cuando la necesitan y participan en la solución de problemas concretos. Puedes encontrar más lecturas de este tipo en nuestros cuentos infantiles.
1. La princesa Leonor y el puente del desfiladero
Los pueblos de las Tres Colinas estaban unidos por una vieja pasarela de madera y cuerdas. Mientras seguía en pie, permitía cruzar el desfiladero en pocos minutos. Sin ella, había que rodear las montañas y caminar casi dos días para llegar al mercado.
Una tormenta hizo crecer el río y arrancó la pasarela.
—Podemos esperar al verano —propuso uno de los consejeros del rey.
—El mercado no puede esperar varios meses —respondió Leonor.
La princesa llevaba tiempo aprendiendo en el taller de los canteros. Bajó con ellos hasta el borde del desfiladero y observó una gran formación de roca que sobresalía en medio.
—¿Puede servirnos como apoyo? —preguntó.
El maestro cantero examinó la piedra.
—Puede servir, pero habrá que construir desde los dos lados.
Leonor dibujó con el maestro un puente formado por dos arcos: uno desde la primera orilla hasta la roca central y otro desde la roca hasta la orilla opuesta. Escuchó a quienes conocían la piedra, organizó el transporte de materiales y trabajó junto a los vecinos.
Durante varias semanas levantaron los apoyos y colocaron las piezas de cada arco. Cuando terminaron, retiraron las estructuras de madera que habían sostenido la obra durante la construcción.
El primer carro cruzó despacio.
Leonor lo siguió a pie hasta la otra orilla.
—Ahora el camino vuelve a ser corto —dijo una campesina.
—Y esta vez no depende de unas cuerdas viejas —respondió el maestro cantero.
2. La princesa Clara y el misterio del canal
Un verano, el agua del canal que alimentaba dos valles empezó a llegar turbia y en poca cantidad. Las huertas comenzaron a secarse.
En el palacio corrió un rumor: los habitantes del valle vecino estaban desviando el agua.
—Antes de acusarlos, quiero ver el canal completo —dijo la princesa Clara.
A la mañana siguiente caminó río arriba con Mara, una pastora que conocía las montañas. Encontraron ramas acumuladas en varios puntos, pero ninguna explicaba la falta de agua.
Más arriba escucharon un ruido débil detrás de unas rocas.
—El río está pasando por ahí —dijo Mara.
Un desprendimiento había formado una barrera de piedras y troncos. Parte del agua se desviaba hacia una zona baja donde quedaba estancada.
Clara regresó y convocó a vecinos de los dos valles.
—No necesitamos discutir sobre quién se llevó el agua —les dijo—. Necesitamos abrirle de nuevo el camino.
Trabajaron con cuerdas y palancas bajo la dirección de personas acostumbradas a limpiar el cauce. No intentaron mover las rocas más grandes, pero retiraron suficientes ramas y piedras pequeñas para que el agua volviera al canal.
Al día siguiente, las acequias de ambos valles estaban llenas otra vez.
El rey preguntó a Clara quién había sido responsable.
—Una tormenta y una montaña —respondió ella—. Esta vez no había ningún enemigo.
3. La princesa Sofía y el granero abierto
Una fuerte lluvia dañó el techo del granero comunitario del pueblo de Robledal. Dentro había sacos de harina, herramientas y mantas que las familias guardaban para el invierno.
Cuando Sofía llegó, varias personas intentaban moverlo todo a la vez.
—Si seguimos así, perderemos más cosas por el desorden que por la lluvia —dijo la panadera.
Sofía pidió detenerse un momento.
Dividieron el trabajo en tres grupos. Unos cubrieron el agujero del techo con lonas. Otros llevaron los sacos secos a una sala del ayuntamiento. Un tercer grupo separó lo que ya estaba mojado para revisarlo después.
—En el palacio tenemos dos almacenes vacíos —recordó Sofía—. Podemos usarlos hasta que reparen este techo.
Mandaron carros y durante toda la tarde trasladaron cajas, mantas y herramientas.
Cuando terminó la lluvia, el granero seguía necesitando una reparación importante, pero la mayor parte de las provisiones estaba protegida.
Una semana después, Sofía volvió. Esta vez no llevaba una solución preparada: llevó madera y se puso a trabajar con los carpinteros del pueblo.
—Creí que una princesa venía a dar órdenes —bromeó uno de ellos.
—Hoy vengo a sujetar tablas —respondió ella.
Antes de la siguiente lluvia, el granero tenía techo nuevo.
4. La princesa Vera y el camino de las campanas
En el norte del reino había tres aldeas entre montañas. Durante años, los viajeros habían seguido un sendero marcado con postes. Un desprendimiento cubrió parte del camino y dejó varios postes enterrados.
La princesa Vera quería visitar las aldeas, pero los guías se negaron a cruzar la zona dañada sin reconocer primero una ruta segura.
—Entonces la reconoceremos —dijo Vera.
Salió con dos guías y una pastora de la región. No avanzaron a ciegas. Desde puntos altos compararon el terreno con el recorrido antiguo y buscaron pasos que los habitantes locales ya utilizaban para mover sus rebaños.
En un cruce encontraron dos senderos.
—El de la izquierda parece más corto —dijo Vera.
—También termina en una ladera muy suelta —respondió la pastora—. El otro tarda más, pero llega a terreno firme.
Eligieron el segundo.
Cuando alcanzaron la primera aldea, Vera propuso una solución sencilla: colocar pequeñas campanas metálicas en los postes del nuevo recorrido. Con viento podían oírse a poca distancia y también servían para reconocer el camino entre la niebla.
Los vecinos instalaron las señales durante los días siguientes.
Al regresar, Vera tomó el nuevo sendero. No era el más corto, pero era claro y estable.
Cuando oyó la última campana antes del valle, sonrió.
—Una buena ruta no es la que parece rápida desde lejos —dijo—. Es la que permite llegar.


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