Cuentos Infantiles con Moraleja

Cuentos para dormir niños: cuatro historias breves y tranquilas

Estos cuatro cuentos presentan escenas tranquilas y pequeños problemas que se resuelven sin sustos. Pueden leerse al final del día o en cualquier momento de lectura compartida.

1. La tortuga que no tenía prisa

Tomasa era una tortuga pequeña que vivía cerca de un prado. Todas las tardes caminaba hasta una piedra redonda donde le gustaba quedarse un rato antes de volver a su refugio.

Aquel día salió más tarde de lo normal. Mientras avanzaba, vio a dos conejos correr hacia sus madrigueras.

—¡Date prisa, Tomasa! —le dijo uno—. El sol ya está bajando.

Tomasa miró la colina. Todavía quería llegar a su piedra, pero el camino era largo.

Siguió unos pasos más y encontró una hoja grande caída junto a un matorral. Debajo había tierra seca y un poco de musgo.

—Mi piedra puede esperar hasta mañana —decidió.

Se acomodó allí y escuchó cómo el viento movía las ramas. Un grillo empezó a cantar cerca del camino y las últimas manchas de luz desaparecieron detrás de la colina.

Por la mañana, Tomasa salió de debajo de la hoja. El día estaba claro y su piedra seguía exactamente en el mismo lugar.

Esta vez llegó sin prisas. Subió sobre ella, calentó el caparazón al sol y pensó que algunas cosas podían hacerse hoy y otras, simplemente, al día siguiente.

2. El faro que cantaba bajito

Al final de un muelle de piedra había un faro blanco con dos rayas azules. Durante el día veía pasar gaviotas, barcas pequeñas y pescadores que ordenaban sus redes.

Al caer la tarde encendía su luz. El haz giraba despacio sobre el agua y volvía una y otra vez al mismo punto.

Aquella noche faltaba una de las barcas del muelle.

—Seguro que ya viene —dijo una gaviota desde el techo.

El faro siguió girando su luz.

Al poco rato apareció una pequeña vela al otro lado de la bahía. La barca avanzaba despacio porque una neblina cubría parte del agua.

Cada vez que la luz del faro pasaba sobre ella, el pescador corregía un poco el rumbo.

Primero se vio la vela. Después el casco. Finalmente, la barca llegó al muelle y quedó amarrada junto a las demás.

—Ya estamos todos —dijo la gaviota.

El faro continuó con su tarea. Su luz no tenía prisa. Pasaba sobre el mar, desaparecía unos segundos y regresaba.

Desde lejos, el viento que cruzaba sus ventanas hacía un sonido suave. Parecía una canción sencilla que se repetía mientras las barcas se movían un poco sobre el agua.

3. La ardilla y la bellota de plata

Nico era una ardilla que guardaba semillas y nueces en el hueco de un árbol viejo. Una tarde encontró algo brillante debajo de unas hojas.

Era una bellota lisa y clara.

Nico la levantó con las dos patas. La luna acababa de aparecer entre las ramas y su luz se reflejaba en la superficie de la bellota. Por eso parecía de plata.

—Nunca había visto una igual —dijo Nico.

La llevó hasta su nido y la puso junto a la entrada. Cuando la luna entraba entre las ramas, la bellota devolvía un pequeño reflejo.

Nico pensó que quizá había encontrado un tesoro.

A la mañana siguiente volvió a mirarla. Bajo la luz del día ya no parecía de plata. Era una bellota corriente, un poco más lisa que las demás.

Nico la giró entre las patas.

—Anoche eras mucho más impresionante.

Estuvo a punto de guardarla con la comida, pero recordó cómo había brillado entre las hojas.

En lugar de eso, la dejó junto a la entrada del nido.

Cuando llegó otra noche clara, la luz de la luna volvió a reflejarse en ella.

Nico sonrió. La bellota no producía su propia luz ni era un tesoro mágico. Solo necesitaba que la luna estuviera en el lugar adecuado para mostrar algo que durante el día pasaba desapercibido.

4. El tren de las nubes

Muy por encima de los tejados viajaba un pequeño tren azul. Sus vagones iban por una vía imaginaria entre las nubes y sus ruedas apenas hacían ruido.

Una noche, el maquinista Nuno descubrió que faltaba una nube del último vagón.

—Seguro que se soltó en la curva del campanario —dijo.

Detuvo el tren y volvió lentamente por el mismo camino.

Pasó sobre una plaza vacía, una escuela cerrada y varias casas con las luces apagadas. Finalmente encontró la nube atrapada en la punta de una veleta.

Era pequeña y redonda.

Nuno acercó el último vagón todo lo posible. Después soltó una cuerda de tela y empujó suavemente la nube hasta que volvió a quedar sobre el tren.

—Ahora sí estamos completos.

El viaje continuó hacia las montañas. Las nubes se movían con el viento y cambiaban de forma sobre los vagones.

Cuando el tren llegó a la última curva, Nuno contó una vez más.

Una, dos, tres, cuatro.

No faltaba ninguna.

El tren siguió avanzando por el cielo oscuro mientras debajo quedaban los tejados y las calles silenciosas del pueblo.

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Shyvirelle

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Soy Shyvirelle, creador de esta comunidad de cuentos y obras de teatro. Aquí encontrarás historias de terror, amor, drama y comedia, además de guiones para distintos públicos. Descubre a nuestros autores y comparte tus lecturas favoritas.